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Con pie de imprenta de 13 de febrero de 2013 se ha publicado el por ahora último poemario de Miguel d’Ors, hijo del prestigioso catedrático de Derecho Romano y nieto del filósofo del mismo apellido. D’Ors ha sido muchos años —acaba de jubilarse— profesor de Literatura Española en las Universidades de Navarra y Granada. Nació en Santiago de Compostela en 1946. Es, pues, miembro de la que algunos estudiosos han dado en llamar «Generación de la Transición» (pues en ella publican sus primeros libros). En esa generación, que es la mía, no hay grandes poetas, y quizás sus mejores representantes sean Antonio Colinas, Emilio Barón, Eloy Sánchez Rosillo, Javier Salvago, Jon Juaristi, Juan Luis Panero, Francisco Bejatano… La generación anterior (denominada «Segunda de Posguerra») tiene nombres tan inequívocos como Gil de Biedma y Brines. La anterior («Primera de Posguerra») es la de Blas de Otero, José Hierro y Pablo García Baena. En la de D’Ors hay algunos auténticos poetas menores. Y ahora que nadie en su sano juicio se toma en serio la humorada de Castellet de «Nueve novísimos poetas españoles» (Gimferrer, Carnero et altera), podemos ver con cierta objetividad la obra de sus mejores autores, ya sesentones.

Uno de ellos es sin duda d’Ors. Buen lector de poesía española y europea, diestro artífice del verso español, de impecable prosodia y humor gallego que en nada tiene que envidiar al de Cunqueiro, consigue con sus versos, lo que es mucho, emocionarnos, sorprendernos, hacernos sonreír, pensar y hasta repensar ciertos lugares comunes de nuestro tiempo. No hay lugar para el aburrimiento en un libro de versos (y sobre todo en este último, quizá el mejor de su docena larga de poemarios). Creo haberlos leído todos y este me parece el mejor: maduro, estoico, bienhumorado, profundo y divertido. Quién da más. Los poetas de su generación —si los conoceré yo— suelen ser bastante pedantes y aburridos y algunos hasta con una dosis de ignorancia que no hace aconsejable el dedicarse a la noble profesión de poeta. D’Ors con frecuencia —no siempre, que esto es imposible— emociona, sorprende o nos hace ver el lado oculto de la realidad. En suma, las funciones principales de un poeta. Y casi siempre lo pasamos bien, a veces arrancando una sonrisa de nuestros labios, al leer algunos poemas suyos. Créanme, un mirlo blanco en la generación que le ha tocado volar. Yo saludo con mucho gusto y contento la aparición de su último libro, Átomos y galaxias, y me gustaría señalar en su libro por último una virtud que viene escaseando en la poesía española última: sentido de la realidad, sentido de la proporción de las personas y las cosas. «Un buen poema —decía mi maestro Jaime Gil de Biedma— tiene que tener, a su modo, tanto sentido común como una carta comercial». Uno está muy de acuerdo con la apreciación de Jaime Gil y se ve abrumado por los versificadores nefelibatas. Gracias, maestro, por esta última entrega. 


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