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Se abordan tres aspectos diferentes, pero concatenados estre sí: el problema de la escasez de producción científica publicada en español; la cuestión de la investigación científica sobre lengua española; la contribución que podrá ofrecer el Instituto de la Lengua Española.

Me propongo ir al encuentro del enunciado del título en tres aspectos diferentes, pero concatenados entre sí: el problema de la escasez de producción científica publicada en español; la cuestión de la investigación científica (lingüística, semiológica) sobre lengua española; la contribución que podrá ofrecer el Instituto de la Lengua Española (ILE) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) a la atención de las necesidades que cabe mencionar en los dos primeros apartados.

I

Es bien conocido el hecho de que, ante la desbordante producción de escritos sobre ciencia que caracteriza el mundo académico actual, la selección de lo que resulta imprescindible se realiza clasificando las revistas por categorías según unos criterios más o menos sólidos o discutibles, pero que tienen la virtud -la función crea al órgano- de ir convirtiéndose en indicadores de calidad. Si un científico ha conseguido un hallazgo que juzga importante, luchará para que aparezca en una revista a la que acuden necesariamente los que tienen capacidad de calibrar esa importancia, y así es como la revista en cuestión acaba recibiendo lo más relevante de la producción mundial. Todo el mundo de la ciencia sabe lo que significa publicar en Nature o Science.

Es notorio que esas revistas de referencia se escriben en inglés, de modo que los científicos españoles tienen que publicar en esa lengua -la actual lingua franca de la investigación- para poder estar presentes en el concurso internacional.

En un reciente trabajo publicado en Arbor (ns 653, mayo de 2000, págs. 1-15), recogí una tabla de la producción científica medida en publicaciones controladas por el Institute for Scientific Information (ISI) de Philadelphia (Pennsylvania, EE UU), correspondiente al período 1993-1997. El total de trabajos publicados de todas las áreas, entre cuyos autores al menos uno tenía su sede institucional en España, fue de 79.047. En ese momento y según esa referencia, el peso mundial de las publicaciones científicas nacionales representaba el 2,37% de las publicaciones científicas del mundo y otorgaba a España el undécimo lugar en la correspondiente clasificación.

Acudamos ahora al trabajo publicado por los miembros del Centro de Información y Documentación Científica del CSIC, Elena Fernández, Luis M. Plaza, Adelaida Román, Consuelo Ruiz y M. Carmen Urdín en el Anuario del Instituto Cervantes de 1998 (págs. 257-298). En este escrito, los investigadores del CINDOC consultan en algunas de las principales bases de datos de ciencia y tecnología las cifras correspondientes a los trabajos publicados en idioma español en el período 1992-1996. Los resultados son los de la tabla siguiente.

Según estas cifras, la producción de artículos en español representa aproximadamente el 5%o de la producción total. Además, deberíamos matizar estos datos a la baja, teniendo en cuenta que casi la mitad se encuentran en la base Medline y que ésta base, junto a Biosis y CA, acumulan el 90% de todo lo publicado en español.

No es preciso insistir mucho. Sin pretensiones de exactitud, baste comparar, en períodos de tiempo parecidos, el 2,37% de arriba con el 5%o de abajo y tomar nota, además, de que, en el segundo caso, se trata no sólo de producción española, sino también de la proveniente de la América hispanohablante o de cualquier autor que, por cualquier causa, haya escrito en español. La diferencia resulta abrumadora.

No hay razones para el optimismo. Las otras dos lenguas románicas con peso de hablantes, el francés y el italiano, arrojan igualmente resultados descorazonadores. Hay que advertir, sin embargo, que estamos hablando de ciencia en un sentido «duro». La Ciencias Humanas y las Sociales presentan mejores resultados al respecto. Naturalmente, muchas de las mejores revistas académicas sobre lengua y cultura española se publican en español, lingua franca, por definición, de todos los hispanistas del mundo.

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Con todo, una lengua como el español, de 400 millones de hablantes, debe aspirar a ser también otra lengua de la ciencia, lo que contribuiría a aumentar de forma exponencial la conciencia científica de sociedades hispanoparlantes. Se debe dar paso al nacimiento de un español de la ciencia al menos en tres direcciones. La primera consistirá, como es obvio, en mejorar la calidad y cantidad de nuestra ciencia, lo que entrañaría que se volcase el interés hacia los primeros resultados en español de lo que más tarde se ofrecería en inglés. La segunda obligará a confeccionar en español elencos suficientes de terminología que permitan el fácil manejo de los datos e instrumentos científicos y técnicos. La tercera demandará una incesante batalla diplomática para que el español sea lengua cooficial en congresos y publicaciones, lo que atraerá a su conocimiento al mundo científico, como ha hecho con el mundo turístico o económico en general.

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II

Otra relación que cabe establecer entre los enunciados del título se refiere a la investigación científica sobre el español y la cultura de lengua española. No me refiero sólo a la literatura. Sea cual sea el alcance que se le quiera dar a esta afirmación, hay que aceptar que la lengua natural es el sistema semiológico fundamental que condiciona profundamente los otros sistemas de la cultura. La investigación adecuada de estos sistemas deberá permitir mantener en estado de vigilia nuestro patrimonio cultural y facilitar los intercambios científicos y técnicos.

Una tarea todavía por hacer, al menos parcialmente, es la elaboración de un vocabulario científico y técnico adecuado. La meritoria publicación que con este título ha editado la Real Academia de Ciencias es notoriamente insuficiente. Facilitaría el ascenso del español como lengua científica el hecho de disponer de un elenco propio para todos los términos. No se me oculta, sin embargo, la relación que esto guarda con el propio desarrollo de la investigación española: los términos españoles irán a la par cuando las innovaciones que los reclamen surjan también a la par en el panorama de la ciencia mundial.

La investigación gramatical tiene que ser incesante. El dominio de la propia lengua y el desarrollo del estudio del español como lengua extranjera requiere una continua actualización de conocimientos sobre la norma y la naturaleza del lenguaje. Los conocidos avances en metodología son deudores siempre de investigaciones científicas, aunque éstas no alcancen, como es comprensible, notoriedad pública.

Hay que completar los atlas lingüísticos del español de España y América en conexión con los atlas de las otras lenguas de cultura que comparten nuestro entorno de relaciones sociales, políticas y económicas. La ciclópea labor llevada a cabo por Manuel Alvar y numerosos colaboradores en la segunda mitad del siglo XX deberá ser culminada y, a la vez, habrá que atender a su permanente actualización.

No cabe duda de que el panorama cultural es la puerta más directa a través de la cual tendrán acceso al español muchos de nuestros contemporáneos de otras lenguas. Mantener el patrimonio cultural en estado de renovación constante no sólo tiene sentido en cuanto supone el cuidado de un tesoro propio (y ya es bastante), sino también en cuanto constituye un reclamo universal.

Literatura, cine, pintura, música… debidamente presentados contribuirán a una presencia cada vez más importante del español en la red. Cabe decir, sin temor a equivocarse, que la investigación de ese patrimonio, que lo disponga para su ingreso en los sistemas educativos y en los circuitos de información, es de importancia capital en orden a esa presencia que se ansia (y sobre la que todavía hay mucho por pensar) en la nueva sociedad de la información.

Quizás resulte sorprendente que la respuesta a nuevos retos pueda venir de labores que tanto tienen que ver con la rancia filología o con la antropología tradicional. No me cabe duda, sin embargo, de que esto es así. Descuidar los contenidos por aferrarse al último método vale tanto como despojar al método de cualquier finalidad. Sin investigación callada y perseverante no habrá materia que ofrecer ni sobre la que establecer diálogo en la nueva sociedad. El debate de las Humanidades que ha ocupado tanto espacio en los últimos tiempos tiene mucho que ver, me parece, con esta verdad. Para volcarse en mostrar los propios contenidos, es necesario, insisto, tener contenidos que mostrar.

III

En 1928 Ramón Menéndez Pidal trasladó el Centro de Estudios Históricos, resultado de las iniciativas de la Junta de Ampliación de Estudios, de la calle de Almagro al hasta entonces Palacio del Hielo, sito en Duque de Medinaceli. Desde ese momento, el caserón de Medinaceli ha albergado la mayor parte de las investigaciones sobre Historia y Filología de lo que, después de la contienda civil del 1936-1939, se llamó Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Recientemente, el nombre de Centro de Estudios Históricos ha sido sustituido por el de Centro de Humanidades, ya que la denominación de Menéndez Pidal respondía a la convicción, propia del paradigma científico vigente en aquellas fechas de que, en lo atinente a las humanidades, no admitía más ciencia que la historia. El Centro alberga tres institutos: Instituto de Historia, Instituto de Filología y el nuevo Instituto de la Lengua Española.

Como es sabido, la labor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en el terreno de las humanidades podría ser comparable a la de cualquier universidad. La diferencia estriba en que en la universidad se enseña y se investiga y en el CSIC está dedicado casi exclusivamente a la investigación.

Pues bien, la experiencia muestra que esta organización aporta un refuerzo significativo al sistema académico español en general. Al estar el CSIC al margen de obligaciones docentes, se pueden abordar en él trabajos en equipo que requieren dedicación absorbente y larga continuidad. No quiere esto decir que no se pueda hacer lo mismo en la universidad. Ahí está, por ejemplo, en la materia que nos ocupa, el proyecto llevado a cabo por Ignacio Bosque (Universidad Complutense) y Violeta Demonte (Universidad Autónoma de Madrid) sobre gramática española, o las ediciones del enorme corpus de Lope de Vega que Alberto Blecua dirige en la Universidad Autónoma de Barcelona o el ciclópeo programa encabezado por Ignacio Arellano en la Universidad de Navarra sobre Calderón de la Barca y la literatura de la Edad de Oro.

De todos modos, el Instituto de la Lengua Española del CSIC, además de ser un puntal más, resulta especialmente apto para integrar en sus proyectos aquellas iniciativas de otros lugares en que no resulta fácil formar grupo. La publicación de Revista de Fitología Española, Revista de Literatura y Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, además de la edición compartida de Anales Cervantinos, es una muestra de cómo el Instituto puede ofrecer un canal de calidad al servicio tanto de la investigación propia como la de toda la comunidad académica.

Por otro lado, su integración en la mayor institución española de la investigación científica y técnica proporciona una vecindad muy conveniente a los efectos antes mencionados de convertir poco a poco al español en uno de los grandes idiomas del panorama científico internacional.

Los grupos del Instituto de la Lengua Española del CSIC, insertos administrativamente en los departamentos de Antropología, Lingüística Española y Literatura Española, llevan actualmente a cabo proyectos sobre Fonética, Gramática, Geografía Lingüística, Diccionarios, Literatura, Folklore, etc. El proyectado desarrollo del Instituto augura un salto considerable en cantidad y calidad.

De las grandes instituciones existentes en España en pro del español, la Real Academia Española proporciona fundamentalmente el Diccionario y la Gramática oficial del español y el Instituto Cervantes lleva a cabo la enseñanza del español y la difusión de su cultura por el mundo. El Instituto de la Lengua Española del CSIC, en colaboración con grupos universitarios, deberá abordar proyectos concretos de investigación científica sobre el español de los que se podría beneficiar la Real Academia, el Instituto Cervantes y el sistema de la cultura y de la ciencia en general.

Ciertamente, el papel que desea representar el ILE, según se advertía antes, no aspira a la notoriedad propia de las importantes instituciones mencionadas, pero eso no le resta valor. Por ejemplo, la labor anónima y eficaz que nuestro investigador Leonardo Gómez Torrego lleva a cabo actualmente al servicio de la Gramática Normativo-Descriptiva y del futuro Diccionario de dudas de la RAE no por poco conocida es menos necesaria. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, al crear el ILE, sólo quiere arrimar el hombro de la mejor forma posible a la causa del español.


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Filólogo. Profesor de Investigación del CSIC (ILLA-CCHS). Catedrático de Universidad. Presidente del Comité Científico Asesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Editor de Nueva Revista.