miércoles - 20 febrero - 2019

Antonio Fontán

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Fundador de Nueva Revista

El retorno de las humanidades

El autor, fundador de "Nueva Revista", repasa la evolución del concepto de "humanismo" a lo largo de los siglos y destaca la necesidad de recuperar los valores que encierra en el actual sistema educativo.
Nueva Revista Antonio Fontán

1516, Annus Mirabilis. El príncipe de Maquiavelo, Institutio Principis Christiani de Erasmo, Utopía de Tomás Moro

Es bueno pensar. Y para facilitar la reflexión, hemos seleccionado unos párrafos del libro Príncipes y humanistas que el fundador de Nueva Revista, Antonio Fontán publicó en 2008 (Madrid, Editorial Marcial Pons). Están en el capítulo que dedica a tres obras de filosofía política, que circularon en la Europa de 1516, en los albores (distantes y distintos, hemos dicho) de la Edad Moderna.

En medio de una legislatura sin rumbo

Los ex ministros que han renunciado al acta de diputado no lo han hecho bien. Ni era el momento, ni era el procedimiento. Habían sido elegidos para cuatro años y se han marchado a los dieciocho meses, sin explicar por qué y sin dar cuenta de sus razones en el lugar adecuado, ante los votantes de la circunscripción por la que habían sido elegidos, los que habían depositado en ellos su confianza. Si ha sido por disconformidad con la dirección política del Gobierno debían haberlo declarado de una manera expresa. Además, su partido y su grupo parlamentario no pueden imponerles el sentido de sus votos en la Cámara. La Constitución (art. 67.2) dice que «los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo». Tal como se ha producido su dimisión parlamentaria sin que haya mediado una «causa mayor», su adiós a las responsabilidades políticas que habían asumido parece poco seria o, al menos, poco profesional. Pero esas anécdotas no tienen mucho que ver con los problemas reales de España al empezar el segundo curso parlamentario del Gobierno de 2008. Si es que los nuevos ex parlamentarios no querían apoyar con su presencia y con su voto las políticas del Gobierno de su partido tendrían que haberlo explicado: primero en sus respectivas provincias y enseguida a todo el país. El Estado español, diseñado en la Constitución de 1978, se define como una Monarquía parlamentaria (art. 1.3). Ser uno -o una- de los casi seiscientos miembros de las camaras es algo muy importante para la nación, porque lo que ellos decidan afecta a toda la ciudadanía. Si ni la gente ni los medios de comunicación han prestado mucha atención a esas tres dimisiones, es porque los españoles están pendientes de otras cosas: de la crisis económica, del desempleo, de los carteles de «se vende» o «se alquila» en las fachadas de los inmuebles y de lo que el propio presidente del ejecutivo ha llamado sus «improvisaciones». En lo cual parece estar bien acompañado por una parte de su gabinete. La famosa crisis económica de 1929, o la conciencia de ella, llegó a España con cierto retraso, quizá porque estaba precedida por unos años de una cierta prosperidad y los gobernantes no tomaron a tiempo las medidas oportunas. Pero tuvo consecuencias políticas claramente visibles en los dos primeros años de la República. Los problemas sociales y sindicales con que entonces tuvieron que enfrentarse los ministros de Azaña no eran sólo ideológicos. Eran en primer lugar sociales. En las elecciones municipales de abril del 31 y en las parlamentarias de aquel verano, la mayor parte de los sindicatos anarquistas -contrarios a cualquier clase de gobierno- apoyaron tanto a las candidaturas de los republicanos de izquierda y de los socialistas a cuyas filosofías políticas eran tan contrarios ideológicamente, como a las de conservadores y liberales. La crisis de ahora se veía venir antes de lo que desde el poder se quiso reconocer. Basta recordar alguno de los últimos debates preelectorales de la televisión. Pero las medidas que...
Nueva Revista

Los primeros cuatro años de Benedicto XVI

SAN PEDRO Y SAN PABLO EN SUS BASÍLICASCuando en enero de 1952 se publicó en Roma el primer volumen de las Exploraciones bajo la Confesión de San Pedro en el Vaticano se pudo decir que, con la segura ayuda de la ciencia, una vieja tradición se había transformado en Historia. Yo mismo lo escribí precisamente con esas palabras dos años más tarde, comentando un excelente libro de la BAC en que el prestigioso arqueólogo Kirschbaum contaba, con un estilo suelto y buen pulso narrativo, las vicisitudes de los trabajos de los sabios y sus sucesivos descubrimientos a varios niveles por debajo de la Confesión de San Pedro en la Basílica vaticana.Se había hallado el lugar de la tumba de San Pedro, metros más metros menos, en donde desde hacía siglos se creía que estaba. Esa era para los cristianos cultos la noticia romana del año y para historiadores y arqueólogos la respuesta a no pocas preguntas para las que hasta entonces no se había encontrado una explicación satisfactoria. ¿Por qué precisamente allí, e incluso violentando la disposición del terreno, con tanto empeño y tan dilatado esfuerzo, durante casi mil quinientos años la cristiandad, convencida de que se edificaba sobre la tumba de San Pedro, se había propuesto y finalmente había logrado alzar en ese espacio un gran templo dedicado al Príncipe de los Apóstoles?El 28 de junio de 2009 casi se ha repetido un hecho semejante al que se había vivido más de medio siglo antes. Bajo el papa Pío XII, y en buena medida por su constancia y aliento, se había hallado en 1950 el lugar de la tumba de San Pedro. Ahora, con Benedicto XVI, otra tradición de la era apostólica se ha transformado también en Historia. Se ha encontrado la sepultura de San Pablo. La novedad consiste en que, antes de que sabios especialistas publiquen en eruditas y concienzudas disertaciones el curso y los resultados de sus trabajos, ha sido el propio papa Benedicto, actuando como un reportero que refiere con detalle y con rigor un acontecimiento, el que ha querido informar, personalmente él, de este hallazgo a los cristianos, a la gente culta e incluso a los mas ilustrados de los turistas que en lo sucesivo visiten la llamada Ciudad Eterna.En el discurso de clausura del «año Paulino» decretado por el Pontífice para conmemorar el segundo milenario del nacimiento de San Pablo, que año o lustro más o menos debió ocurrir en torno al nueve después de Cristo, Benedicto XVI, como si por un momento se hubiera revestido de su antigua toga doctoral de profesor, ha contado el gran descubrimiento en los siguientes términos: «Esta tarde se concluye el año conmemorativo del nacimiento de San Pablo. Nos encontramos recogidos ante la tumba del apóstol, cuyo sarcófago, conservado bajo el altar papal, recientemente ha sido objeto de un análisis científico. En el sarcófago, que no había sido abierto nunca en tantos siglos, se hizo una pequeñísima perforación para introducir una sonda especial, mediante la cual se...

La importancia de Europa para España

Por obra de su historia, España es una unidad de mercado, de cultura y de población. También es una unidad política, con sus espacios geográficos bien delimitados desde hace más de cinco siglos. España es lo que comúnmente en todo el mundo se entiende por una «nación». Desde la incorporación de Navarra en 1512 su territorio no ha experimentado cambios, salvo algunos que por su reducida extensión pueden considerarse menores. El Rosellón y parte de la Cerdaña fueron cedidos a Francia en la paz de los Pirineos (1659) y las ciudades de Ceuta y Melilla se incorporaron a la Corona española en el siglo XVI.En casi ninguna otra nación de Europa, pertenezca o no a la Unión, salvo en Portugal, se ha conocido una continuidad territorial semejante. Ni siquiera en Francia o en el Reino Unido. Los españoles lo saben y por eso, incluso en los lugares con más presencia de los «nacionalismos» segregacionistas, los políticos y los partidos que alzan claramente esa bandera nunca obtienen un respaldo verdaderamente mayoritario. Así ha ocurrido desde 1977 en las nueve ocasiones en que se han celebrado elecciones generales. Algo muy parecido ha sucedido en las del Parlamento europeo, donde hay representantes de España desde nuestra incorporación a la Unión en 1986, e igual en las Asambleas de las Comunidades Autónomas. Actualmente, todos los presidentes de estas comunidades —-menos uno- —y los de las ciudades de Ceuta y Melilla pertenecen a partidos nacionales.Por eso, como no coinciden los periodos parlamentarios de España y de la Unión, las elecciones europeas suelen ser leídas aquí por políticos y comentaristas como las norteamericanas de los midterm de los cuatrienios presidenciales. Ahora tienen poco más de un año el parlamento nacional del 2008 y el actual gobierno socialista. Y en las elecciones se llama a votar unas mismas candidaturas en todo el país. Los resultados son vistos por partidos y estudiosos como una especie de manifestación de la opinión nacional. Efectivamente lo son. Quizá más ahora con un gobierno cuyo apoyo en el Congreso de los Diputados se caracteriza por lo que se ha llamado una «geometría variable» que necesariamente da lugar a no pocas indefiniciones. Pero no sólo son eso. Se elige casi a la vez en toda Europa a la principal institución de la Unión.En la mayor parte de las naciones que forman parte de la Unión Europea impera una u otra forma de bipartidismo. Sólo dos formaciones o coaliciones políticas pueden en la práctica formar gobierno estable, o porque cuentan con mayoría absoluta en el Parlamento o porque le apoyan otros partidos menores. Si los acuerdos están seriamente pactados con un programa básico, los gobiernos pueden ser tan firmes como los de mayoría absoluta. En los treinta años largos de la actual democracia parlamentaria española se han conocido repetidamente ambos casos, aunque no sea eso precisamente lo que ocurra ahora.En el Parlamento europeo sucede casi lo mismo. Hay dos grupos más numerosos —-los «populares» y los «socialistas»-— y otros menores como han sido...
Nueva Revista

Una nota sobre la «crisis» en España

Es manifiesto que España no se encuentra en el mejor momento del tercio de siglo, largo ya, que ha transcurrido desde el restablecimiento de la democracia. Pero España ha superado trances más difíciles poniéndose a trabajar políticamente, como hace más de treinta años, cuando en dieciocho meses el país pasó del «régimen» anterior a la nueva y moderna monarquía,que muy pronto sería legalmente constitucional y parlamentaria. Aquel año y medio admiró a mucha gente en nuestro entorno internacional y a la opinión pública de todo el mundo.La diferencia entre lo de entonces y lo de ahora consiste en que, en la actual crisis, gran parte de los problemas nos vienen de fuera y en no pocos casos somos sujetos pasivos que dependen de lo que ocurra en otros lugares a los que no llega nuestra voz. Pero eso se compensa con el hecho probado de que a estas alturas iniciales del siglo XXI España está en posesión de instituciones, de técnicas políticas y de una experiencia nacional e internacional de la que no disponía hace seis lustros.Nuestros problemas de ahora no se reducen a la famosa crisis económica que agobia al mundo, y que quizá afecta más a España que a otras naciones con mayores reservas y una economía más diversificada.Además, el Estado español se halla actualmente todavía en un proceso político de tanto alcance como la distribución del poder de la gestión pública en el seno de lo que se suele llamar el «estado de las autonomías», lo cual no deja de causar desconcierto y distorsiones entre los proyectos y realizaciones de unas comunidades y otras, generando enfrentamientos e insolidaridad. En no pocas de esas ocasiones el Estado, a causa del reparto de ciertas competencias con algunas comunidades se ha visto privado de los medios legales para ejercer su autoridad, aunque ésta haya de ser más de coordinación que de arbitraje.Las comunidades son las que son y se hallan dibujadas en el mapa, igual que las antiguas regiones del siglo XIX, y de ordinario coincidiendo con ellas. Pero los españoles por razones de familia, de trabajo o personales se trasladan de unas a otras según su conveniencia, sus gustos o sus intereses, y pueden encontrarse con que son distintos en algunas de ellas los currículos escolares, los impuestos y, en determinados casos, hasta la lengua.El Estado y la Administración diseñados en la Constitución se leen de una manera u otra en diversos lugares de la nación, incluso cuando se trata de establecer una industria o gestionar una empresa agrícola. Esto, unido a las rivalidades regionales que esas imprecisiones y contradicciones fomentan,complica más que en otros países la operatividad de las medidas necesarias para hacer frente a la famosa crisis.En casi todos los países de nuestro ámbito eurooccidental la crisis o recesión de ahora es, sobre todo, económica. Pero en España es también política y toca al funcionamiento de la estructura del Estado y a la mecánica del debate de los partidos. En nuestro Parlamento y en nuestras asambleas...
Nueva Revista

Adios, amigo

El pasado lunes 3 de noviembre nos decía adiós nuestro querido amigo Juan Pablo de Villanueva, ilustre periodista y empresario de la comunicación, que colaboró con Nueva Revista de Política, Cultura y Arte como miembro del Consejo Editorial y vicepresidente de la Fundación Nueva Revista desde sus comienzos allá por el año 1990.

Siempre dispuesto a ayudar y aportar su experiencia en los números de nuestra publicación, Juan Pablo era uno de los habituales en las reuniones de directores y del Consejo, además de colaborar con sus artículos, en los que siempre estuvo presente su interés por el desarrollo y modernización de España, la política nacional e internacional y la defensa de la libertad; desde su primer artículo «La lucha por la libertad» (nº 1,1990), hasta el último, «Navarra sin mayoría suficiente» (nº 111, 2007), sin olvidar su participación en la entrevista que nuestra publicación realizó al presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, a finales de 2006.

En las siguientes páginas hemos querido recoger, a modo de homenaje, testimonios de compañeros y amigos suyos de la revista y del Grupo Negocios, donde desempeñó algunas de sus últimas iniciativas y dejó una huella profesional y humana imborrable.

Nueva Revista

El «Manifiesto de Lausanne», un precedente

A los seis lustros de la Constitución, quizá no sea inoportuno recordar un episodio de hace más de sesenta años que, a pesar del tiempo transcurrido, tiene mucho que ver con el presente y también con el futuro de España. Me remonto a 1945 y a un importante documento histórico de don Juan de Borbón, conde de Barcelona, hijo y heredero de Alfonso XIII, y padre del Rey Juan Carlos: el llamado «Manifiesto deLausanne» de 19 de marzo de ese año.Los españoles —que no nos movíamos entonces muy activamente en la política— no nos enteramos hasta unos días después, y nos enteramos mal. La censura impidió que el «Manifiesto» se diera a conocer en España y los «servicios» hicieron todo lo que estuvo en su mano para evitar que circulara reservada o clandestinamente. A los pocos días, dentro de ese mismo mes de marzo, se desató en los medios informativos oficiales una campaña de descalificación de la persona del conde de Barcelona.Yo tenía veintiún años. Había terminado en el junio anterior la licenciatura de Filología Clásica, y llevaba ya a mis espaldas más de un año en el Ejército, con un servicio militar que resultaría larguísimo—¡treinta y cuatro meses!— a causa de las movilizaciones de distintos reemplazos que se habían decretado por los posibles problemas que acarrearía para España el inminente final de la guerra mundial. Concretamente, en ese mes de marzo, estaba en el campamento de Colmenar Viejo como instructor de los reclutas de la recién incorporada quinta de 1945, la de los nacidos en 1924, un año después que yo mismo.Tardé bastante tiempo en saber algo del documento de Lausanne y en tener ocasión de leerlo. No es un texto muy extenso. Son poco más de mil palabras, bien ordenadas en un castellano cuidado y expresivo.En sus primeros párrafos, don Juan declara que ante la situación de España y del mundo, como depositario y administrador del patrimonio histórico y político que es para España la Corona, se sentía obligado a ofrecer a su patria lo que podría ser una Monarquía nacional y moderna en aquellos momentos tan difíciles del inminente final de la guerra mundial.Seguidamente, tras un sumario examen de la situación de España y de Europa y de lo que ocurriría en el orden internacional con la victoria de los aliados, don Juan ofrece a sus compatriotas un bien construido y sucinto esquema de lo que representaría para la nación una Monarquía moderna como la que era capaz de encarnar la dinastía histórica de la que en esos momentos él era el titular.«Puede ser —dice don Juan— instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles, obtener respeto en el exterior mediante un efectivo estado de derecho y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa una concepción cristiana del Estado».En el pasaje más concreto y detallado de lo que lograría España con la instauración de la Monarquía, don Juan enumera una serie de medidas y objetivos importantes...

Más y mejor consenso…y gobierno

En las naciones que disfrutan de una democracia estable y desarrollada los poderes públicos habitualmente han de ocuparse de tres clases de asuntos diferentes: las cuestiones de Estado, las cuestiones de Gobierno y las de Administración. En este momento final del primer año de la actual legislatura, España tiene ante sí problemas de estos tres órdenes.Por su entidad, y por su alcance histórico, los más importantes son los de Estado, que suelen plantearse por diferentes lecturas e interpretaciones de la letra de determinados pasajes de la Constitución. Por ejemplo, los que se refieren a la estructura y naturaleza del Estado y a su organización territorial, o a derechos fundamentales, como el derecho a la vida (artículo 9 de la Constitución de 1978 y 6 del Pacto Internacional de Nueva York), a la libertad personal y a las otras libertades, a la seguridad, que los poderes públicos deben amparar, etc. En la Constitución española de 1978 entraría entre los asuntos de Estado todo lo que se lee en los artículos 10 a 55 del Título I, «De los derechos y deberes fundamentales», y una parte del Título VIII.Para dar respuesta a estas cuestiones de Estado, la prudencia política con que se ha de actuar en asuntos de particular trascendencia y difícil rectificación, aconseja que el Gobierno o el Parlamento logren que la ley o la decisión de que se trate tenga el respaldo político y moral de una cualificada mayoría de los ciudadanos de la nación. Para las leyes orgánicas de más vasto alcance no debería ser suficiente su aprobación por una ajustada mayoría parlamentaria, no pocas veces de ocasión y de insegura estabilidad, que dejara fuera de la responsabilidad de lo acordado a la representación parlamentaria de una tercera parte o más del electorado nacional. Es lo que podía ocurrir con una aplicación mecánica del artículo 51 de la Constitución que deja en manos de la mitad más uno de los diputados la aprobación definitiva de las leyes orgánicas «ordinarias».Estas consideraciones son de actualidad, cuando desde el Gobierno y algunas tribunas ideológica y políticamente afines, se han dejado ver señales de que se abriga el propósito de poner sobre la mesa cuestiones particularmente sensibles para las convicciones y la conciencia de millones de españoles. Me refiero a los proyectos de una nueva regulación, ampliamente permisiva, de la «interrupción del embarazo», para la que ya desde el ministerio llamado de la Igualdad (sic!) se ha creado una Comisión unilateralmente «proabortista», que asesoraría al Gobierno en esta materia, o a las declaraciones de algún ministro que se mostraría partidario de legalizar la eutanasia, amparada por algunos comentaristas proclives a ella por esa contradictio in terminis que sería el «suicidio asistido».No es preciso que nadie haga declaraciones explícitas para que todo el mundo sepa que una mitad, o más, de los diputados del año 2008 y la mayoría de los senadores difícilmente apoyarían con sus votos unas leyes semejantes.Los asuntos de Estado requieren o aconsejan que las Cámaras parlamentarias y los partidos...

Después de Irlanda

Pasadas unas semanas desde que se conocieran los resultados del referéndum celebrado en Irlanda sobre el Tratado de Lisboa, el presidente de Nueva Revista, Antonio Fontán, reflexionaba en ABC —en el texto que a continuación se reproduce— sobre la situación actual que vive el proceso de construcción europea.

El Gobierno y el Parlamento

En las diez elecciones generales de los treinta años de Monarquía ParElamentaria, la inmensa mayoría de los españoles, a la hora de votar, ha optado habitualmente por una de las dos formaciones de estructura y vocación nacional que se presentaban como tales en todo el país. Al principio fueron la Unión de Centro Democrático y el PSOE. Después, tras varias recomposiciones del centro y de la derecha, esos dos partidos son desde 1989 los populares y los socialistas. A lo largo de los tres decenios democráticos, la suma de ambas fuerzas ha llegado siempre a alcanzar el ochenta o el noventa por ciento de los miembros de las dos Cámaras.Ya en el primer Congreso de los Diputados, el de la legislatura constituyente, elegido en junio del 77, UCD y PSOE, con doscientos ochenta y dos de los trescientos cincuenta escaños de la Cámara, ocupaban las cuatro quintas partes del hemiciclo. Lejos de bajar, ese número ha continuado aumentando en las siguientes oportunidades, hasta llegar ahora, en 2008, a trescientos veintitrés. Son los actuales ciento sesenta y nueve diputados gubernamentales y los ciento cincuenta y cuatro «populares», llamados a constituir la oposición de los próximos cuatro años: oposición, pero también la «alternativa».En el Senado ocurre algo semejante, si bien con distinta repercusión en el funcionamiento del gobierno de la nación, ya que igual que en la mayor parte de las democracias parlamentarias, monárquicas o republicanas, la que se suele llamar Cámara Baja (en España, el Congreso) es la que otorga y puede retirar su confianza, y con ella la de la nación, al presidente y a sus ministros. Por eso, los políticos y los informadores, los estudiosos y la generalidad de los ciudadanos prestan particular atención a la composición y funcionamiento de ese brazo de las Cortes Generales.En el Congreso de los Diputados de estas elecciones de marzo ambos partidos han aumentado su número de escaños respecto a la legislatura anterior. Los socialistas tienen cinco más que en 2004 y los populares han ganado seis. Pero la situación no es igual que hace cuatro años. Entonces, el Gobierno y su partido tenían asegurada la mayoría para cualquier cuestión que les interesara mucho gracias a sus acuerdos con Izquierda Unida y con los separatistas republicanos de Cataluña, que les daban trece votos más en caso de necesidad. Los tres grupos juntos formaban el «tripartito de Madrid», versión estatal del «Pacto del Tinel» que había dado a los socialistas catalanes la presidencia de la Generalidad de Barcelona y a los republicanos y a los antiguos comunistas de allí una generosa participación en el ejecutivo autonómico.Pero ahora esos cómodos aliados del PSOE han perdido ocho escaños y, para lograr mayoría en una votación importante, los socialistas habrán de optar por negociar en cada caso los apoyos que les puedan hacer falta: bien entre los dispersos juncos del polícromo cesto que debería ser —si se hubieran observado con seriedad los reglamentos— el llamado «grupo mixto», bien con los partidos nacionalistas de Cataluña o del...

Pactos no, acuerdos sí

Cuando se publiquen estos comentarios estará ya definitivamente cerrada la relación de los senadores de la nueva legislatura, que se habrá inaugurado a principios de abril. Oficialmente se le llamará la novena legislatura. Pero si se empieza la cuenta por la Constitucional del 77 es la décima de la actual Monarquía Parlamentaria de la democracia española. Entre las responsabilidades de la «Alta Cámara» no se halla la de otorgar o negar la confianza al Presidente del Gobierno o a su Gabinete, que es de la exclusiva competencia del Congreso de los Diputados.Los Gobiernos dependen del Congreso, aunque la legislación y el control del Ejecutivo se elaboren y realicen por los dos brazos de las Cortes Generales. Algo parecido ocurre en la mayoría de las naciones de parlamentos bicamerales, tanto de Europa como de América o Asia. Por eso, en España, el debate político y el análisis de estudiosos e informadores, y de la generalidad de los ciudadanos, suele concentrarse en lo que se discute y se resuelve en el palacio de la Carrera de San Jerónimo. Allí los diputados examinan casi todas las semanas al Gobierno, debaten entre ellos y aprueban leyes y mociones de directa repercusión en la política nacional.En estas últimas elecciones de marzo el PSOE ha obtenido cinco diputados más que en la anterior. Ahora a los socialistas, con ese nuevo quinteto, sólo les faltan siete escaños para la mayoría absoluta de la Cámara y no doce como antes. Pero hay circunstancias políticas y parlamentarias que no son iguales a las del año 2004. Los «populares» han sumado más votos que entonces y también han ganado otros cinco diputados, si bien su grupo parlamentario del Congreso sigue teniendo dieciséis menos que el de los gubernamentales.El incremento parlamentario del PP se debe en buena medida a su trabajo en la oposición y al desgaste político del Gobierno socialista. El del PSOE ha sido a costa de los trece fieles y obedientes socios del «tripartito de Madrid», que le aseguraban, casi sin debate, cómodas y disciplinadas votaciones y eran fáciles de contentar con promesas y acciones o declaraciones demagógicas y con su participación en el Ejecutivo de la Generalidad catalana conforme a lo convenido en el «Pacto del Tinel». Aquellos trece diputados amigos de la llamada «Izquierda Unida»- —que no estaba tan «unida»-— y los «separatistas» republicanos de Cataluña, se han visto reducidos unos a dos y otros a tres, desapareciendo sus grupos parlamentarios propios en el Congreso, y se quedan con poca voz en los debates y menos representación en las Comisiones parlamentarias a la hora de votar.Si se aplican los reglamentos como es debido, y es de esperar que así lo hagan la Presidencia, la Mesa y la Junta de Portavoces de la Cámara, los «rojiverdes» de IU y los republicanos catalanes tendrán que integrarse en el grupo mixto y repartirse los tiempos de palabra con diputados de otras tres o cuatro formaciones, perdiendo presencia en los debates parlamentarios y repercusión en los medios, en la...

La España que nos queda

La octava legislatura que en estos días ha terminado su vida no ha sido ciertamente el período político más glorioso ni el más brillante de este último tercio de siglo español.En marzo de 2004, con la derrota electoral del partido que había gobernado España durante los ocho años anteriores, se constituyó en torno a los socialistas una mayoría parlamentaria prendida con alfileres que, ante determinados asuntos, resultaban punzantes. Era el tripartito del PSOE con los republicanos separatistas de Cataluña y los antiguos comunistas, teñidos de «verde» en algunas regiones. Unos y otros perseguían objetivos políticos distintos y sólo les unía compartir en mayor o menor grado parcelas de poder y el propósito de «liberar por fin a España de las ataduras históricas que mantenían atenazado al país durante los últimos regímenes: la monarquía de Sagunto, la dictadura de Primo, el sistema franquista y los casi treinta años de la transición». A unos —ERC e IU— les gustaría acabar con todo ello pronto y de una vez. Los socialistas, con más pies de plomo, aspiraban a un gobierno más duradero y «progresista» que el del presidente González.Esa misma fórmula de «tres en uno» era independentista en las regiones más nacionalistas y simplemente satélite del PSOE en otros sitios, dando lugar a flagrantes contradicciones que toda España recuerda. Hubo tripartito también para el Gobierno de la Generalitat, con presidencia del PSOE, pero también con el singular episodio del acuerdo del presidente del Gobierno con CIU, a espaldas de los republicanos de Esquerra, y de sus propios compañeros del PSC, para luego romper con esos nuevos amigos y dar lugar al referéndum estatutario de más alta abstención que han conocido las votaciones españolas del siglo XX.En estos cuatro años han fracasado ruidosamente —nunca mejor dicho— lo que se llamó el «proceso de paz» y los soñados acuerdos con los terroristas, el borroso —y utópico— proyecto con que soñaban algunos gubernamentales de sustituir la unidad de la nación española que dice la Constitución, por una mal hilvanada «confederación» de entidades territoriales que, más que formar un Estado a la altura de los tiempos actuales en el mundo desarrollado, degeneraría en un puzzle de piezas imposibles de encajar entre sí.Oficialmente no ha habido cambios en la Constitución de 1978. Unos dicen que fue por falta de consenso y otros porque no hacían falta. Pero varios de sus artículos han resultado erosionados por leyes aprobadas en el parlamento por la mayoría tripartita gubernamental que sostenía al Gobierno. Si se llegaran a poner en práctica algunos de estos nuevos preceptos habrían dejado de ser respetadas las sabias previsiones de los artículos 148 y 149 de la Constitución del 78 en que se enumeran las competencias políticas y administrativas que pueden ser asumidas por las comunidades autónomas y las que están reservadas al Estado. Si bien hay que hacer constar que en algún caso, por razones de «política menor», ha habido reformas estatutarias e incluso nuevos estatutos autonómicos que contaron con el apoyo o la tolerancia del...

A menos de cien días del 9 de marzo

Dentro de tres meses, por décima vez en los treinta años de la actual monarquía constitucional y parlamentaria, los ciudadanos españoles serán invitados a votar en unas elecciones generales. En la mayor parte de las ocasiones anteriores -siete de nueve, es decir, todas menos la de 1993- antes de los comicios se preveía generalmente cuál de los dos partidos nacionales obtendría la mayoría absoluta, o una minoría mayoritaria que le permitiera formar Gobierno. (Siempre ha habido, desde el 77, algunos partidos más que alcanzan representación parlamentaria, pero que para el regimiento general del Estado, sólo son complementarios).En el 77 y en el 79 ganó, conforme se esperaba, la UCD del presidente Suárez; en los años 82, 86 y 90 los socialistas; en el 96 y en 2000 el Partido Popular. Y hasta la misma mañana del atentado terrorista del 11 de marzo de 2004, la opinión más generalizada era que repetirían poder los populares, sin Aznar ya de candidato y con un margen más bien corto. No ocurrió así por causas repetidamente examinadas por comentaristas y estudiosos y que todavía son objeto de debate. En ese 2004 el PSOE tuvo más votos y superó a sus rivales en el Congreso de los Diputados en doce escaños, que representan el 3,4% de la Cámara.Si el 9 de marzo de 2008 los socialistas no triunfaran en las elecciones y se convirtieran en el principal partido de la oposición, sería la primera vez desde que España recuperó la democracia en que el Gobierno perdería el poder tras una sola legislatura.]Hay crecientes indicios de que puede ser así. El actual Ejecutivo no ha resuelto de verdad la mayor parte de los problemas pendientes, que no eran pocos ni de escasa monta, sino que por el contrario ha creado otros nuevos y ha despertado imprudentemente expectativas de imposible cumplimiento. Ocurrió con las conversaciones de unos representantes del Gobierno y los cabecillas de ETA, cuya sola y desafortunada gestión arrastró el final del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que precisamente por iniciativa socialista se había conseguido llevar a término en la legislatura popular anterior, sin que se haya producido ninguna contrapartida de signo positivo.También se han extendido los problemas y los enfrentamientos -menos académicos que políticos- al universo de la educación en todos los niveles y en todas las direcciones de la rosa de los vientos. Se derogó una ley del ministerio de Aznar, sin intentar siquiera ponerla en práctica aunque hubiera sido con algunas modificaciones. La ha sustituido, casi cuatro años después, otra ordenación que más que orientarse a la calidad como pretendía aquélla, encamina a docentes, escuelas y estudiantes por el plano inclinado de la facilidad. Al mismo tiempo la falta de un mínimo de disposiciones armonizadoras en este orden de la educación convierte la enseñanza de los jóvenes españoles en un revoltijo de planes, por así decir «territoriales», totalmente inadecuados para una sociedad dinámica y progresiva en que las gentes no están necesariamente adscritas al lugar o región de su...

La tradición y el humanismo

La idea de orden pedagógico, que es más urgente defender en nuestro país y en nuestros días, es la principal eficacia educadora del estudio de la lengua y la literatura propias. Sin una asimilación profunda de estas dos grandes enseñanzas, el hombre carece de medios de expresión, no sabe explicarse, lo cual le coloca en una situación social tosca y rudimentaria. Y por otro lado le priva de los normales estímulos o entrenamiento para tener algo que expresar.Y la solución, desde luego, no es, como algunos creen prácticamente, rebajar cada vez más los niveles de exigencia y las metas culturales de la enseñanza. El único camino para la redención de esta indigencia es reforzar la aplicación y el tiempo dedicados al estudio de la propia lengua y a la penetración graduada y racional en sus grandes creaciones literarias. O sea, volver, en cierto modo, a los cursos de gramática, al comentario asiduo de los textos escolares que se practicaba en nuestras aulas en el siglo XVI. Sólo que ahora, transcurridos trescientos cincuenta años de Cervantes, cuatrocientos de Fray Luis y cincuenta de Galdós y Menéndez Pelayo, la lengua y los textos sobre los que hay que ir formando el vocabulario, la expresión y la mente de los jóvenes, se hallan en los grandes escritores españoles.La gran literatura que representa las altas cimas de la capacidad humana de expresión, ejerce necesariamente -incluso por contacto- una profunda depuración en los espíritus. Igual que el milagro siempre nuevo de la poesía, y el ejemplo de la educación de forma y contenido que ofrecen quienes de verdad han sido grandes escritores.El conocimiento de la lengua dota al hombre de una capacidad de expresión sin la cual son imposibles la vida social y la vida del espíritu. El estudio de los monumentos literarios ofrece materia a la admiración e imitación. Por la impecable continuidad de estos conceptos y por el genio poético de sus principales escritores, fue posible a los griegos la creación de una gran literatura. Las necesidades de enseñanza y la estima de los más altos valores nacida de la vieja educación por la palabra, garantizaron la conservación de las obras maestras. Mientras que la selección -tal vez arbitraria, tal vez justificada- que establecían los cánones de autores escolares, determinaba qué libros en concreto iban a vencer en la implacable lucha de todo lo humano con el tiempo y con la muerte.Los griegos, de este modo, habían dado un singular carácter a sus tradiciones pedagógicas, si se las compara, sobre todo, con las del resto de las civilizaciones antiguas. La suya pudo ser, por ello, una cultura civil y literaria, transmitida de una generación a otra por los métodos de la educación. En sus grandes obras, además, hallaba Grecia una expresión muy alta y depurada de la persona y la experiencia humanas.Roma lo entendió así. Fue el contacto helénico quien sacó a los latinos de la oscura protohistoria -en que, por ejemplo, vivían aún en los días de César los celtas de...

España en 2008

En menos de seis semanas se han sucedido tres acontecimientos políticos importantes, las elecciones de mayo, el debate de este mes de julio y el nombramiento de varios nuevos ministros. Estos hechos, en el tramo final de la actual legislatura, invitan a algunas consideraciones sobre las perspectivas de los próximos comicios generales de principios de primavera. Se ve que el presidente trata de renovar la gastada imagen del Gobierno sin tocar las estructuras fundamentales del Estado, sometido al baile de los Estatutos, ni las políticas más características de su Ejecutivo. Tres, por lo menos, de los departamentos que cambian de titular han perdido gran parte de sus competencias transferidas a las comunidades autónomas. Por lo que el cambio de titulares de esas carteras es probablemente más de imagen que de proyecto. España, tras el debate y con la pequeña crisis ministerial de ahora, ha entrado ya en pleno periodo preelectoral: con una salud económico-social, si no muy brillante, aceptable y aceptada, pero todo el país con serios problemas sin resolver. Esos son los que se van a discutir en los próximos meses entre los dos únicos partidos políticos capaces de encabezar el gobierno de la nación. Los de ámbito puramente territorial o local no cuentan nada o muy poco a la hora de elegir diputados o senadores. Igual que ese satélite de los socialistas que ahora se llama «Izquierda Unida», con más de lo primero que de lo segundo, como demuestran las «asambleas» o conventículos de los grupos que lo integran.Hay una cierta asimetría entre los totales de los votos de las dos formaciones principales y el poder municipal o regional que han alcanzado ademas tras los comicios de mayo. Parece que los populares han sido apoyados por 160.000 electores más que los socialistas. Sin embargo, aun siendo la suya la lista más votada en algunas comunidades autónomas y en importantes capitales de provincia, han de pasar a la oposición en ciertos lugares: en las Baleares, y quizá también en Navarra, y lo mismo sigue sucediendo en otras regiones más del norte de la Península y ocurre también en ciudades como León, Cáceres, Sevilla y unas cuantas más.En casi todas estas localidades y autonomías las administraciones se encuentran en la precaria situación de necesitar apoyos puntuales o permanentes de agrupaciones locales o regionales para los grandes asuntos, o incluso para sacar adelante cuestiones menores, y en señaladas ocasiones para formar tripartitos contradictorios, como por ejemplo el de Barcelona en que están coaligados el Partido Socialista Obrero Español -un partido «nacional»- y los independentistas de Esquerra. Esos votos que hay que negociar, en ocasiones caso por caso, indispensables para aprobar planes o proyectos, acaban siendo muy costosos en términos políticos y ordinariamente también presupuestarios. Así se está viendo ahora ya en la misma Cataluña y en Galicia. Para funcionar de modo satisfactorio los acuerdos de gobierno entre partidos habrían de estar claramente especificados y además ser públicos.Las agrupaciones locales de varios de esos municipios y las insulares de Baleares o...

El problema de las mayorías artificiales

Artículo sobre la situación en que se encuentra el Congreso de los Diputados, los escaños de los socialistas no bastan para que el gobierno se asiente cómodamente.

Camus, entre el paganismo y el cristianismo

Albert Camus recuerda a los antiguos estoicos en la medida en que el estoicismo es también eudemonista: una filosofía para la cual el destino y la justificación de la vida humana es la misma felicidad. Recuerda también a los estoicos por su inmanentismo, opuesto a toda trascendencia; dicho de otro modo, por su voluntad de fundar una moral que sólo repose en el hombre, sin que haya necesidad ni de dioses (para Marco Aurelio), ni de Dios (para Camus). Un estudio de sus principales lecturas confirma su posible inclinación hacia el estoicismo.Tal vez Camus consideró en algún momento a los estoicos como almas gemelas a la suya; él se consideraba, ante todo, como perteneciente al mundo (desde Noces a l'Été), un hijo enamorado del Mediterráneo, de la luz y de los griegos: todo su reino era de este mundo y, su religión, un gran mar, junto con la noche. Albert Camus se sentía profundamente mediterráneo y pagano: el misterio era para él, como para los griegos (así, al menos, entendía él el misterio de los griegos), una luz deslumbradora.Hay una frase de Camus muy significativa que explicita una de sus declaraciones anteriores. Es la siguiente: «Secreto de mi universo, imaginad a Dios sin la inmortalidad del alma». Explicación: «Tengo el sentido de lo sagrado y no creo en la vida eterna, eso es todo». Marco Aurelio, quien, con toda evidencia, tenía un profundo respeto por lo sagrado y muchas dudas sobre la trascendencia metafísica de los dioses y la inmortalidad del alma, hubiera podido decir algo análogo.Pero no por ello deja de ser cierto que, en un escritor moderno, una confesión de paganismo no es nunca rigurosa. En cualquier caso, no encierra nunca un contenido positivo. O bien se entiende por paganismo una inclinación sentimental, unilateral y exclusiva hacia un aspecto del mundo precristiano, como si la historia fuese reversible, como si el reloj de los siglos pudiese ser voluntariamente adelantado o atrasado. O bien la bandera del nuevo paganismo encubre una especie de comunión absoluta con la naturaleza, a la que se considera el opuesto de la espiritualidad de Dios.Pero el paganismo histórico no tenía nada que ver con todo esto. Los antiguos fueron, y su vida no puede ser vivida de nuevo. La Historia no consiste, ciertamente, en un progreso absoluto en línea recta, pero mantiene ciertas similitudes con las aguas de un río, que no cesan de correr, siempre distintas aunque conserven una composición fisicoquímica más o menos constante. El sentimiento de la naturaleza, si por ello se entiende una comunión con ésta, fue completamente extraño al hombre de la Antigüedad, como lo fue para el hombre primitivo y como lo será después para el hombre medieval. El hombre ha sabido siempre sumergirse en los elementos amables y pacíficos de la Naturaleza en los días felices de una primavera mediterránea llena de aves, de árboles y de flores: es la historia de los jardines de Acodemos y del otium semirrural y semicivilizado de la villa ciceroniana...

Una responsabilidad de todos

Las dos Américas —anglosajona en el norte e ibérica en el centro y el sur— por un lado y Europa por el otro ciñen los espacios del océano Atlántico, del que con razón se ha dicho que fue el Mediterráneo de la Edad Moderna, como quizá se diga desde este mismo siglo XXI del Pacífico tal como vienen los tiempos. Las naciones de ambos continentes, que han vivido durante cuatro o cinco centurias una historia común, comparten también una cultura que, sobre todo en los últimos siglos, se ha visto enriquecida casi indistintamente con aportaciones nacidas en una u otra orilla. Católicos en el centro y en el sur del Nuevo Mundo, y con predominio de confesiones «reformadas» en el norte, sus gentes y sus sociedades, igual que las de Europa, pertenecen a la cultura cristiana. Las lenguas americanas de cultura y comunicación (español, portugués e inglés) se formaron en la Edad Media europea. Las dos primeras directamente nacidas del latín, como una hija de su madre, y la otra en parte también. Además, la gramática, la literatura, los modelos culturales y el léxico de la lengua inglesa tienen que ver con el latín bastante más que los restantes idiomas germanos o eslavos del Viejo Continente, en los que no deja de haber huellas gramáticas o culturales de la que fue la lingua franca de todo el Medievo.]A partir de los primeros años del siglo XVI, hace precisamente ahora cinco siglos, se empezó desde Europa a descubrir el Nuevo Mundo y a poner el pie en él. Los cambios históricos y políticos que allí se produjeron, fueron diferentes en las diversas experiencias históricas. En el norte hubo una verdadera colonización. Los que llegaban, que eran pocos, desplazaban a los que había, que tampoco eran muchos. Los primeros «pilgrim fathers» venían con su inglés, su Biblia, su laboriosidad y sus hábitos de vida, y fueron obligando a dejar sitio a las escasas y rudimentarias poblaciones nativas, mientras ellos construían ciudades en lo que habían sido meros asentamientos. En unos lugares sencillamente se ocuparon las tierras y en determinados casos — c o m o el que se dio con el futuro Manhattan— se compraron a los nativos. Finalmente, en ciertas ocasiones se asimilaba a los indígenas y en otras, mucho más numerosas, se les vencía y con más o menos resistencia se les echaba hacia el oeste, gracias a la superioridad técnica, militar y cultural de la que disfrutaban los «peregrinos» y sus descendientes.En el centro y en el sur, España y Portugal actuaron de otro modo. No existieron propiamente colonias en el sentido común de la palabra, sino que los territorios formaban parte de las respectivas coronas y su administración se confiaba a funcionarios del rey a título de virreyes, igual, por ejemplo, que en Aragón o en Valencia. Y para el ejercicio de las responsabilidades militares o judiciales de los representantes de la Corona funcionaban los capitanes generales y las Audiencias. No hubo genocidio cultural, pero sí existió...

Autonomías, Constitución y monarquía

Desde la aprobación de la Constitución de 1978 que supuso la organización territorial española, ha habido algunos cambios. La reciente aprobación del nuevo Estatuto de Cataluña ha generado consecuencias que trascienden los límites geográficos y políticos catalanes.

Por el hombre y su patria

 Catedrático de Universidad desde mayo de 1932, a los veintiséis años, el doctor Juan José López Ibor ha sido una de las más destacadas personalidades de la medicina española en la segunda mitad del pasado siglo, con una proyección internacional, ampliamente reconocida, en el campo de la psiquiatría. Numerosos profesores y psiquiatras españoles y no pocos especialistas de otras naciones le llaman «maestro», y con razón, porque lo ha sido. Existen importantes y debatidas materias, como la «angustia» y la naturaleza de las neurosis, en cuyo estudio y tratamiento las investigaciones y escritos de López Ibor constituyen una autoridad ampliamente aceptada.De todo esto yo, amigo y admirador suyo, universitario también pero del gremio de las Humanidades Clásicas, tengo poco que decir, si bien debo dejar testimonio de que el maestro López Ibor, hombre de vastos intereses culturales, había leído en buenas traducciones y en diversas lenguas a filósofos e historiadores griegos y romanos, y también a grandes de la Edad Media como Dante. Los conocía bastante bien y sabía aducir, sin pedanterías, con sobriedad y en el momento oportuno, una cita o frase en latín.En los ambientes de pensamiento y universitarios y, en general, en la vida pública española su persona y su obra han ocupado con toda justicia un lugar eminente y han ejercido en no pocos momentos y ocasiones una más que apreciable influencia.M e agrada haber sido invitado por los López Ibor de ahora a unirme como amigo del maestro con esta obligadamente breve intervención al homenaje que colegas suyos de todo el mundo y sus muchos amigos ofrecen a su memoria en el centenario de su nacimiento. Querría ceñir mis palabras a comentar algunos de sus libros de carácter más general en que se aprenden tantas cosas sobre dos de las grandes cuestiones que fueron objeto de su meditación durante toda su vida: España y los españoles por un lado y «el hombre» por otro. O sea, su «patria» y su antropología. En lo que acerca de ambos asuntos dejó escrito hay lecciones sobre las que deberíamos reflexionar los españoles y los intelectuales que hemos alcanzado este tercer milenio y el siglo XXI.En los primeros años cuarenta de la pasada centuria, a los jóvenes de entonces que llegábamos a la universidad cargados de ilusiones nos llamó poderosamente la atención un libro que se titulaba Discurso a los universitarios españoles, publicado en Salamanca el año 1938 por el catedrático de Medicina Juan José López Ibor.España estaba saliendo penosamente y con dificultades del más grave y trágico episodio de su historia en la llamada edad contemporánea. Igual que a principios del XIX tras la Guerra de Independencia frente a los franceses, España había quedado materialmente destrozada y políticamente dividida, con unas heridas que tardarían después casi cuarenta años y dos generaciones en curarse. En el libro de López Ibor, sin embargo, no había ni asignación de culpabilidades ni estériles lamentaciones. Era una lectura estimulante. En sus páginas se ofrecía un análisis histórico y filosófico de lo que...

Del estatuto y otras cosas

Sobre la probabilidad de la aprobación del proyecto del nuevo Estatuto de Cataluña que ahora se debate en la Comisión Constitucional del Congreso.

Al inicio de un nuevo milenio

El autor hace una reflexión sobre los acontecimientos del pasado y la huella que han dejado en la historia hasta el momento presente. Desde los quinientos años de Colón hasta el gobierno actual.

Ortega, nuestro contemporáneo

Pocos españoles han marcado en la historia nacional del siglo XX una huella tan extensa como Ortega. Durante lustros su figura estuvo rodeada de un prestigio casi mítico: sólo citar a Ortega ya era un argumento. Ortega representaba la inteligencia y la cultura.Los libros de Ortega eran un acontecimiento; sus conferencias, un éxito; ningún español que se preciara de culto podía desconocer las obras de su editorial o la Revista (la Revista era siempre la Revista de Occidente); los trabajos periodísticos de Ortega eran lectura obligada de todas las «elites» del país.Con ser grande y decisiva la influencia de Ortega en la vida intelectual española —jóvenes y maduros buscaban su aprobación o el amparo de su nombre—, no fue menor la que ejerció en la política, donde izquierdas y derechas trataban de obtener su alianza o, al menos, su neutralidad. Ortega, que no perteneció a partidos ni ocupó cargos —salvo el de diputado en las Constituyentes de 1931—, intervino asiduamente en la política durante veinticinco años con sus artículos de prensa: de 1908 a 1917, principalmente, en las columnas de El Imparcial; de 1917 a 1931, en las de El Sol, y después, en Crisol, hasta que en 1932, próximo a cumplir cincuenta años, se despidió con cierta solemnidad de la vida pública española.Muchos de los artículos de Ortega fueron parte de libros unitarios, concebidos como tales por su autor, pero anticipados y aun escritos fragmentariamente, al paso de los días, para que aparecieran primero en un periódico: España invertebrada, Mirabeau, La rebelión de las masas. Pero aparte del material recogido en estos libros, Ortega publicó, con su nombre o sin él, varios centenares de artículos, editoriales y comentarios, en los que, al hilo de los hechos nacionales o de la actualidad mundial, ejercía incansablemente el oficio que a sí mismo se había asignado de pedagogo en España.LA ACTUALIDAD DE UNOS TEXTOSEstos trabajos periodísticos más ocasionales, diversos en motivaciones y temática, perecederos en principio como el curso de los acontecimientos y las circunstancias en que fueron compuestos, son los que ahora han recogido en los volúmenes X y XI los editores de Obras completas1. Ordenados cronológicamente en los dos tomos (salvo los textos que el autor había agrupado en tres libros de urgencia editados en los años 1931 y 1932, que ahora se recogen en el tomo XI), los Escritos políticos de Ortega constituyen hoy una lectura accesible e importante no sólo para conocer con precisión el pensamiento del autor, sino como un elemento indispensable para interpretar los veinticinco años de esperanzas y frustraciones españolas que transcurren entre 1908 y 1932 y —lo que es, quizá, de más alcance o de más inmediata utilidad— para reflexionar sobre el presente y el futuro próximo de España, donde siguen vivos, a nivel de problemas, muchas de las cuestiones a las que aplicó Ortega la capacidad de análisis de su poderosa inteligencia.Ante la virtualidad que conservan muchas de las cuestiones planteadas en las páginas de los dos volúmenes y los juicios que...

Don Quijote y sus lecturas

Cuando Miguel de Cervantes en 1604, antes del mes de septiembre, terminó de escribir -y muy a su gusto- la primera parte del Quijote, antes de dar el manuscrito a la imprenta, le quedaban pendientes dos cosas que los lectores echarían de menos si no las encontraban en el libro. Una era un prólogo que explicara la naturaleza y finalidad de su obra y otra esa serie de «sonetos, epigramas o elogios» de «personajes graves y de título» de alabanza del libro, de su autor o del asunto que eran habituales en aquella época. Estas dos deficiencias casi le llevaban a la decisión de «determinar que el señor don Quijote se quede sepultado en los archivos de la Mancha hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas que le faltan». Pero esas lamentaciones y esa presunta decisión no eran verdad. El irónico ingenio cervantino, a la manera mayéutica de Sócrates, tenía pensadas las respuestas antes de que le llegaran las preguntas.Para explicar y justificar la solución que dio a los dos problemas acudió a inventar la visita de un supuesto amigo suyo que le sorprendió «con el papel delante, la pluma en la mano, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando» qué hacer. Él le habría referido sus cuitas y el supuesto interlocutor, a quien Cervantes le había dado a leer con anterioridad el original le dio la solución, definiendo con un par de frases la obra que él ya había leído. Este libro, dijo, «no tiene necesidad ninguna de aquella cosa que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías» de los que no se había ocupado ninguno de los autores que se suelen citar para realzar las obras literarias. Más adelante, el amigo habría insistido con más precisiones en la misma idea: «Esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías».Con estas palabras puestas en boca de su innominado amigo, que le había hecho salir de su embarazo y le había dado ya casi hecho el prólogo, Cervantes proclamaba que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha era un libro de libros, que lo había escrito para enfrentarse con los de caballerías, una «secta» que, como diría el cura en el capítulo sexto de esta primera parte de la obra al practicar junto con el barbero el escrutinio de la biblioteca, tuvo como «dogmatizador» a Amadís, y a la que había que combatir para bien de la república. Y en cuanto a los poemas de saludo y alabanza, siguiendo un segundo consejo de aquel «interlocutor» había resuelto componerlos él mismo atribuyendo la autoría a los personajes de ficción que le pareciera que pegaban mejor.Toda la historia del hidalgo manchego, en efecto, no es para su creador otra cosa que una confrontación con los libros de caballerías que tanta difusión habían alcanzado en...

America, América

Con motivo de la futura cumbre iberoamericana se hace un repaso de la historia de la conquista de Ámerica. Sobre los viajes que alcanzaron Tierra Firme y las exploraciones que se fueron extendiendo por la costa hacia el sur.

Ni en este momento ni en este ambiente

De cómo los estatutos de Autonomía no son unas disposiciones privativas de un territorio o de una comunidad.

Los diálogos de Aznar

Bajo la forma de una serie de estampas de estadistas y otras personalidades de análoga significación de los diversos países del mundo que ha tratado en sus años de presidente del Gobierno, y de algunos acontecimientos vividos par él en ese tiempo, José María Aznar acaba de publicar un Libro en el que, entre otras cosas, manifiesta con hechos y palabras los principios ideológicos y políticos que han guiado sus actuaciones públicas desde que en 1982 fue elegido diputado al Congreso por Ávila, primero de Alianza Popular y luego del PP. Estos Perfiles y retratos de Aznar son un «libro político», incluso de «filosofía política», y no unos fragmentos de memorias que estarían más cerca de la autobiografía que de la historia. En sus casi cuatrocientas páginas se explica mucho de lo que el presidente Aznar ha hecho en el gobierno de España y por qué lo ha hecho. Todo lo cual se expone no con declaraciones teóricas o exposiciones doctrinales, sino refiriendo decisiones, realidades y actitudes. Hace casi cinco siglos, el humanista valenciano Luis Vives escribió para el joven príncipe Fernando, hermano de Carlos V y futuro sucesor suyo en el Imperio, un conjunto de declamaciones o discursos sobre situaciones planteadas en la República romana. Afirmaba Vives que ese libro suyo no era una colección de ensayos retóricos, sino una obra de filosofía política, complementaria de los sabios tratados de otros autores. Con él enviaba al príncipe «una obra útil para la administración de un Estado en las variadas circunstancias de la vida pública», porque en ella se contenían ejemplos y casos prácticos que confirmaban la doctrina y estimulaban su aplicación a las realidades de la vida. En un sentido análogo el libro de Aznar es un libro «político» e incluso de «filosofía política». También es, desde el punto de vista literario, un libro de «diálogos». La mayor parte de sus cuarenta y un capítulos están dedicados a personalidades políticas del mundo con las que el autor ha mantenido una relación directa y fluida, aunque en algún caso resultara tan áspera y difícil como en sus conversaciones con Fidel Castro. La lista de los interlocutores de Aznar, entre los jefes de Estado y de gobierno que aparecen en el libro, está cuajada de nombres que en estos años últimos han llenado — y llenan— titulares de periódicos: Bill Clinton, Jacques Chirac, Putin, Rabin, Georges W. Bush, Havel, Carlos Menem, Alvaro Uribe, Ernesto Zedillo, el ya mencionado Castro, Adolfo Suárez, Thatcher, Kohl, Berlusconi, Lionel Jospín, Antonio Guterres, Durao Barroso, Tony Blair. A ellos se unen los islámicos Hasán II, Gadafi y Jatamimás los hispanos Fraga y Pujol y los más próximos parientes del autor, los dos ilustres periodistas Manuel Aznar, abuelo y padre, y Ana Botella, junto a los siempre llorados y entrañables Gregorio Ordóñez y Miguel Ángel Blanco, compañeros de partido del autor, víctimas del terrorismo de ETA. Con especial atención y respeto ha consagrado Aznar uno de los más cuidados capítulos del libro al papa Juan Pablo II, relatando conversaciones...

No faltarían quehaceres al Gobierno, si…

Sobre lo acontecido tras en referéndum del 20 de Febrero y la postura frente al Pan Ibarreche de los diferentes partidos políticos.

Libro, latines e imprenta: historia de una revolución

Una breve reseña de la historia del libro, desde sus orígenes como codex, la imprenta, los incunables, el latín y el griego... hasta la lengua de la Europa culta de hoy.

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