Marqués de Tamarón

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DIPLÓMATICO Y ESCRITOR
Habrá menos liberalismo y más democracia

Habrá menos liberalismo y más democracia

  Entiendo que el título de la sesión de esta mañana del 4 de Septiembre —La globalización liberal, estado de la cuestión tras 2015— coincide con el del curso que nos reúne —Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?— y que los dos se aclaran y refuerzan mutuamente. Pues bien, ambos descansan sobre una pregunta, no del todo retórica y menos aún profética, puesto que las preguntas nunca son proféticas aunque las contestaciones a veces lo sean. La pregunta sobre si habrá más o menos liberalismo después del presente año de 2015 nos obliga a hacernos otras preguntas previas: ¿Qué ha de entenderse por liberalismo? ¿Qué suele entenderse hoy por liberalismo? ¿Existe hoy una cascada de sinónimos sagrados: Democracia, Estado de Derecho, Imperio de la Ley, Libertad, Libertades? (en inglés la precisión es mayor puesto que Liberty y freedoms subrayan las diferencias) ¿Se trata en rigor de sinónimos, o de conceptos multívocos, o de antónimos? ¿O tal vez son palabras de una misma familia que desfilan en solemne hierofanía? Los dos pensadores más citados en España a la hora de reflexionar sobre el liberalismo y la democracia disfrutarán desde el cielo platónico en el que sin duda se encuentran y se sonreirán oyendo tanto despropósito. Me refiero a Aristóteles y a Ortega y Gasset. Y se maravillarán al observar que casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen —por ignorancia o por prudente hipocresía— que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático declarando que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, tener que recordar que tales palabras son una tergiversación, por muy políticamente correcta que sean. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente. Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente: «La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra “democracia”...
pasos que se alejan Marina Bianchi

Fernando Ortíz: Pasos que se alejan y Marina Bianchi: Epistolario en verso (2012-2013)

Fernando Ortiz PASOS QUE SE ALEJAN. ANTOLOGÍA POÉTICA (1978-2013). Edición crítica de Marina Bianchi. Prólogo y selección del autor. Marina Bianchi EPISTOLARIO EN VERSO (2012-2013) ENTRE JOSÉ MANUEL VELÁZQUEZ Y FERNANDO ORTIZ

Biblioteca de Occidente: La Odisea (Homero)

Comentario del marqués de Tamarón a la "Odisea" de Homero (siglo VIII-VII a. C.) para la Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Oráculo manual y arte de prudencia (Baltasar Gracián)

Comentario de Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián (1647). Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Javier Rupérez: Memoria de Washington

Memoria de Washington. Embajador de España en la capital del ImperioPrólogo de José María AznarLa Esfera de los Libros, Madrid, 2011, 333 págs., 25 € Hace más de medio siglo, en 1958, compartimos Javier Rupérez y yo el primer día (y después cinco años más) de nuestros estudios universitarios en Madrid. En 1965 hicimos juntos las oposiciones a ingreso en la Carrera Diplomática y en 1966 compartimos nuestro primer despacho en el Ministerio de Asuntos Exteriores, junto con José Luis Vázquez Dodero, excelente ensayista y periodista muy conservador, que miraba con bondadosa indulgencia a aquellos dos jóvenes semiprogres que Rupérez y yo éramos a sus ojos. En la Dirección General de Relaciones Culturales de aquel entonces coexistían diplomáticos de muy diversas tendencias, desde el director general, Alfonso de la Serna, hasta los dos Gonzalos, el rojo y el azul, Gonzalo Puente Ojea y Gonzalo Fernández de la Mora. Todos ellos nos trataron con compañerismo bien liberal. Y si en esa época remota de nuestras vidas nos hubieran dicho cómo iban a ser nuestras respecti- vas existencias individuales y, más importante, el curso histórico de nuestro país, nos habrían sorprendido mucho ciertas cosas y nada otras. Siempre es así, supongo.Javier Rupérez se ha jubilado hace un par de meses (como funcionario, ojalá no de su vida pública) y este libro recoge su embajada en Washington entre 2000 y 2004 a la vez con precisión y con humor, con datos objetivos y emociones personales. Siempre fue aficionado a leer y a escribir —este es sus octavo libro— y siempre supo expresarse con claridad y pulcritud, insólitas en nuestros políticos y funcionarios modernos. Esta Memoria de Washington está construida —acertadamente— de acuerdo con las reglas tradicionales de los despachos diplomáticos, o más bien de las cartas de los embajadores al ministro, antes de que las constantes filtraciones entorpeciesen la labor informativa y, de paso, el estilo literario de los profesionales. A esas reglas —orden cronológico en los hechos y orden lógico en su interpretación, franqueza templada si es menester por la prudencia— añade las de un juego melódico. Cada capítulo tiene un título descriptivo precedido de una calificación musical, empezando por el Capítulo 1: Introducción y rondó caprichoso: el retorno a la diplomacia y terminando con el Capítulo 21: Finale ma non troppo: de Washington a Nueva York.Entre ambos, Rupérez describe con lucidez no exenta de ironía a veces y otras de melancolía, o tristeza o incluso ira, los acontecimientos históricos —o de la vida diaria de una embajada— de los que fue testigo o actor. En llegando aquí hay que recordar que la diferencia esencial entre una tragedia y una novela policíaca es que en la primera el público sabe muy bien lo que va a ocurrir y es esa inevitabilidad del desenlace conocido lo que le produce horror, mientras que en la segunda la oscura incertidumbre produce mera curiosidad. Y quién podría sentir mejor el lado trágico de la matanza terrorista de Madrid, en el 11 de marzo del 2004, que...

Las cosas por su nombre

No es que antes del aburguesamiento europeo las naciones careciesen de defectos distintivos, lo que pasa es que tenían otros y además plurales. Basta con ver las estampas de Hogarth para comprobar que la sociedad inglesa del XVIII era muchas cosas —sobre todo era disoluta— pero ciertamente no hipócrita. La Francia del Antiguo Régimen tenía la aris­tocracia más manirrota de Europa, a veces codiciosa mas nunca avara, ni de su propia sangre guerrera ni de su dine­ro. Los españoles sabían ser crueles y despóticos, pero la envidia tenía poco sentido en una sociedad casi de castas, aunque hay que reconocer que la Santa Inquisición, nece­saria para mantener la hegemonía de los cristianos viejos, pudo sembrar la simiente de la envidia, tan útil para el fo­mento de la delación. Luego, con la llamada Guerra de la Independencia, fructificó la semilla y lo primero que destruyó la envidia fue a los hidalgos, como en un delirio edípico que constituye una de las más sarcásticas manifesta­ciones de la némesis histórica.HIPOCRESÍA Y CENSURA Sea como fuere, cambio hubo en la idiosincrasia viciosa de cada país, y ese cambio afectó y sigue afectando a sus res­pectivos idiomas. Veamos primero cómo la hipocresía con­diciona la evolución de la lengua inglesa. Un hipócrita tiende a pasar la palabra por el filtro de la censura, para no ofender. Yo siempre he sido ardiente defensor de la hipocresía y de la censura, y no me voy a desdecir ahora. La hipocresía es esencial en toda sociedad moderna, que sin fingimiento sería invivible. Si todos expresásemos lo que pensamos, esa franqueza destruiría en horas cualquier tejido social. En cuan­to a la censura, recuérdese que Shakespeare, Quevedo o Dostoievski escribieron bajo su mirada severa, y que yo sepa no escribieron peor que Terenci Moix. La censura —siempre que tan sólo obligue a callar, y no a decir como la soviética, mientras sea negativa y no positiva— aguza el ingenio y la pluma y es un benéfico estímulo para el autor. Ya lo dice el apotegma: «Sin censura ni cesura / no existe literatura]O, dicho con otros términos, sin comedimiento ni sintaxis ni métrica produciremos meras algarabías o extravíos dadaístas. Pero —y el pero es importante— la censura deja de ser provechosa o inocua cuando se extralimita y pretende fiscalizar el uso y significado de las palabras. Entonces se vuelve peligrosa. Quevedo sabía muy bien qué era lo que no podía decir sobre la Trinidad o sobre el poder de la Co­rona, pero también sabía que lo demás podía expresarlo con palabras a su entero gusto. De lo contrario se habría deses­perado y no hubiese sido Quevedo sino un vulgar gacetillero plagado de las muletillas del momento. Tres cuartos de lo mismo le ocurría al Cela de los años cincuenta. La literatura soporta casi todo menos que le capen el diccionario. Pues bien, a esa castración lingüística tiende por hipo­cresía la lengua inglesa esporádicamente desde hace siglo y medio. Ya los victorianos fueron más lejos en su afán de­purador de las...

Los parerga de Fontán

El pasado mes de octubre vio la luz Príncipes y humanistas, libro en el que Antonio Fontán profundiza en la vida de algunos de los más importantes humanistas del siglo XV y XVI, auténticos filósofos en el sentido moderno de la palabra, así como en la estrecha relación que mantuvieron con los distintos príncipes de Europa. Casi siempre en latín, su voz se oía en las cortes y en los centros de decisión del continente, del que política y culturalmente formaban parte los reinos británicos. El diálogo y la relación entre príncipes y humanistas produjeron algunos de los momentos más felices de la vida intelectual del Renacimiento. Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, y Eduardo Fernández Fernández, colaboradores ambos de Nueva Revista, se sumergen en este libro para desvelar la esencia de una de las facetas clave en la propia vida de Antonio Fontán.

Los diccionarios de citas

Sabido es que por una misteriosa ley de origen desconocido (¿chanza divina? ¿asechanza diabólica? ¿ley aberrante de probabilidades?) siempre que uno tiene sus libros repartidos entre varios lugares y busca uno, ese libro está indefectiblemente en otro sitio. Tan sólo conozco una aparente excepción a la regla y es la de cierto potentado madrileño de quien se rumorea que cada vez que compra un libro lo hace por triplicado: un ejemplar para su casa, otro para su despacho y otro para su casa de campo. Sin embargo —y aquí habla la envidia— esa solución plutocrática no servirá más que para las bibliotecas de nuevo cuño. En cuanto intente uno duplicar una biblioteca vieja se topará con la dificultad de que muchos de sus libros están agotados.Así es que mejor resignarse a la condición huidiza y evanescente de la obra ansiada. O comprarse un buen diccionario de citas y, de ése sí, cuantos ejemplares hagan falta. ¿Oigo el ruido de vestiduras rasgadas? Pues serán de quienes no se han parado a pensar seriamente en los diccionarios de citas y en para qué sirven, serán de intelectuales hipócritas que creen poco elegante comprobar una cita en un diccionario en lugar de releerse entera una biblioteca (y como esto último no lo hacen, siempre citan mal) o serán de quienes no disfrutan hojeando un libro variopinto por puro gusto.Y es que los diccionarios de citas bien hechos, como el de Wenceslao Castañares y José Luis González Quirós (editorial Noesis), sirven para tres cosas muy distintas. En primer lugar, para verificar la autoría o la redacción exacta de unas palabras que se recuerdan de forma imprecisa. Como el recuerdo inexacto es una de las fuentes de la discordia —la otra otra es la del recuerdo exacto, sobre todo de agravios, pero eso es en otras lides— conviene mucho tener a mano los argumentos de autoridad allí donde suelen empezar estas disputas cultas, para dirimirlas antes de que se enconen. Mi amigo Patrick Leigh Fermor, que vive en el Peloponeso, tiene todos sus libros de consulta en el comedor. Se conoce que con tanto raki las sobremesas se vuelven polémicas y quisquillosa la erudición.—No te sulfures, que ya Séneca advertía que la ira es una locura momentánea.—¡Falso! ¡Lo dijo Cicerón!La discusión, además de fútil, podría ser eterna. O durar un minuto, el tiempo de buscar la palabra ira en este diccionario y encontrar la remisión a Horacio, con la frase Ira furor brevis est.La segunda función del diccionario de citas es servir de antología. Y no sólo de antología didáctica, de crestomatía, sino de selección placentera de aforismos, trozos de poemas y frases más o menos históricas. Para cumplir con esta función de libro de mesilla de noche, es menester que el diccionario contenga una mezcla juiciosa de citas conocidas por el común de los lectores y de citas que nos resulten novedosas, que estén ahí por puro capricho soberano del recopilador y que hagan pensar al lector «no conocía yo esto, qué hermoso...

La España en que yo creo

José María Aznar,
La, España en que yo creo
Discursos políticos  ( 1990-1995)

Editorial Noesis
Madrid, 1995, 288 págs.

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