Juan Marqués

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Juan Marqués (Zaragoza, 1980) es poeta y crítico literario. Ha publicado los poemarios Un tiempo libre (La Veleta, 2008) y Abierto (Pre-Textos, 2010).

Los regresos de Luys Santa Marina

Magnífica recuperación a cargo de Enrique Andrés Ruiz de una obra tan hermosa como prácticamente desaparecida: "Karla y otras sombras", de Luys Santa Marina ("La umbría y la solana").

Alquimia y realismo. Una relectura de Alfanhuí

Cuando Ferlosio cumple noventa años, volvemos a las páginas novelescas de las que más orgulloso se siente.

¿Por qué leer a Arturo Barea?

Juan Marqués recupera la figura de Arturo Barea, escritor tan desconocido como sugerente, autor de “La forja de un rebelde” y otras obras más arrinconadas, a quien el Instituto Cervantes ha dedicado recientemente una exposición.

Tu sangre en mis venas: la poesía y la figura del padre

Enrique García-Máiquez ha antologado, en "Tu sangre en mis venas" (Renacimiento), casi cien poemas de poetas hispánicos dedicados a la figura del padre. Es un libro que “se queda pegado a la piel para siempre”.

Juan Manuel Bonet, Poeta

En las semblanzas que aparecen hoy sobre el nuevo director del Instituto Cervantes se hablará de su intachable tarea como gestor, como director de museos y acaso se recuerden también algunas de sus obras. Aquí preferimos recordar su tan extraordinaria como discreta obra poética.

Sólo hechos. Repasamos con Trapiello sus veinte años de diarios

Sólo un año después de la publicación de Seré duda, Andrés Trapiello publica un nuevo tomo de sus diario, Sólo hechos, también en Pre-Textos, con el que llega a la veintena de volúmenes. Y el recién llegado, como todos los precedentes, es un festival de inteligencia, poesía y humor de la mejor calidad. En todos y cada uno de ellos está simplemente todo, lo mejor y lo peor de lo que somos, vida y muerte, las inclemencias del tiempo, miserias y compañía, locuras con fundamento.- Veinte tomos ya, querido Andrés. Perdona, por favor, el manoseadísimo tópico, pero ¿"veinte años no son nada"? Tu diario parece desmentirlo.Son un tercio de nuestra vida. Y digo nuestra y no mía porque esos libros son la vida de todos nosotros, incluidos, claro, quienes no los hayan leído y los que no han podido leerlos aún, porque nazcan dentro de los famosos ochenta años de los que hablaba Stendhal. Cuando me hablan de "literatura del yo", suelo replicar: no "literatura del tú"; yo no podría ser nunca el argumento de mi libro por diferentes razones. No soy más que un condimento de ellos, o si se prefiere, un aditivo, un colorante, unas veces azafrán, otras azulete… y poco más.  - Tu diario, como vida que es, ha ido naturalmente cambiando, mutando imperceptiblemente con el tiempo, adaptándose... pero sigue firme en determinados principios y en unas pocas certezas que estuvieron allí desde "El gato encerrado".Los libros, o al menos los que uno escribe, se hacen un poco solos. Éstos y todos, de poesía o de ensayo, incluso las novelas, a las que se les supone un plan. Como la vida también. Está uno atento a cosas, como cuando camina por la calle, que no te atropelle un coche, no atropellar tú a un ciego (vivo a dos pasos de la sede de la Once)… Y cuando quieres darte cuenta el libro está escrito, y antes de que te des cuenta, dices: Dios mío, si ya tengo sesentaitrés años. En todos estos años he visto que a mí lo que de veras me gusta es escuchar a la gente, a los pájaros, a las cosas que me encuentro, lo mismo en el Rastro que en un museo. Oír lo que dicen, y contarlo a los que acaso no pueden oírlo o no logran oírlo. Y hacer que la vida no tenga fin para nadie.- Permíteme una pregunta un poco retorcida: en el tomo anterior, correspondiente a 2005, había mucho Cervantes, en este hay mucho Juan Ramón Jiménez... El hecho de que tus años, según leemos, vayan estando más condicionados por las efemérides, ¿puede querer decir que tu estatus o prestigio o como quieras llamarlo iba creciendo?, ¿empezaba a ser el que tienes ahora?La expresión "mundillo literario" dice mucho de lo pequeño que es, en todos los sentidos. Quien escribe libros forma parte de ese mundillo, con más o menos conformidad. He podido editar algunos libros de otros que me gustaban, aunque no estuvieran de moda, y los míos...

Cervantes para Mendoza

 Hace unos pocos años, en un congreso de escritores jóvenes que se celebró en Teruel, Eduardo Mendoza intervino en la inauguración, junto a Alfredo Bryce Echenique, y no defraudó las expectativas, aunque probablemente no en el sentido que se habría esperado. Lo que vino a decir, básicamente, es que si sus últimas novelas (las de él y las de Bryce) eran tal vez un poco decepcionantes, era algo que todos teníamos que comprender y perdonar, pues con algunas de sus novelas de presentación se habían ganado el derecho a una jubilación serena y poco autoexigente. “Nuestra obra más o menos ya está hecha –dijo–, o al menos, desde luego, lo principal de ella, de modo que en cuanto salgamos de aquí nos vamos a ir a comer un entrecot. Pero vosotros, que apenas estáis empezando a balbucear, perdonadme pero os tenéis que ir al desierto a comer saltamontes, y seguir haciéndolo hasta que demostréis que tenéis derecho a algo más.” Aquel discurso sentó mal (es decir, se entendió mal) entre escritores que en general, diez años después, siguen sin haberse ganado ni un filete a la plancha, pero Mendoza, aparte de tener razón, infravaloraba su propio porvenir, ya que algún tiempo después ganó el Premio Planeta con Riña de gatos una de sus mejores novelas. Todo el mundo ha leído su serie de narraciones cómico-detectivescas, y también la parábola un tanto facilona de Sin noticias de Gurb, pero lo que todo el mundo debería haber leído, para disfrutarlas, es La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de las prodigios. Será una pena que la gente piense que le acaban de dar el Cervantes por sus exitosas y reeditadísimas bromas de El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas (la más graciosa de la serie, con diferencia) o La aventura del tocador de señoras, con relativas prolongaciones en Mauricio y las elecciones primarias, porque son aquellos dos títulos, verdaderamente magistrales, los que convirtieron muy pronto a Mendoza no sólo en un valor consagrado sino en uno de los responsables principales de que en su día la literatura española contemporánea volviera a valorarse y a venderse. La Barcelona de cambio de siglo y en construcción de La ciudad de los prodigios, torpemente industrial y hambrienta de modernidad (“en plena fiebre de renovación”, se lee en la primera línea de la novela), y la Barcelona pistolera y bastante desquiciada de finales de los años diez y principios de los veinte de La verdad sobre el caso Savolta encontraron en Mendoza a un cronista superdotado, en estado de gracia, actitud que, si bien no alcanzó con toda esa abrumadora calidad su abordaje a la Barcelona olímpica y actual, nunca dejó de arrebatarnos una sonrisa de complicidad, que refleja esa sonrisa maliciosa y sagaz con la que siempre hemos visto al escritor, y con la que no es nada difícil imaginarlo mientras escribe (también sus artículos, y sus columnas, y aquellos prólogos formidables que reunió en ¿Quién se acuerda de...

Vázquez Cereijo. Una memoria

Un recuerdo emocionado del artista gallego recién fallecido.

En torno a ‹‹El comensal›› de Gabriela Ybarra

 Una chica llamada Gabriela está a punto de lanzarse a una piscina. Está de espaldas al agua, saboreando el momento, y está además concentrada en su propio cuerpo, en el equilibrio, la postura y el inminente movimiento. Finalmente se decide a ejecutar la voltereta, se impulsa, salta y, pocos segundos después, al emerger, un hombre se ha ahogado a sólo unos metros de ella. Al contárnoslo (pp. 95-96), una mujer de treinta y pocos años llamada Gabriela se ha sumergido definitivamente en el turbio y a veces incluso peligroso territorio de la literatura, arrastrándonos con ella al otro lado del espejo en una primera novela fascinante, confidencial pero pudorosa, reveladora pero enigmática, y sobre todo llena de preguntas, de sugerencias, de cabos cuidadosamente sueltos. El título mismo es mucho más misterioso de lo que parece, y la explicación que se da de él en las primeras líneas de la primera parte (p. 15) no resulta suficiente en absoluto.Para intentar contribuir modestamente a un debate que ya lleva siglos, yo propondría definir “novela” como todo aquello cuyo autor presente como tal. Si Gabriela Ybarra ha llamado “novela” a El comensal será por algo, y además lo hace nítidamente y sin matices en lugares tan privilegiados como las dos primeras palabras de la “Nota previa” (p. 11) y en la última de la nota de “Agradecimientos” (p. 171), de modo que cabe pensar que probablemente sea no sólo deliberado sino estratégico que ese sustantivo funcione como apertura y cierre del libro, enmarcándolo, como si ejerciera más bien de declaración de intenciones y, finalmente, de recordatorio. Por otro lado, y aunque sin duda sea casual, no deja de ser curioso que en este libro haga un fugaz cameo Rafael Sánchez Mazas (p. 140), falso protagonista de Soldados de Salamina, novela de Javier Cercas que, si bien no supuso ni mucho menos el pistoletazo de salida de esta “nueva autoficción” que nos rodea, sí es completamente crucial para entenderla y sigue siendo muy útil para explicarla.Que El comensal venga etiquetado bajo ese género narrativo tan flexible e inclusivo autoriza a Ybarra, por ejemplo, a avisar en los créditos (p. 170) de que ha modificado “levemente” pero a su conveniencia las citas que ha exhumado de las hemerotecas, recurso literario que pone tan nerviosos a historiadores y periodistas (y es comprensible, pues ellos no pueden permitirse esas licencias, que en su caso serían trampas o manipulaciones e invalidarían su trabajo), pero mucho más que sus implicaciones metaliterarias o el alcance de su juego con los borrosos límites entre realidad y ficción, importa lo que la autora ha querido contarnos a partir de ciertos hechos que sucedieron aquí fuera, en el mundo, de los cuales Ybarra da una versión acaso interesada pero no arbitraria. Y no sólo no pretende en absoluto ser veraz, exacta y objetiva en los datos sino que es perfectamente consciente de que en ningún caso podría serlo.Lo que se narra en la primera parte es el secuestro y asesinato de su abuelo paterno, Javier Ybarra, a...

París era una selva

Con una prosa formidable desde la primera hasta la última página, Fernando Castillo acaba de ofrecer al lector español “un verdadero catálogo negro de los personajes más oscuros de los años de la Ocupación”, por usar las palabras con las que él mismo describe una monografía al respecto de Cyryl Eder (p. 174). Y aunque la línea del tiempo comprende esos acontecimientos que señala el subtítulo del libro, el hecho de que los años 60 supongan apenas una nota epilogal y anecdótica revela hasta qué punto lo que interesa, importa y motiva al autor son esos años de invasión y complicidad, de ambiente moralmente corrompido por un envilecimiento general que conoció una variante insólita y especialmente estremecedora en aquel novelesco París de los primeros 40. Todas las ciudades tienen sus bajos fondos, pero, en lo que a ética y civismo se refiere, al parecer todo París fue un suburbio temible durante aquel lustro, arrinconando a la atemorizada gente normal en una periferia no tanto física como psicológica, obligándola a una invisibilidad mayor de la natural en los ciudadanos de a pie, a un intentar pasar todo lo desapercibidos que fuese posible para no verse mezclado en problemas, aunque muchos tendrían que recurrir al mercado negro, tan activo, tan superpoblado, para seguir tirando. Los nazis se traían en las mochilas la vileza en forma de racismo y fanatismo, pero se diría que los franceses que decidieron ayudarles lo hicieron impulsados por una especie desconocida de maldad, una mezcla fatal de codicia y sadismo que en buena parte fue castigada cuando llegó la particular versión gala de los juicios de Núremberg. Y aunque lo cierto es que a partir de ese momento la Francia chovinista de De Gaulle acuñó el duradero mito de la Francia heroica, resistente e insumisa a Alemania que se habría salvado a sí misma de la intrusión (el primer párrafo de la página 55 es crucial para impugnar esa leyenda), desde hace décadas es ya imposible disimular la constatación de que “durante la Ocupación el azar situó a mucha gente, especialmente a los que estaban cerca del lado turbio y algo desorientados, en la senda del mal” (p. 123). Hablamos de “una época idónea para quienes la ideología y los principios no existían” (p. 175), y en la que se creó “un entorno en el que naufragaron todos aquellos jóvenes que no tenían referentes sólidos, a los que la generalización de la confusión moral llevó a comportamientos insospechados” (p. 157). Uno de esos jóvenes era el buscavidas judío Patrick Modiano, y su hijo, el hoy Premio Nobel de Literatura Patrick Modiano, fue uno de los pioneros en la dolorosa revelación de la verdad de aquellos años. Las novelas de lo que hoy se conoce como la Trilogía de la Ocupación (serie a la que Castillo añade el guión cinematográfico Lacombe Lucien, de 1974, proponiendo así una tetralogía monográfica), con las que el escritor debutó en 1968, 1969 y 1972, dan buena cuenta de hasta qué punto y con...
Pio Baroja. Los caprichos de la suerte

Pío Baroja. Los caprichos de la suerte

  Si yo quisiera envolverme ahora en el disfraz de crítico implacable, tendría que comenzar admitiendo y advirtiendo que esta novela de Pío Baroja que se ha recuperado recientemente (y con cuya publicación, al parecer, queda vacía la estantería de inéditos del caserón familiar de Itzea) es una verdadera calamidad, y no solo por todos aquellos motivos que sin lugar a dudas disculpan al autor (y el crucial es que se trata obviamente de una novela desencuadernada, provisional, inacabada, que quedó pendiente de una revisión integral que necesariamente hubiera pasado por rectificar algunos errores y por fundir de un modo menos negligente los capítulos de otras novelas que aquí se reutilizan sin disimulo), sino por criterios que afectan más a lo estrictamente literario (a los personajes, los espacios y la trama, sí, pero también a ese inconfundible estilo primitivo tan característico de Baroja, que aquí se lleva hasta el extremo) y también, sobre todo, a lo meramente lingüístico, o en este caso incluso a lo gramatical, pues a los inevitables y encantadores descuidos barojianos, que los editores han hecho muy bien en no corregir, se unen fenómenos más desconcertantes. Entre los primeros estarían los consabidos anacolutos, a veces violentos («Deibler parece que tenía mucha preocupación por su popularidad»: p. 104), los laísmos chirriantes («a la más suave réplica, se lanzaba a pegarla como pudiera hacerlo un gañán o un chulo de las afueras»: p. 89; «La gustaba coquetear, aunque fuese con un viejo»: p. 200), los pleonasmos extremos («La noche se iba poco a poco haciéndose dueña de la tierra»: p. 42; «¿Quieren ustedes que el domingo que viene les vaya a buscarles en auto...»: p. 101), los queísmos dolorosos («Yo estoy segura que si lo asegura es por algo»: p. 97), algún hipérbaton extemporáneo («El fotógrafo de miedo enfermó»: p. 68) o redundancias de contenido que acaso hubieran quedado tachadas si Baroja hubiese releído su manuscrito una sola vez («se detuvieron para charlar con un pastor al que preguntaron si los de las milicias no les habían requisado los rebaños. —¿No les han quitado las ovejas? —preguntó Elorrio»: p. 43). En cuanto a los problemas de naturaleza más estructural, me refería a ellos pensando en esos personajes que, como el cómico de la legua Emilio Muñoz, desaparecen del escenario sin ninguna explicación o, aún peor, a los desconocidos que se incorporan al relato aludiéndose a ellos como si hubieran sido presentados ya al lector («Al recorrer los soportales de la plaza del Palais Royal, encontraron al comandante Evans, a quien habían conocido en Madrid»: p. 76), consecuencia directa de querer reaprovechar retales narrativos de otros libros, lo cual deja en el resultado final parches y costurones que con seguridad hubieran sido camuflados o cosidos si Baroja hubiese llegado a proponerse publicar Los caprichos de la suerte. Otro cantar son los insufribles ripios que el protagonista, el periodista republicano Luis Goyena y Elorrio, dedica a todas las poblaciones a las que va llegando en su peregrinaje de la primera parte («Yo...
Francisco Umbral

“Diario de un noctámbulo” y “El tiempo reversible”

En 2015 se cumplen cincuenta años de la publicación de los primeros libros de Francisco Umbral, la novela Balada de gamberros y los cuentos de Tamouré

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