Fernando Ortíz

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ESCRITOR

Miguel d’Ors: Átomos y galaxias

Reseña del libro “Átomos y Galaxias” de Miguel D’Ors (Renacimiento, Colección Calle del Aire,Sevilla, 2013)

Traducir poesía, una tarea casi imposible

Dice Philip Silver, en su ensayo Cernuda, poeta ontológico, «que esta poesía abre un surco profundoen nuestra alma, nos amenaza con tan honda melancolía,porque nos dice dos cosas contradictorias a la vez.Con el tono de voz nos habla de la división radical delSer, pero con parte de su temática trata constantementede salvar esta división». Se refiere, pues, Silver, a un«tono de voz». La poesía es un hecho del habla. Se puededecir un insulto por la forma de decirlo, pero con una expresiónque, literalmente traducida, sería perfectamenteeducada. O viceversa. La poesía es un hecho del habla enla que el significante es indisoluble del significado, segúnJakobson. No se puede traducir el qué sin traducir también el cómo, o seremos infieles a las palabras del poeta. Ese cómo, en otro idioma, hay que crearlo con los elementos propios de la lengua a la que trasladamos un poema. La versificación inglesa muy poco tiene que ver con la española, pero cuando yo traduje con mi hija Regla Old Possum’s Book of Practical Cats, me quedó claro que los metros habían de ser ágiles y breves, propios de canciones infantiles, y que había que rimar en asonante todos los poemas. Había, también, que traducir algo muy difícil: el humor inglés. Lo solucioné con un trabajo de marquetería en la métrica española en la que usé prácticamente todos los metros españoles breves —el libro de Eliot es muy rico en metros también en inglés— y no quedé del todo insatisfecho del resultado. Cuando traduje algunos poemas del italiano Mario Luzi al español, por la cercanía de las dos lenguas, el intento era bien diferente por mi parte. Consistía en conservar el «tono Luzi» —se trataba de endecasílabos blancos— en endecasílabos blancos españoles. La traducción era casi literal. Pero, a veces, me encontraba con una frase hecha italiana cuyo sentido lo daba otra frase hecha española. Y estas dos frases hechas, de idéntico sentido, estaban construidas con muy diferentes palabras. Ezra Pound en su ABC of Reading nos dice que un poema está compuesto de ideas, imágenes y música. Las ideas son traducibles a cualquier idioma. Las imágenes, parcialmente traducibles. Por ejemplo, el color fúnebre en unas culturas es el negro y en otras el blanco. La música es, según él, intraducible. Hay que buscar un equivalente melódico propio del poema en la lengua en la que vayamos a hacer la versión. Lo que nunca puede hacerse es traducir un poema sin música. Porque la lírica nace con la lira y morirá el día que pierda su sentido musical. Traducir pasablemente un poema es tarea dificilísima. Lo prueba el hecho de que en cualquier lengua es mayor el número de grandes poetas —con ser este escasísimo— que el de grandes traductores de poesía. Pero no imposible. Leopoldo Panero tradujo del inglés impecablemente algunos sonetos (y los tradujo en sonetos españoles) de Wordsworth, Shelley y Keats, y algún poema de Eliot, entre otros. Fray Luis de León nos dio una magnífica versión en endecasílabos castellanos del Libro de Job,...

José Antonio Muñoz Rojas, poeta en verso y prosa

«En mi fin está mi principio». El lema bordado en el trono de María Estuardo aparece en el verso final de East Coker, el segundo de los Cuartetos de Eliot, uno de los maestros confesados de Muñoz Rojas. Pues bien,empecemos esta disertación hablando de uno de sus últimos libros publicados, El comendador (2006), singular novela histórica porque, al ser Muñoz Rojas descendiente del comendador y vivir sobre el mismo suelo y bajo el mismo cielo -—en Antequera, de la que fue alcaide, tuvo solar este personaje del Renacimiento-—, se produce una intensa empatía del novelista con el personaje novelado. Quizá sería más exacto decir biografiado por la documentación tan excelente y cumplida que se maneja, si no hubiera asimismo una riqueza imaginativa que es la que nos lo hace tan real y vivo. Desde grandes cronistas como Pero Mexía y fray Prudencio de Sandoval, autor de la Vida y hechos del emperador Carlos V, hasta el propio testamento del comendador, legajos, documentos y coplas de la época, han sido escudriñados con la paciente minuciosidad del erudito. Lejos de cualquier apresuramiento —-el cuerpo del manuscrito está fechado en 1959 y existe una larga addenda de 1975-—, Muñoz Rojas ha conseguido crear un personaje de carne y sangre y no decartón-piedra.Pero quizá el lector se pregunte, ¿quién era el comendador? Se llamaba Lope Ruy Díaz de Narváez y Rojas, comendador de Castilleja de la Cuesta, de la Orden de Santiago, del Consejo del emperador Carlos V, fiel ejecutor de la ciudad de Antequera, capitán de Su Majestad, que luchó heroicamente, al servicio de su rey, desde la conquista de Mazalquivir a la de Túnez, pasando por Trípoli, Navarra, las Comunidades, Fuenterrabía y Pavía. Cuando lo llamó Carlos V a Túnez tenía ya más de ochenta años y, aunque veía su fin cercano, acudió ante la suasoria llamada de su señor. Los huesos de tantos familiares suyos (entre ellos, dos hijos) yacían insepultos en los arenales africanos que él, hombre de fronteras y muchos años cansado de guerrear, hizo constar en acta sus últimas voluntades antes de salir por postrera vez al campo de batalla.Al escribano Álvaro de Oviedo le dictó sus disposiciones: «Acudamosa lo eterno, que es la fama vividora» dijo. «Si la voluntad de Dios Nuestro Señor fuere de me llevar de la presente vida en la jornada, donde quiera que falleciere mi cuerpo sea trasladado a la ciudad de Antequera». Enterramiento y fundación dejó concertadas con Santo Tomás de Villanueva. En la iglesia de San Agustín hubo 17 banderas que proclamaban sus glorias en el arco toral. Eso oía a sus familiares el niño José Antonio cuando iba con ellos al templo. Ya no había banderas, ni siquiera inscripción ni lápida en el suelo, pues fue recubierto de cemento en una restauración. Nuevo discurso de las armas y de las letras que aprendería José Antonio desde su infancia. Polvo las banderas, la lápida y los huesos de quien fuera alcaide de su ciudad. Sólo quedaba la palabra. In principio...

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