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Si hablamos sobre nuestra relación con los clásicos, mis consideraciones no tendrán nada que ver con una fidelidad a los textos literarios, sino a la estética, al estilo de las obras y a cuestiones similares.

Como sabemos, el teatro alemán siempre ha tenido fuertes referencias filosóficas. Así, la primera gran obra filosófica de Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, está dedicada al teatro. O el renacimiento de la tragedia, en la forma teatral de Richard Wagner, tuvo en él mismo al autor de numerosos escritos sobre teatro. El teatro de Bertolt Brecht es una contrapropuesta que plantea, igualmente, su propia filosofía del teatro.

Heiner Müller llamó colección de errores a sus reflexiones sobre teatro. También él explicó su filosofía del teatro a partir de las constelaciones políticas de su propio tiempo, un tiempo impregnado básicamente por el fallido intento del socialismo y del periodo posterior al fascismo alemán, la segunda guerra mundial y la guerra fría.

En este sentido, me gustaría llamar la atención sobre el contexto actual del teatro. Vivimos hoy en la época de la posmodernidad. Esta época tiene unas características significativas. Una particularidad clave es que ni el pasado ni el futuro juegan un papel importante en su cosmovisión.

Por el contrario, el diagnóstico de Heiner Müller dice así: «La fórmula original de la posmodernidad es aquello que Goethe consideraba el pecado original. Esto es: decirle al instante que vivimos: “¡Detente, eres tan hermoso!”. Lo que se quiere es el presente eterno, de tal manera que la historia y el futuro puedan ser ocupados por el presente» (Müller, The Situation, 22). La ocupación del tiempo con el presente es una característica absolutamente decisiva de esta estética de la presencia.

Si se examina el teatro posdramático, las llamadas nuevas formas teatrales, sus oscuridades se refieren generalmente al aquí y al ahora, centrándose en el presente y nada más. Podríamos hablar también de una burbuja temporal de presente infinito. Por el contrario, Wagner, Brecht y Heiner Müller siempre se relacionan con la historia, o también con el mito, con el objetivo de cambiar el futuro.

La máxima «Ningún futuro sin pasado» siempre significa que lo nuevo surge solo en la discusión con la historia y con los clásicos. Desde este punto de vista, no se trata únicamente de un gesto de cara a la literatura, sino de un gesto de cara al futuro. Con esto tocamos el asunto decisivo. La confrontación con lo pretérito o con los pretéritos no posee un carácter afirmativo, sino que actualiza la injusticia pasada, los sueños pasados, la esperanza pasada.

La confrontación con la historia eleva la presión sobre el presente para transformarlo. Podríamos decir también que se trata de un diálogo con los muertos. «Lo muerto no está muerto en la historia. Una de las funciones del drama es la conjuración de los muertos. El diálogo con los muertos no puede terminar hasta que estos entreguen en el futuro aquello que fue enterrado con ellos».

Cuando pensamos en los muertos como muertos para siempre y damos por cerrado su horizonte histórico, entonces es cuando están verdaderamente muertos. Pero si sabemos que los muertos, y también los clásicos, son los vivos de otro tiempo y que su horizonte histórico está abierto, entonces se muestra lo que está escondido con ellos para el futuro. Y es que los clásicos son clásicos solo porque una vez constituyeron un teatro del presente muy relevante. Y, por tanto, vivo.

Si afirmamos que son clásicos —es decir, con un sentido afirmativo, con la arrogancia de una época que se considera por encima de ellos— ayudamos a mantener protegido aquello que, en el futuro, está en ellos. En este sentido, la representación no supone una suplantación ilusionista o ilustradora, sino que significa un hacer presente. El medio de este hacer presente es el teatro. La sangre y la respiración del actor.

Una última consideración. Es característico del liberalismo actual el hecho de que no conoce alternativa alguna, del mismo modo como la posmodernidad tampoco conoce otra cosa que a sí misma. Algo que no es, como por ejemplo, un lugar utópico. La posmodernidad se entiende a sí misma como lugar utópico y este lugar es el presente absoluto.

Pero si hablamos sobre los clásicos, sobre el pasado, sobre los muertos, incluso sobre el futuro, lo que significa es que siempre hay algo más. Algo insatisfactorio, algo desconocido. Una alternativa, en la terminología de la política. Algo que es distinto de este presente y que ofrece una alternativa al dominio despótico del dinero. En nuestro contexto, eso otro son los clásicos, con su inagotable potencial de futuro. _

Con la traducción de Alejandro Martín


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