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Como en toda gran obra, fondo y forma van ensamblados a la perfección en este manual de supervivencia en el mundo de la corte, de la política y de las armas, o quizá en el mundo a secas. El pesimismo antropológico de Gracián casa y a la vez contrasta con el contundente y sombrío discurso. Se dice que el pesimismo de Gracián es barroco, y sin duda lo es, pero no sólo es eso. Menos aún es producto de la decadencia de España de mediados del siglo XVII.

Gracián siguió él mismo la máxima 110 de su Oráculo manual:

No aguardar a ser sol que se pone. Máxima es de cuerdos dejar las cosas antes que los dejen. Sepa uno hacer triunfo del mismo fenecer, que tal vez el mismo sol, a buen lucir, suele retirarse a una nube porque no lo vean caer, y deja en suspensión de si se puso o no se puso. Hurte el cuerpo a los ocasos para no reventar de desaires; no aguarde a que le vuelvan las espaldas, que lo sepultarán vivo para el sentimiento y muerto para la estimación […].

Pues bien, el jesuita que esto escribió, amonestado públicamente en el refectorio por su superior, condenado a pan y agua, condenado también a privarse de tinta, pluma y papel, murió el 6 de Diciembre de 1658. Diríase que para no reventar de desaires, no aguardó a ser sol que se pone. No llegó al solsticio de Invierno.

El Oráculo manual y arte de prudencia, publicado en 1647, a más de ser fiel a su título lleno de resonancias prácticas, es un prodigio de clarividencia conducente al pesimismo. El estilo de sus 300 máximas es sobremanera denso y de un laconismo conceptista que acude a la antítesis, a la anáfora, a la paronomasia y, sobre todo, a la elipsis hasta conseguir un efecto tan brillante como oracular, que resalta el claro y sombrío pesimismo.

En cuanto al pesimismo antropológico —y no sólo barroco— explica su éxito dentro y fuera de España, en el siglo XVI pero también en tiempos posteriores. Es más, al ser compatible su pesimismo antropológico con un cierto pesimismo sobre la naturaleza caída del hombre, no fue ninguna duda sobre su ortodoxia lo que le trajo problemas a Gracián con sus superiores en la Compañía. En cambio, influyó indirectamente en La Rochefoucauld y fascinó a Schopenhauer, hasta el punto de que aprendió español para leerlo y traducirlo. Pero tan sólo en el encabezamiento de la máxima intentó a veces Schopenhauer traducir los juegos de palabras constantes en el discurso de Gracián. Por cierto que la excelente traducción al inglés de Christopher Maurer, éxito de ventas hace veinte años, ni siquiera aspira a traducir los retruécanos, gracias a lo cual muchos ejecutivos americanos lo tuvieron como libro de cabecera. En resumen y en penúltima máxima, 299:

Dejar con hambre. Hase de dejar en los labios aun con el néctar.


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DIPLÓMATICO Y ESCRITOR