Josemaría Carabante

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Profesor de Filosofía del Derecho (Centro Universitario Villanueva. Universidad Complutense de Madrid).

Navid Kermani, un incrédulo ante el arte y la fe cristiana

Quien blande el pincel con fe, según Navid Kermani (1967), alemán de origen iraní, quiere hacer sensible la belleza de Dios. Él lo explica en su libro "Incrédulo ensayo".

La lengua de los dioses

Al fenómeno Nuccio Ordine, que extiende por Europa su éxito con "Clásicos para la vida" (Acantilado, 2017), se suma Andrea Marcolongo con "La lengua de los dioses" (Taurus, 2017). La escritora italiana confirma esta nueva pasión por las humanidades, tras convertir sus «nueve razones para amar el griego» en todo un best-seller.

Roger Scruton: lamento esperanzado por la cultura sitiada

Roger Scruton es uno de los intelectuales europeos más importantes de la actualidad. En su ensayo Culture Counts (2007) muestra el valor de la cultura y la centralidad de la experiencia estética para la formación humana

El Kafka de Reiner Stach

Reseña de José Mária Carabante del libro "Kafka. Los primeros años. Los años de las decisiones. Los años del conocimiento" de Reiner Stach (editado por Acantilado).

Benedicto XVI, Últimas conversaciones con Peter Seewald

El último diálogo entre Peter Seewald y el ahora papa emérito tiene mucho menor calado teológico y filosófico, pero mayor profundidad biográfica y trasluce en sus páginas un calor humano, la afectuosa cercanía de quien se ha considerado siempre, con humildad, un servidor de la Iglesia. No hace falta recordar los méritos intelectuales de Benedicto XVI, pero la entrañable conversación con este anciano de blanco se antoja, a nosotros, lectores inmersos en una sociedad posmoderna y superficialmente vertiginosa, un bálsamo o una suerte de lenitivo que calma nuestras ansiedades y nos redimensiona en lo eterno. Esto sería suficiente para recomendar su lectura. Quien conozca la trayectoria de Benedicto XVI no encontrará en estas páginas ningún dato desconocido, aunque sí tomará conciencia de lo que supone la fidelidad a una vocación. Benedicto XVI explica su renuncia —tan polémica en los medios— como una decisión que no debe interpretarse en función de criterios mundanos ni de luchas de poder, ni tan siquiera como una abdicación de responsabilidad, ni una respuesta a determinadas presiones. Fue una respuesta sobrenatural —y libre, absolutamente libre, insiste— y fiel, y muestra la confianza de este papa bávaro en los planes de Dios y la intimidad que tiene con Dios, así como su voluntad de «no renunciar a la cruz». Frente a quienes gustan de las comparaciones —entre san Juan Pablo II y Benedicto XVI y entre este y Francisco—, la transición entre estos tres pontificados no revela cesuras ni golpes de timón. Sí hay cambios de acento, como explica Benedicto XVI, consecuencias no de innovaciones ni revoluciones, sino que nacen como fruto de diversas misiones. También en su retiro en Mater Eclesiae Benedicto XVI continúa su ministerio y ofrece un testimonio de vida que encarna con el bello ejemplo del silencio el reto de mostrar al mundo la centralidad de la fe. Ahora este hombre, incómodo ante multitudes, disfruta de un «contacto más íntimo y cercano» con el Señor. Confiesa que, al ser elegido papa, consideró que su principal misión era reubicar de nuevo el tema «Dios y la fe». Es de esta cuestión, central para la vida religiosa y para la Iglesia, de donde nacen las aportaciones principales de su pontificado —ecumenismo, razón y fe, el cristianismo en la cultura, la nueva evangelización—, los textos magisteriales y encíclicas e incluso su investigación sobre Jesús. Como explica, valiéndose de sus extraordinarias dotes docentes, entiende la fe como iluminación y, en efecto, también ahora su figura se manifiesta reveladora y profunda. Con la ayuda de siempre directas preguntas de Seewald, Benedicto XVI repasa los principales hitos de su trayectoria de servicio. Y lo que destaca en ellos no son las cada vez más altas responsabilidad que asumió este inquieto y perspicaz teólogo sino la combinación en su existencia de la rigurosa investigación teológica y la sencilla y tradicional vida de piedad. Las aportaciones de Ratzinger a la teología han sido muy relevantes, como es conocido. Cierto es que le tocó la tarea de modernizar y adaptar la investigación teológica en un momento...
Alfred Sonnenfeld, Educar para madurar

Alfred Sonnenfeld: Educar para madurar

No hay hoy una disciplina científica más prometedora que la neurociencia. Pero también es un campo arriesgado, pues con frecuencia las interpretaciones que más éxito y difusión tienen son aquellas que incurren en reduccionismos materialistas. En este ámbito la filosofía tiene un papel importante que desempeñar y su misión tendría que ser la de reivindicar una concepción integra da de la persona y una clara oposición a la transgresión de los límites científicos: la ciencia puede informarnos sobre la configuración neuronal de determinadas funciones, pero no puede comprender y explicar lo que no constituye su objeto. Lo espiritual es irreductible y cuando los neurocientíficos se arrogan el papel de filósofos a menudo realizan sugerencias triviales. Más prometedora resulta la aplicación de los descubrimientos neurocientíficos a la esfera educativa. Alfred Sonnenfeld explica los últimos datos que nos aporta la ciencia, pero supera los planteamientos reductivos para proponer una filosofía de la educación atenta al desarrollo integral del niño. Esa integración de ciencia y filosofía se muestra enriquecedora y, sobre todo, fiel a la naturaleza del hombre como ser encarnado, sin dualidades ni contraposiciones. Este breve ensayo, sólido y serio, puede además ofrecer muchas claves para orientar a padres y educadores en el desarrollo de su importante tarea. Sonnenfeld conecta el propósito de la educación —la maduración de la persona— con el anhelo de felicidad de todo hombre. Educar es ayudar a crecer, pero con la vista puesta en la construcción de una personalidad fuerte y recia atenta a la diferencia entre la felicidad personal y la satisfacción frívola del deseo. Por ello mismo, el análisis está conectado con la esfera ética: esta disciplina no puede ser considerada una abstrusa disciplina filosófica, sino que su principal preocupación debe ser la de educar el carácter. A mi juicio, uno de los equívocos que consigue solventar este ensayo es el que afecta a la noción de felicidad. Sonnenfeld subraya que la felicidad no estriba en el tener, sino en el ser. «Se trata —comenta— más bien de una actitud» que relaciona con la motivación: «la felicidad ficticia es la que vie-ne de fuera, como regalada, sin esfuerzo personal. La que procede del interior, de dentro del sujeto, es la verdadera, y se adquiere como consecuencia de la actitud que tomamos ante las diferentes situaciones de la vida». La felicidad, pues, está en saber de algún modo independizarse de los factores externos, ejercer cierto señorío sobre los actos y tener la capacidad suficiente para ejercer esa dimensión interior de la libertad que, en ocasiones, es la gran olvidada en los manuales de ética. La vinculación de la felicidad con el esfuerzo es lo que reafirma el carácter ético de la educación y también de la vida humana. A mi juicio, uno de los equívocos que consigue solventar este ensayo es el que afecta a la noción de felicidad. Con los datos de la neurociencia y la explicación del funcionamiento de los sistemas motivacionales, la perspectiva ética de construcción de la personalidad cuenta con herramientas para ser más eficaz...
Marilynne Robinson

La obra literaria de Marilynne Robinson. Redescubriendo la serena luminosidad de la existencia

Marilynne Robinson es una de las voces literarias más exquisitas de Estados Unidos. La profunda sencillez de sus cuatro novelas, la entrañable intimidad e integridad de sus personajes y la posibilidad de desentrañar el sentido de la existencia constituyen las principales características de unas obras llamadas a convertirse en clásicos de la cultura americana. La publicación en castellano de Gilead, En casa, Lila y Vida hogareña, esta última recientemente, bajo el sello de Galaxia Gutenberg, constituye una ocasión para que el lector se sumerja en un universo literario distinto al habitual, pero tal vez mucho más enriquecedor. Mientras que una gran parte de la literatura contemporánea americana —tal vez la más mediática e influyente a este lado del Atlántico— está obsesionada con escarbar en el desarraigo y nimbada por un aura posmoderna artificial que cincela unos personajes traumatizados en su soledad, la limpidez de la prosa de Marilynne Robinson constituye un aldabonazo y sugiere que todavía el ser humano puede encontrar cobijo y curarse de esa esquizofrenia existencial que explota tan lucrativamente la narrativa de hoy. No puede resultar casual, entonces, que en el imaginario de esta escritora el hogar revista tanta importancia: no solo porque el título de su primera novela —Vida hogareña— ya revele un deseo de familiarizarse con un entorno fraterno, sino porque incluso al comienzo de su novela más aclamada —Gilead, con la que reaparece en el panorama novelístico tras 24 años de silencio—, el reverendo John Ames, el protagonista, afirma que la muerte es, en última instancia, como un regreso a casa. Tampoco es de extrañar que Robinson haya decidido ubicar sus narraciones en pueblos del Medio Oeste, alejándose de ese ambiente urbano tan propicio para el histerismo narrativo y la soledad multitudinaria en la que, pese a su cercanía física e incluso sexual, los personajes de Roth o Franzen, por mencionar algunos, expanden su identidad enferma. Así, Gilead, la localidad en la que transcurre la trilogía con la que Robinson ha ganado fama, rememora ya ese lugar de consuelo y salvación, de sencillez rural pero también de recia belleza, que, como un venero, ha sabido aprovechar la literatura protestante, pero que, recuperado hoy de la pluma de Robinson, se antoja tan moderno como piadosamente sobrecogedor. Robinson obliga al lector a preguntarse por esa constelación de significados que le ha hurtado una existencia vicaria, urbana, frenética y consumista. LA BELLEZA DE LO COTIDIANO Robinson (Sandpoint, Idaho, 1943) ha recibido premios importantes en Estados Unidos por su trabajo (el Pulitzer en 1982 por Vida hogareña y en 2014 por Gilead; este año ha recibido el Premio de la Biblioteca del Congreso por su trayectoria). Ha sido profesora de escritura creativa en Iowa y ha colaborado desde sus inicios en las principales publicaciones culturales de su país. No solo es la autora de estas novelas que reivindican la riqueza espiritual de la América profunda, el bálsamo de lo cotidiano y que salvan al hombre de su perplejidad. Ha firmado a la vez algunos ensayos que profundizan en la génesis de esas disyunciones —religión y ciencia, modernidad...
La perspectiva liberal-conservadora

La perspectiva liberal-conservadora

La imposibilidad de constituir una teoría política de carácter liberal-conservador no es casual. Es sintomático a este respecto que la defensa del conservadurismo liberal por parte de uno de los pensadores más importantes del siglo XX, Michael Oakeshott, reivindicara más la actitud conservadora que su ideología. Pero si el liberalismo conservador quiere ser una alternativa en las sociedades del siglo XXI tiene que recuperar de nuevo sus valores y principios originarios. Porque, en realidad, la supuesta incompetencia del pensamiento conservador por articular de un modo sistemático un conjunto de axiomas —y su falta de habilidad para concluir de ellos una visión completa del mundo—debe ser considerada una de sus principales y más irrenunciables señas de identidad. No es, por tanto, tampoco accidental que el propio Richard Nisbet tuviera dificultades para presentar la coherencia de un pensamiento político que es tan heterogéneo como plural, tan antiguo como moderno. De hecho, uno puede preguntarse qué comparten esos pensadores que el propio Nisbet cataloga como conservadores, más allá de unos principios generales como la propiedad, la libertad o la tradición, por ejemplo. Ahora bien, una lectura atenta descubre que Oakeshott tenía razón: la preocupación desde Burke hasta él mismo no parece centrarse en la defensa de ciertas categorías intelectuales, sino en la mirada sobre los condicionantes que imposibilitan una verdadera convivencia social. Y, desde esta perspectiva, no se puede negar que el conservadurismo defiende, antes que nada, un entramado moral o unos valores que se refieren tanto a la tradición como a la clara percepción de que, con ellos, la convivencia resulta más armónica y las instituciones más humanas. Pero si el conservadurismo ha tenido un enemigo, este, a decir verdad, trasciende las habituales distinciones políticas. Es más contra la teoría política que se escoraba preocupantemente hacia el racionalismo y que olvidaba la relevancia de la racionalidad práctica, de la prudencia, en la gestión de los asuntos comunes, la bestia negra de esos pensadores encuadrados tradicionalmente en la nómina conservadora. Como supo ver Oakeshott, el conservadurismo propone una política de la moderación que hoy, en el contexto de la exacerbación de las identidades partidistas, no podemos considerar superflua. Por el contrario, uno estaría tentado de afirmar que es más necesaria que nunca. Para el pensador británico, «gobernar es una actividad limitada y específica que se refiere a la provisión y salvaguardia de reglas generales de conducta, entendidas estas, no como imposiciones de actividades sustantivas, sino como instrumentos que permiten a cada cual desarrollar, con la menor frustración, las actividades de su propia elección». UN CONSERVADURISMO SIN ESPACIO Así las cosas, no debería ser preocupante tampoco el desinterés mostrado por la teoría política actual hacia el conservadurismo, pues la misión de este no es, por seguir a los clásicos, ofrecer un sistema de ideas elaborado ex ante y adaptar a él la irreductible complejidad de nuestra vida colectiva. Más bien, a diferencia de las últimas teorías de la justicia, el pensamiento conservador busca ofrecer una mirada real, transitoria, más razonable que racional, que armonice los intereses muchas veces contrapuestos,...
Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila

José Miguel Serrano Ruiz-Calderón, Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila

  Hay pocos autores tan sugerentes y tan independientes como Gómez Dávila. Pero, desgraciadamente, también hay poco pensadores tan desconocidos. Tal vez ha sido el carácter asistemático de su obra —junto con la dificultad de leer e interpretar sus escolios— lo que ha provocado su falta de divulgación. ¿O acaso el  silencio sobre este autor procede de su incorrección consciente y casi revolucionaria, en su bella oposición a los tópicos actuales? La obra de José Miguel Serrano, que lleva años estudiando al atípico autor colombiano, es novedosa porque trata de acercar al lector español la figura y, sobre todo, la inmensidad de temas y la originalidad de perspectivas de sus escolios. Poco a poco, afortunadamente, Gómez Dávila va adquiriendo reconocimiento y notoriedad, gracias a José Miguel Serrano pero también a Nueva Revista. En efecto, en estas páginas se han publicado artículos y reseñas y se ha llamado la atención sobre la oportunidad de reivindicar su legado. Por otro lado, puede decirse que lo que hace realmente interesante la obra del profesor Serrano es presentar de un modo sistemático el contenido de las preocupaciones intelectuales que ocupaban a Gómez Dávila cuando se retiraba a la tranquilidad lectora de su despacho. Gómez Dávila se construyó así un reducto para asegurar su independencia como lector, como escritor, pero también como ciudadano. Por eso, sus sutiles aforismos funcionan como un revulsivo ante el descrédito de los intelectuales —que hoy luchan por mantenerse cerca del poder— y su lectura resulta ser una terapia que nos rescata o sana de ese hartazgo que con frecuencia ocasiona lo políticamente correcto. Por otro lado, desde un prisma estrictamente político, la obra de Gómez Dávila ilumina como ninguna otra en la actualidad la profundidad y oportunidad de la crítica conservadora. De ahí que sea imprescindible para regenerar intelectualmente el conservadurismo familiarizarse con sus ideas, aunque no se compartan. Además hay que indicar que los márgenes en los que se mueven los escolios son amplios, como acertadamente sugiere Serrano en su presentación del pensamiento del intelectual colombiano. Son amplios, en cierto modo, porque, además de un agudo observador de la realidad cotidiana, Gómez Dávila era un hombre excepcionalmente culto. Sus escritos combinan la altura intelectual —como, por ejemplo, en su acerada crítica a los postulados modernos y a las consecuencias destructoras de la modernidad filosófica y política— con la sátira detallada de quien, ciudadano atento de día, se encierra a pensar su jornada por la noche. En un momento, tanto político como social, en el que prima sobre todo la imagen, el lema y el pensamiento único y conscientemente frívolo de la posmodernidad, la contundente crítica y la enmienda a la totalidad que realiza Gómez Dávila en sus escolios confirman la situación de urgencia en que nos encontramos. En el pormenorizado análisis que se realiza en estas páginas, y después de presentar al autor, se expone la crítica de Gómez Dávila a los dogmas democráticos. No estaba muy equivocado el pensador colombiano, como sostiene Serrano, cuando detectaba en la religión democrática la semilla de...
Nueva Revista

David Held: Cosmopolitismo

En la Teoría Política contemporánea, el nombre de David Held, catedrático en la London School, está unido al concepto de cosmopolitismo, pero su diseño no es solo teórico, sino que tiene alcance institucional. Se publica su libro Cosmopolitismo, como resumen de todas sus reflexiones anteriores. (Alianza Editorial, Madrid, 2012)

Jürgen Habermas: La constitución de Europa

Habermas ha sido pionero en la crítica a las instituciones europeas, si bien sus aldabonazos están más próximos a la crítica piadosa y constructiva que al euroescepticismo. Desde sus primeros escritos sobre el tema, Habermas ha apostado por más Europa. Ahora se presenta en español esta selección de ensayos de temática política que no puede resultar más oportuna en un momento en que Europa constriñe su proyecto a un catálogo de medidas económicas.

Julio Montero : Adiós… analógicos, adiós

Julio Montero, catedrático de Comunicación Social en la Universidad Complutense, propone en este sencillo y divertido libro cómo enfrentarse a los nuevos cambios. "Adiós... Analógicos, adiós" (Rialp, Madrid, 2012)

Carlos Rodríguez Braun y José Ramón Rallo: El liberalismo no es pecado. La economía en cinco lecciones

El título del último libro de Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo pretende ser polémico. Cierto que el ensayo escrito por el sacerdote Sardá y Salvany en 1884 (El liberalismo es pecado) no se refería al liberalismo económico, sino a la ideología moderna que reputaban generalizadamente anticristiana.

José María Marco: Una historia patriótica de España

Lo interesante de este nuevo repaso por la historia de España no es solo el recuerdo de los hechos relevantes del pasado, ni tampoco —aunque, tal y como anda el panorama editorial español, se agradece— el cuidado estilo literario. Lo que llama la atención es la perspectiva.

Beatriz Dueñas, Eduardo Fernández, Daniel Vela: De Cicerón a Obama

No son pocos (o sea, que son muchos) los manuales de Retórica que se han publicado en las últimas décadas. Razones teóricas y prácticas han producido una verdadera floración de manuales sobre el arte de expresarse con eficacia.

Stanley Payne: ¿Por qué la República perdió la guerra?

Si es correcta la tesis de Stanley Payne, la II República puede ser entendida como un proceso revolucionario excepcional en un contexto europeo que había dejado atrás una guerra mundial y también las consecuencias transformadoras derivadas de ella. Pero fue también excepcional el conflicto bélico, ya que la guerra de España contó con una movilización extraordinariamente elevada. Además, a juicio del gran hispanista, las causas del cambio político son exclusivamente endógenas y siguieron principalmente la pauta cómoda de algunos conatos políticos; es decir, que los acontecimientos se sucedieron sin casi esfuerzo por parte de los revolucionarios. Cierto es que el mensaje se radicalizaría muy pronto, pero al menos en un principio nada vino a romper una línea de estabilidad política que, con sus más y sus menos, estaba llamada a desarrollarse paulatinamente y a adquirir mayor hondura democrática. La lucha civil frustró estas expectativas.Para Payne, uno de los factores clave que precipitó las cosas fue lo que llama «la revolución psicológica», es decir, un aumento de las esperanzas sociales sobre un futuro modernizador más bien idealista que vino, paradójicamente, a quebrar un proceso de modernización que ya había comenzado en España; nos recuerda el historiador inglés algo que en el debate maniqueo sobre la II República —maniqueísmo del que tampoco es fácil escapar— tiende fácilmente a pasarse por alto: la expansión social y económica y la mejora de la situación que durante los años veinte había experimentado el país.¿Existía la intención de mantener la democracia liberal en España? De los tres sectores que lideraron la implantación del modelo republicano, sólo los centristas radicales (el Partido Radical Socialista) se comprometió a mantener las líneas del parlamentarismo liberal; ni la izquierda republicana ni los socialistas fueron, siempre según Payne, leales a los procesos democráticos. El proyecto republicano se diseñó como un programa de reforma ideológica que sus paladines no tuvieron reparos en calificar de revolución.En concreto, el análisis de Payne se refiere a la Guerra Civil y a sus sucesivas etapas, desde el virulento enfrentamiento, pasando por las divisiones en el bando republicano, la persecución religiosa y la contrarrevolución. Tanto la infravaloración de los peligros de la guerra como el abandono de la democracia en unos radicales que no supieron aceptar el libre juego electoral, así como los problemas con el anarquismo y las identidades regionales, fueron algunas de las causas que explican la derrota de los republicanos. Negrín supo ver el motivo del fracaso no en la incapacidadmilitar de los contendientes, sino en una falta de unidad y en los errores políticos de quienes tenían que haber sabido mantener el ánimo. La superioridad militar de Franco está fuera de toda duda, pero también fue desastroso para el bando republicano el desprecio de los revolucionarios al ejército regular. Con esta actitud y con la decisión de armar a los movimientos revolucionarios sembraron la confusión y el camino de su propia catástrofe.Es también interesante cambiar el discurso que acentúa el enfrentamiento ideológico por el que concibe la lucha civil como una guerra...

Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García: El precio de la exclusión. La política durante la II República

Este ensayo fundamenta históricamente el carácter excluyente y poco conciliador del proyecto republicano. «Resultó fundamental —explican los autores— para el futuro de la democracia republicana que la mayoría de los constituyentes considerara virtuosa una actitud contraria a la inclusión de los que pensaban diferente». Precisamente, quienes encabezaban los planes de reforma pensaban que la política pactista había sido una de las causas de la tradición oligárquica que había sembrado de retraso y de corruptelas a un liberalismo ya anticuado. De ahí que tanto la ideología que vertebró el cambio político como el diseño institucional posterior fueran ajenos a cualquier forma de claudicación, también la que implicaba el reconocimiento de mayorías elegidas en las urnas.La diferencia de este estudio magistral frente a otros que reflexionan sobre el periodo estriba en que se repasa la vida política, al margen de otros aspectos, y sus condicionantes económicos, sociales y culturales. Fueron las decisiones políticas que se tomaron a lo largo de la corta vida de la II República —y no causas de otra índole, ni económicas ni culturales, a pesar de algunos en explicarlas como determinantes— las que condujeron a la quiebra de la convivencia, según estos autores.Fue imposible, como se demostró ya en el debate constituyente, recuperar para la reforma republicana el centrismo; de esa modo, no hubo agrupación política que, viendo la deriva izquierdista y poco contemporizadora de la Constitución, evitara su aprobación. La proliferación de leyes que se aprobaron gracias a una actividad parlamentaria frenética estaban supeditadas a las ideologías. Esto, junto con el papel que jugó la presidencia de la República y los cambios en el régimen electoral, constituyen algunos de los asuntos que se repasan en estas páginas.Otro de los más destacables es el análisis de los movimientos políticos de derechas, lo que denominan «la movilización conservadora», que no tuvo, por cierto, mucho apoyo institucional ni apenas protección. La inicial Ley de Defensa de la República ofrecía un control omnímodo al Gobierno y pudo obstaculizar la constitución de un espacio de discusión plural. Lo que no supieron calcular los enemigos de la oposición política es que las rémoras al conservadurismo alentarían el movimiento y harían posible su triunfo en las elecciones generales de 1933.Quizá, más allá de que la II República no supiera de transacciones ni de sacar rédito social a algunas de sus conquistas, como la ampliación de voto, por ejemplo, el error más destacable sería la poca madurez de los partidos políticos. A juicio de los autores, el régimen político nació con un defecto que anulaba sus pretensiones de raíz: el exclusivismo de partido. En este sentido, la izquierda y, en especial el PSOE, consideraban que los logros del cambio debían impedir la alternancia que hizo posible la Restauración. Pese a todos los defectos de aquel sistema, permitió el desarrollo y la convivencia pacífica de una forma razonable. La II República nació no sólo con un déficit de legitimidad, sino que se propuso transformar el espectro político del país por medio de la guerra política...

Fernando del Rey (Dir.): Palabras como puños: la intransigencia política en la Segunda República española

Cualquier estudio sobre la violencia en un determinado periodo político tiene el riesgo de convertirse en una retahíla recíproca de acusaciones que, pese a que terminan infantilizando el debate y restando protagonismo a las víctimas, es una herramienta bastante recurrida. Esta obra colectiva, dirigida por Fernando del Rey y en la que colaboran especialistas de varias instituciones españolas, tiene el mérito de no caer en la cuantificación superficial y realiza un espléndido análisis de la intransigencia y del odio exacerbado con el que se llevó a cabo la propaganda ideológica. Su objeto de estudio son, por tanto, los discursos parlamentarios y extraparlamentarios, pero también las prácticas que se derivan de ellos.Hubo violencia en las calles, pero también en las palabras, como gráficamente nos recuerda el título. Y la escalada de violencia, una violencia que terminó empapando el espíritu público e infectó a la ciudadanía, fue en parte una manifestación de la irresponsabilidad de las autoridades. En este libro, que también sirve para entender la política más cotidiana de la II República, se realiza un magistral repaso por las líneas de actuación de los principales partidos. El comunismo, el socialismo, los radicales y nacionalistas, los conservadores y quienes tuvieron tendencias fascistas fueron los culpables y no supieron reconducir la pugna al parlamento. También incendiaron el ánimo de los ciudadanos, más bien víctimas. Basta para ello simplemente con revisar las actas parlamentarias que junto con lo mejor de la oratoria recogen también los más encendidos de los enconos.Es cierto, y es necesario aclararlo, que el libro estudia en exclusiva los discursos y los hechos de aquellos representantes políticos que o bien estuvieron en contra de la República o bien fueron «semileales» a su proyecto. Se obvian las referencias a quienes intentaron pacificar un debate defendiendo lo que fue la legalidad. Y no hay duda de que la dinámica agonística debilitó la credibilidad de los partidos, desgastó el régimen y dejó de lado el pragmatismo para embarrarse más en el odio. Los puntos más álgidos de toda la espiral —1934 y 1936— sirvieron para acentuar la potencia de un conflicto fraguado en los despachos y en las luchas intestinas por el poder. Se vendió, eso sí, como si el ciudadano no tuviera más opción que elegir entre los defensores o los enemigos de la libertad, cuando se sabe, por experiencia, que en la política es mejor resguardarse de los extremos y decidirse por la templanza del gris.Todo ello contribuyó y precipitó el trágico desenlace. Lo curioso del caso es que la cultura política se convirtió en la semilla de la batalla y que desde los escaños la victoria no la lograra el consenso, sino el extremismo ideológico y la retórica rupturista. De ahí que este libro mantenga en líneas generales que la dialéctica de la política republicana fuera más el reducir al adversario que el construir juntos un futuro. Durante la Transición, las fuerzas políticas mayoritarias dieron este último paso, pero lo cierto es que ahora, de nuevo, las divergencias empiezan a...

Miguel Ángel Villena: Ciudadano Azaña. Biografía del símbolo de la II República

La personalidad de Azaña ha ejercido fascinación, sobre todo tras la Transición, y han proliferado los estudios sobre su vida y sobre sus aportaciones, realizados, por cierto, desde diversas perspectivas ideológicas. Fue muy importante, a este respecto, la publicación íntegra de sus Diarios, gracias a los cuales se pudo contar con un testimonio excepcional, y sin ningún tipo de intermediarios, sobre las vicisitudes de la II República, de la que, como muy bien indica Miguel Ángel Villena, Azaña fue un símbolo. No hay que olvidar que Azaña pasó por todas las altas responsabilidades del régimen, desde que, como dirigente de Acción Republicana, se integró en el primer Gobierno en calidad de ministro de Guerra. Es conocido el apunte de su diario con motivo de la sublevación de Sanjurjo, en el que refiere las dudas sobre las decisiones a tomar. Es este, sin embargo, el sino del político.Por otro lado, Azaña fue detenido en 1934, en un momento de crispación creciente. Pero la detención tuvo, como efecto, un aumento de popularidad y apoyo. Tal vez fue entonces cuando se fraguó el personaje como símbolo, en los discursos a campo abierto que congregaron a miles de personas y que han quedado como una de las imágenes más familiares de la República. Con una estudiada oratoria, Azaña se convirtió en el referente ideológico de la regeneración y consiguió unir a los radicales republicanos con el futuro del régimen, identificando al enemigo como antirrepublicano.Sin embargo, cuando Azaña asumió la presidencia en 1936, su mensaje a la población insistía en que la victoria del Frente Popular aseguraba la continuidad del proyecto republicano y, por tanto, llamaba a la calma y a respetar la ley y el orden. Pero el enfrentamiento popular y la violencia habían prendido ya en el ánimo de muchos. Al estallar la guerra, el presidente de la República intentó mediar diplomáticamente con potencias europeas, confiando en que el apoyo internacional a la causa republicana constituiría una ventaja. Pero un hombre que, a juicio de Villena, se había caracterizado por el poder de las razones y las palabras se encontraba desesperanzado y perdido en medio del ruido de la batalla. De hecho, durante el conflicto y precisamente debido a su concepción, se fue debilitando su posición y prestigio. Finalmente, su política realista —la guerra estaba perdida y había que empezar a negociar, advirtió— fue derrotada y ganó la resistencia de Negrín.Ciudadano Azaña dibuja un retrato personal, en ocasiones íntimo, de uno de los políticos españoles más importantes del siglo XX, evitando, en todo caso, enjuiciar duramente algunas de sus decisiones y buscando más comprender al hombre que al ideólogo. En cualquier caso, es una buena manera de acercarse a la vida de un personaje y a su contexto político, en el que ejerció un papel protagonista indudable.

Pablo de Azcárate: En defensa de la República. Con Negrín en el exilio

La vida de la República fue más larga de lo que acostumbramos a pensar; olvidamos con frecuencia que existió un régimen republicano en el exilio, presidido oficialmente por Juan Negrín hasta 1945. Y su presidente ha sido uno de los personajes más desconocidos y atacados de todos los que, de una u otra manera, protagonizaron la República. Pablo Azcárate, embajador en el Reino Unido cuando estalló el conflicto civil, fue no sólo consejero de Negrín en política internacional, sino amigo y confidente. Por ello, En defensa de la República es el mejor documento para conocer los primeros años de la República fuera de España y para comprender de cerca su historia interna y sus decisiones políticas.El preámbulo de Ángel Viñas resulta indispensable para sacar partido de la lectura de la obra, sobre todo para los no especialistas, es decir, para aquellos que conocen poco a Negrín y que apenas tenían noticia de Azcárate. Éste intentó explicar los problemas por los que atravesó un poderoso y fracturado complejo institucional sin territorio y sin que cejaran las querellas internas, como experimentó el propio Negrín, que aparece como protagonista en estas páginas.Azcárate busca superar algunas interpretaciones erróneas. Cierto es que Negrín se mostró partidario de la resistencia frente a los nacionales y se opuso a un apaciguador como Azaña, en un momento en que el bando republicano estaba ya menguado, pero lo hizo esperando la salvación en el contexto de la II Guerra Mundial. Por otro lado, ya vencido el proyecto republicano, fue fácil buscar culpables y errores, y Negrín estaba por entonces en primera línea de responsabilidad.Azcárate nos relata el drama de los refugiados republicanos, que en ocasiones fueron represaliados como consecuencia de una contienda ideológica de la que eran los chivos expiatorios. En Francia, por ejemplo, explica que muchos fueron dirigidos a campos de concentración; la mayoría fueron separados de sus familias. Pero a partir de 1940 se gestionó la evacuación de los refugiados del territorio francés a Sudamérica, gracias a los fondos que partían del Gobierno republicano.Azcárate trata de mostrar cómo Negrín siempre tuvo conciencia de su responsabilidad en este sentido, y que organizó y desarrolló ayuda humanitaria para los refugiados, preocupándose por su suerte tanto en Europa como en América. Por otro lado, Negrín se encargó de institucionalizar los contactos diplomáticos necesarios que facilitarían la entrada de los republicanos en algunos países.Negrín cayó tras la reunión de las Cortes republicanas en México, en 1945, a cuya convocatoria se oponía. Son elocuentes las palabras con las que Azcárate expone la caída del político canario: «Fue el factor —explica— que más contribuyó a frustrar la posibilidad de que al término de la segunda contienda mundial se restableciera en España un régimen político normal basado en los principios de libertad, democracia y progreso social». Problemas internos dentro del PSOE, un enjuiciamiento crítico excesivo —se le consideraba culpable de la deriva de la guerra—, fueron algunos de los factores que empañaron su memoria. Aunque Azcárate fue amigo de Negrín, estas memorias suyas...

Juan Pablo Calero Delso: El Gobierno de la anarquía

¿Cuál fue en realidad la participación de los anarquistas durante la República? A esta pregunta trata de responder Juan Pablo Calero en un libro que recuerda que, en el momento de su implantación, la derecha, por motivos obvios, se oponía a la línea anarcosindicalista, pero que también la izquierda veía en la CNT y la FAI organizaciones que comprometían el proyecto republicano. En cualquier caso, la pretensión de El gobierno de la anarquía es determinar la implicación de esta ideología en la decantación del régimen y aportar así datos sobre sus fracturas ideológicas.El anarquismo estuvo implicado, ciertamente, en la Revolución de Asturias y alimentó la insurrección de Octubre, de forma que su fracaso fue también una certificación anticipada de que un movimiento ácrata, antiparlamentario y que desconfiaba de los cauces institucionales tradicionales requería de un mayor potencial para realizarse. Por ello, tampoco la CNT hizo nada por colaborar con la organización del Frente Popular en 1936, en la que ni se movilizó ni pudo aceptar un manifiesto que consideraba «raquítico». Se percibía en el Frente Popular no un programa revolucionario, sino un proyecto de cambio superficial que, en el mejor de los casos, dejaría las cosas tal y como estaban. Porque las propuestas de los oficiales de la II República eran, a su juicio, la garantía de continuidad de un régimen como el burgués, centrado en la economía y la primacía del comercio e injustamente desigual para las clases trabajadoras.La insurrección del bando nacional fue un motivo para que la izquierda más libertaria se aunara y promoviera inicialmente una unión de los esfuerzos. El autor subraya el papel estimulante que la propaganda anarcosindicalista ejercía sobre la población, aunque en general, unos y otros no tuvieran conocimiento de cómo se desarrollaba la situación en las diferentes líneas de combate. Una vez que los acontecimientos se precipitaron, en noviembre de 1936, la CNT renunció a iniciar su propio proyecto revolucionario ácrata. ¿Lo hizo por razones ideológicas? Más bien, como explica Calero Delso, la decisión fue fruto de un ejercicio de racionalidad política: hubiera tenido pocas garantías de éxito. Además, tras la guerra, «anarquistas y socialistas salieron profundamente divididos» y el movimiento anarquista no pudo mantener la unidad entre las dos líneas: una que hablaba de colaborar con la burguesía en el plano político y otros que exigían una vuelta al sindicalismo tradicional, oponiéndose a las instituciones del nuevo régimen.

J. Habermas, Ch. Taylor, J. Butler y C. West: El poder de la religión en la esfera pública

El poder de la religión en la esfera públicaTrotta, Madrid, 2011, 152 págs., 17 €Traducción: José María Carabante y Rafael Serrano Cuatro reconocidos intelectuales dialogaron en 2009 sobre el papel de la religión en la esfera pública. El encuentro, celebrado en Nueva York, reunió a Jürgen Habermas, Charles Taylor, Judith Butler y Cornel West, y ahora la editorial Trotta recoge sus intervenciones, además de una extensa entrevista con el pensador alemán y un epílogo de Craig Calhoun. El libro revela que, más allá de las polémicas sobre la laicidad y los límites del laicismo, y más allá, sobre todo, de los problemas concretos a los que se enfrenta la política, en términos filosóficos la religión sigue siendo un recurso muy importante. Para el lector en lengua castellana, algunos de estos intelectuales pueden serle ajenos o casi desconocidos, pero todos ellos son figuras de primer orden en la esfera pública internacional y han llamado la atención en sus trabajos sobre los defectos de un sistema que, como el liberal, relega la decisión al ámbito privado y concibe la creencia como una decisión privada, personalísima, sin apenas relevancia social ni política. Pero tanto para Habermas como para Taylor, así como para Butler y West, la religión puede ayudar a regenerar el entramado moral de nuestras sociedades, en un momento en el que, como el actual, la crisis se ha generalizado precisamente a causa de la falta de valores.Así, por ejemplo, Habermas sorprendió en 2004 al declararse partidario de que las creencias religiosas aparecieran y contaran en una dimensión pública, algo alejado de quien se dio a conocer precisamente por su ateísmo metodológico y por afirmar que la filosofía debería sustituir a la fe. En un encuentro con el cardenal Ratzinger, el seguidor de la Escuela de Fráncfort afirmaba que las creencias religiosas constituyen un valioso instrumento para apuntalar la moral pública de las sociedades poscapitalistas. En la ponencia que aquí se recoge, y tal y como ha venido haciendo en los últimos años, sigue reivindicando un espacio para las creencias en la esfera pública, demostrando no solo una apreciación positiva de las mismas sino sobre todo los déficits de la propia teoría social. Frente a la recuperación de una obsoleta teología política, que seguiría la línea inaugurada por Carl Schmitt, Habermas denuncia la decantación totalitaria de una política sustancialista. Con su respetuosa atención a las religiones, Habermas quiere superar las fuerzas que amenazan con desintegrar la vida social, sobre todo aquellas que, acentuando el individualismo, obvian las referencias religiosas al considerarlas incompatibles con el postulado de la neutralidad estatal.Consciente de que hay que revisar la teoría de la secularización, indica que las tradiciones religiosas pueden servir políticamente y fomentar el desarrollo de una ética cívica. Es cierto, afirma, que para ello los mensajes religiosos tienen que ser traducidos, es decir, hay que extraer y exprimir su contenido y depurarlo racionalmente. Esto, sin embargo, no es nuevo; también la filosofía se ha desarrollado históricamente gracias a impulsos que proceden de imágenes religiosas. Lo...

Libros y autores para pensar: Un paseo por las novedades bibliográficas de no ficción

Si prestamos atención a esos ensayos que van más allá del análisis superficial y oportunista de algunos fenómenos, encontramos títulos que motivan la reflexión. La lectura que se goza es siempre la que puede reposar el paso de los años y aguantar relecturas innumerables. En eso consisten son los clásicos.

De la víctima sacrifical al apocalipsis. Los temas fundamentales de la obra de René Girard

Es curioso que un hombre, interesado en la dinámica del deseo que se perfila en la gran tradición de la novela realista y que más tarde examina con detalle el ritual y el potencial semántico de los mitos y tradiciones religiosas, haya cobrado actualidad y sea, si se permite la expresión, un hito importante para comprender cuestiones tan actuales como la violencia terrorista, el anhelo religioso o la raigambre ritual de las culturas. Tal vez porque lo que hace Girard es dar contestación a quienes, en la estela de cierto relativismo cultural —que se vio, en su momento, como una exigencia metodológica para todo antropólogo—afirman que el hombre de hoy no es como el de ayer. Nada ha cambiado para este pensador francés que confiesa que desde que comenzó en su tarea investigadora su propósito “ha sido encontrar lo invariante”. Su actitud es un aldabonazo en el contexto posmoderno y ello por varios sentidos. En primer lugar, porque su búsqueda de lo común y permanente —de lo invariante- pone en entredicho la reivindicada importancia de la diferencia que tanto ha afectado a la antropología cultural, hasta el punto de que esta disciplina ha terminado conformado un collage de culturas en el que queda poco espacio para el hombre. Y, en segundo término, porque la metodología de Girard ha hecho palidecer la hybris desnortada del cientificismo, que pretende explicarlo todo, aunque sea a costa de desnaturalizar los fenómenos. Si Girard rechaza la fría mirada del científico social no es solo porque este último cosifica aquello que estudia, sino porque considera que sus fines y temas escapan a su dominio. Lo que puede ser considerado ciertamente como impostura —acudir a fuentes literarias y religiosas—es también una de sus exigencias metodológicas: “En lugar de interpretar las grandes obras maestras de la literatura a la luz de las teorías modernas, debemos criticar las teorías modernas a la luz de esas obras maestras una vez que se haya hecho explítica su voz teórica”. Hacer explíticita la voz teórica de las grandes obras de la literatura: a ello se dedicó al comienzo de su obra, con unos resultados que quizá ni él mismo sospechaba. Porque lo que puede ser paradójico para la comunidad científica es para Girard una verdad insoslayable, la de que en Shakespeare, Cervantes, Proust o Dostoievesky, entre otros, se puede aprender más sobre el hombre y su cultura que en todo lo que una plétora de expertos pueda certificar en sus revistas de investigación. De esa forma, la obra de Girard es originariamente literaria y así hay que leerla si se quiere comprender su potencial teórico. LA RIVALIDAD MIMÉTICA Girard termina con algunos tópicos, con ciertos fantasmas que circunvalan el pensamiento contemporáneo, pero lo hace analizándolos en sus orígenes modernos y denunciando la visión constructivista de cierta ciencia social. No es casual, por ello, que en su primera obra Mentira romántica y verdad novelesca (1961), acuda a los grandes novelistas del XIX para establecer una genealogía del deseo. El deseo, se pensaba, nacía de forma independiente, era algo absolutamente...

La revolución europea

Escribir un libro como éste exige valentía. Trata un tema realmente polémico, sobre el que imperan con demasiada fuerza las coacciones de lo políticamente correcto. Ahora tal vez resulte más fácil hablar de ello por las declaraciones de Angela Merkel, para quien la experiencia multicultural con la población musulmana ha resultado un fracaso, declaraciones que han aireado las opiniones, aunque sin sacudir demasiados yugos. Caldwell parte de un hecho incontestable y es que la relación con comunidades culturales diferentes no está exenta de problemas y que estos siempre son más complejos e intensos cuando las diferencias son tan palmarias y comprometen tanto la identidad de las personas. No es de extrañar que su libro comience afirmando que la convivencia con el Islam es una de las preocupaciones principales de los gobiernos europeos. Nadie puede negar que el terrorismo es una realidad; no sólo los atentados del 11-S o del 11-M han sido un hecho histórico trágico, sino que hay que recordar las incontables amenazas: el metro de Londres, células islamistas, la penetración del radicalismo en musulmanes occidentalizados, por ejemplo; ahora el riesgo de amenaza desde Yemen. Pero ante todos estos hechos parece como si la opinión pública tuviera vedado acercarse a su naturaleza y no pudiera identificar a los culpables. Caldwell cree que existe un complejo en Europa que le impide poner límites a estrategias que se antojan peligrosas. En este sentido, la cultura europea ha considerado injusto imponer restricciones legales a la inmigración, sobre todo al principio del fenómeno. Caldwell recorre las etapas de la inmigración, desde la oleada de los cincuenta, en la que los inmigrantes eran recibidos con los brazos abiertos por unas economías que tenían que levantarse tras la II Guerra Mundial, los sesenta y los setenta. Es cierto, afirma Caldwell, que la falta de mano de obra puede ser una necesidad, pero si es así tiene una fecha de inicio y una de final; en cambio, Europa ha vivido desde entonces pensando que necesitaba todavía inmigrantes. No es de extrañar que, en este sentido, se hayan producido situaciones tan paradójicas como las que Caldwell recoge en su libro: en España se permitió la llegada masiva de inmigrantes para trabajar en la construcción porque había necesidad de viviendas… para los propios inmigrantes que llegaban. Es verdad que Caldwell aleja cualquier posibilidad de colonización –las estadísticas señalan que en la próxima generación el 10% de la población europea tendrá raíces musulmanas- pero piensa, con razón, que el aumento ininterrumpido de población inmigrante es, y será mucho más en el futuro, fuente de desencuentros públicos. Lo que parece que denuncia Caldwell no es en sí el fenómeno migratorio, sino a la vez la pérdida de referencias morales de Europa. ¿Qué significa todo ello? En última instancia, lo que quiere indicar este periodista es que los países europeos han negociado con su identidad y que, por tanto, los inmigrantes, de cualquier nacionalidad, no pueden integrarse porque no hay cultura que les integre. Por ello, terminan reafirmándose sobre el vacío que las...
Nueva Revista

Manuel Chaves Nogales: el oficio de contar

“Andar y contar es mi oficio”. Así resumía el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales su trabajo. Pero habría que matizar: contaba, eso sí, pero con la maestría de los grandes genios de la literatura universal. Con Chaves Nogales, como con Larra, con González-Ruano o Umbral, por citar a algunos, la crónica, la opinión y el reportaje periodístico dejan de ser un género menor –injustamente tratado, por otro lado, en ciertos ámbitos- y adquieren la forma, el brillo y la belleza de la mejor literatura. Porque, más allá de la  clase en la que quepa encuadrar sus escritos –hay novelas y algún ensayo-, su estilo no pierde nunca la rapidez ni la chispa ardiente de la vida, de forma que lo anecdótico y cotidiano cobra el rango de la categoría. Un periodista nato Quiso ser, y lo fue, reportero; de hecho, incluso gozando del puesto de director de el Ahora, se encargó de cubrir los acontecimientos más importantes de la Europa de los años treinta. Fue consciente de las diferencias entre el periodista y el escritor consagrado a la literatura. El primero, sostenía, no es un ser superior ni busca dar lecciones a la gente. Es quien viaja, observa y cuenta lo que ve con la naturalidad del vecino. Pero ello no resta valor ni importancia a su tarea, puesto que es, según sus palabras, un intermediario entre lo espiritual y las grandes masas que en el juego de las modas en ocasiones pierden de vista lo importante. “Interpreto el panorama espiritual de estas tierras”, decía. Algo de periodismo habría de saber, en cualquier caso, quien se preciaba de haberse criado entre las linotipias y los papeles tintados de aquellos periódicos de principios de siglo pasado, forjando allí no ya su peculiar forma de escribir, sino un modo de vivir y ver la vida en relación con la novedad y la noticia. Actuó como testigo de uno de los momentos históricos más convulsos –lo que quiere decir, más periodísticos- de la historia española. No es extraño que siendo hijo, nieto y sobrino de periodistas sintiera desde joven la pasión por perseguir la noticia y ese anhelos por los nuevos acontecimientos, que entonces se sucedían a ese ritmo frenético que se impone cuando la historia parece que tiene prisa. Su colaboración con la prensa se inició bien pronto; aparte de escritos ocasionales, comenzó a participar de forma asidua desde 1918, año en que aparecen sus primeros artículos en El noticiero Sevillano y en La noche. Enamorado de su ciudad natal, Sevilla, el joven aprendiz de periodista encuentra su sitio en las diversas tertulias culturales: visita con frecuencia el Ateneo, mantiene amistades con intelectuales y, sobre todo, no cesa de escribir. En 1921 publica La ciudad que constituye un hermosos canto a la ciudad que le vio nacer. Lejos del preciosismo y de la reiterativa adjetivación, el lirismo de Chaves Nogales parte del paisaje blanco y dorado que se extiende ante su mirada; Sevilla es indescriptible para un sevillano, pero al menos es posible sentirla como...

Joseph Pearce: un converso entre conversos

Escritor de prestigio, maestro en el arte de la biografía, Joseph Pearce es prácticamente un desconocido para el público español. Sin embargo, nadie mejor que él conoce la relevancia que tiene la experiencia vital en la configuración de las obras literarias. La propia vida de Pearce, su proceso de transformación interior y sus inquietudes son esenciales para entender su interés por ciertos escritores que han mantenido el compromiso con sus creencias en tiempos de mayor incertidumbre.

Eutanasia

José Miguel Serrano, profesor de filosofía del derecho en la Universidad Complutense y especialista en bioética, reflexiona de nuevo sobre las implicaciones jurídicas y éticas de la eutanasia, un tema siempre polémico y, a su juicio, tremendamente ideologizado. Casos como el de Ramón Sampedro —analizado detalladamente en las páginas de este ensayo—y el más reciente de Inmaculada Echevarría, así como las reformas legislativas que se han venido produciendo desde 1995 en España, otorgan a la eutanasia una trascendencia mediática que, en la mayoría de las ocasiones, menoscaba la calidad de las opiniones vertidas en público. De este modo, el libro de Serrano constituye una valiosa aportación, en la que se defiende de forma argumentada una posición acorde con la defensa de la vida de todas las personas, desmontando, al mismo tiempo, los tópicos de lo políticamente correcto.Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la legalización de la eutanasia supone, de entrada, una excepcionalidad no justificable en la protección general de la vida humana, una «negación de lo jurídico», por emplear las palabras del propio autor. De rondón se introduce una asimetría social ciertamente perturbadora, en el sentido de que unos se terminan arrogando la decisión sobre la vida ajena, decisión basada, por otro lado, en criterios tan vagos y ambiguos como el resumido bajo la expresión «calidad de vida». Pero más grave aún son los cambios que se operan en el concepto mismo de derecho. En efecto, la legalización provoca la pérdida de una de sus funciones más básicas, a saber, la protección de los débiles frente a los abusos. En última instancia, todo ello perjudica la seguridad jurídica de los ciudadanos, tanto de los afectados de forma directa como la de aquellos no implicados en el tema. Los ejemplos de Holanda y Bélgica han demostrado que la legalización ha provocado más efectos negativos que positivos. De un lado, la admisión en los sistemas jurídicos de esta práctica ha certificado la renuncia de la sociedad a proteger y cuidar de los necesitados y dependientes, lo que supone, a la larga, su propio debilitamiento moral. De otro, ha aumentado hasta tal punto la presión social ejercida sobre los enfermos que éstos no han tenido más remedio que huir de estos países.En Eutanasia también se repasan las ambigüedades terminológicas y se confrontan las diversas opiniones existentes sobre la dignidad de la persona. Es cierto, señala, que en una sociedad altamente influida por los medios de comunicación y con una moral sentimentalista se corre el riesgo de que se acepte, incluso por motivos «humanitarios» , la legalización.

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