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[Este es el segundo perfil de la serie «Influyentes», una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad].

¿Purgan los hijos la culpa de los padres? Una parte de la tradición bíblica afirma que no. Ezequiel (18,20), por ejemplo, subraya: «El que peca es el que morirá; el hijo no cargará con la culpa del padre, ni el padre cargará con la culpa del hijo». Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964) se apunta a esa escuela y lo expresa de esta forma: «No hay castigo colectivo, no hay culpa heredada, y cada persona tiene derecho a su propia biografía».

Pero las tinieblas de la Alemania de Hitler enredan hasta extremos insospechados y del propio fragmento de lectura seleccionado en estas páginas [véase este número impreso: Nueva Revista número 175] se desprende que Ferdinand von Schirach le ha dado muchas vueltas a su linaje. Durante años ha examinado lo que ocurrió con el nacionalsocialismo y, en especial, ha escudriñado la biografía de su abuelo. Podemos convenir en que «no hay culpa heredada». Más difícil es defender que no hay trauma heredado.

Nuestro autor afirma que no volverá a escribir sobre quien fue jefe de las juventudes del Reich (su abuelo). Sin embargo le interesan los relatos sobre la justicia en la República Federal, la parte de Alemania que existió desde 1949 hasta la reunificación con la República Democrática, en 1990. Así sucede en su novela El caso Collini. Dice Schirach: «Estoy más interesado en nuestro mundo de hoy. Escribo sobre el sistema de justicia de la postguerra, sobre los tribunales de la República Federal que dictaron sentencias crueles, sobre los jueces que impusieron solo cinco minutos de prisión por cada asesinato de un criminal nazi».

La complicidad con el nazismo se ha convertido en un lugar común dentro de la tradición literaria de postguerra

¿No es lo anterior un reflejo de la inquietud relacionada con el delito y la expiación por la Alemania de Hitler? La complicidad con el nazismo se ha convertido en un lugar común dentro de la tradición literaria de postguerra. Dos premios Nobel alemanes de Literatura, Heinrich Böll (1917-1985) y Günter Grass (1927-2015), LINK han mostrado en su obra la perplejidad por los subterfugios nazis en la vida de la República Federal.

En el caso de Grass, hay que añadir el desdoro de que señaló a muchos y ocultó hasta el final de sus días que él mismo había sido un nazi auténtico. El canciller de la reunificación, Helmut Kohl (1930-2017), confesaba con alivio que había nacido en 1930, y que por lo tanto no había podido ser seguidor de Hitler de ninguna manera. Llamaba a eso «la gracia de haber nacido tarde». El nacionalsocialismo pervive como conmoción emocional gigantesca de alemanes y austriacos.

¿A qué se debe el éxito de Ferdinand von Schirach?, se preguntaron los críticos alemanes cuando con Verbrechen (2010) saltó a la fama. Desde luego, a que escribía bien. Pero también al efecto de la combinación de las palabras «Von Schirach» (nazismo y glamur de apellido) con Verbrechen («crímenes», una temática que vende).

Durante cierta velada le pidieron a Gustave Flaubert (1821-1880) que redactara unas letras a un amigo enfermo, que no había podido ir a saludarlo. El escritor se retiró a una habitación y permaneció allí una hora. Salió y entregó la carta. Había anotado solo una frase: «¡Que te mejores!». No se le ocurrió nada mejor.

Es significativo que esa anécdota la cuente Schirach. En literatura se aparta decididamente del manierismo y de los adornos. Es seco y directo. Su estilo quedó definido en el ya mencionado Crímenes. Son once relatos cortos, con frases breves y claras. 190 páginas que se leen de un tirón. Incorpora en cada historieta, en un momento dado, al abogado penalista que es él, el «yo» de la historia. Mezcla realidad y ficción. A esos patrones de estilo permanece fiel, ahora en dos géneros más: el teatro y el ensayo.  

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Por qué no puedo responder a las preguntas sobre mi abuelo

Ferdinand von Schirach (extractos traducidos de Die Würde ist Antastbar («La dignidad es violable», editorial btb, 2017))

Die Würde ist Antastbar, btb, 141 págs. 15.36 € (papel) / 6,55 € (digital)

«A los doce años comprendí por primera vez quién era mi abuelo. Había una foto de él en nuestro libro de historia: “Baldur von Schirach, jefe de la juventud del Reich“. Es como si lo viera ahora: mi nombre estaba en nuestro libro escolar. La otra página se ilustraba con una foto de Claus von Stauffenberg, y debajo: “Combatiente de la resistencia”. Combatiente sonaba mucho mejor. A mi lado se sentaba un Stauffenberg, un nieto como yo, todavía somos amigos hoy. Él tampoco conocía más que yo de todo esto. Pasó algún tiempo más antes de que el nacionalsocialismo fuera explicado. Para entonces también había un Speer, un Ribbentrop y un Lüninck en mi clase. Descendientes de los perpetradores nazis y de la resistencia, todos en la misma aula. Mi primer gran amor fue una Witzleben. La historia parecía una cosa, mi vida parecía otra muy distinta.

(…) El padre de mi abuelo era director artístico en el Teatro de Weimar y su madre, estadounidense. Poseo una foto de ella, una mujer hermosa de cuello estrecho. Descendía de los inmigrantes del Mayflower; uno de sus antepasados había firmado la Declaración de Independencia de Estados Unidos, otro era gobernador de Pensilvania. Los Schirach habían sido jueces, historiadores, científicos y editores. La mayoría de ellos sirvieron al Estado y publicaban libros desde hacía cuatrocientos años. Mi abuelo creció en este mundo de clase alta, un niño protegido y suave. En las primeras imágenes parece una niña. Hasta los cinco años solo hablaba inglés. Tenía diecisiete años cuando conoció a Hitler. A los dieciocho se unió al NSDAP.

¿Por qué él, que disfrutaba escribiendo sobre Goethe y que convirtió a Richard Strauss en el padrino de un hijo, no se daba cuenta cuando la quema de libros de que estaba del lado de los bárbaros?

¿Por qué alguien que sale a dar un paseo por un jardín inglés por las mañanas mientras estudia, se entusiasma tanto con lo sórdido y lo ruidoso? ¿Por qué le atraen los matones, los hombres con cuellos afeitados como de toro y las bodegas de cerveza? ¿Por qué él, que disfrutaba escribiendo sobre Goethe y que convirtió a Richard Strauss en el padrino de un hijo, no se daba cuenta cuando la quema de libros que que estaba del lado de los bárbaros? ¿Era demasiado ambicioso, demasiado inestable, demasiado joven? ¿Y cuál era el sentido de lo que hacía? “¿Qué me pasó?”, dicen que fueron sus últimas palabras. Una buena pregunta, pero sin respuesta.

Más tarde, durante mis estudios, leí todo sobre los Juicios de Núremberg. Traté de comprender los mecanismos de esa época. Pero los intentos de explicación de los historiadores son inútiles si se trata del propio abuelo. El mío iba a su palco en la Ópera de Viena, todo un hombre de la cultura como se dice, y al mismo tiempo ordenaba el bloqueo de la Hauptbahnhof [una de las estaciones de trenes de Viena] para que se transportara a los judíos. En 1943, en Posen, escuchó el discurso secreto de Heinrich Himmler sobre la aniquilación de los judíos; sabía sin duda alguna que los estaban matando.

Me han preguntado por él innumerables veces. (…) Creen que me evado, y tienen razón. No puedo contestar: no lo conocía, no podía preguntarle nada y no lo entiendo. De ahí este texto. Es la primera vez que escribo sobre él y será la última.

Los crímenes se investigan en los tribunales. El juez comprueba si el acusado fue el autor, tras lo cual sopesa su culpabilidad. La mayoría de los convictos no son muy diferentes de nosotros. Tropezaron, se salieron de la sociedad normal, creían que su vida no tenía salida. A menudo es solo una casualidad que una persona se convierta en un agresor o en una víctima. El asesinato de un ser querido y el suicidio están muy cerca. Lo que hizo mi abuelo es completamente diferente. Sus crímenes fueron organizados, sistemáticos, fríos y precisos. Se planificaron en el escritorio, hubo para ello memorandos, reuniones y él siguió tomando sus decisiones. El transporte de los judíos de Viena fue su contribución a la cultura europea, dijo él entonces. Después de una frase como esa, es ya superflua cualquier pregunta adicional y cualquier juego psicológico. (…) Hoy nos preguntamos en un proceso penal si el acusado era consciente de lo que hacía, si entendía, si aún podía distinguir el bien del mal. Todo esto se responde rápidamente para mi abuelo y por eso su culpa pesa mucho. Procedía de una familia con cargos de responsabilidad desde hacía siglos. Su infancia fue feliz, había recibido una buena formación, el mundo estaba abierto para él y fácilmente podría haber elegido otra vida. No era inocentemente culpable. Siempre son los requisitos previos de una persona los que, en última instancia, determinan la medida de su culpa.

La culpa de mi abuelo es la culpa de mi abuelo. No hay castigo colectivo, no hay culpa heredada, y cada persona tiene derecho a su propia biografía

La culpa de mi abuelo es la culpa de mi abuelo. El Tribunal Federal de Justicia la tipifica como lo que se puede achacar personalmente, a un ser humano. No hay castigo colectivo, no hay culpa heredada, y cada persona tiene derecho a su propia biografía. En mi libro [El caso Collini] no escribo sobre él o su generación. No sé nada de estos hombres que no se haya dicho e investigado mil veces. Estoy más interesado en nuestro mundo de hoy. Escribo sobre el sistema de justicia de la postguerra, sobre los tribunales de la República Federal que dictaron sentencias crueles, sobre los jueces que impusieron solo cinco minutos de prisión por cada asesinato de un criminal nazi. Es un libro sobre los crímenes en nuestro Estado, sobre la venganza, la culpa y las cosas en las que todavía hoy fracasamos. Creemos que estamos a salvo, pero ocurre lo contrario: podemos volver a perder nuestra libertad. Y con ella lo perdemos todo. Se trata ahora de nuestras vidas y es nuestra responsabilidad.

Al final de mi novela [El caso Collini], la nieta del nazi le pregunta al joven abogado defensor: “¿También yo soy todo eso?”. Él le contesta: “Tú eres quien eres”. Es mi única respuesta a las preguntas sobre mi abuelo. Me ha llevado mucho tiempo comprenderlo».

[Traducción del alemán: José Manuel Grau Navarro]

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