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La personalidad de Azaña ha ejercido fascinación, sobre todo tras la Transición, y han proliferado los estudios sobre su vida y sobre sus aportaciones, realizados, por cierto, desde diversas perspectivas ideológicas. Fue muy importante, a este respecto, la publicación íntegra de sus Diarios, gracias a los cuales se pudo contar con un testimonio excepcional, y sin ningún tipo de intermediarios, sobre las vicisitudes de la II República, de la que, como muy bien indica Miguel Ángel Villena, Azaña fue un símbolo. No hay que olvidar que Azaña pasó por todas las altas responsabilidades del régimen, desde que, como dirigente de Acción Republicana, se integró en el primer Gobierno en calidad de ministro de Guerra. Es conocido el apunte de su diario con motivo de la sublevación de Sanjurjo, en el que refiere las dudas sobre las decisiones a tomar. Es este, sin embargo, el sino del político.

Por otro lado, Azaña fue detenido en 1934, en un momento de crispación creciente. Pero la detención tuvo, como efecto, un aumento de popularidad y apoyo. Tal vez fue entonces cuando se fraguó el personaje como símbolo, en los discursos a campo abierto que congregaron a miles de personas y que han quedado como una de las imágenes más familiares de la República. Con una estudiada oratoria, Azaña se convirtió en el referente ideológico de la regeneración y consiguió unir a los radicales republicanos con el futuro del régimen, identificando al enemigo como antirrepublicano.

Sin embargo, cuando Azaña asumió la presidencia en 1936, su mensaje a la población insistía en que la victoria del Frente Popular aseguraba la continuidad del proyecto republicano y, por tanto, llamaba a la calma y a respetar la ley y el orden. Pero el enfrentamiento popular y la violencia habían prendido ya en el ánimo de muchos. Al estallar la guerra, el presidente de la República intentó mediar diplomáticamente con potencias europeas, confiando en que el apoyo internacional a la causa republicana constituiría una ventaja. Pero un hombre que, a juicio de Villena, se había caracterizado por el poder de las razones y las palabras se encontraba desesperanzado y perdido en medio del ruido de la batalla. De hecho, durante el conflicto y precisamente debido a su concepción, se fue debilitando su posición y prestigio. Finalmente, su política realista —la guerra estaba perdida y había que empezar a negociar, advirtió— fue derrotada y ganó la resistencia de Negrín.

Ciudadano Azaña dibuja un retrato personal, en ocasiones íntimo, de uno de los políticos españoles más importantes del siglo XX, evitando, en todo caso, enjuiciar duramente algunas de sus decisiones y buscando más comprender al hombre que al ideólogo. En cualquier caso, es una buena manera de acercarse a la vida de un personaje y a su contexto político, en el que ejerció un papel protagonista indudable.


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