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La filosofía del vino
Béla Hamvas

Hamvas nació en 1897 en Hungría y murió en 1968. Su biografía intelectual es apasionante, perseguido por nazis y comunistas por ir y pensar por libre. Contra viento y marea y en circunstancias personales y laborales muy penosas, escribió una obra ingente y profunda. Destaca el libro Scientia Sacra, donde contempla la religión con pensamiento estereoscópico: sin renunciar ni a los maestros orientales ni a los místicos occidentales.

Pero apenas un centenar corto de pequeñas páginas le bastan en Filosofía del vino (Acantilado, 2014) para hacer un alegato pasional en favor de la belleza sensitiva y trascendente de la creación entera. Alza la chestertoniana bandera del optimismo cósmico: “Omnis creatura Dei bona est”. Más que una filosofía ofrece una mística. Pero una mística de la materia, bien maridada con vinos de la tierra.

Da la sensación de que escribe ligeramente achispado, en ese punto exacto en que la inteligencia resulta más perspicaz, la elocuencia fluye copiosa y se disuelven las timideces. Él tampoco es manco describiendo su estilo: “Como dice Nietzsche, sólo hay un modo de expresarse: con cinismo e inocencia. De forma perversa y sofisticada, con una inteligencia casi malvada y, al mismo tiempo, con el corazón puro, con alegría y sencillez, como el pájaro cantor”.

Dice (o canta), por ejemplo:

Lo característico del cientificismo es que no conoce el amor, sino el instinto sexual; no trabaja, sino que produce; no se alimenta, sino que consume; no duerme, sino que recupera la energía biológica; no come carne, patatas, ciruelas, peras, manzanas o pan con mantequilla y miel, sino calorías, vitaminas, hidratos de carbona y proteínas; no bebe vino, sino alcohol; se pesa semanalmente…

*

El ateísmo compensa sus deficiencias por otro lado… ¿Y en qué consiste su compensación? En la actividad frenética.

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La sustitución de lo sensitivo por lo abstracto. Resultado, la nada.

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[La boca] habla, besa y se alimenta. […] Doy con la palabra, tomo con el alimento, doy y tomo con el beso.

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Toda persona sabe de forma innata que su vida sólo tiene sentido si la sacrifica.

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[Noé] Con el arco iris, llegó la bebida mitigadora.

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Una copa de vino representa el salto mortal del ateísmo.

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Hay una sola ley para beber: en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera.

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La meticulosidad me parece deplorable. No encaja ni con el vino ni con el amor.

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[Concursos de cata] El ganador debería poder disfrutar hasta su muerte de una pensión completa en alguna región vinícola de renombre. [El barbero aplaude este idea con pasión y con esperanza.]

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Es característico de los cálculos no salir jamás, y cuanto más listo es uno, menos salen.

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[Hamvas replica al ateo] Yo soy el materialista, querido, yo, que rezo a los pimientos rellenos y a las gombóc de patata rellenas de ciruela, que sueño con la fragancia que exhala el lóbulo de la oreja de las mujeres, que adoro las piedras preciosas, que vivo en poligamia con todas las flores y todas las estrellas y que bebo vino.

*

Respecto a la materia de la que habla el materialismo no es materia, sino cemento. No se puede comer, ni beber, ni lamer, ni siquiera es posible amarla carnalmente. En realidad, es el cadáver de la materia, un polvo feo y pesado, un símbolo de la razón estúpidamente gris y cotidiana.

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Ya no puedo soportar que el mundo se deje engañar por los falsos rumores sobre el hombre religioso y siga creyendo que es triste, torpe, hipócrita, sombrío y mentiroso, y que la religión es escandalosa y loca. ¿Cómo pudo imponerse en el mundo esta superstición?

*

Una persona puede ser puritana siendo materialista o idealista o budista o talmudista, porque el puritanismo no es una concepción del mundo sino un temperamento. (…) El puritano es un puro idiota del corazón.

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Si una mujer acudiera a mí y me preguntara qué debe hacer para ser bella, le respondería: sal a que te dé el sol, querida. Sólo es bello quien toma el sol. Mira las partes de tu cuerpo que siempre llevas cubiertas: parecen ciegas. Cuando te quitas la ropa, pestañean desorientadas, cegadas por la luz. (…) Al cobrar conciencia, se volverán púdicas, ya que las dos cosas son una y la misma. Así aprenderán cuándo mostrarse y cuándo ocultarse.

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[Ateos y puritanos], tened muy en cuenta que hasta el último momento no estáis perdidos. No estáis condenados al infierno por algo externo. Vosotros mismos os mantenéis en el infierno. […] Bebed, que el vino se encarga del resto.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.