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La editorial Siruela lleva tiempo imprimiendo primorosamente las obras (mayores y menores) de George Steiner que no estaban traducidas al español. En este caso, en la serie «minor» de su biblioteca de ensayo (tamaño en 8º) traduce del francés un libro con un artículo publicado en la revista Esprit (número de enero de 2005), titulado «El odio del libro (La haine du livre), expresión de genitivo que entraña las dos posibles traducciones (subjetiva y objetiva): el odio que tenemos al libro o el odio que el libro nos tiene. Son 60 paginitas que, seguidas de 24 más del texto de Michel Crépu, titulado «Ese vicio todavía impune», completan las 84 del volumen.

La decisión de publicar así este original tan breve está plenamente justificada por la personalidad de su autor y la vigencia del asunto que se discute. George Steiner es uno de los más importantes críticos de la literatura y la cultura de la segunda mitad del siglo XX. Su obra Presencias reales (1991) es una obra mayor de nuestra civilización. En este caso, la concesión del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que se le otorgó en 2001, es absolutamente justa. Por lo demás, las páginas que acompañan de Michel Crépu, director de la prestigiosa Revue des deux mondes, no desmerecen en absoluto.

El asunto podría ser descrito como conjunto de reflexiones provocadas por la conmoción que produce en el mundo de las letras el cambio de paradigma cultural en el que estamos entrando de manera vertiginosa. El universo del libro, que potencia extraordinariamente el descubrimiento de la imprenta, se conmueve ante la galaxia de Internet. El universo de la creación, cristalizado en los siglos XIX y XX con el nombre de literatura (que hace relación al libro como soporte y sus consecuencias modelizadoras), se ve amenazado por nuevas posibilidades comunicativas que poco tienen que ver con ella. Ante estos retos, la reflexión en torno a la significación presente de la herencia cultural del libro y/o de la literatura se torna acuciante.

Steiner empieza recordando que nuestra sensibilidad occidental, nuestras referencias interiores habituales tienen una doble fuente: Jerusalén y Atenas. Son inicios no librescos. Las objeciones que pone Platón acerca de la escritura en su Fedro siguen teniendo vigencia, aunque no deje de ser una supina paradoja el hecho de que el propio Platón sea el más literato (y literario) de ese mundo socrático. Todo texto escrito remite a la «auctoritas», supone una reivindicación de lo magistral, de lo canónico, todo texto escrito, nos dice, es contractual, liga al autor y a su lector a una promesa de sentido.

Jesús de Nazaret tampoco dejó nada escrito. La única constancia que hay de su escritura es el episodio evangélico de la mujer adúltera en que se nos dice enigmáticamente que escribió en la arena. Pero borró inmediatamente su escritura. «En todo lo demás aspectos, el maestro y mago venido de Galilea es un hombre que pertenece al mundo oral, una encarnación del Verbo (el logos) cuya doctrina primera y ejemplos son del orden de lo existencial, de una vida y una pasión no escritas en un texto, sino realizadas en la acción. Y dirigida no a lectores, sino a imitadores, a testigos (los “mártires”), a su vez iletrados en su mayoría […]. El judío Steiner señala cómo el judaísmo de y el Talmud y el islam del Corán son como dos ramas de una misma raíz libresca. La ejemplaridad del mensaje cristiano, contenida en la persona del Nazareno, tiene su origen en la oralidad y se proclama a través de ella» (p. 24). El libro está, pues, en el centro mismo de las similitudes y diferencias de las instancias que componen nuestra cultura.

El libro sigue en el centro con la Reforma Protestante, «entre la imprenta y la Reforma hubo una de esas alianzas profundas en que ambas parten se refuerzan mutuamente» (p. 31). Y la fuerza del libro, incluso su presunta fuerza negativa, se siguió manifestando en el índice de libros prohibidos de la Iglesia Católica.

Steiner recuerda cómo esas criaturas frágiles que son el libro y la literatura han sido amenazadas siempre por la censura, pero se resiste a caer en las generalizaciones fáciles y los clichés de lo políticamente correcto: no deja de ser cierto que la necesidad de evadir las distintas censuras han estado como concausa en el origen de muchas obras maestras cuya riqueza les viene de su carácter metafórico, de la explotación de la riqueza que proporciona al lenguaje la ambigüedad, muchas veces condicionada por la persecución contra una literalidad imposible.

Y sigue analizando el «escándalo del libro», viendo que en el III Reich se llevaron a cabo investigaciones de primer orden en humanidades, que la relación de Heidegger con el nazismo tiene algo de helador, lo mismo que el apoyo de Sartre al comunismo soviético, mucho después de que se conocieran las salvajadas cometidas en los campos con los escritores, con los intelectuales en la China de Mao, o en la Cuba castrista: «Todo anticomunista es un perro, lo digo y lo mantengo. Así hablaba uno de los maestros del espíritu de nuestro tiempo» (p. 55).

Después de un repaso tan rápido como sustancial a nuestra historia de la cultura engarzada con la historia del libro (esta reseña ha hecho mención solo de algunos ejemplos sueltos), se pregunta Steiner cómo mantener en el futuro esas riqueza que suponen el libro y la literatura, a pesar de los pesares, a pesar de tantas contradicciones de difícil respuesta. Se acoge a Catulo: cui dono lepidumnovum libellum? (¿a quién doy el ingenioso librito nuevo?) […] quod, o patrona virgo / plus uno maneat perenne saeclo! («Oh musa, déjanos vivir un siglo o dos más»).

Estoy convencido de que el libro (ni la literatura) va a morir. Sin embargo, la lectura del ensayo de Steiner, declamatorio y excesivo, merece la pena: supone un inmenso repositorio de preguntas por meditar.

Michel Crépu medita sobre la realidad actual del libro, partiendo de un conocido pasaje de En busca del tiempo perdido de Proust y concluye con una descripción desesperanza de la situación actual: «[ al niño actual] lo esperan en todas partes, la tribu lo llama sin parar: a judo, a violín, al club de teatro, ¡hasta a la biblioteca! La experiencia de la soledad, de la mirada posada en la ventana sobre los tejados, la experiencia de esa tristeza tan extraña y dulce que está en el fondo de todos los libros como una luz de sombra, esa experiencia capital en la que consiste la iniciación al mundo y a la finitud, esa experiencia se ve como impedida, incluso prohibida. Y aquí seguramente estoy obligado a hablar de “odio” […] Que el hijo opte por su habitación es muestra de enfermedad, de egoísmo escandaloso: ¡Zidane se sacrifica por Francia y hay quien prefiere Las mil y una noches! ¡Castigo! ¡Psiquiatra! ¡Medicina! ¡Angustia! Al correo de los lectores» (pp. 78-79).

Crépu pone la esperanza en una minoría de seres humanos abrasados aún por las palabras que surgen del fondo de la biblioteca. ¿Quién ha hablado? ¿Qué libro es ese? ¿De quién son esas palabras increíbles? Formarán parte de una clandestinidad nueva. Comienza una soledad inaudita. «G. K. Chesterton: Había hombres, pensé,capaces de ayunar cuarenta días por el gozo de oír el cantode un mirlo. Había hombres capaces de atravesar las llamaspara encontrar una prímula. Está bien».

El título de esta obra, El silencio de los libros, también admite las dos lecturas, ¿los libros silenciados? O ¿el silencio interior que el libro requiere? Las dos interpretaciones nos dicen mucho de la historia azarosa y formidable de la escritura, del libro, de la lectura. Meditar sobre ello es especialmente importante en esta sociedad que está enferma de superficialidad. Los textos reseñados suponen una buena ayuda.


George Steiner: El silencio de los libros. Seguido de Michel Crépu: Ese vicio todavía impune. Siruela (Biblioteca de Ensayo, Serie Minor), Madrid, 2011, 84 págs., 10,90 euros.


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