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Bellamy escoge la «Carta al general X» del conde de Saint-Exupéry como prólogo y como fuente de las citas que encabezan cada capítulo. Lo justifica un análogo tono moral. La carta del autor de El principito, escrita poco antes de morir en la Segunda Guerra Mundial, es una reflexión sobre el problema espiritual que se le plantea a Europa y que tiene unas raíces más hondas que la misma guerra. Saint-Exúpery confluye con los cinco intelectuales estudiados por Alan Jacobs en The Year of Our Lord 1943: también él buscaba una solución a la crisis de su tiempo que fuese más allá de la militar: «Sólo hay un problema, uno solo: descubrir que la vida del espíritu, todavía más elevada que la vida de la inteligencia, es la única que satisface al hombre». Bellamy está de acuerdo: hay que ir más allá de la solución política, en busca de un sentido.

Permanecer. Para escapar del tiempo del movimiento perpetuo. Editorial Encuentro. Madrid, 2020. 208 páginas. Papel: 20 euros. Digital: 9,99 euros

COGER CARRERILLA HASTA LOS PRESOCRÁTICOS Y VUELTA

El debate interno del conservadurismo se centra en qué es lo que hay que conservar y desde cuándo. Un famoso sarcasmo de Chesterton sobre el particular lo expone: «El mundo moderno se ha dividido a sí mismo en conservadores y progresistas. La ocupación de los progresistas consiste en seguir cometiendo errores. La ocupación de los conservadores consiste en impedir que los errores se corrijan». Sería difícil negar que muchos «conservadores» se han contentado con esta función de latas de conservas, digamos, del producto neto progresista.

Como Chesterton, otros piensan que hay remontarse más que a la anterior legislatura para conservar o defender sus principios. Cada vez más intelectuales conservadores marcan Mayo del 68 como el oponente ideológico a batir. Adriano Erreguel en Pensar donde más les duele (HomoLegenes, 2019) les advierte que todo lo que no sea remontarse a 1789 es perder el tiempo.

Sorprendentemente, alguien tan moderado en cuestiones religiosas como Sir Roger Scruton señaló a la Reforma protestante, coincidiendo con don Álvaro d’Ors; y otros hemos nominado al nominalismo de Guillermo de Ockham como el corte de navaja de la historia del pensamiento. Bellamy sube la apuesta y hace un interesante análisis filosófico que arranca de… los presocráticos.

CLASE MAGISTRAL DE FILOSOFÍA

Heráclito, al defender que todo fluye frente al impermeable Parménides, abrió el portón a Protágoras y su relativismo y a Gorgias y a su demagogia. Bellamy dibuja un trepidante esquema de la historia de la filosofía con pulso firme y claridad de líneas: «Al retirarle a la palabra toda posibilidad de referencia absoluta, los “partidarios del flujo” provocan una crisis del lenguaje y dan lugar, paradójicamente, a una expansión inédita de las palabras».

Esto lo zanja Aristóteles encontrando una solución al problema del movimiento tanto físico como existencial gracias a los conceptos de finalidad, reposo, sentido y felicidad. La cosmovisión clásica y la medieval se levantan sobre ese cimiento teleológico. Pero recibe el golpe de Galileo, que no sólo se descuelga de la astronomía clásica, sino (y esto es socialmente mucho más importante) instaura un nuevo concepto de movimiento sin finalidad ninguna, pero medible matemáticamente.

En consonancia, Maquiavelo en El Príncipe hace de la política un adaptarse al resurgido flujo cambiante, imprevisible y brutal que él llama la fortuna. Para Hobbes de Malmesbury, las pasiones son el único motor de la política, en vez de la virtud aristotélica.

El poder, sostiene en el Leviathan, sería solamente «hacer que el camino del deseo futuro sea seguro para siempre». Involuntariamente, el principio de inercia de Newton empuja a la masa social en la misma dirección. Todo lo cual nos instaura en el dominio de la cantidad que Bellamy considera el signo distintivo de nuestro tiempo.

Con claridad de buen profesor, resume el proceso y aclara sus consecuencias. Resulta esencial si queremos entender «un progresismo que se apoya completamente en el imperativo de un movimiento sin destino desconocido». Tan sin meta que la moda acaba siendo la moral de los modernos.

LOS PROBLEMAS DEL PROGRESISMO

La modernidad ha invertido el «sofisma naturalista», que criticaba Hume y según el cual las cosas debieran ser por el hecho de que sean; y ahora tenemos el «sofisma progresista» por el cual las cosas deben de cambiar por el hecho de que son. Esta «falacia progresista nos impone ser optimistas», lo que, según Bellamy, conlleva aparejado el problema práctico de que «no nos permite formular con claridad las preguntas que son decisivas».

En realidad, cada progreso implica nuevos conflictos. Al autor de Permanecer le gusta poner ejemplos relacionados con la ecología. El progreso, que se consideraba la bendición definitiva, ha acarreado numerosos interrogantes medioambientales. Aprovecha Bellamy para dar razón de su conservadurismo: «Creer por principio en la superioridad del devenir es ignorar que hay, en la herencia, en la historia y en la realidad del presente, bienes infinitos que merecen ser admirados, protegidos y transmitidos. […] Suponer que el mañana será forzosamente mejor que el hoy es mostrar muy poca consideración por lo que tenemos hoy». En última instancia, el optimismo obligatorio del progresismo es un nihilismo, en cuanto que «decreta que este mundo no vale nada al creer que cualquier otro mundo será mejor». Causa por la que «el progresismo ha destruido la idea del progreso al describir el cambio como necesario por principio».

DEL PESIMISMO AL OPTIMISMO

Bellamy coincide con el Roger Scruton de Los usos del pesimismo y defiende que unas gotas de desencanto ante el cambio lo protegen. Si el pesimismo es escrutoniano, el optimismo es chestertónico, porque es un «optimismo de mínimos», agradecido al hecho mismo de existir: «El miedo a que nos acusen de caer en el sofisma naturalista nos ha impedido medir lo que hay de bueno en el solo hecho de ser».

Por lo que Bellamy concluye en el común denominador de todos los pensadores conservadores o reaccionarios o liberales clásicos, más allá de sus etiquetas, que es en la defensa de la realidad frente a los intentos utópicos de escamotearla. Detecta que, en nuestro tiempo, el rechazo a lo real se encarna arquetípicamente en el proyecto transhumanista y descubre que también lo mueve el principio del «todo fluye» y la fascinación acrítica por el cambio por el cambio.

Muy perspicaz, observa el mismo principio activo en las cada vez más acuciantes llamadas desde el poder a «la superación de las divisiones políticas». Es el resultado lógico de asumir que todo avanza en el progreso y que las circunstancias actuales no son nada más que un camino de paso. «Por eso —deduce— cada vez hay menos partidos y más “movimientos”». Otra consecuencia: la moda de llamar «migrantes» a emigrantes e inmigrantes, porque no hay un punto fijo del que se salga o al que se llegue, sino el flujo.

Bellamy propone una renovada lectura aristotélica: «Paradójicamente, un mundo en el que todo es móvil es un mundo en el que el movimiento es imposible. Para salvar la posibilidad del movimiento es necesario que haya cosas que escapen al movimiento». También en la sociedad y en la política hace falta un motor inmóvil que dé un sentido, una dirección y, al fin y al cabo, una posibilidad de existencia al movimiento. «Reconozcamos ese punto fijo al que nos dirigimos, incluso aunque no lo conozcamos perfectamente […] dibujando una línea recta que permite salir del círculo absurdo del movimiento perpetuo».

¿Cuál es esa línea recta? Tal vez, en principio, buscarla, la inquietud de preguntarse por ella: «A la pasión por el cambio no le debe responder la pasión por la inmovilidad, sino la sabiduría del discernimiento».

LA SOLUCIÓN ES EL SENTIDO

Para la recuperación del sentido, frente a la cantidad, imperante en la ciencia, el big data, en los mercados, etc.; Bellamy hace una audaz defensa de la política y, todavía más, de la literatura. Advierte que no debemos «asumir que el poder quede abandonado en manos de la fatalidad económica». Por una razón esencial: «La vida política comienza cuando nos preguntamos juntos: ¿qué es lo bueno y lo justo?»

Para hacernos esas preguntas nos recuerda, también tomando pie en Aristóteles, que el hombre y la sociedad necesitan del lenguaje, y que éste hoy está bajo una inmensa presión: «La licuefacción de lo real lleva a la liquidación del lenguaje. […] Al someterlo a una fluctuación definitiva, el relativismo destruye el lenguaje y el bien infinitamente necesario y precioso que es el significado común de las palabras». Y viceversa: «Para evitar que el mundo se deshaga hacia la insignificancia la época de la digitalización necesita, más que ninguna otra, reconciliarse con ese otro signo que es la letra.

Bellamy, en su atrevida defensa de la metafísica, de la historia y hasta de la política, sorprende con una llamada de atención sobre la «urgencia de la poesía». ¿Cómo es posible, para qué? Contesta: «Para recuperar el contacto con nuestras vidas tenemos que recuperar el sentido de eso único que no cesa de atravesarlas y de animarlas: tenemos que recuperar el sentido de las palabras. […] la vida merece ser dicha, ser considerada, ser contemplada».

Como no ignora que a sus lectores, hijos de nuestro tiempo, nos puede atenazar la incredulidad, razona: «Puede parecer sorprendente que señalemos a la literatura como una respuesta a los problemas concretos de los que hemos hablado en estas páginas, porque la actitud poética es percibida generalmente como desprovista de efecto, incapaz de tener una eficacia material […] Mejor que todos los argumentos racionales, la literatura pone en jaque al relativismo al demostrar que el sentido de las palabras se encuentra en la constancia de la verdad que ellas tocan». Por tanto, «un primer acto de resistencia consiste en volver a conectar con el lenguaje, en proteger el poder semántico de las palabras. […] Tenemos que recuperar juntos el sentido de lo real y para eso tenemos que recuperar juntos el sentido de las palabras. Esto es tanto como decir, y no hay nada de abstracto en ello, que la verdadera urgencia política es, en realidad, poética».


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.