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Recuerdo haber descubierto por vez primera los dibujos de Chumy Chúmez en las páginas del Blanco y Negro. Aquellos muertos coloreados a lo Matisse, aquella deformación expresionista pienso ahora que no debían de agradar mucho a las gentes de la buena sociedad que leían la revista a la hora del aperitivo. Chumy ironizaba sobre el subgénero del humor negro, que cultivó como nadie, recomendando a los jóvenes dibujantes que no siguieran ese camino. En realidad, ocuparse de la muerte era un modo de familiarizarse con ella, como los hombres del Medioevo. Sus chistes eran no sólo escenario de macabros esqueletos ventrílocuos con el cráneo en forma de bombilla, sino de todo un ritual de agresividad física o verbal. El sarcasmo en que se regodeaba su ya emblemática saga de Caínes con chaqué y cabalgadura humana siempre me ha parecido cercano al que destila el narrador de En la colonia penitenciaria de Kafka. En ambos casos, se trata de tallar hasta el milímetro todas las circunvalaciones del sadismo, la locura y la impiedad del ser humano. Desde los años gloriosos de Hermano Lobo, su sistema de valores no había experimentado grandes cambios; seguía clasificando con placer todos los hongos venenosos del gran capital: el imperialismo yanqui, la industria del consumismo, la mitología futurista de la velocidad sobre cuatro ruedas… Su humor nos dolía y nos curaba.

Dijo que él fue feliz durante la guerra y casi nadie lo entendió. Pero el tiempo sin tiempo de la infancia, de patios y arboledas violentos, es siempre un mito, una estación propia difícilmente contestable por la Historia, que siempre sucede en otro lado. Desaparecido Diario 16, Chumy Chúmez había dejado de colaborar en la prensa diaria. Parecía el colmo de la incongruencia que uno de los grandes dibujantes de la historia de la prensa española de todos los tiempos, junto a Enrique Herreros, no fuera requerido de inmediato por otro periódico. Sin embargo, a él no parecía inquietarle; es más, daba la sensación de que se sentía casi aliviado: lo suyo era la pintura; así que el tiempo impuesto por la disciplina del chiste gráfico diario lo dedicaría a estudiar a los clásicos y a dibujar del natural. A diferencia de la mayoría de sus colegas, que se cobijaban mansos y arrogantes en los pabellones del comentario político-costumbrista, los chistes de Chumy no solían parapetarse en la actualidad, y, como sucede con los grandes satíricos, se decantaban por los temas eternos, universales. Difícil reconciliar el discurso informativo con el arte goyesco y brut de un dibujante que no pretende provocar la sonrisa o la reflexión sobre un acontecimiento conocido por el lector, sino que prefiere irritarlo, cambiarle el humor, vaciarle una jarra helada de perplejidad en plena nuca, como precaución o ascesis para mirar el mundo sin veladuras, sin el catéter profiláctico y duro que fabrican los propios mass-media con el pretexto de que si el sediento lector no recibe a tiempo el precipitado de plasma e ideología morirá de consunción. Me atrevería a decir que Chumy Chúmez no fue un creador de chistes gráficos, sino, más bien, un pintor que alternaba el lienzo con el papel prensa. El chiste gráfico de Chumy solía ser un enorme agujero negro en donde de diluía la función informativo-interpretativa. Nacía dentro del diario, pero no se alimentaba de su savia; era más bien una verruga sombría, un nudo áspero e hirsuto, una descarga libidibal (creo que Chumy, devoto de Freud, aprobaría el adjetivo) en medio de un contexto muchas veces repetitivo y saturado. Frente a la simétrica distribución en columnas y a las letras de imprenta brotaba de pronto una caligrafía caprichosa y un pincel derramado y turbulento. La mano que trazaba esas líneas nos embozaba dentro de una realidad fantasmática y ambigua de la que por fortuna podíamos distanciarnos pensando que era producto del artero ingenio humano, pero que al mismo tiempo mordía como los dientes afilados de un escualo.

Sí, Chumy Chúmez tenía un concepto poco periodístico del chiste gráfico. Sus trabajos eran como esa avispa que se posa de repente en el diario mientras tomamos el desayuno en el jardín: un acto reflejo hace que sacudamos el periódico temiendo la picadura, aunque lo más sensato sea esperar unos minutos, mirar con curiosidad al insecto mientras merodea por entre los pliegues de las hojas, su rara belleza. He escrito avispa, pero también podría haber escrito cucaracha. De ese modo volveríamos a Kafka.


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