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Maestro Huidobro
José Jiménez Lozano
Antrophos, 1999, 126 pp.

Antes de leer la última novedad del maestro José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1931), necesitamos coger carrerilla. La nueva obra se llama Maestro Idro Huidobro. Memorias de un escribidor; y remite, naturalmente, a la novela de 2003 sencillamente titulada Maestro Huidobro, que no habíamos leído. La carrerilla nos ha dejado sin aliento, pero de la impresión. Qué belleza.

Por eso la traemos aquí, sin ignorar la extrema dificultad de meter en la barbería a una novela. Por suerte, el argumento es casi lo de menos. Jiménez Lozano narra como un Álvaro Cunqueiro castellano viejo, con oralidad poética y refinada ironía.

Las estampas de la infancia ocupan buena parte de la biografía del Maestro Huidobro, pero en el libro hay, sobre todo, tres mujeres. Tres amores, mejor dicho, porque mujeres hay más, destacadamente las señoras Clemencia y Constancia, las de la novela Las señoras (1999), aquí muy bien instaladas en el pueblo de Idro. Sus amores son la dulce Elena, primer enamoramiento infantil; Sonia, que, sin dejar de amarle, le dejó de amar por otro amor más alto; y, al final, la dama de blanco, inevitable y deslumbrante. Abundan las intertextualidades, hasta un expurgo de libros calcado del de Don Quijote donde salvan una obra de… ¡don José Jiménez Lozano, que no ha muerto, no, “pero está viejo y melancólico”! Eso lo estará él, si él se empeña, pero a nosotros su novela nos deja hondos y emocionados.

Dice, por ejemplo:

[¿Poner o no poner una esquela al difunto?] Aunque fuese sólo el tiempo que dura una candela pequeñita, que es el que dura un periódico, teníamos que alumbrar su nombre.

*

—¡Hay que comenzar desde el principio! —dijo Cosme.
—¡Desde antes del principio! —dijo Bea.

*

Maestro Huidobro quemaba siempre los manuscritos que acababa de escribir. Las llamas, a veces, se volvían de rojos y dorados, verdes y azules, y Maestro Huidobro decía:

 

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

*

Luego recogía la ceniza de las llamas más bonitas y se la entregaba a Mosén Pascual para que la utilizase los Miércoles de Ceniza porque era una ceniza muy suave y tiznaba muy bien, y Mosén Pascual comentaba:

 

—¡Buen producto! ¡Buen producto!

*

… tenía un espejo oscuro de su abuela Engladina, tan lejana, que ésta usaba siempre para su aderezo, y cualquiera que se miraba en él tenía que sonreírse.

*

[Ponían a Idro una dolorosa inyección de vitaminas] Luego Elena pasaba, muy suavecito, la mano por donde le habían pinchado y le daba allí un beso:

 

—¡Curita, curita sana, si no se cura hoy, se curará mañana! —le decía Elena.

 

Así que, a lo último, sentía Idro que se acabasen las ampollas de las vitaminas Lorenzini.

*

[El trajinero] Cuando supieron que vendía aceite y velas, le dijeron que era un oficio muy consolador.

*

[Taimado aviso del señor Jiménez Lozano para todos los que dicen que su prosa peca de áspera y mal acabada, hecho en la figura del señor Asterio, carpintero] Pero un día ya estaba muy harto el señor Asterio de tanto decirle que las mesas y las sillas cojeaban, y se sintió muy ofendido en su amor propio, porque a ver si la gente del pueblo iba a creerse que él no era un maestro ebanista y carpintero, y no sabía hacer una mesa y una silla con las patas iguales y que asentara. Lo que pasaba era que, cuando las terminaba de hacer, rebajaba un poquillo una de las patas para que la gente se acordase de él, aunque le maldijese un poco o creyese que era un mal ebanista carpintero. Porque, si no, ¿quién iba a acordarse de él en su vida o en su muerte?

 

—Pero éste es un secreto —decía el señor Asterio a Idro.

 

Y añadía:

 

—Son cojas del grueso de una perra gorda. Si la pusieran debajo de la pata corta, quedarían perfectas.

*

[Va a estudiar a un internado, donde los alumnos] … montaron un sistema de defensa de dunviros y triunviros contra el sistema de opresión, y ganaban algunas batallas contra el absolutismo.

*

[La carta que escribió Idro desde su internado] “Queridas amigas, Clemencia y Constancia, éste un colegio muy malo y absoluto. Todavía andamos con la geometría plana y en historia y geografía no hemos salido de España, y el Padre Valverde no sabía nada de Drácula. Tenemos estudios y recreos, y deportes, pero la biblioteca no tiene libros excitantes, ni alfombra, ni almohadones para leer. Tengo muchos amigos, y he firmado un pacto con Federico Barbarroja. Ganamos siempre al fútbol, y comemos muchas lentejas pero no tomamos té. En el comedor hay un cuadro de Rut, espigando, que se parece a Elena, y lo bueno de este colegio es que tiene unos patios y una huerta y estanque muy grandes, y un perro que se ha hecho amigo mío. Ya les contaré cosas secretas”.

*

[El hambre tras la guerra] … otras artes de comer de que también se hablaba, como eran echar unos botones o guijarros entre las patatas o las alubias como freno para no comer deprisa, ni por lo tanto demasías.

*

[El loro Napoleón de Maestro Huidobro] —Es un traidor y un politicastro este pájaro —dijo Mosén Pascual.
Y que él le devolvería a la pajarera con viento fresco, o le obligaría a marcharse. Hasta que un día Napoleón, cuando Mosén Pascual estaba repitiendo estas intenciones, dijo de repente, dirigiéndose a él:

 

—¡Monseñor, Monseñor!

 

Desde ese día, siempre decía luego Mosén Pascual:

 

—Este pájaro es muy inteligente.

*

[Maestro Huidobro se encuentra con una dama muy hermosa, vestida de blanco] … era directora de Ferrocarriles Exteriores y tenía oficinas en el mundo entero, que tenía que visitar continuamente.

 

—Y usted —preguntó la dama.
—Yo, señora, me ocupo de mis pensamientos.
—Ajá. Es usted rico.
—No, no. Tengo unas tierrecillas y una pensioncilla.
—La vida es muy hermosa —añadió luego la dama.
—Sí —dijo Maestro Huidobro.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.