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Hay un tiempo fuera del tiempo que hace posible la Historia. Sobre esta regla metafísica, que apela al sentido de lo sagrado, Richard Wagner compuso una de las obras cumbres de la historia de la música: El anillo del nibelungo.

Roger Scruton: «El anillo de la verdad»

Fuera del tiempo se asienta la morada de los dioses. Dentro del tiempo, en cambio, deambula la humanidad caída. El nudo gordiano que enlaza esas dos realidades –su punto de intersección, diríamos– es ese espacio donde lo divino se encuentra con lo humano.

Wagner con el Anillo –sostiene Scruton– se propuso contar ≪la historia de la civilización de principio a fin≫. Y para ello se sirvió de personajes mitológicos y de símbolos arquetípicos

El filósofo inglés Roger Scruton indaga, con estos materiales, la tetralogía operística del compositor alemán en un libro esencial publicado por la editorial Acantilado: El anillo de la verdad. Y lo hace entre la fascinación y el asombro, consciente de que en esta magna obra reside un misterio inefable acerca del poder y el amor, de la eternidad y la caída de los dioses, de la libertad y sus consecuencias.

Wagner con el Anillo –sostiene Scruton– se propuso contar ≪la historia de la civilización de principio a fin≫. Y para ello se sirvió de personajes mitológicos y de símbolos arquetípicos. Nada resulta evidente de entrada, pero todo resuena en nosotros con una fuerza que nos empuja hacia lo desconocido. «El Anillo –continúa Scruton– iba a desarrollar un mito que abarcaba el mundo entero a través de dramas humanos íntimos. Sus personajes fueron concebidos a la vez como personas verosímiles y como símbolos de potencias universales. Al seguir sus destinos, el público sería llevado por empatía natural hacia una visión de la redención en la que los seres humanos se sitúan por encima de los dioses». Hablamos, por tanto, de una sensibilidad profundamente religiosa que subyace en la cosmovisión wagneriana, aunque con innegables aristas anticristianas. Es importante prestar atención a este punto, crucial en la lectura del Anillo que plantea el filósofo inglés y en la que resuena la pugna entre el paganismo y el monoteísmo. «La doctrina cristiana –explica Scruton– afirma que el hombre fue redimido por Dios cuando Dios asumió nuestra condición humana. Wagner sugiere más bien que Dios es redimido por el hombre, que expía los crímenes que conlleva la pretensión de un gobierno entero. Los dioses están sujetos por las leyes que nos imponen. Pero nosotros, humanos, pertenecemos al flujo del tiempo y el cambio, y podemos actuar fuera de la ley». La tensión entre el poder y el amor, como auténtica fuerza trágica y liberadora, constituye de hecho el gran leit motiv de la tetralogía. «Wagner –prosigue– pensaba que el amor más elevado es una relación entre seres que mueren, y también la única potencia redentora. No hay una redención desde la muerte, pero hay una especie de redención en la muerte. De ahí que solo a través de la encarnación en un ser humano, y por medio del goce de una libertad humana, los dioses pueden ser rescatados de su inmortal lejanía, bajando de sus altares para morir junto a los mortales».

El arte –explica Scruton haciéndose eco de las teorías wagnerianas– debe mostrarnos la libertad en su forma inmediata, contingente y humana, recordándonos el significado que tiene para nosotros

En el viejo debate entre san Pablo –es Dios quien salva– y Nietzsche –Dios ha muerto, el hombre debe rescatarse a sí mismo–, Wagner se sitúa en el lado de su amigo filósofo, a pesar de que este terminaría distanciándose de él y acusándolo de negar la pulsión primordial de la vida. La conjetura del compositor bávaro es que el hombre vive ya sin dioses ni religión, enfrentado en soledad a la muerte y al destino. Y esa conciencia aguda de la pérdida de Dios (un acérrimo católico de la misma época, Léon Bloy, dirá que «Dios se retira») precisa de un sustituto que redima al hombre. Como buen romántico, Wagner mantendrá que esa misión le corresponde al gran arte.

«El arte –explica Scruton haciéndose eco de las teorías wagnerianas– debe mostrarnos la libertad en su forma inmediata, contingente y humana, recordándonos el significado que tiene para nosotros. Aunque vivamos en un mundo donde los dioses y los héroes han desaparecido, podemos, al imaginarlos, dramatizar las profundas verdades de nuestra condición, y renovar la fe en aquello que somos». El problema de esta posición resulta obvio y es la misma insuficiencia del arte cuando se encierra en sí mismo y cede a la potencia de la imaginación. El hombre, el arte, la Historia, siempre necesitan la realidad del Otro para salvarse.

Lo cual no excluye la grandeza del logro musical wagneriano, capaz de trascender la filosofía en que se sostiene para adentrarse en el mensaje implícito del Anillo: «la ilimitada compasión por el sufrimiento inocente, sea cual sea la víctima». Se diría que la compasión que alimenta el amor incondicional rompe cualquier confinamiento. Porque solo en el amor descubrimos que nuestra verdad no es suficiente, sino que necesitamos más realidad, más vida, más Verdad. Una de las escenas más poderosas del Anillo es precisamente la confesión de Wotan a su hija Brunilda, con la que se cierra La walkiria, la segunda de las óperas que conforman la tetralogía. En esa escena Wotan, el todopoderoso dios de los germanos, descubre su debilidad interior, sus dudas y miedos. «En cierto sentido –escribe Scruton–, el Anillo es la historia de la búsqueda de Wotan del autoconocimiento, incluido el conocimiento de que la ley, sin un amor capaz del autosacrificio, concede tan solo una libertad ilusoria y nada más que una alegría hueca». El Dios cristiano no se encuentra, en efecto, muy lejos de esta creencia.

Obra compleja como pocas, de una riqueza musical asombrosa, no conozco ninguna introducción tan brillante como la de Roger Scruton para acercarse a la monumental composición del maestro alemán. Por supuesto, El anillo del nibelungo no necesita de mayor explicación para ser disfrutada. ¡La música se basta! Pero, al mismo tiempo, partiendo de la tetralogía como base para la reflexión filosófica, nos abre una ventana a los grandes temas de la condición humana: el amor, la muerte, el sacrificio, la belleza y la verdad. Vale la pena hacer ese esfuerzo.


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Licenciado en Derecho. Columnista, crítico literario y asesor editorial.