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Si hay alguien en el panorama intelectual de las últimas décadas que no necesita presentación es sin duda George Steiner. Sin embargo, puede que no sea inútil, sobre todo para calibrar el libro cuyo comentario nos ocupa, plantear la cuestión, retórica sólo en apariencia, de cuál de las extraordinarias cualidades que lo hacen acreedor al título de príncipe de los ensayistas merece destacarse como la principal.

A bote pronto, yo estaría tentado de inclinarme por su inteligencia deslumbrante. Porque es lo que más placer me proporciona cuando lo leo. Al cerrar el libro -éste y otros muchos, por no decir todos los suyos-, en el momento de digerirlo y volver a abrir los ojos a la realidad, entra en competencia con la inteligencia otro valor quizás aún más raro hoy, en este batiburrillo de relativismos casi siempre triviales

Lecciones de los maestros (Siruela), 192 págs.

Me refiero al valor de la importancia o, si se quiere, de la excelencia. Cualquiera que lea Presencias reales (1989) o Gramáticas de la creación (2001), por ejemplo, podrá discrepar de sus ideas o no identificarse con su estilo, pero no podrá negar (salvo disparate) que las cuestiones que se plantean, y el tratamiento de las mismas, son de la máxima importancia; de una importancia que se impone como evidente y no admite por tanto discusión (seria). El libro que comento no es seguramente de tanto empeño, pero se enfrenta a temas de importancia no menor, desde luego.

Recuerdo que en Errata (1997), su autobiografía intelectual, cuenta Steiner que uno de sus maestros en la Universidad de Chicago, Ernest Sirluck, «me devolvió el primer trabajo que escribí para su seminario sobre Milton escuetamente marcado con un “Ampuloso”. Un veredicto demoledor» (Madrid, Siruela, 1998, p. 157). De acuerdo, pero, si bien se mira, quizás también un síntoma de su pasión por lo importante, propensión o pretensión seguramente prematura entonces.

Hoy, en la cima de su madurez, tal vez podamos considerar una huella estilística de esa misma pasión, pero ya en pleno dominio de un pensamiento y una elocución propias, cierto gusto por las expresiones rotundas y no exentas a veces de exageración. Por ejemplo, en el libro que comento: «Como dijo Ned Rorem, Nadia Boulanger fue, sencillamente, “la profesora más grande que ha habido desde Sócrates”» (p. 132), o, sin el atenuante de la cita (aunque asumida): «Aristóteles hizo aportaciones fundamentales a la ciencia lógica, epistemológica y política. Lo mismo puede decirse de Karl Popper. ¿Ha habido un tercero?» (p. 160). Confieso mi predilección por este tipo de recurso que, más allá de su eficacia expresiva, tiene la virtud impagable de poner al lector despierto en pie o en busca de contradicción.

El libro se basa en las Charles Eliot Norton Lectures que impartió el autor en la Universidad de  Harvard el curso 2001-2002. En su título original, Lessons of the Masters (2003) resuena el del relato de Henry James The Lesson of the Master (1988), al que se refiere Steiner expresamente en su exposición (p. 122). Otro síntoma de lo que vengo comentando en torno al valor de la importancia. Ni que decir tiene que se trata de un valor, el de la jerarquía, por decirlo con un término más sospechoso y por tanto revelador, no sólo practicado, sino también asumido y defendido por este auténtico Maestro con tanta solvencia como valentía (y, si se me permite, con más razón que un santo).

Steiner: “Considerar que Sófocles, Dante o Shakespeare están mancillados por una mentalidad imperialista, colonialista, es pura y simple estupidez”

Así de claro y de demoledor de lo políticamente correcto se manifiesta en nuestro libro: «Considerar que Sófocles, Dante o Shakespeare están mancillados por una mentalidad imperialista, colonialista, es pura y simple estupidez. Desechar la poesía o la novela occidentales desde Cervantes hasta Proust por “machismo” es ceguera. […] Que Bach y Beethoven llegan a límites del empeño humano que sobrepasan el rap o el havy metal; que Keats pone en solfa ideas a las que Bob Dylan es ajeno, es o debiera ser algo evidente por sí mismo, sean cuales fueren las connotaciones político-sociales ¾y en efecto las hay¾ de tal convicción» (p. 137).

No me resisto a copiar también la siguiente observación, tan pertinente y oportuna para cuantos profesamos las letras: «Las ciencias no conocen semejante estupidez. Este punto crucial se pasa a menudo por alto. El legado de Arquímedes, Galileo, Newton y Darwin sigue estando seguro. […] En la ciencia, la engañifa, y mucho más la falsificación por motivos de raza, género o ideología está -hasta donde es humanamente posible- excluida. La corrección es la de la ecuación, no la de la política de la cobardía. Esta diferencia -podemos conjeturar- ayuda a explicar el relativo prestigio y dignidad que actualmente poseen las ciencias y las letras humanas» (p. 138).

Pero nada será tan elocuente sobre la relevancia de primer orden del contenido del libro como la mera enumeración de las principales figuras, obras o casos que se tratan en él. Protagonistas del capítulo 1, titulado Unos orígenes perdurables, son nada menos que Sócrates y Jesús de Nazaret, los dos Maestros orales decisivos y fundadores de nuestra civilización, pero el examen de los temas del magisterio y el discipulazgo en que se centra el libro se remonta también a figuras como Pitágoras, Empédocles y los sofistas, y se tratan temas como la paradoja de que se pueda cobrar o pagar por la transmisión de la sabiduría, o el de la oralidad («Sólo la palabra hablada y el cara a cara pueden […] garantizar la enseñanza honrada», p. 38), con resonancias de Presencias reales, y también el muy grave y delicado del erotismo, recurrente en el libro y tratado por Steiner, como cabía esperar, con seriedad y profundidad ejemplares: «El erotismo, encubierto o declarado, imaginado o llevado a la práctica, está entretejido con la enseñanza […] Este hecho elemental ha sido trivializado por una fijación en el acoso sexual. Pero sigue siendo esencial» (p. 33).

El segundo capítulo, Lluvia de fuego, sigue el hilo de dos corrientes soberanas que se entrecruzan a partir de los orígenes, el cristianismo y el neoplatonismo. Por él desfilan Plotino, Jámblico, San Agustín («Los deconstruccionistas y los posmodernos son agustinianos sin fe», p. 49), para, después de una interesante digresión shakespeariana («el asunto que nos ocupa -el de los maestros y discípulos- dejó indiferente a Shakespeare […] sospecho que si pudiéramos explicar esa omisión lograríamos acceder a áreas vitales de la laberíntica sensibilidad de Shakespeare», p. 51), centrarse en Dante y su Divina Comedia, sobre todo en el encuentro entre el Peregrino y Brunetto Latini, su maestro («ad hora ad ora / m’insegnavate come l’uom s’etterna»), y concluir con Fernando Pessoa y sus fantasmales heterónimos (Reis y Campos, discípulos de Caeiro).

En Magnificus, el capítulo 3, encontramos un examen del mito de Fausto, con estaciones en Marlowe, Goethe, Pessoa y Valéry, así como de las relaciones entre Kepler y Tycho Brahe, entre Kafka y Max Brod, sobre todo entre Heidegger y Husserl, cuyo encuentro es uno de los más decisivos para la filosofía y cuyo desenlace, con la traición de Heidegger, «compone una de las historias más tristes de la historia del pensamiento» (p. 86) y termina con la consideración del tema del maestro de más edad y la joven discípula, en L’école des femmes, en Middlemarch, en los casos de Abelardo y Eloísa, y, otra vez, de Heidegger y Hannah Arendt.

El título del capítulo cuarto, Maîtres à penser, es muy significativo precisamente por lo que tiene de intraducible. Se centra en lo que se conoce como la république des professeurs, determinada históricamente por la humillación de Francia en 1870-1871 y por el caso Dreyfus, república dominada por la figura de Alain, que se enseñorea de este capítulo junto con Nietzsche. Pero hay lugar también para los casos de Georges Palante o Gérard Granel, para el análisis de Le disciple de Paul Bourget y El juego de los abalorios de Herman Hesse, así como de la figura y el círculo de Stefan George.

Al ámbito americano se dedica el capítulo 5, En tierra natal, aunque desde el principio se advierta de que el tema tratado «va a contrapelo de lo americano» en cuanto «la irreverencia es tan americana como el pastel de cerezas» (p. 121). Entiende Steiner que durante las últimas décadas dos patologías han erosionado en los Estados Unidos la confianza entre maestro y discípulo: al eros inseparable de la enseñanza «el “acoso sexual” al estilo americano le ha añadido amenaza, trivialización, cinismo y las artes del chantaje» (p. 136), de una parte, y de otra, la caza de brujas desatada por la llamada “corrección política”. A propósito de esto salen a relucir las novelas Ravelstein (2000) de Saul Bellow y El animal moribundo (2001) de Philip Roth. Con más detalle se atiende a Henry James y la mencionada Lesson of the Master (1988), a Henry Adams y La educación (1906), «un clásico del desencanto» (p. 123), y a Lionel Trilling (Of This Time, Of That Place, 1943; The Lesson and the Secret, 1945). Muy interesantes resultan las incursiones en el magisterio aplicado a otras disciplinas, la música con Nadia Boulanger y el deporte con Knute Rockne.

En el último capítulo, El intelecto que no envejece, pasa revista Steiner a dos vastas tradiciones, el judaísmo («el hasidismo escribió una página que casi no tiene parangón. En ninguna parte ha habido unos “maestros cantores” del alma humana más auténticos», p. 149) y el Oriente (confucionismo, budismo, zen). Otro gran tema tratado, con resonancias de Gramáticas de la creación, es el de la pedagogía en las ciencias y en las humanidades. El caso central es el de Karl Popper, que enlaza con el tema del error en la enseñanza: «un Maestro que deliberadamente enseña a sus discípulos la mentira o la inhumanidad (son la misma cosa) entra en la categoría de lo imperdonable» (p. 166). El cierre lo pone la conferencia “La ciencia como vocación” de Max Weber y la respuesta, deliberada o no, de Heidegger en su Rektoratsrede.

Particularmente comprometido resulta el Epílogo, en el que el autor confronta su tema con la situación presente y se pregunta sobre su proyección en el futuro: «¿Persistirán los tipos de relaciones entre Maestros y discípulos tal como los he bosquejado?» (p. 169). Entre los cambios importantes que se vienen produciendo en la actualidad, destaca estos tres:

Primero, la revolución científica y tecnológica, en particular la informática, internet, etc., que suponen en efecto mucho más que un mero cambio tecnológico pues implican transformaciones de la conciencia, la expresión, la percepción o la sensibilidad que apenas empezamos a vislumbrar, y cuya influencia en el aprendizaje es ya trascendente. Los ámbitos de aplicación de la gran tradición del magisterio, europea en lo esencial, que saca Steiner literalmente a relucir parecen ser cada vez más restringidos, de una parte, y de otra, «la fidelidad y la traición humanas, los mandamientos zaratustrianos de amor y rebelión, que se exigen mutuamente, son extraños a lo electrónico» (p. 170).

En segundo lugar, la feminización en las humanidades y las artes liberales: «La estructura patriarcal inherente a las relaciones de Maestro y discípulo está en retirada» pero sobre el impacto de lo femenino en este asunto «sólo podemos aventurar conjeturas acerca de unos valores y tensiones sin precedentes» (p. 171).

“La libido sciendi, -dice Steiner- el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres”

La tercera y más importante mutación es la crisis de la veneración, del fundamento en último término religioso de Magisterio y discipulazgo, en la era de la irreverencia que es la nuestra, con la exaltación de los impresentables “famosos” de los programas de telebasura y la correspondiente idea del sabio que roza lo risible. Con todo, se impone la esperanza. «Las “lecciones de los Maestros” ¿pueden, deben sobrevivir al embate de la marea? Yo creo que lo harán, aunque sea de una forma imprevisible. Creo que es preciso que así sea. La libido sciendi, el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres. También lo está la vocación de enseñar. No hay oficio más privilegiado» (p. 172-173).

Bastará este catálogo incompleto de su contenido para apreciar la importancia del libro, genuinamente antitético de tanta nadería como se publica. Añádase la brillantez de un estilo a la altura de una inteligencia tan afilada como poderosa y un pensamiento solvente y radical, que va a la raíz, en lo hondo, de las cuestiones, y se tendrá una idea de la calidad, en verdad extraordinaria, de un libro cuyos lectores se han de sentir, con razón, privilegiados.


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