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En vísperas de cualquier elección, antes de que el hecho de votar se convierta en una saludable rutina ciudadana, los contendientes tienen la impresión, que tratan de transmitir a cuantos les rodean, de que se está ante un momento crucial del desempeño democrático, ante un cara o cruz vital para el futuro del país, sea éste el que sea. En España, la recuperación plena de las libertades produjo la famosa sopa de letras, pero el tiempo fue reduciendo el menú a lo indispensable, dos platos y postre, como mucho. Hay siempre diversas formaciones, de los más variados colores, en liza. Pero, al final, las urnas se llenan mayoritariamente de papeletas del PSOE y del PP, los dos únicos partidos con posibilidades reales de gobernar. Ante las elecciones del 9 de marzo de 2008, la historia se repite. Pero esta vez es verdad que la igualdad de las dos fuerzas mayoritarias y la incertidumbre respecto al resultado dominan el ambiente previo a las elecciones. Estamos ante un duelo cuyo resultado sólo se conocerá, probablemente, cuando todas las papeletas estén contadas.

Ningún gobernante da puntada sin hilo. Todos los galgos que corren liebres las corren bien, decía Quevedo. Para cualquier político en el poder, una vez que comprueba que ha sido despojado de su derecho a la intimidad y se ha convertido en un objeto de atención preferente, sobre el que se escriben libros y cuyos pasos son seguidos y analizados a todas horas, todo movimiento se hace en dirección a las elecciones. El poder desgasta si no se tiene: por eso, hay que conservarlo. Las campañas electorales duran lo que dura una legislatura.

De ahí que Zapatero encare los cien días decisivos que quedan hasta las elecciones de marzo con una minuciosa preparación y sin dejar nada a la improvisación. Una vez que la oposición ha enseñado su gran baza electoral, que es la economía, y ha presentado una propuesta audaz de rebaja de impuestos, con la eliminación de un plumazo de la declaración de la renta de quienes ingresen menos de 16.000 euros anuales, el presidente del Gobierno ha llevado también los problemas económicos a la panoplia de lo que será su oferta a los ciudadanos para revalidar el cargo. En resumen, como le dijeron a un candidato norteamericano con un letrero pegado en la puerta de su despacho: «La economía, estúpido».

En sus casi cuatro años de gobierno, un Zapatero muy revisionista ha intentado introducir radicalismo en la vida española, con leyes como la de Memoria Histórica, toques nostálgicos a la II República, acercamiento a ETA y una política exterior errática y tercermundista. Pero, al final de su mandato, ha caído en la cuenta de que hay un gran número de electores que votan más con la cartera que con el corazón, más con el bolsillo que con la cabeza. Por ello, en el momento en que surgen dificultades a cuenta de la crisis de las hipotecas y el problema del paro vuelve a ser el que más preocupa a los españoles, Zapatero ha recordado la famosa inscripción del post-it que le dejaron a Clinton cuando disputaba la presidencia a Bush padre, en la entrada a su cuarto de trabajo, y ha tomado una decisión desprovista de audacia: prometer que Solbes («ha nacido para esto y todos queremos que siga», dijo en el mitin de aceptación de su candidatura a la presidencia del Gobierno) seguirá siendo el vicepresidente económico.[[wysiwyg_imageupload:954:height=105,width=180]]

En un partido muy igualado, como es el que se va a disputar de aquí hasta el 9 de marzo, el gesto hacia Solbes supone intentar conservar el resultado de ligera ventaja del equipo que juega en casa, que es el del Gobierno. Es decir, una cierta posición defensiva, carente de riesgo y que contiene escasa novedad. Solbes es más que previsible, responde al perfil moderado, ha sido muy cuestionado por los muy socialistas y con su colocación en el número 2 de la lista por Madrid se hace un guiño al  mundo empresarial y a los sectores menos radicales del electorado. Es el encargado de enfriar la demagogia, el hombre del «si, pero», el que  llega con la rebaja para las alegrías del tipo de los 2.500 euros para cada recién nacido, una ocurrencia de Zapatero que tuvo muy difícil encaje en los presupuestos.

En el campo de la oposición, se afronta la recta final de la campaña con dos ejes que complementan su gran baza de la economía, en la que Rajoy, con Juan Costa, ex ministro y colaborador de Rato como redactor del programa, se beneficiará del prestigio y la solidez de la política económica de los gobiernos de Aznar: uno, la recuperación de los consensos básicos de la Transición, y, otro, la definición, por elevación, de la idea de la nación española. Se legislará para el conjunto de los españoles, se fijará el contorno preciso del Estado de las Autonomías y se protegerá la lengua común. Una promesa que los votantes propios, esos que le apoyarán aunque no acuda a todas las manifestaciones de la AVT, no necesitan, pero que sirve para un espectro más amplio del electorado, incluidos algunos socialistas desencantados, a los que también se dirige un nuevo partido, Unión, Progreso y Democracia (UPD), que dirige la destacada ex socialista Rosa Díez.

Como en las campañas electorales se aprovecha todo, las encuestas han empezado a ser utilizadas también como arma. La opinión pública es un monstruo que se alimenta de encuestas, dice el ex presidente de Uruguay Sanguinetti. Aunque usted vea a su alrededor muchas personas descontentas y críticas, aunque le parezca que los disparates de los políticos tienen que pasar factura, que el que se hundan barrios como el Carmel o haya que paralizar la circulación de los trenes de cercanías por la pretensión de llevar el AVE a Barcelona antes de las elecciones no pueden quedarse sin sanción electoral, procure no anticipar pronóstico alguno. La fiebre se puede sentir, pero se mide con el termómetro. Las políticas se calibran con las encuestas.

Y ¿qué dicen las encuestas? A lo largo de la legislatura han venido señalando una ligera ventaja del Partido Socialista sobre el Partido Popular. Pero el interés por las encuestas y su credibilidad aumentan a medida que el «Día D» se acerca. La tendencia de los últimos meses indica que, aunque se mantiene una pequeña ventaja para el Gobierno, el PP sube y el PSOE baja. Sólo algunos medios audiovisuales, con no disimuladas posiciones favorables hacia la Moncloa, sacan de vez en cuando barómetros descaradamente desiguales, queriendo romper el llamado «empate técnico» por los expertos. Pero no es fácil. Al día siguiente de que se publicara una encuesta que señalaba una diferencia de más de ocho puntos a favor del PSOE, hecha por un diario de Barcelona, la ciudad que está en estos momentos más disgustada con la política del Gobierno y que protagoniza el mayor «desapego», como dice el president de la Generalitat, José Montilla, de Cataluña con España, salió el último barómetro del CIS indicando que la diferencia es sólo de 2,3 puntos.

El CIS es el instituto demoscópico con más medios de España y, aunque también comete errores, goza de autoridad superior a la de los demás. De ahí que su última encuesta haya encendido las luces de alarma en las filas socialistas. Como ha resumido el sociólogo Enrique Gil Calvo, en las páginas de El País, «ante el empate entre PSOE y PP que predice el CIS, Cataluña va a resultar una vez más decisiva». Haciendo unas cuentas de trazo grueso, el 60% de España se lo reparten los votantes de Andalucía (ocho millones), Cataluña (siete), Madrid (seis) y Valencia (cinco). «Pero el voto de andaluces, madrileños y valencianos -escribe Gil Calvo- ya está prácticamente asegurado de antemano: el primero para el PSOE y los otros dos para el PP. Mientras que, en cambio, el voto de los catalanes es incierto, sin que pueda saberse cómo se repartirá ni cuántos votarán».[[wysiwyg_imageupload:955:height=109,width=180]]

La crisis catalana va a ser, por tanto, decisiva. Los expertos apuntan que en estas elecciones generales la clave va a estar en la abstención. Hay quien piensa que, teniendo tanto el PSOE como el PP un suelo electoral muy firme y que en España no existe la cultura del cambio de voto, la abstención se convertirá en un factor decisivo. Es también algo conocido que, con abstención, el Partido Popular tiene alguna ventaja sobre el PSOE. Su censo de votantes no desfallece, no se abstiene. Es ilustrativo lo que dice Gil Calvo: «A juzgar por los precedentes, en Cataluña, debería darse una amplia victoria del PSOE. Pero dado todo lo que ha pasado en esta legislatura (debate del Estatut, defenestración de Maragall, gran apagón de agosto, obras del AVE, cierre de cercanías…), los catalanes podrían pasar factura a los socialistas. Y no necesariamente votando a sus rivales catalanes sino quizá absteniéndose, lo que por defecto favorecería al PP».

Las últimas elecciones, marcadas por el atentado del 11 de marzo de 2004, tuvieron una participación masiva. Como explicó Julián Santamaría, que entonces era el director del Centro de Estudios Sociológicos, en una entrevista publicada en La Vanguardia el 15 de marzo, al día siguiente del imprevisto triunfo de Zapatero, «el voto progresista se movilizó en horas». Cuando el entrevistador le preguntó qué lección había sacado de aquella sorprendente jornada electoral, que mandó al PP a la oposición, el antiguo embajador de España en los Estados Unidos, que dirige actualmente un instituto demoscópico, respondió, socráticamente: «Que no sabía nada».

Seguimos sin saber nada. La única encuesta que vale, dicen siempre los expertos en demoscopia, es la que sale de las urnas en la jornada electoral. El 9 de marzo, cuatro años después de una de las grandes tragedias de la vida española, que abrió las puertas de la Moncloa a un enigmático personaje dispuesto a cambiar la Historia de España desmontando minuciosamente la obra de José María Aznar, se juega un partido decisivo. Como diría un cronista deportivo, estamos ante el partido del siglo. El marcador señala por ahora un empate y hay que jugar una especie de prórroga. Con los nervios a flor de piel, probablemente vamos a llegar a la tanda de penaltis. Ahí se decidirá el resultado. Quien cometa menos errores de aquí a marzo, será quien se alce con la victoria.


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