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John Müller. Periodista de amplia y reconocida trayectoria en medios impresos y digitales. Tras ser director adjunto del diario El Mundo y pasar por El Español, en la actualidad se dedica a la divulgación económica, la reflexión y el columnismo desde medios como ABC u Onda Cero Radio.


Avance

Las habilidades de lectura de los adolescentes se han desplomado en los últimos años en Estados Unidos, con las consecuencias que ello tiene para la preparación intelectual y las expectativas profesionales de las nuevas generaciones. Así lo constatan la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y diversos estudios de EE.UU. sobre comprensión lectora. Los estudiantes —señala un profesor universitario— se sienten ahora intimidados ante textos de más de diez páginas. ¿A qué puede deberse este inédito fenómeno? La pandemia del covid-19 tuvo algo que ver, si bien ya antes influían factores estructurales, y singularmente la irrupción de los móviles e internet. El estudio de la OCDE indicó que los peores resultados tendieron a estar asociados con tasas más altas de uso de smartphones para el ocio; y los expertos sostienen que leemos menos y peor desde que internet nos hizo dependiente de las pantallas. Esto es así porque —según los críticos— hemos pasado de la galaxia Gutenberg, que requería paciencia para obtener resultados, a una tecnología que prima la búsqueda de recompensa inmediata, y si esta no se produce, pasamos de pantalla. Sin contar con una preocupante derivada: los efectos negativos que para la salud mental de la generación Z tiene el uso y abuso de tales tecnologías, como apunta el psicólogo social Jonathan Haidt en su libro The Anxious Generation.

Por otro lado, modernos métodos de aprendizaje de la lectura, como la llamada alfabetización equilibrada, habían ignorado la importancia de la fonética en edad escolar, sin la cual no es posible llegar a leer bien, como han demostrado estudios cognitivos recientes. No se puede olvidar, además, que en la lectura es importante «situar el texto en su contexto» de manera que, si se reducen los conocimientos de los estudiantes se reducen sus contextos, apunta el pedagogo Gregorio Luri.  La mejora del rendimiento en Misisipi, gracias a reformas de la enseñanza de la lectura —incluyendo la fonética—, ha hecho que 45 estados de EE. UU. y el distrito de Washington apliquen, por ley, estrategias de lectura respaldadas por la evidencia.

Otros factores influyen en la comprensión lectora, como se deduce de los buenos resultados registrados por Irlanda, Japón, Corea del Sur y Taiwán, países en los que se combina la disciplina social, el respeto a la familia y —no menos importante— la cultura del aplazamiento de la recompensa para lograr un fin superior.


Artículo

L

a queja ha existido siempre, pero se está generalizando en Estados Unidos desde hace meses: muchos profesores universitarios se lamentan de la falta de hábitos de lectura entre los nuevos estudiantes. Incluso los alumnos que tienen la costumbre de leer habitualmente ya no son capaces de abordar largas lecturas. El resultado es que incluso para un texto corto, hay problemas de comprensión de los elementos básicos y ni hablar de extraer matices u otras sutilezas.

En diciembre de 2023, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), lanzó una voz de alarma al respecto. Las habilidades matemáticas y de lectura de los adolescentes están experimentando un descenso sin precedentes en docenas de países, según su encuesta más reciente sobre estándares de aprendizaje globales. El organismo dijo que había visto algunas de las caídas más pronunciadas en el rendimiento desde 2000, cuando comenzó sus pruebas, normalmente trienales, de habilidades de lectura, matemáticas y ciencias para jóvenes de 15 años.

En Estados Unidos, la Evaluación Nacional del Progreso Educativo (NAEP por sus siglas en inglés) de 2022 arrojó unos indicadores decepcionantes en lectura que muestran que el desempeño de los estudiantes ha vuelto a los niveles de 1992. Sólo uno de cada tres alumnos superó los estándares básicos de competencia.

El último estudio PIRLS (Progress in International Reading Literacy Study), sobre comprensión lectora, correspondiente a 2021, indica que la tendencia ininterrumpida al alza de este indicador en los países más industrializados del planeta se ha roto desde 2016.

El primer sospechoso ha sido la pandemia. Sin embargo, los indicadores no parecen respaldar que sea la única causa. «El covid-19 probablemente jugó algún papel, pero no lo sobrevaloraría», dijo el director de educación de la OCDE, Andreas Schleicher, en la conferencia de prensa en la que presentó los datos de diciembre. «Existen factores estructurales subyacentes y es mucho más probable que sean características permanentes de nuestros sistemas educativos que los responsables de las políticas deberían tomar realmente en serio».

La generación del iPhone

El segundo sospechoso son los teléfonos inteligentes y las pantallas. Un gran número de expertos culpan a estos dispositivos de que los jóvenes lean poco y mal. El estudio de la OCDE encontró que los peores resultados tendieron a estar asociados con tasas más altas de uso de teléfonos móviles para el ocio (y cuando las escuelas informaron de escasez de docentes). El primer iPhone salió a la venta en Estados Unidos a mediados de 2007, por lo tanto, la generación que ya nació con estos dispositivos en casa está a punto de llegar a la universidad. Pero más allá de una efeméride exacta, los expertos creen que desde que internet nos hizo dependiente de las pantallas, leemos menos y peor.

Adam Kotsko, un escritor, teólogo y profesor universitario, se lamentaba recientemente en un artículo en la revista Slate: «He estado enseñando en pequeñas universidades de artes liberales durante más de 15 años y, en los últimos cinco años, es como si alguien hubiera accionado un interruptor. Durante la mayor parte de mi carrera, asigné alrededor de 30 páginas de lectura por clase como expectativa básica, a veces las aumentaba para lecturas puramente expositivas o las disminuía para textos más difíciles. (Ningún ser humano puede leer treinta páginas de Hegel de una sola vez, por ejemplo). Ahora los estudiantes se sienten intimidados por algo más de 10 páginas y parecen alejarse de lecturas de tan solo 20 páginas sin una comprensión real. Incluso los estudiantes inteligentes y motivados luchan por hacer más con los textos escritos que extraer conclusiones descontextualizadas. Se consume un tiempo considerable en clase simplemente estableciendo lo que sucedió en una historia o los pasos básicos de un argumento, habilidades que antes podía dar por sentado».

La tecnología parece la víctima propiciatoria de estos malos resultados. El último libro del profesor de la Universidad de Nueva York y famoso psicólogo social, Jonathan Haidt, incide en este asunto desde otro ángulo. Su obra The Anxious Generation (que se publicará en español en el mes de mayo próximo con el título La generación ansiosa: por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes) responsabiliza a las nuevas tecnologías no sólo de la pérdida de hábitos de lectura, sino de la crisis de salud mental que se está registrando en la generación Z. Haidt propone superarla limitando fuertemente el uso de smartphones y el acceso a las redes sociales entre niños y jóvenes.

La tesis principal de los que apuntan a la tecnología es que está rehaciendo los códigos de aprendizaje. Pasamos del mundo alfabético de Gutenberg al mundo audiovisual que preconizaba Marshall MacLuhan. Pero, sobre todo, se fomenta un cambio conductual: pasamos de una tecnología que fomentaba la actitud paciente hasta obtener resultados a otra donde la búsqueda de la recompensa es inmediata y si esta no se produce, pasamos de pantalla.    

Hay, sin embargo, educadores que no están de acuerdo con que se señale tan fácilmente a la tecnología. El filósofo y pedagogo navarro Gregorio Luri es uno de ellos. «Me indispone la cara de felicidad que veo en algunas personas cuando se propone prohibir algo. Somos seres tecnológicos. La tecnología no es buena o mala en sí, depende de cómo la utilicemos. Las tecnologías sólo amplifican nuestros sentidos y capacidades». Luri observa a sus nietos y su relación con las nuevas tecnologías y se muestra optimista. Pero hay que imponer límites, claro. Y añade que lo que realmente ocurre es que los padres no soportan la fricción que supone imponer límites. «No quieren dar la tabarra. Quieren que los niños les obedezcan casi sin necesidad de pedírselo».

La lectura online no es mejor   

Antes de la pandemia ya había síntomas inquietantes de que algo iba mal. Los hallazgos de un estudio de casi 2.000 citas extraídas de una muestra representativa a nivel nacional de artículos de estudiantes universitarios, realizado por el Citation Project (una serie de estudios sobre el plagio, la calidad informativa y la enseñanza de la escritura), muestran que estos suelen sacar citas de la primera o la segunda página de un texto y citan esa fuente sólo una vez en su propio trabajo. Sólo alrededor del 6 por ciento de las citas examinadas fueron capaces de resumir la fuente. Por lo tanto, es casi seguro que no se habían leído las fuentes citadas o lo habían hecho superficialmente y con una comprensión limitada, señala Sandra Jamieson de la Universidad Drew e investigadora de Citation Project.

Ni siquiera la lectura online ofrece un panorama mejor. Una serie de trabajos de investigadores de la Universidad de Stanford ha comprobado que los estudiantes de secundaria, preparatoria y universidad tienen dificultades para evaluar las fuentes en línea.

Estados Unidos, un país donde los educadores han estado guerreando entre ellos durante años sobre cuál es el mejor método para enseñar a leer (si el fonético, el integral o la «alfabetización equilibrada»), es el que tiene los datos más abundantes y ha generado estudios más completos sobre el aprendizaje de la lectura. Es el sitio, además, donde la sociedad es más consciente de que la comprensión de lectura está ligada a mejores oportunidades económicas.

En los últimos años se ha producido una victoria de las posturas educativas más tradicionales frente a los métodos que pretendían innovar y enterrar el método fonético. El cambio de tendencia se produce en 2018, cuando una periodista llamada Emily Hanford empezó a analizar en una serie de podcast qué se estaba haciendo con la enseñanza de la lectura y llegó a la conclusión de que las estrategias de alfabetización de intervención temprana desarrolladas por Marie Clay y promovidas por Lucy Calkins eran incompatibles con las nuevas evidencias aportadas por la investigación educativa y cognitiva. El método de enseñanza de Clay y Calkin ignoraba la importancia de la fonética.  Su podcast ayudó a lanzar un movimiento ciudadano dedicado a promover lo que se ha dado en llamar «ciencia de la lectura».

La «ciencia de la lectura» es un término que en Estados Unidos se utiliza desde la década de 1830. Pero desde entonces ha evolucionado. Hoy se refiere principalmente a la investigación cognitiva sobre lo que sucede en el cerebro de los lectores. Con frecuencia, además, es una forma de dedicar más tiempo en el aula a la fonética, con su énfasis en aprender a pronunciar las palabras, a reconocer sonidos y a silabear. Las investigaciones cognitivas han descubierto que la mayoría de los niños necesitan instrucción fonética sistemática cuando son pequeños para llegar a leer bien.

La necesidad del contexto

Así fue como, después de años de disputa casi religiosa, el método fonético ha vuelto en gloria y majestad a las aulas de Estados Unidos. Lucy Calkin, la principal defensora del método de la alfabetización equilibrada y que llegó a ser la pensadora hegemónica en el sistema educativo de Nueva York con su organización Teachers College Reading and Writing Project, ha tenido que reconocer que algo de fonética es necesario y ha visto como su centro era disuelto por la Universidad de Columbia después de cuarenta años.

«El método fonético es superior al global para enseñar a leer», subraya Luri. «Otra cosa es que después entiendan lo que leen», afirma, subrayando una cuestión que le parece central y que es la necesidad de transmitir/adquirir conocimientos. «Los problemas de comprensión lectora que estamos viendo no se deben a malos métodos de enseñanza. Por lo que sabemos, un mal lector aficionado al béisbol entiende mejor un artículo sobre la materia que un buen lector no aficionado al béisbol. En la lectura, lo importante es situar el texto en su contexto y si reduces los conocimientos de los estudiantes, estás reduciendo sus contextos».

A Luri le obsesiona la etapa entre los 9 y 10 años, cuando los niños pasan de «aprender a leer a aprender leyendo»: «En todo texto hay palabras que no conoces o no entiendes. Si el número de palabras desconocidas es menor del 8 por ciento, cualquier lector medianamente avispado saca su significado por el contexto. Por lo tanto, la didáctica de la comprensión lectora consiste en el manejo de ese 8 por ciento».

Otra cosa es la escritura, que a Luri le parece un reto mayor. «Para escribir hay que tener ideas».

La revolución de Misisipi

Desde 2019, 45 estados de EE. UU. y el distrito de Washington han aprobado leyes que exigen que las escuelas o los programas de formación de maestros utilicen estrategias de lectura respaldadas por evidencia. Las nuevas reglas se aplican a cuestiones como el plan de estudios escolar, el desarrollo profesional de los maestros, las evaluaciones para estudiantes disléxicos y los requisitos para las pruebas. La ciudad de Nueva York, el sistema escolar público más grande del país, también ordenó introducir modificaciones en sus 700 escuelas primarias.

Muchos de estos cambios surgieron después de que Misisipi, un estado pobre, con la renta per cápita más baja de EE.UU., reformara sus propios métodos de enseñanza de la lectura en 2013 y sus estudiantes se dispararan en las clasificaciones de puntajes de exámenes nacionales. Los estudiantes de cuarto curso de Misisipi pasaron del puesto 49º en lectura a nivel nacional en el NAEP, al puesto 29º, y una de las reformas que adoptó fue centrarse en la evidencia científica que favorecía, entre otros, al método fonético.     

Pero las reformas que funcionan en un sitio, puede que no funcionen en otro. En Europa, durante años, Finlandia ha sido puesta como modelo. Schleicher, el responsable de la OCDE, estuvo durante años recomendando a los países mediterráneos que imitaran la escuela finlandesa. ¿Era la escuela la responsable de los buenos resultados finlandeses en lectura? Hay expertos que sugieren que el motivo era otro: como toda nación protestante, aprender a leer para conocer la Biblia directamente, como predicaba Lutero, era una competencia que se adquiría desde muy temprana edad en el hogar, antes, incluso, de la escolarización. Así que la secularización de la sociedad podría ser un factor más relevante que otros para entender por qué Finlandia está comportándose peor en los rankings de lectura.

Cultura del aplazamiento de la recompensa

Pero a la OCDE le gusta señalar modelos. En diciembre destacó los resultados de Singapur, donde los estudiantes obtuvieron las puntuaciones más altas en matemáticas, lectura y ciencias, con resultados que indican que están en promedio de tres a cinco años por delante de sus pares de la OCDE. En lectura, Irlanda, Japón, Corea del Sur y Taiwán obtuvieron las mejores calificaciones, y fue aún más notable en Irlanda y Japón porque su gasto por estudiante no es superior al promedio de la OCDE. En todos estos países se combina una firme disciplina social y el respeto a la familia tradicional y a sus principios de autoridad. Y una cuestión importante, una extendida cultura de aplazamiento de la recompensa, de concentración de esfuerzos en pos de un fin superior. 


Imagen del encabezamiento: «Leyendo», óleo de Carolina del Castillo Díaz. © Wikimedia Commons.

Periodista de amplia y reconocida trayectoria en medios impresos y digitales. Tras ser director adjunto del diario «El Mundo» y pasar por «El Español», en la actualidad se dedica a la divulgación económica, la reflexión y el columnismo desde medios como «ABC» u Onda Cero Radio.