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lnf_img3.jpgLa opinión pública española se encuentra sometida, en nuestros días, a un proceso de revisión histórica interesado en ofrecer una interpretación del pasado favo rable a determinadas posiciones ideológicas. Aunque durante los últimos meses, y por razones obvias, se ha discutido la oportunidad del programa destinado a la «recuperación de la memoria histórica» centrado sobre la II República, la Guerra Civil y la España de Franco, el proceso de revisión o «relectura» de la historia cuenta con una larga tradición, renovada en distintos momentos del pasado siglo XX.


Los sectores nacionalistas periféricos acreditaron una habilidad notable para exaltar sus «hechos diferenciales» y escamotear, al mismo tiempo, aquellos datos, más antiguos, sólidos y rigurosos, que mostraban, sin lugar a dudas, identidades, sentimientos compartidos y valores comunes que, durante siglos, permitieron hablar, de norte a sur y de este a oeste de la Nación española.


Así lo ha entendido Jesús Lainz (Santander, 1965) que, lejos de plantear su trabajo en el terreno de la estéril discusión teórica, se centra en el estudio de una extensa nómina de protagonistas de nuestra historia que oriundos del País Vasco y Cataluña, satisfechos con los «hechos diferenciales», propios de la tierra que les vio nacer, expresaron, con sus acciones y palabras, el orgullo de pertenecer a la gran historia española.


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La lista de nombres resulta muy significativa y abarca desde el primer conde de Barcelona, Wifredo el Velloso (878-897), hasta los aguerridos tercios ascongados en África (1850) o los combatientes catalanes, distinguidos por su valor entre los «últimos de Filipinas» que defendieron con heroísmo la bandera que ondeaba en el fuerte de Baler (1899).


Aparecen personajes tan significativos para la Gran Historia, no sólo de España, sino también de la universal, como Juan Sebastián Elcano y Andrés de Urdaneta, Luis de Requesens y López de Legazpi, San Ignacio de Loyola y Jaime Balmes, Narciso Monturiol, Isaac Albéniz y Enrique Granados, por no citar más que algunos de los más conocidos. Todos ellos fueron esforzados vascos y catalanes que, según las semblanzas presentadas, se consideraron tanto más españoles cuanto con más cariño proclamaban su apego a la propia lengua, costumbres, paisajes y tradiciones particulares. La obra no se limita a señalar tales sentimientos, sino que los prueba con citas y referencias documentales extraídas de textos rigurosamente comprobados. Un análisis certero, que pone a disposición de amplios sectores de la sociedad elementos que le permitirán considerar la extraordinaria riqueza y variedad de las regiones dentro de una misma historia común. Mención especial merece la iconografía realizada por Julen Urrutia que acompaña a cada uno de los personajes, reunidos además en un álbum final, que muestran, junto al necesario rigor documental, un fino sentido del humor que no altera el respeto debido a cada una de las imágenes representadas.


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