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El panorama de nuestro tiempo está presidido por la desconfianza. Gobiernos, organismos financieros y gurús del más distinto signo apelan a la confianza como principal valor para superar el estado de crisis depresiva en la que el mundo se halla inmerso desde 2007. ¿Donde están las expectativas de futuro?

Para conmemorar sus cien años, IBM organizó en 2011 una serie de eventos basados en las ideas e innovaciones que durante este tiempo han contribuido a configurar una vida mejor. Todo un homenaje a la capacidad creativa e intelectual de la persona, que es donde se encuentra el principal capital. Lo que llamamos capital humano.

Hay que centrarse en el valor de la persona como individuo para entender lo que nos pasa y dónde están las expectativas de futuro.

En la desnaturalización del ser está la raíz de la crisis que padecemos, porque perder la conciencia del ser conduce a dejar de ser. Conduce a la desorientación y a la confusión, a verse desbordado por lo que pasa y nos pasa. Conduce a la crisis, personal y social.

Uno de los casos muy evidentes que afecta a todos en su ser y quehacer diario es la sustitución de la figura de la persona por la del ciudadano. Es un mensaje que la mayoría compra y hace suyo, sin pensarlo. Sin reparar lo que esto supone y las consecuencias que produce.

Como una persona es un ciudadano parece que son y representan lo mismo, pero son dos condiciones radicalmente distintas. La persona es la condición de ser humano, el ciudadano es la condición de vecino. La persona es un ser único, la ciudadanía es común. Si se asume que son lo mismo, el resultado es que se habla con naturalidad de «conciencia ciudadana», como si lo colectivo pudiese tener una única conciencia.

Y en nombre de esa conciencia de buen ciudadano se establecen leyes, normas y toda una cultura popular, que determina lo que es bueno o malo para el individuo, y se desarrollan costosas campañas oficiales de propaganda con distintas etiquetas, para «concienciar a la ciudadanía». Se establece así una realidad social de facto en la que hablar de «los derechos ciudadanos» mola, y hablar de los «derechos humanos» está fuera de lugar. Lo que llega a impregnar hasta los discursos de los líderes y dirigentes que aun siendo defensores de los derechos humanos prefieren utilizar el tópico de los derechos ciudadanos.

Vivir en la paradoja

Resulta paradójico que un Estado dedique miles de millones de euros de sus contribuyentes a campañas de propaganda contra los automovilistas, los fumadores, los gordos y la contaminación ambiental… y no dedique un solo euro a campañas de prevención contra los terroristas, las mafias o la corrupción que anida dentro del propio Estado y sus administraciones.

Más paradójico resulta todavía que el Estado admita por ley el aborto, que supone el asesinato de una vida fecundada, al tiempo que dedica grandes recursos a predicar por la salud de sus ciudadanos. Se condenan delitos con el rótulo de «violencia machista» al mismo tiempo que en el Boletín Oficial del Estado se sustituye el sexo de los padres por la figura de progenitores A y B.

Es el sexo de la persona a lo que se da valor, no a la persona per se. Es la edad de la persona, y no a esta, lo que se valora cuando se enfatiza el drama de los jóvenes en paro, agraviando a las personas de mayor edad que sufren el mismo drama, solo que peor porque sus expectativas son más reducidas. Cuentan las estadísticas y su relato, no el ser de la persona, como individuo.

El Tribunal Constitucional español ha llegado a convalidar una ley de igualdad, que al mismo tiempo prohíbe que personas de un mismo sexo puedan formar una candidatura electoral, como ocurrió en las de Garachico en Canarias y Brunete en Madrid. Como si las personas del mismo sexo no tuviesen los mismos derechos.

Antes de explotar la crisis financiera estallaron las crisis alimentaria, energética, inmobiliaria… hasta que todo hizo ¡boom!, sintetizándose a continuación en una crisis de credibilidad y confianza del sistema, en la que ni siquiera los bancos y socios se prestan créditos por desconfiar entre sí. ¿Puede una mente razonable pensar que esto no tiene nada que ver con el ser de la naturaleza humana, de la persona que ha decidido beneficiarse a costa de los demás, haciendo de la verdad algo incómodo y prescindible?

Esta desnaturalización del ser de la persona y las cosas, consecuencia de la deriva de una cultura de contra-valores, deja a la sociedad en estado vulnerable ante la adversidad. Pedir confianza y credibilidad desde los poderes públicos y otras instancias de poder cuando se ha estado sembrando desconfianza y descrédito, no cambia la inercia. No hay esperanza sin verdad, y una política dominada por la corrupción, la mentira, la ideología del odio, el relativismo moral, ha hecho que la credibilidad política y de las instituciones haya caído en picado.

La clase política, los partidos, la corrupción, y el fraude, ya son percibidos por los españoles como el tercer problema del país, sumando el 36,7%. Lo que como es obvio influye en las consecuencias de los dos primeros, que son el paro y la crisis económica (Barómetro de junio de 2012).

La confianza, como la esperanza y la libertad, están unidas a la verdad. Mientras que la desconfianza, desesperanza y la pérdida de libertad lo están a la mentira. Por eso la gran paradoja de nuestro tiempo es que en la era de la información la principal amenaza es la desinformación. Que es la forma sofisticada de mentir en nombre de la verdad, utilizando el encubrimiento del engaño, la falsa apariencia, la ocultación de la realidad mediante tecnicismos y los mensajes llenos de trampas. Incluidos los discursos ideológicos dirigidos a conseguir que las personas dejen de creer en todo para hacerles vulnerables, débiles y fácilmente manipulables.

El desconocimiento de estas técnicas de desinformación, la tendencia a no quererse enterar para no enfrentarse a una realidad difícil, y ese buenismo de diseño que se ha inoculado en las conciencias para satisfacer el confort personal, bienestar social y material, contribuyen a desvirtuar la realidad.

Recuperar la ilusión

Pero ninguno de estos males es exclusivo solo de un país o sociedad. Lo que sí distingue a los países y las sociedades en cada momento de la historia es su capacidad para enfrentarse a la adversidad, rearmarse y hacer de su capital humano el motor del cambio. Basta con tener un poco de perspectiva y echar un vistazo a la realidad del mundo para comprobar que la crisis no ha cambiado la tendencia global de la modernización científica, tecnológica y los recursos para mejorar la vida.

Nunca como en esta época de la sociedad de la información el ser humano ha tenido tanto acceso al inmenso conocimiento que contribuyen millones de cerebros de todo el mundo en sus investigaciones y quehacer diario, y nunca ha desarrollado tanta capacidad creativa y poder de comunicación que forja su desarrollo, y por extensión de todo el planeta. En todos los campos y medios. En la empresa, la educación, el deporte, la tecnología… Los resultados son apabullantes en este sentido. En eso consiste la evolución del ser humano.

Está de moda hablar de los países que importan talento y los que lo expulsan, en función de cómo viva cada uno su crisis. Y de los emprendedores. Es una forma de medir la fuerza del capital humano. El pasado diciembre fui invitado por la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR) a celebrar su tercer aniversario. Acto en el que alumnos de todo el mundo y condición expresaron no solamente sus motivos sino también su actitud para ganar en conocimiento y excelencia un protagonismo creativo y profesional.

Más allí de los resultados de éxito incuestionable de esta universidad on-line española en tan poco tiempo (La UNIR alcanzará los 10.000 alumnos, diario ABC 4/9/2011), vi en ese encuentro con sus universitarios, alegría, ánimo, confianza, expectativas, ilusión, y eso que llamamos «realización personal». No era una fiesta de botellón, era una exaltación de valores humanos. Las personas que se sienten realizadas no tienen miedo al futuro, hacen del futuro su objetivo de prosperidad, por adverso que sea. Creen en lo que son y hacen.

La experiencia histórica hace buena la sentencia de que los pueblos y los líderes que no aprenden de las lecciones de la historia están condenados al fracaso. La mentira arruina a las personas, los países y los sistemas. Recuerdo dos encuentros muy aleccionadores.

Uno fue en 1995 en Copenhague en un acto de la Comisión Trilateral con el presidente de Estonia, Lennart Meri, que tenía doce años cuando fue deportado con su familia a un campo de prisioneros de Siberia tras la ocupación rusa de su país. Rodeado de destacados gobernantes, líderes políticos, académicos y empresarios europeos, asiáticos y norteamericanos, en el histórico Museo Glyptotek, el presidente estonio relató su experiencia ante un auditorio muy atento y en medio de un silencio sepulcral. Narraba la miseria que asolaba a los prisioneros y a sus guardianes, pero enfatizó la diferencia: «Ellos tenían comida pero estaban ciegos, nosotros teníamos hambre, pero teníamos esperanza». Fue uno de los momentos de su discurso que más aplausos levantó. Eran prisioneros del totalitarismo pero tenían la esperanza de la verdad.

El otro encuentro fue en 2004 con el sindicalista y presidente polaco Lech Walesa, en Varsovia, que durante una cena en la Universidad Politécnica me dijo que la verdad «es el mensaje más poderoso para la libertad de las personas y de las naciones», tal y como relato en mi último libro1.

Los valores humanos son el capital más preciado porque hacen que demos lo mejor que tenemos y nos hace fuertes hasta en los peores momentos. Por eso las expectativas de futuro en todos los campos se centran en el capital humano.

 

NOTA Somos Información, Antxón Sarasqueta, Ed. Eunsa, 2012, pag. 54.


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