Compartir:

Rob Riemen, en Nobleza de espíritu. Una idea olvidada (Taurus, 2017, pp. 51-86), dedica un capítulo sobresaliente a Tomas Mann puesto que en el Nobel alemán Riemen ve un modelo de esa nobleza de espíritu a la que dedica su obra. Lo que sigue a continuación son las principales ideas de esas páginas.

Es significativo que Riemen comience destacando de Mann lo bien que aprovechaba el tiempo. En Elogio de lo efímero Mann desvela los motivos: el tiempo es el espacio en el que se aspira sin tregua a perfeccionase con objeto de convertirse en la persona que se debería ser.

La muerte, las limitaciones, las preguntas sin respuesta conforman la esencia de la condición humana, no la política, que no puede prometer la felicidad, como no la pueden prometer ni las autoridades, ni el pensamiento político. El arte ayuda al ser humano a comprenderse a sí mismo facilitándole un conocimiento imposible de adquirir de otro modo. Sin embargo, degradar el arte a la categoría de instrumento moral significa destruirlo.

Thomas Mann, nos recuerda Riemen, aprendió pronto que “nadie puede tener el monopolio del saber y que a la humanidad le beneficia más la búsqueda de la verdad que la creencia de poseerla” (p. 59).

A continuación, el pensador holandés saca otra serie de enseñanzas basándose en una lectura atenta de las grandes novelas y conferencias del genio alemán.

La montaña mágica

Aquí hay una nueva dimensión de la eternidad, que Proust la situaba en los “paraísos perdidos”, recuperables solo durante un momento gracias al azar y a la memoria involuntaria.

En La montaña mágica, Mann pone de manifiesto que hace falta un tercer elemento para conciliar lo secular y lo divino, la Ilustración y el Romanticismo, la razón y la mística: el humanismo, un vocablo antiguo y clásico para referirse a la democracia.

La existencia humana no puede ser ni exclusivamente espiritual ni exclusivamente sensual, ni tampoco debe centrarse únicamente en lo metafísico o social. Mann toma conciencia de que quien pretenda honrar al ser humano no puede conformarse solo con una parte de él.

Para Mann, y para Riemen, quien niegue que la democracia parlamentaria sea una condición para garantizar la dignidad humana y la supervivencia de la cultura europea, se convierte en cómplice de los actos de los extremistas.

Pero la cultura europea agoniza porque ha eliminado de su horizonte la eternidad y sus atributos más valiosos: el valor y el significado. ¿Y cuál es el significado principal para Riemen de La montaña mágica? El siguiente: Monsalvat, el castillo de los caballeros del Grial, se convierte en sanatorio en la obra de Thomas Mann. Sobre sus personajes: Settembrini representa a la Ilustración; Naphta al Estado totalitario; Pieter Peeperkorn a la buena vida. “No conviene, sin embargo, seguir su ejemplo, porque cuando Peeperkorn ya no puede gozar todo cuanto quisiera de los placeres terrenales, debido a su enfermedad, queda patente su falta de resistencia mental y acaba suicidándose” (p. 69).

La enfermedad y la muerte forman parte de la vida y no pueden ser ignoradas: nos ofrecen una mayor comprensión de los avatares de nuestra existencia que la razón. Para Mann, el Grial no es la copa de la Última Cena, sino un enigma, un secreto, idéntico al eterno enigma que encarna el ser humano.

Cuando Thomas Mann, a los cincuenta años de edad, termina La montaña mágica ha comprendido que tanto la negación del enigma como la aceptación de cualquier sucedáneo conducen necesariamente a la destrucción de aquello a lo que él pretendía mantenerse fiel: la humanidad. El enigma consta de dos elementos: de un lado la naturaleza humana, lo efímero y, con demasiada frecuencia, lo trágico de la vida. De otro lado el hombre que conoce, gracias a sus facultades espirituales, lo absoluto y los valores eternos, a los que hemos de aspirar todos.

Pero un mundo siempre cambiante requiere continuamente formas nuevas en las que la verdad se refleje: eso es cultura. Destruirla significa destruir la verdad. Y destruir la verdad no es otra cosa que privar al hombre de su dignidad.

Gracias al lenguaje existe un mundo que rebasa los límites de la realidad, existe el pasado (érase una vez…), y el futuro (llegará un día…). El lenguaje hace que existan el significado y la verdad. Thomas Mann, siguiendo a su maestro, Goethe, defiende que en un mundo confuso el mero hecho de repetir una y otra vez la verdad es ya todo un mérito.

José y sus hermanos, Doctor Fausto Mi tiempo

Las otras dos grandes novelas de Mann, José y sus hermanos Doctor Fausto, y una conferencia, Mi tiempo, redondean las aportaciones de Riemen a la “nobleza de espíritu”.

En José y sus hermanos Mann noveliza que hay que seguir a Dios, no a Hitler, y que ”eterno” no significa únicamente “siempre”, sino asimismo “aquello que está aún por venir”” (p. 78). Con Doctor Fausto muestra cómo pudo estallar la máxima destrucción (el nacionalsocialismo) en una cultura de altos vuelos, la alemana, y para ello Tomas Mann “no tuvo más remedio que sondear las hondonadas de su propia alma, narrando su vida y hablando de su tiempo”. Habla del mal (p. 82).

El 22 de abril de 1950 Thomas Mann pronunció en la Universidad de Chicago su conferencia Mi tiempo. Hace balance y llega a la conclusión de que es necesario un humanismo religioso que respete el inescrutable enigma humano y no niegue ni la tragedia ni los abismos demoníacos; que tenga conocimiento de la verdad, a la que solo tiene acceso nuestra conciencia, la medida absoluta por la que hemos de regirnos; un humanismo que abarque la totalidad de nuestra existencia sin ignorar la realidad política.

Pero eso no lo logra ni una conferencia, ni una institución, ni un Gobierno…; lo logra una nueva sensibilidad, la nobleza de espíritu.

Mann no disimula su desilusión ante la actitud cínica de las democracias occidentales. Después de tolerar el surgimiento del fascismo y el nazismo como mejor arma contra el bolchevismo, por puro interés económico, permiten que reinen de nuevo los intereses económicos (p. 83). Por eso pide “la verdadera democracia”, que ha de revestir cierto carácter aristocrático, nobleza no de nacimiento sino de espíritu (p. 84). Se trata de convertir el nivel de los mejores “en opción dominante y reconocida” (p. 84).

En Suiza, Mann se despide de la vida terrenal, consciente de que con él desaparece también el humanismo burgués. Experimenta la desesperación moral por el sentido de la vida. La suya la había cimentado sobre la abnegación, la Entsagung de Goethe. Pero aguanta hasta el final fiel a sus principios: transformándose a sí mismo y sabiendo que necesita una “verdad redentora” (p. 86).

El primer capítulo del libro de Riemen se llama “Preludio: cena en el River Café”. De él tratamos aquí:

“Preludio: cena en el River Café”


Rob Riemen: Nobleza de espíritu. Una idea olvidada. Taurus, 2017

 


Compartir:
Compartir

Doctor en Periodismo (Universidad de Navarra). Licenciado en Ciencias Físicas (Universidad Complutense de Madrid). Corresponsal y periodista de ABC. Director de Comunicación del Ministerio de Educación. Ahora coordinador editorial de Nueva Revista.