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Poco después de unas precipitadas elecciones andaluzas, y poco antes de unas generales, las elecciones del próximo mes de mayo se vivirán como unas auténticas elecciones primarias. Siempre ocurre algo parecido; en España y fuera de nuestras fronteras también, las elecciones locales se ven como tomas de temperatura del clima político general de un país. La sensación, sin embargo, no es del todo exacta. La mayor cercanía a los candidatos y a sus programas permite a los votantes, en las elecciones municipales y en las autonómicas, formarse una idea más completa sobre sus propias preferencias. En las urnas locales pesan más los candidatos y sus propuestas, habitualmente muy tangibles; en las generales, lo más ideológico, las grandes líneas de la acción política encuentran mejor su acomodo.

Las circunstancias han hecho de este 2015 un año intensamente electoral en el que no es fácil prever cómo influirá cada convocatoria en las siguientes, donde no sabemos cómo decidirá repartir cada elector sus afectos y críticas entre las distintas oportunidades que se le van a ofrecer. Todo indica que las opciones están muy abiertas. De alguna manera, las elecciones al parlamento andaluz nos han ofrecido algunas pistas sobre cómo están los estados de ánimo. La crisis sentida por los ciudadanos no es solo económica, es también institucional. Y, entre las distintas instituciones, afecta de manera singular a los partidos que han ostentado las responsabilidades de gobierno durante las últimas décadas y a quienes formamos parte de ellos.

Los españoles reclaman que las cosas cambien, y que cambien ya. No es solo una demanda material, no se limita al bienestar económico, la generación de empleo o la mejora de los servicios públicos. Posiblemente en ese campo es donde mejor se comprende que nada se transforma de verdad de la noche a la mañana, que no es posible recomponer en un par de años la profunda quiebra económico-social que estamos padeciendo tras la desastrosa etapa de gobierno socialista. Lo que no se acepta con facilidad es que unas prioridades oscurezcan otras, que lo más urgente paralice lo más importante, en definitiva, que las reformas económicas desplacen a las institucionales.

Porque, en última instancia, las crisis económicas tienen siempre algo de cíclico, de coyuntural, mientras que el deterioro institucional, si no se ataja con determinación y rapidez, conduce a la decadencia.

En Andalucía el voto conservador en el sentido más literal de la palabra, el de quienes no quieren asumir riesgos ni reclaman cambios, se ha concentrado en torno al Partido Socialista. El voto por el cambio, sin embargo, se ha dispersado entre la opción conocida, el Partido Popular, y las nuevas ofertas electorales, Podemos y Ciudadanos. De alguna manera todas las elecciones encierran una alternativa entre conservación o innovación, entre la continuidad o la alternancia. La fórmula del vencedor está en saber construir mayorías, para continuar o para cambiar, y en ser capaz de aglutinar a todos los que desean seguir uno u otro camino. En Andalucía había ganas de cambiar pero no ha sido posible reunir fuerzas. El resultado es la frustración de las aspiraciones mayoritarias en beneficio de la minoría mayor.

Las elecciones locales inundarán todos los pueblos de España. Ninguna otra campaña reúne a tantos candidatos y partidos en tantas plazas distintas. Se elegirán más de

8.000 alcaldes y casi 70.000 concejales, lo que significa que habrá algunos centenares de miles de candidatos haciendo campaña en cada rincón de nuestro país. Votaremos también parlamentos en trece comunidades autónomas, en Ceuta y en Melilla, diputaciones forales, cabildos y consejos insulares. Y en una votación posterior, los concejales elegidos decidirán quién estará al frente de treinta y ocho diputaciones provinciales. En un Estado tan intensamente descentralizado, el que más repartido tiene el presupuesto entre los diferentes niveles de gobierno de toda Europa, los electores decidirán el próximo mes de mayo sobre la mayor parte de las políticas y de los servicios públicos que más directamente les afectan.

Hace cuatro años los españoles dieron un inmenso voto de confianza al Partido Popular. Reforzaron las mayorías allí donde ya existían, buena prueba del gran trabajo desarrollado al frente de sus respectivos gobiernos. Y nos confiaron la alternancia allí donde era demandada, en Extremadura y Castilla-La Mancha tras décadas de gobiernos socialistas; en las Islas Baleares, Cantabria y Aragón donde en algún momento anterior habíamos gobernado para ser más tarde desplazados. El ppfue el partido más votado en las elecciones municipales de trece de las diecisiete comunidades autónomas, así como en la inmensa mayoría de las capitales de provincia. Más de 4.000 municipios fueron confiados a los alcaldes populares.

En 2015 las cosas no están tan claras. Con carácter general, existe una buena valoración del trabajo desarrollado por los gobiernos del Partido Popular y, sin embargo, algunos sondeos anuncian un reparto más equilibrado de fuerzas. La debilidad del Partido Socialista es patente, y su capacidad para aglutinar las demandas de cambio es prácticamente nula. Pero muchos españoles quieren cambiar las cosas, muchas cosas que posiblemente quedan lejos del alcance de sus gobiernos regionales o locales, pero que algunos no querrán dejar para más adelante.

Este es el caldo de cultivo de los populismos emergentes, una demanda de cambio no bien canalizada por las ofertas políticas convencionales. El populismo se reviste de un discurso débil, superficial, banal, basado en una retórica emocional que solo puede abrirse paso en un contexto de excepcionalidad. Ofrece soluciones sencillas a problemas complejos; no quiere confrontar las ideas, solo busca enfrentar a las personas. Es divisivo porque, en última instancia, pretende demoler el entramado institucional existente para sustituirlo por otro bajo control propio. La estrategia populista cabalga sobre un antagonismo que no admite soluciones políticas, no busca la transacción ni el equilibrio, solo la victoria definitiva. Por eso no fingen cuando se muestran defraudados con unos resultados notables que sorprenden a cualquier observador externo. No quieren influir, no buscan pactar ni colaborar, tan solo quieren ocupar el poder sin restricciones. No son partidos de alternancia propios de la democracia liberal, son fuerzas dedicadas a construir enemigos de la mayoría a los que combatir y derrotar para siempre.

Los partidos populistas se están abriendo paso a lo largo de toda Europa. En unos sitios surgen desde la extrema derecha, en otros desde la extrema izquierda —como en nuestro país—; incluso surgen desde fuera de la política bajo la batuta de artistas, empresarios o líderes sociales de distinto tipo. Los mensajes varían de uno a otro caso, incluso cambian para una misma fuerza a lo largo del tiempo. Porque el discurso para ellos es solo instrumento, táctica, retórica con la que alzarse con el poder.

A los populismos se los combate con ideas y con principios, con discursos articulados y convincentes, con la empatía que solo da la cercanía y la franqueza a la hora de explicar los problemas, los de la sociedad y también los propios, los de cada partido. Tenemos una sociedad muy madura y responsable, que demuestra una y otra vez su fortaleza y su capacidad de superación, que asume casi cualquier esfuerzo si percibe que lo exige un objetivo superior. Pero que exige explicaciones, claras y sinceras, directas y rápidas.

Y como el populismo se alimenta del inmovilismo, se debe combatir también mediante el reformismo. La responsabilidad política de las fuerzas que aspiran a ser mayoritarias reclama identificar a tiempo los problemas, proporcionar a la sociedad un marco de análisis y ofrecer soluciones. No es posible orillar las dificultades, ni eludir las respuestas; cuando se margina una cuestión que resulta relevante para la mayoría se ofrece un flanco débil a los adversarios. Cualquier vacante resulta rápidamente ocupada por quien está dispuesto a tomar para sí el espacio abandonado, y en ocasiones los interesados logran hacerlo aun sin respuestas mínimamente convincentes, con la mera apariencia de argumentación. El vacío no existe en la política, los votos suman siempre un 100% y todos escaños se reparten en cada elección.

Porque no todo lo nuevo es populismo, también surgen opciones meramente oportunistas. Como los gérmenes que solo prosperan ante la debilidad del enfermo, en el contexto actual algunas pequeñas fuerzas políticas se encuentran con la oportunidad de crecer mucho más allá de lo que era previsible poco tiempo atrás. La clave no está ni en sus candidatos ni en sus propuestas, para entender lo que ocurre basta mirar a sus adversarios. La respuesta pasa necesariamente por recuperar la salud interna de los partidos debilitados, porque el bipartidismo imperfecto con el que nos hemos gobernado desde el comienzo de la Transición ofrece numerosas ventajas pero exige ofertas sólidas e integradoras.

Pero volvamos al próximo mes de mayo, a las elecciones locales y autonómicas. Posiblemente, el debate anterior tenga muy poco que ver con lo que se dilucida en esas urnas. Y, sin embargo, es muy posible que ese sea el debate que enmarque todo el terreno de juego. Las elecciones municipales anticiparon el resultado de las generales en todas las convocatorias desde 1991. La única excepción se produjo en 2007, cuando el recuento municipal favoreció al Partido Popular, aunque por un escaso margen, y sin embargo resultó derrotado en las generales posteriores de 2008. En todos esos procesos imperaba una dialéctica bipartidista, donde la alternancia se expresaba de manera unívoca. Ahora las cosas no están así. El ganador en número de votos municipales podría ser posteriormente desplazado con facilidad del gobierno en unas generales si los pronósticos no varían. La demanda de cambio se está canalizando a través de una oferta multipartidista donde no son en absoluto descartables asambleas regionales o corporaciones municipales con cinco, seis o siete fuerzas, y donde resulta imposible anticipar quiénes formarán mayoría y en torno a qué programas de gobierno. Quien vote por el cambió lo hará asumiendo altas dosis de incertidumbre, lo que ya de por sí es reflejo de la intensidad de sus anhelos. Quienes prefieran la continuidad de gobiernos que han demostrado ser eficaces y responsables en tiempos de crisis, no renunciarán a recibir también un mensaje complementario más sugerente, renovado y transformador.

El desafío del Partido Popular será recuperar el respaldo de las clases medias urbanas, las que más han sufrido el coste de la crisis, las que más intensamente han visto alterado su nivel de vida y su bienestar. Son también los ciudadanos mejor informados y, en consecuencia, los más críticos y exigente, los más profundamente democráticos. En ellos se van a centrar las próximas semanas de campaña, y serán ellos quienes decidirán la magnitud del cambio.


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