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En noviembre de 2004 la Fundación de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico y la empresa Sacyr Vallehermoso publicaron una excelente monografía, profusamente ilustrada, sobre el pintor cordobés Antonio del Castillo. Los autores, Mindy Nancarrow y Benito Navarrete habían realizado, sin duda, de uno de los libros más importantes sobre uno de los pintores más desconocido del Siglo de Oro español, cuya valoración e interés no ha hecho más que crecer en los últimos años.

Pues bien, hace apenas unas semanas, la Fundación Marcelino Botín, que había iniciado con Eduardo Rosales (1836-1873). Dibujos. Catálogo razonado una serie de publicaciones sobre el dibujo en el arte español, acaba de lanzar al mercado Antonio del Castillo (1616-1668). Dibujos. Catálogo razonado. Un catálogo este, realizado igualmente por Benito Navarrete Prieto con la colaboración de Fuensanta García de la Torre, que además incluye artículos de los autores, así como de Priscilla E. Muller y Mindy Nancarrow.

Si en el primer volumen citado ya figuraban algunos dibujos del pintor, este Catálogo razonado supone un estudio importantísimo —nunca se puede hablar de definitivo— para completar la obra de uno de nuestros pintores barrocos más sobresalientes. Y ésta es la primera reflexión que hay que hacer cuando aparecen este tipo de libros.

AUSENCIA DE INVESTIGACIÓN

Si hace unos meses nos lamentábamos, a raíz del libro de Gianni Papi sobre los años romanos de Ribera, de la falta de investigadores patrios de que adolecía nuestra historia del arte, es justo reconocer también que, algunas instituciones realizan trabajos encomiables mientras que las universidades parece que siguen dedicadas a fomentar viajes e intercambios de dudosa eficacia, y se resisten a colaborar con instituciones que podrían paliar sus carencias económicas. Es verdad que, desgraciadamente, carecemos de publicaciones que reflejen esas investigaciones, necesariamente costosas y complejas, pero la presencia de empresas, como Sacyr Vallerhermoso o fundaciones como la de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico o la Marcelino Botín preocupadas por abrir caminos a este tipo de textos empieza ya a dar frutos.

Se me dirá que hay muchas otras publicaciones y empresas que colaboran en actividades culturales. Y es verdad, pero no es menos cierto que muchas de ellas se sienten a veces excesivamente impresionadas por los grandes nombres de nuestra historia del arte, o por investigadores ya consagrados, y prescinden de artistas y estudiosos que realizan trabajos verdaderamente sobresalientes. Y uno de ellos es este catálogo razonado de dibujos.

Dice Benito Navarrete en su artículo sobre el pintor que Antonio del Castillo «es el dibujante más importante del Siglo de Oro español por su versatilidad, inventiva y cantidad de dibujos conservados, además de la calidad sostenida de los mismos». No me parece una afirmación exagerada pues sólo Alonso Cano podía entonces hacerle sombra, «quizá más genial pero no más cualificado», según señala el propio Navarrete.

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¿Y cómo es posible que un pintor de esta categoría haya permanecido olvidado (como señalan todos los que intervienen en el libro y siga, añado yo) en nuestra historia del arte? Pues sinceramente, creo que en este punto hay también que echar la culpa a los museos y a las instituciones públicas. Como éste es un artículo periodístico y no de investigación, hay que reconocer que también los museos se dejan llevar por los grandes nombres —hoy más que nunca— y las colas de visitantes; y seguramente olvidan esos pequeños tesoros que son compatibles —lo uno no excluye lo otro— con las grandes figuras nacionales e internacionales. Es verdad que la Fundación Marcelino Botín reunió en Santander, hace muy poco, 73 dibujos de Antonio del Castillo en una muestra interesantísima, y que el Museo de Córdoba, su tierra natal, organizó allá por 1985 una primera muestra de su pintura, aunque con algunos cuadros dudosos o del taller, pero es que Antonio del Castillo hubiera necesitado, y necesita como otros autores de su generación, una gran exposición en Sevilla o en Madrid que le devuelva a la primera línea del panorama nacional e internacional.

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Es pertinente reconocer, llegado este punto, que sin los trabajos de Priscilla E. Muller y Mindy Nancarrow todo lo que ahora estamos descubriendo del pintor sería mucho más costoso, pero tampoco es la primera vez que los investigadores extranjeros nos vienen a descubrir las maravillas que nosotros no conseguimos ver. Pero ese es otro tema frecuente en nuestra historia y que no podemos aquí analizar.

UNA CONFUSIÓN DE SIGLOS

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El olvido actual de Antonio del Castillo, como suele ser habitual, no se corresponde con el éxito que tuvo en vida. Antonio Palomino, autor de las Vidas de pintores, publicado en 1715, no escatima elogios para su paisano, especialmente en lo que se refiere a sus dibujos. Pero es que otros autores como Lázaro Díaz del Valle, Ceán Bermúdez o el viajero y coleccionista Richard Cumberland también se quedaron prendados de su capacidad como dibujante y pintor. El hecho de que muchos de estos dibujos estuvieran firmados con las iniciales AC hizo atribuirlos a Alonso Cano —ése era el nivel— e incluso a Agostino y Aníbal Carracci, pero hoy los expertos, y este estudio es prueba de ello, ya han empezado a devolver al autor sus obras más preciadas. Un tardío reconocimiento a una confusión que ha durado varios siglos.

Otra faceta escasamente conocida de Antonio del Castillo son sus paisajes. No era frecuente, en los pintores del Siglo de Oro, dar importancia al paisaje. El extraordinario, y poco conocido Paisaje con san Juanito es buena muestra de lo que digo.

Pero volviendo a los dibujos, merece la pena destacar la labor de depuración que han realizado respecto a anteriores trabajos. De hecho cuando Priscilla E. Muller realizó el primer trabajo sobre los dibujos del pintor, los 212 que estudió quedaron reducidos a 110 originales. Este nuevo catálogo de la Fundación Marcelino Botín recoge hasta 190 dibujos. Es decir, siguen apareciendo dibujos. Y no sólo de Antonio del Castillo. Aquel tópico sobre la inexistencia de dibujos españoles del Siglo de Oro se sigue cayendo.

Como reconoce Priscilla E. Muller, la calidad de los dibujos de Antonio del Castillo ya era conocida en vida del pintor. Cuenta cómo el pintor cordobés Juan de Alfaro, cuando se trasladó a la corte para trabajar en el taller de Velázquez, se llevó algunos dibujos de Castillo, con quien había trabajado. Dibujos que muy bien pudieron pasar a su muerte a manos de Palomino. Y el propio Palomino cuenta que «habiendo visto Alonso Cano unas pinturas de los evangelistas de mano de Castillo [obras que están hoy en Córdoba] dijo, que dibujaba tan bien, que era verdadera lástima que no viniese a Granada, para enseñarle a pintar», crítica que provocó la inmediata respuesta de Castillo: «Mejor será, que él venga por acá, le pagaremos la buena intención con enseñarle a dibujar». Cano siempre haciendo amigos.

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Pero algunos dibujos de Castillo ya figuraban en vida del pintor y eran señalados en colecciones como la del comerciante cordobés Lorenzo Matteo o el pintor Palomino quien decía poseer «la menor parte» de «los innumerables» dibujos que dejó Castillo al morir. Las referencias a «trazas de varios adornos y arquitectura» o a «piezas de platería, y otros artefactos» e incluso a «algunas cabezas (especialmente de viejos) hechas con pluma de caña» permite identificarlos con varios dibujos de los que han llegado hasta nosotros.

PAISAJES Y APUNTES AL NATURAL

Más interesantes son las alusiones de Palomino a los paisajes: «Salía algunos días a pasear, con recado de dibujar, y copiaba algunos sitios del natural, aprovechándose asimismo de las cabañas y cortijos de aquellas tierras; donde copiaba también a los animales, carros y otros adherentes […] y algunas casualidades en aquel arroyo de las peñas, con singularísimo primor». Y digo más interesantes porque permiten comprender que, aun basándose fundamentalmente en grabados flamencos e italianos, los pintores españoles eran capaces de incorporar ya entonces a sus cuadros elementos tomados del natural. Probablemente algunos de estos dibujos fueron a parar a la Academia de Bellas Artes de San Fernando, aunque si se repasa su procedencia, hay auténticas sorpresas: los hay que incluso proceden de coleccionistas mexicanos aunque la mayoría se encontraran y sigan apareciendo en España. Juan Agustín Ceán Bermúdez (1748-1829) poseía varios: «Como [Castillo] había dibuxado mucho, quedaron muchos diseños de su mano, que tienen los profesores, y yo conservo una buena parte […] tocados con magisterio y libertad». También poseía 45 dibujos del cordobés el político Melchor Gaspar de Jovellanos, fallecido en 1812. Permanecieron en el Instituto Jovellanos de Gijón hasta que desaparecieron durante la revolución de Asturias.

Tres dibujos de Castillo figuraban entre los 436 dibujos de la colección de Paul Lefort, corresponsal en Madrid de la Gazette des Beaux Arts, que se subastaron en París en 1869 y que compró Pedro Fernández Durán y que hoy están en el Prado junto a otros 2.800 dibujos que donó el coleccionista madrileño.

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Sorprende que en esas fechas aún quedaran dibujos en manos particulares. La Guerra de la Independencia, ¡como no!, fue la causante de una de las desapariciones masivas de tantos y tan famosos dibujos. Richard Ford escribía en 1832 que en Sevilla no se podían conseguir «ni grabados ni dibujos», añadiendo que los franceses habían «limpiado el país». Y es que hay que reconocer que los dibujos siempre se roban más fácilmente que los cuadros o las esculturas. Pero hubo de todo.

Más suerte tuvo otro inglés, Frank Hall Standish (1799-1840), que, a su muerte en Cádiz, llegó a poseer 260 dibujos españoles, entre ellos más de 25 de Castillo. Todos fueron legados al rey francés Luis-Felipe de Orleans que, ya en el exilio, vendió su colección. El Apostolado y Jesucristo tentado por el diablo de la colección Colomer proceden de aquel coleccionista.

EL MISTERIO QUE PERMANECE

Desde que en 1963 Priscilla E. Muller publicó su tesis The Drawings of Antonio del Castillo y Saavedra, han seguido apareciendo dibujos, como hemos dicho. Pero hay un misterio que permanece: la duplicidad y las copias. Es frecuente que, como setas, hayan aparecido dibujos que repiten bocetos de cabezas, arquitecturas y elementos de sus cuadros que pueden dejar perplejo —así lo analizan los autores— al que se acerca por primera vez al dibujo de Castillo. Sin embargo, hay que encontrar en la fama y éxito del autor la posibilidad de que sus discípulos copiaran también sus dibujos, e incluso que, una vez que éstos ingresaban en las Academias, fueran copiados por los alumnos con mayor o menor destreza.

La labor que ahora Navarrete y Nancarrow han llevado adelante tiene más valor. Discriminar no es fácil y requiere análisis de papeles y filigranas exhaustivos. Se trata de depurar para conocer mejor al maestro. La poesía que acompaña a uno de sus dibujos, «Quejarse un prado porque el enero lo había agotado», es una buena imagen: estudiar para no agotar, sino para que resplandezca más la calidad de la obra de Antonio del Castillo. Un trabajo ejemplar.


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