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Antoine Lilti. Director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (EHESS), con la cátedra «Historia e historicidad de la Ilustración». Antiguo director de la revista Annales. Histoire, Sciences Sociales, Lilti es una de las voces más importantes en la historiografía del siglo XVIII y la Ilustración.


Avance

La Ilustración ha dejado de ser asunto para el análisis de filósofos, sociólogos e historiadores: se ha convertido en una especie de mantra simplificado, digerible y generalizado. A saber, la época en la que Europa (y con ella Occidente en general) se enfrentó al oscurantismo imperante con las armas de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Una idea falsa o, al menos, no acorde con la realidad. Esa es la tesis principal que sostiene este libro. El autor defiende y trata de restaurar aquí la enorme heterogeneidad de un periodo mediante un conjunto de preguntas y problemas que han de ser replanteados, mediante un buen número de autores también que han de ser releídos: desde Voltaire y sus reflexiones sobre el comercio colonial y la esclavitud, a las últimas ideas de Michel Foucault sobre estas cuestiones, pasando por un sinfín de autores menos conocidos. Sin embargo, es aquel, el mencionado Voltaire, el que destaca sobre los demás a la hora de estudiar el periodo. Representa, en palabras del propio Lilti, «el símbolo de la lucha por la tolerancia y contra la injusticia».

«La herencia de la Ilustración», de Antoine Lilti
«La herencia de la Ilustración», de Antoine Lilti. Gedisa, 2023

El libro se divide en tres partes. En la primera se ofrece una reflexión acerca del universalismo de la Ilustración; en la segunda, un análisis de los vínculos existentes entre Ilustración y modernidad; en la tercera se examina la Ilustración como movimiento pedagógico y militante. En relación con esto último se esgrime la pregunta sobre qué hacer con el legado de la Ilustración. Una opción es reducirla a «unas cuantas ideas simples: el poder de la razón, la libertad de expresión, la tolerancia, el optimismo y la fe en el progreso, el prestigio de la ciencia y el humanismo cosmopolita. Una especie de credo moderno, la piedra angular del progresismo liberal, que hay que defender frente a fanáticos religiosos, reaccionarios de todo pelaje y nacionalistas obtusos». Pero esta no es la suya. Como indica el propio subtítulo, «ambivalencias de la modernidad», Lilti llama la atención sobre este hecho, en primer lugar. Luego, propone dejar de actuar como vendedores de nuestros propios relatos (intereses) y hacer lo que hay que hacer: mirar con atención lo que es la Ilustración, volver a las palabras de sus autores, ya sean principales o secundarios, y explicar qué consecuencias ha traído con el paso de los siglos. Importantísimo en este proceso: no dejar en el tintero la pluralidad de este movimiento. Solo así se le podrá devolver su poder de desafío y cuestionamiento desde todos los puntos de vista que ofrece: escepticismo y optimismo, combatividad y alegría, ironía y entusiasmo. Solo así desplegará, con renovados bríos, lo que la Ilustración siempre buscó: la apuesta decidida por la inteligencia crítica.


Artículo

De la mano de la editorial Gedisa, en su colección CLA•de•MA, llega La herencia de la Ilustración, libro del catedrático y doctor en historia Antoine Lilti quien, como director de estudios del EHESS, ha dedicado la mayor parte de su trabajo editorial a la investigación y análisis de la historia sociocultural del siglo XVIII. Es dentro de ese marco donde podemos englobar este libro, que trata de esclarecer ese período, ese movimiento, esa filosofía de la Ilustración, que, como viene siendo habitual, ha pagado el precio de la fama: todo el mundo parece saber de él, pero pocos son quienes se preocupan de arrojar luz sobre sus (también abundantes) sombras.

La Ilustración ha sido un tema que ha pasado de considerarse un asunto para el análisis de filósofos, sociólogos e historiadores a convertirse en un mantra, un dogma, férreamente instalado en la mente del ciudadano medio: la época en la que Europa (y con ella Occidente en general) se enfrentó al oscurantismo imperante con las armas de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Un período que vino a iluminar a la humanidad (de ahí que el término inglés para definirlo sea enlightment, que se puede traducir como iluminación) haciendo uso de los principios de la razón y la ciencia empírica para vencer los usos y costumbres tradicionales, donde jugaba un papel fundamental la fe.

El problema, como bien retrata La herencia de la Ilustración: Ambivalencias de la modernidad, es que esa idea, por común y aceptada que sea a día de hoy, es falsa. O por lo menos, podemos asegurar —si nos ceñimos a las tesis del libro—, que no es acorde a la realidad.

Como suele ocurrir en la historia, las cosas no son nunca blancas o negras. La realidad del mundo no es maniquea. La Ilustración no fue un proyecto homogéneo, ni partía de una doctrina filosófica común ni de un proyecto político coherente. Fue una tendencia, con sustanciales diferencias en cada país donde se aplicaron sus ideas, desde el despotismo Ilustrado español (el «todo para el pueblo, pero sin el pueblo» que, y no obstante, convirtió a Carlos III en uno de los mejores gobernantes de nuestra historia), hasta el Terror revolucionario francés, que se llevó por delante la vida de entre 30.000 y 50.000 personas hasta la caída de Robespierre.

La Ilustración ha sido idealizada para construir sobre ella un relato digestivo, fácilmente asimilable para la ciudadanía, pero que deja en el tintero importantes puntos de vista, quizá con intereses poco legítimos con el fin de intentar crear una determinada conciencia colectiva.

La herencia de la Ilustración trata, por lo tanto, de ofrecer algo de luz a ese dogma de fe que se ha creado en torno a este período histórico, tratando de restaurar la enorme complejidad y heterogeneidad que atesora mediante un conjunto de preguntas y problemas que han de ser planteados. Así, desde Voltaire y sus reflexiones sobre el comercio colonial y la esclavitud, y terminando con las últimas reflexiones de Michel Foucault, pasando por un sinfín de autores menos conocidos, lo que Lilti trata de ofrecernos en este volumen no es, precisamente, simplificar nuestra visión de la Ilustración, sino hacernos entender que la heterogeneidad de la historia no es algo que pueda reducirse a una serie de eslóganes simples con el fin de contentar a las masas.

Un movimiento heterogéneo

Para muchos —la mayoría—, la Ilustración se refiere a un conjunto de valores y conceptos: la libertad de expresión, la superioridad de la razón sobre la pasión, el pensamiento crítico sobre la fe y la tradición, la tolerancia religiosa y una visión optimista del progreso científico. Tal y como explica el autor: «Su alcance universal explica que pidamos regularmente su defensa, su renovación y que luchemos por su nombre». Esto es algo que no ocurre con otros períodos históricos. Nadie lucha hoy por la vuelta del Renacimiento, la instauración del Romanticismo o la belle époque. Lo curioso del caso es que, de hecho, ni siquiera esos principios antes citados son esencialmente propios de la Ilustración pues, como cuenta el libro, por esa regla de tres podríamos considerar a Maimónides el principal representante de la «Ilustración judía», o Averroes el de la «Ilustración árabe» muchos siglos antes del periodo que nos ocupa.

Para otros, la Ilustración no puede reducirse a una simple lucha entre razón y fe, progreso y tradición. Es mucho más. Como explica Lilti: «La transformación de la Ilustración en un concepto historiográfico llegó tarde y nunca ha sido completa […]. Hay que pensar en la pluralidad doctrinal de la Ilustración y en su inclusión en un momento concreto de la historia europea, pero también aceptar la idea de que la Ilustración sólo existe como objeto histórico a través de las sucesivas reformulaciones que reactivan sus desafíos».

Ilustración y militancia

La herencia de la Ilustración está estructurada en tres partes bien diferenciadas: la primera ofrece una reflexión acerca del universalismo de la Ilustración, con sus aportaciones y límites; la segunda, un análisis desde una visión más general acerca de los vínculos existentes entre la Ilustración y la noción de modernidad; la tercera, y última, examina la cuestión política de la Ilustración como movimiento pedagógico y militante, «plagado de sus propias dudas ante las transformaciones del espacio público y mediático», bajo la idea de que el optimismo con el que normalmente se asocia al periodo no lo define completamente. Más aún, ha creado una imagen distorsionada de la realidad de su historia e influencia. Por un lado, la creencia (ya anunciada arriba) de que la Ilustración no es en sí misma una doctrina filosófica, ni tampoco un conjunto coherente de ideas o valores. Por no ser, ni siquiera podríamos hablar de un programa reformista de corte político. Antes bien, Lilti sostiene que la Ilustración es, en esencia, un movimiento intelectual que marca la entrada de la modernidad. Y que, como todo movimiento sociopolítico, alberga en su seno tensiones, incongruencias y defectos que no pueden dejarse fuera a la hora de realizar un análisis del mismo.

Voltaire: primus inter pares

Son muchos intelectuales y autores los que aparecen citados y  comentados en esta obra, la mayoría relacionados de un modo u otro con los principios ilustrados: Immanuel Kant, Jonathan Swift, William Robertson, David Hume, Benjamin Franklin, Baruch Spinoza, la mayoría de los enciclopedistas (Diderot, d’Alembert, Le Breton, d’Holbach, Montesquieu, etc.) y un buen número de personajes menos conocidos, donde cobran especial relevancia los pensadores franceses (lógico, teniendo en cuenta que son con los que el autor se encuentra más familiarizado). Si bien, la personalidad que permea buena parte del análisis que el libro ofrece no es otro que François-Marie de Arouet, más conocido por el nombre que le llevó a la fama: Voltaire. Tal y como indica el propio Lilti: «Montesquieu es demasiado moderado; Kant, demasiado abstracto; Newton, demasiado científico; Hume, demasiado filosófico; Smith, demasiado económico; Beccaria, demasiado jurídico; Rousseau, demasiado singular; Jefferson, demasiado político; Staël, demasiado literaria. Voltaire, en cambio, es el símbolo de la lucha por la tolerancia y contra la injusticia, y evoca ligereza, alegría y un inagotable gozo intelectual». Esto no quiere decir que se dejen de lado ciertas aristas del personaje, como pueden ser sus posiciones sobre la jerarquía de las distintas razas o su superficialidad. Sin embargo, no por ello deja de ser el filósofo francés el referente ideal al tratar de evocar lo que a día de hoy se entiende como Ilustración, «siendo a quien acudiríamos para reafirmar el legado del movimiento».

¿Qué hacer con su legado?

Herencia de la Ilustración no trata de presentarse en ninguna de sus páginas como una obra de historia unificada de la Ilustración, puesto que la motivación que persigue es otra: la de contribuir a una lograr una mejor comprensión de lo que significa hoy su legado. «Un intento de aunar debates historiográficos recientes, una relectura de textos clásicos y menos conocidos, y una descripción de las transformaciones sociales y culturales».

La pregunta a la que nos somete el autor es clara: ¿Qué debemos hacer hoy con la herencia de la Ilustración? Y es que, como casi todos los demás temas que nos ofrece el análisis histórico, hay una fuerte tendencia a convertir una posición en dogma, a ocultar sus fallos y equivocaciones, quedándose solo con lo bueno. Y eso se da tanto en historiadores, como filósofos, como sociólogos o políticos. Se busca más el adoctrinamiento, el uso de unos valores e ideas para imponer sus códigos en la sociedad, en lugar de, sencillamente, analizar la cuestión. Como dice Lilti: «Una tentación de los historiadores […] que se manifiesta el debate público, es blandir (la Ilustración) como tótem. Cuidadosamente despojada de sus asperezas y contradicciones, la Ilustración se reduce a unas cuantas ideas simples: el poder de la razón, la libertad de expresión, la tolerancia, el optimismo y la fe en el progreso, el prestigio de la ciencia y el humanismo cosmopolita. Una especie de credo moderno, la piedra angular del progresismo liberal, que hay que defender frente a fanáticos religiosos, reaccionarios de todo pelaje y nacionalistas obtusos».

Esta visión reduccionista, aséptica y edificante de la Ilustración tiene poco interés, al tiempo que es manifiestamente falsa. Quizá sirva para confirmar las certezas de aquellos que ya están convencidos, de manera que puedan alzar la bandera de la superioridad moral, pero poco más. No todos los aspectos de la Ilustración, por puros y bondadosos que puedan parecernos, dieron lugar a acciones del mismo tipo. Por poner un ejemplo que aparece desarrollado en las páginas de libro, se puede recordar el papel que jugaron los principios de la Ilustración en las empresas coloniales y neocoloniales en las que se han tratado de imponer, por la fuerza, los principios de la civilización occidental, siempre en nombre de «la razón universal, el progreso y los derechos humanos». No es oro todo lo que reluce, y el caso ilustrado no es una excepción.

Problematizar la modernidad

La Ilustración, a pesar de todas sus «ambiciones emancipadoras» —como las denomina el autor—, ha contribuido enormemente a legitimar formas de dominación y exclusión, dando a luz a movimientos de todo signo que poco o nada tenían que ver con esos supuestos valores «superiores» que, en principio, el movimiento traía consigo. Todo eso no pone en tela de juicio dichas ideas, pero, como poco, exige un enfoque más cercano a la realidad. Eso es exactamente lo que busca el autor en esta obra: darle a la Ilustración, del mismo modo que ocurre con cualquier otra cuestión analizada por la ciencia, el enfoque modesto y reflexivo que merece.

No se trata de repetir lo que se ha venido haciendo —que es básicamente separar el grano de la paja y quedarnos con lo que más nos conviene—, sino que el verdadero reto consiste en poner de relieve la complejidad de ese movimiento.

Lilti propone dejar de vender tanto lo que nos interesa y hacer lo que hay que hacer: mirar con atención a qué es la Ilustración, atender a las palabras de sus autores (principales o secundarios) y explicar qué consecuencias ha traído con el paso de los siglos. Y ahí, de nuevo, el autor destaca la importancia de no dejar en el tintero la pluralidad de este movimiento. No se puede analizar la Ilustración como un todo homogéneo. No debe ser reducida a una simple fórmula intelectual que vender como guía, de modo que, se siente: «La Ilustración no sirve para explicar la modernidad, sino para problematizarla».

Pluralidad y relectura crítica

La modernidad liberal, tan instaurada hoy como un bien moral indiscutible, es planteada aquí con sus rugosidades y ambivalencias. Nadie duda de sus innegables aportaciones, pero no es menos cierto que ha dado paso a aspectos mucho menos positivos de los que parece que nadie, o muy pocos dentro del discurso políticamente correcto, hablan. Y eso tiene mucho que ver con la pluralidad que centra el análisis del autor de este libro, ya que, como expone en el mismo: «Los autores de la Ilustración no defendieron una posición inequívoca sobre todas estas cuestiones […]. La Ilustración fue menos un proyecto que una dramaturgia: una aspiración individual y colectiva al progreso, que tropieza con la resistencia a los prejuicios, la indiferencia del público y la persistencia del mal […]. No obstante, no debe convertirse en un argumento de autoridad o una herramienta de exclusión».

El trabajo que Lilti pide a los historiadores y analistas, de cara al futuro, es el de recuperar su verdadero papel, que no es otro que el de ser «relectores críticos». No intentar imponer interpretaciones propias, o deformar los conceptos a gusto del consumidor —tanto para defender como para atacar, en este caso concreto, la Ilustración— sino devolver su poder de desafío y cuestionamiento desde todos los puntos de vista que ofrece: escepticismo y optimismo, combatividad y alegría, ironía y entusiasmo. Es necesario, por tanto, huir de los ensayos y las suposiciones que ofrecen relatos disfrazados o confiscados y volver a apostar por lo que, realmente, la Ilustración siempre buscó: la apuesta por la inteligencia crítica.