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 “Se trajo del corazón / un pez del mar de la China. / A veces se ve cruzar / diminuto por sus ojos. / Olvida siendo marino / los bares y las naranjas. / Mira el agua. / Tenía la lengua de jabón. / Lavó sus palabras y se calló. / Mundo plano, mar rizado, / cien estrellas y su barco. / Vio los balcones del Papa / y los pechos dorados de las cubanas- / Mira el agua”. Titulado Dos marinos en la orilla, de estética vanguardista y con reminiscencias ultraístas,fue el poema que Federico García Lorca le dedicó en los primeros años de la década de 1920.

El nombre de Joaquín Amigo tan sólo nos sugiere interrogaciones y dudas, incógnitas y pasillos sin salida, habitaciones cerradas para el ojo observador y la investigación impertinente. Poco se sabe de su trayectoria y de su vocación, de su publicación y de su vida. Sabemos, eso sí, que nació en Granada y murió en Ronda en el trágico año: 1936. Escritor y profesor, su figura está vinculada a otros autores granadinos como Luis Rosales o el propio Lorca. Catedrático de literatura, de confesión católica e ideología conservadora, perteneciente a ese gran movimiento cultural y literario que fue la edad de plata de la literatura española, Joaquín Amigo es uno de esos nombres, como otros tantos, perdidos en el ruido de la academias y de la amistosa –y peligrosa- correspondencia entre literatos, en la marea de una generación que nos dejó fotografías y homenajes, poemas y corrientes, tesis y estudios, méritos y cátedras, lecciones para impúberes y lecturas para todos.

En el tópico de los felices años veinte –de todo hubo, y no todo bueno-, en un tiempo en que aún quedaba lejos el desastre de la guerra y los exilios, nacieron revistas que se iban incorporando a las ya consagradas –tremendo adjetivo, pero ya me entienden, o eso espero-. Revistas que agruparon –del mismo modo que hoy día sucede en la rutina de las publicaciones literarias- las tendencias, los autores, los diversos pensamientos del escaparate literario de la época; revistas que favorecieron el discurrir de ciertos movimientos, como la revista Grecia, en donde Jorge Luis Borges publica su primer poema, titulado Himno al mar. El nombre de Joaquín Amigo se ahorma en el grupo poético Gallo, promotor a su vez de la revista de nombre homónimo. Amigo fue redactor de la misma, junto con colaboradores como Jorge Guillén, José Bergamín, Francisco Ayala…, y otros tantos.

A pesar de la tirada corta y escasa de la revista -apenas se publicaron dos números-, no pasó desapercibida en la vida cultural de aquella España. Bajo la dirección de Federico García Lorca e ilustraciones de Salvador Dalí –padrinos de cabecera y por aquel entonces caballos ganadores-, la revista Gallo cobijó a numerosos escritores e intelectuales universitarios.

Joaquín Amigo, discípulo y coetáneo de las vanguardias y de Ortega y Gasset, fue arrestado el veinticuatro de agosto de 1936 en Ronda, donde estaba destinado como catedrático de instituto. La madrugada del 27 de agosto de aquel año, tan sólo una semana después de la muerte de su amigo García Lorca, fue arrojado al Tajo del pueblo malagueño por los partidarios del Frente Popular. El resto, como se suele decir, es de sobra conocido.

 La revista Gallo: recreo de una generación

Ya lo hemos advertido: sólo fueron dos números, pero representativos. Se editó el primer número en febrero de 1928; el segundo –y último- en abril del mismo año. No obstante, contra el pronóstico que nos sugiere la corta vida de la revista, generó un grupo poético-cultural-literario en torno a ésta. Si bien fueron un par de meses de vida con respecto a las páginas de la publicación, ya en 1926 hubo un intento, una lenta gestación, de la idea final. Entre 1926 y 1928, Enrique Mateos Almoguera, abogado granadino, mantuvo cierta amistad, trato y cercanía con el “ideólogo” de Gallo, es decir, Federico García Lorca, y con otros miembros destacados de la revista: Gómez Arboleya y Joaquín Amigo. El ocho de marzo, en la venta de Eritaña, situada en los aledaños de la capital granadina y hoy desaparecida, presentaron en sociedad la revista. Entre los asistentes, varios nombres relacionados con la vida cultural de Granada: Antonio Gallego Burín, Manuel Fernández-Montesinos, Miguel Rodríguez Acosta, Constantino Ruiz Carnero o Hermenegildo Lanz.

Los principios rectores y estéticos de la revista quedaron grabados en el discurso de su presentación, “alegre, viva, antilocalista, antiprovinciana, del mundo, como lo es Granada”, participando de un ideal “universal y ganivetiana de sus principios”. Por otra parte, García Lorca, lo resume así: “Con el amor a Granada, pero con el pensamiento puesto en Europa. Sólo así podremos arrancar los más ocultos y finos tesoros indígenas. Revista de Granada, para fuera de Granada (…). Hay que proteger esta revista, queridos amigos, porque es la voz más pura de Granada; la voz de su juventud, que mira al mundo y, desde luego, la única que se oirá fuera de ella”.

En los dos números de la revista se publicaron los denominados diálogos lorquianos, “La doncella, el marinero y el estudiante” y “El paseo de Buster Keaton”, prologados por una breve semblanza que iniciaba, a modo de justificación poética, la edición de la revista: “Historia de este gallo”. La reivindicación de García Lorca como icono de la Generación del 27 fue un propósito constante en el canon y el fin de la revista.

La controvertida difusión en versión castellana del ‘Manifiesto antiartístico catalán’ reclamó, además, la atención nacional. La revista literaria descubrió a la sociedad granadina, entre otras cosas, la figura del compositor Manuel de Falla y la música contemporánea, el concepto de vanguardia plasmado en el cinematógrafo y la fotografía y, en general, las nuevas modas y modos, las corrientes artísticas europeas. La revista brindó a sus lectores el trabajo plástico de dos pintores granadinos de la Escuela de París: Manuel Ángeles Ortiz e Ismael G. de la Serna.

No obstante, las ilusiones y el compromiso cultural de los autores se desvanece en unos meses. ¿Por qué una revista que fue el recreo cultural de buena parte de la generación del 27, preparada con mimo y cuidado durante dos años, con las promesas y los padrinos de la crema de la intelectualidad apuntando hacia lo más alto, sólo publica dos números? Las causas, como suele ser normal en este tipo de circunstancias, son múltiples. Las principales serán las tensiones y las distancias en la amistad de Federico García Lorca y Salvador Dalí, padres de la criatura; distancia que supuso, por otra parte, el fin del trato con otro autor de excepción: Buñuel. Este motivo, junto al elevado coste de la publicación y la indiferencia y escepticismo con que se tomaron un nutrido grupo de intelectuales el carácter y el propósito de la revista, debatiendo sobre la calidad de la estética y las tesis de su estilo, ocasionaron el cese de la edición y el fin de una idea literaria.

La revista Gallo cesa. No volverán a la imprenta con la edición de sus títulos y de sus obras. Nunca. Es la primavera de 1928 y se decide impartir una serie de cursos en el Ateneo para homenajear, como un amigo que se ha ido, la pérdida. Quedan, eso sí, los nombres, como el de Joaquín Amigo. Nombres que, de una forma u otra, serán la parte de un todo, la contribución a la edad de plata de la literatura española, como a ésta impondrán los manuales en las universidades. La revista Gallo cierra, se marcha. Como se marchará a Nueva York en un tiempo breve el principal autor de la misma; como se marchará, en otras circunstancias, esos hombres ausentes de toda historia, como el de Joaquín Amigo, que hoy os traemos. El resto, lo han adivinado, es de sobra conocido.


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