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diario_de_un_noctambulo.jpgA los que sigan en este número de Nueva Revista los aniversarios les complacerá saber que en este 2015 se cumplen cincuenta años de la aparición de los primeros libros de Francisco Umbral: la novela Balada de gamberros (Madrid, La Novela Popular, 1965) y los cuentos de Tamouré (Madrid, Editora Nacional, 1965; aunque, puestos a ser bibliográficamente exactos, lo cierto es que el cuento propiamente titulado «Tamouré» ya había sido publicado exento en 1964 por la institución que lo engalanó en Alicante con el Premio Gabriel Miró, que fue la Caja de Ahorros del Sureste de España). Y, como para cerrar el círculo que entonces se abrió, ha visto ahora la luz el que se anuncia como único libro que quedaba inédito de la oceánica producción literaria umbraliana, que es también el cronológicamente primero, pues recoge aquellos textos inaugurales el_tiempo_reversible.jpgque un Umbral que andaba en torno a los veinticinco años leyó nocturnamente por las ondas de la emisora radiofónica La Voz de León entre 1958 y 1961, un lustro antes de su debut editorial.

Si Jorge Luis Borges, al hacer un primer balance personal de su obra, afirmó que en los poemas de su debut, Fervor de Buenos Aires, ya estaba en cierto modo toda su escritura sucesiva, algo muy parecido se podría defender en lo que respecta a Umbral a partir de este Diario de un noctámbulo, que se nos presenta dividido en tres secciones, aparentemente divididas por el propio autor, quien las habría encajado en cada uno de los años de sus colaboraciones: las de 1958 figuran bajo el rótulo general de «Buenas noches» y en ellas, a partir de una estructura paralelística que hace que todos los textos sean apóstrofes a determinados personajes («Buenas noches, suicida», «Buenas noches, colegiala», «Buenas noches, torero»…), sentimientos («Buenas noches, tristeza») o lugares («Buenas noches, Madrid», «Buenas noches, suburbio»…); las de 1959 se reúnen en «El piano del pobre», la sección más breve y miscelánea donde se despachan asuntos variopintos, desde la actualidad al retrato; y las de 1961 y 1962 están agavilladas en «El tiempo y su estribillo. Nuestro pequeño León» y, en efecto, abordan temas locales, aunque muchas veces determinado estreno de teatro, cierta conferencia de Gonzalo Torrente Ballester o un recital de poemas de José Hierro le dan pie para alejarse de lo inmediato y divagar sobre temas generales.

Para enfrentarse o entregarse a este libro, lo cierto es que, más que el insulso prólogo de Luis Mateo Díez (que dice recordar remotamente cómo en su infancia leonesa oía la voz sonámbula de Umbral a través del aparato de radio), tal vez habríamos agradecido o incluso necesitado una nota en que la editora, Isabel Martínez Moreno, emergiera de su excesiva discreción y de su silencio completo para explicar algo de la recuperación y reordenación del material, para entender por qué no se publicó en su día o, al menos, por qué han tardado tanto en ver la luz (¿los descartó Umbral?, ¿los olvidó?, ¿se extraviaron?), para saber si aquí está todo (como tácitamente parece indicarse) o para poder enterarnos de si esos breves textos que aquí figuran como introducciones a cada uno de los bloques fueron también leídos por la radio o se añadieron en algún momento posterior, cuando Umbral pretendiera reaprovechar los textos y organizarlos en forma de libro posible que, en todo caso, se ha quedado en el silencio (o ha habitado el olvido) hasta hoy, como si algún amante de los números redondos hubiese programado que la obra de Umbral, desde su primer libro hasta el último que (salvo sorpresas o rectificaciones) va a aparecer, comprendiera exactamente medio siglo. Pero la editora solo interviene escuetamente en las aclaratorias notas al pie (que en algunas pocas ocasiones dan cuenta de que lo escrito es «ilegible» o de que «falta texto», quedando claro solo entonces que existe un soporte físico para la reconstrucción de este original, manuscrito o acaso mecanoscrito) y se nos arrebata así la posibilidad de comprender plenamente lo que leemos, aunque lo que hay basta para justificar y documentar esa idea del anterior párrafo que apunta a que todo lo esencial del particular idioma de Umbral estaba ya en estas prosas primeras: por una parte el estilo es ya el inconfundible y verdaderamente magistral que le caracterizaría y que él supo mantener con firmeza y tenacidad hasta su última columna periodística, género literario en el que ha sido un incontestable portento, tanto por su fecundidad como por su calidad sobresaliente. Y por otra está el «mundo» del escritor, sus obsesiones, sus temas recurrentes, desde la lencería femenina hasta la ciudad de Madrid, a la que tantísimos libros dedicó (recuento de memoria Travesía de Madrid, Trilogía de Madrid, Amar en Madrid, Spleen de Madrid, La noche que llegué al Café Gijón…); desde la atracción malditista (y más estética o retórica que real) por los barrios bajos y los ambientes sórdidos hasta unos nítidos primeros asomos de adicción a la mundanidad de los salones distinguidos y de esos lugares selectos y adinerados donde lo adoptarían pronto, primero como peculiar enfant terrible lleno de gracia insolente y finalmente como cronista oficioso y miembro de pleno derecho. Y está aquí ya también su devoción por determinados escritores a los que sería justa y tozudamente fiel: aparte de referencias oblicuas a su adorado Quevedo y a otros clásicos, por las páginas de este Diario de un noctámbulo van desfilando, entre muchos otros, Azorín, Eugenio d’Ors, César González Ruano, Gerardo Diego o Miguel Delibes (a quienes se dedica textos monográficos), pero hay además una elegía —«Buenas noches, Poeta»— dedicada a Juan Ramón Jiménez (fallecido en el exilio en mayo de 1958), se hace eco de un homenaje a Antonio Machado (con el anhelo de «Sentir íntegra a España en la ancha humanidad de uno de sus grandes solitarios, de uno de sus pocos penitentes…», p. 160), se cita a otros poetas más o menos inoportunos por aquellas fechas como Pablo Neruda (a quien en realidad no se nombra) o Pedro Salinas (autor de aquel sintagma, «mortal y rosa», que Umbral elevaría a título de su libro más celebrado) y se aplaude a un poeta estimable y hoy muy arrinconado como el leonés César Aller. Además, hay páginas para Francisco de Goya y Vincent van Gogh, para Cecil B. DeMille y Elizabeth Taylor, para María Callas o para Victoria de los Ángeles, sobre quien tanto escribió también Ramón Gaya. En este sentido, ha sido una gran idea de la editora incluir, aparte del índice general, otros parciales, muy meticulosos y bien hechos, que dan cuenta de las personas y las obras de creación citadas, a los que se suman un útil índice temático y hasta otro toponímico. Esos cuatro cómodos atajos para búsquedas parciales y futuras lecturas contribuyen a salvar una edición empobrecida por demasiadas erratas.

En la primera prosa de la introducción de la primera parte de este primerísimo proyecto de libro de Umbral ya se habla de poesía y, en efecto, este autor fue un extraordinario poeta de la prosa que siempre tuvo lo lírico como horizonte, excepto en sus «ecos de sociedad» más frívolos, temporales y olvidables (aunque algunos de ellos, procedentes de Spleen de Madrid, han sido rescatados en El tiempo reversible, una antología de columnas de Umbral que ha aparecido simultáneamente y que, prologada por el poeta y periodista Antonio Lucas, quiere reconstruir, muy seleccionado, lo que Umbral escribió durante y sobre la Transición; después habría un Spleen de Madrid 2 —Barcelona, Destino, 1982—, con textos definitivamente indignos de su autor), aunque hay poco donde no asalte de repente el apunte genial, la malicia exacta. De hecho, al arrancar el artículo titulado «Buenas noches, cerveza» hay una explícita declaración de intenciones: «Hagamos el poema en prosa de la cerveza» (p. 147), aunque a renglón seguido, paradójicamente, leemos uno de los textos más decepcionantes, débiles y poco líricos del conjunto, uno de los que menos merecerían adscribirse a ese difícil género que ha sido invocado en la primera línea. Pero poesía, y de la más alta calidad, hay por todas partes en este libro, como cuando (y repaso solo los primeros subrayados de mi ejemplar) se habla de que «La imaginación trae sus lámparas» (p. 22) o de que «Se le ha parado el motor al gran autocar del domingo» (p. 24) o de que «todos somos en cierto modo mendigos de uno mismo» (p. 25) o de que, en fin, inapelablemente, «El futuro siempre es el verano, un verano. Hay una amplitud sin calendarios que el alma presiente a deshora, y por si fuera poco, una mañana intemporal y luminosa amanece entre semana para darnos la razón» (p. 23).

Francisco Umbral fue, sin duda alguna, un escritor irregular, capaz de lo más elevado y lo más suburbial, acostumbrado a darnos mucho de sublime y no poco de arrastrado, escrito todo con la misma mano y probablemente con la misma actitud, el mismo gesto hosco o impasible, el mismo estado de ánimo. Alguien a quien no le importaba nada incurrir a menudo en una temeraria grosería ha sido, sin embargo, uno de los mejores escritores españoles del siglo pasado, y el más delicado y tierno cuando se propuso serlo. A todos nos ofendió alguna de sus opiniones y a todos nos deslumbraron muchos de sus hallazgos. A quien nos irritara con numerosas afrentas le debemos una cantidad sorprendente de páginas perfectas y definitivas. El prosista más desvergonzado y provocador de las últimas décadas ha sido también el más brillante. Nadie más controvertido y pocos más convincentes. De esas contradicciones estaba hecho Umbral, pura literatura, hombre que no dejó de traducirse a texto ni un solo día de su vida adulta. Lo suyo no fue una vida sino, literalmente, una biografía, una existencia que se desarrolló escribiéndose. ¿Un escritor frío? Seguramente sí, pero bendita frialdad la de quien apenas tuvo rival a la hora de jugar a todo lo que quiso probar dentro de los territorios literarios, envidiable impostura la de un hombre duro (o al menos endurecido, acorazado) que nos conmovió con reflexiones de una belleza insoportable o que nos desarmó con imágenes certeras, feliz falsedad la de quien a través de las máscaras que más le convinieran en cada momento podía emocionar o epatar a su antojo. Virtuoso nato de su oficio, con relativamente pocos materiales, con un puñado de escritores-fetiche, con dos o tres ciudades obsesivamente recorridas, tejió una obra que solo muy tardíamente, casi póstumamente, fue valorada como algo más que periodismo divertido, colorido y resultón y, por tanto, reconocida como merecía, esto es, como una de las conquistas literarias más importantes, complejas, sólidas y duraderas de la segunda mitad del siglo pasado.

Ni en las columnas seleccionadas para El tiempo reversible encontramos siempre la precisión maravillosa de otro libro de columnas que quedó recopilado en el año cero de la Transición, como fue La guapa gente de derechas (que apareció en Barcelona, Luis de Caralt, en el mismísimo noviembre de 1975), ni desde luego en el Diario de un noctámbulo se alcanzan las cumbres estilísticas de, por ejemplo, Un ser de lejanías (Barcelona, Planeta, 2001), el libro con el que Umbral entró prodigiosamente en el siglo XXI, pero ambas novedades nos devuelven a un escritor al que todavía no le ha dado tiempo a irse pero a quien no podemos permitir que se vaya, alguien a quien nunca deberemos apartar de nuestra cotidianeidad y a cuyos libros habrá que volver habitualmente para que nos siga explicando cosas, no solo las sociológicas, políticas o folclóricas a las que se entregó, sino otras más imprecisas y valiosas que tienen que ver con esa extraña, indescriptible y escurridiza verdad que solo se expresa o se insinúa a través de la mejor literatura.

Juan Marqués


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Juan Marqués (Zaragoza, 1980) es poeta y crítico literario. Ha publicado los poemarios Un tiempo libre (La Veleta, 2008) y Abierto (Pre-Textos, 2010).