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Adiós al sentido del bien y del mal

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La lectura de este libro de Leszek Kolakowski, fallecido el pasado mes de julio a los 81 años, es una verdadera fiesta intelectual. Su autor, nacido en Polonia en 1927, comunista en su juventud y profesor de historia de la filosofía en la Universidad de Varsovia, fue expulsado del partido comunista por su revisionismo de Marx y su defensa de la democratización, y tuvo que abandonar Polonia en 1968. Desde entonces ha vivido en Oxford y ha enseñado en universidades europeas y norteamericanas. Ha publicado más de treinta libros sobre historia de las ideas políticas, teológicas y sociales que presiden la evolución de la cultura occidental. Su obra más importante es Corrientes principales del marxismo, publicada en 1978 en tres volúmenes, en la que traza el origen y el desarrollo del marxismo analizando pacientemente el pensamiento de sus principales valedores desde Plotino hasta nuestros días: «En el presente -concluye en el tercer volumen- el marxismo ni interpreta el mundo ni lo cambia: es meramente un repertorio de eslóganes que sirve para organizar los diversos intereses».

El volumen que se publicó hace un par de años en castellano reúne veintiséis textos, bajo el título genérico —«algo frívolo», dice el autor en el prólogo— de uno de ellos, Por qué tengo razón en todo, que es «el más antiguo y tal vez el más ocasional de la selección». Se trata de una amplia carta publicada en 1974 en The Socialist Register como respuesta a una carta abierta de cien páginas dirigida a él en esa misma publicación por parte del historiador inglés Edward Thompson. Sin duda, merece la pena comenzar el libro por este texto que, treinta y tres años después, conserva una formidable frescura quizá por su exquisita penetración en los tópicos izquierdistas. En su recensión en The New York Review of Books, Tony Judt calificaba esta respuesta de Kolakowski como «la demolición intelectual más perfectamente ejecutada en la historia de los debates políticos» (vol. 53, n.º 14, 21 de septiembre de 2006).

«En los años cincuenta —escribe Kolakowski a Thompson— tanto tú como yo, militábamos en sendos partidos comunistas, y esto significa que, por más nobles que fuesen nuestras intenciones y por más encanto que derrochara nuestra ignorancia (o nuestra negativa a saber), respaldamos dentro de nuestras modestas posibilidades un régimen basado en el trabajo de masas de esclavos y en el terror más horripilante que la historia de la humanidad jamás haya conocido». A lo largo de la carta Kolakowski va desgranando con maestría buena parte de los tópicos esgrimidos durante años por la demagogia comunista que se engañaba en su análisis de la realidad para intentar ajustarla a la teoría marxista: «Toda ideología, con tal de que sea lo bastante confusa es capaz de asimilar (es decir, rechazar) cualquier hecho real sin tener que renunciar a ninguno de sus elementos».

Para el lector español tiene cierto interés que Thompson adujera como muestra de su izquierdismo que no había venido nunca de vacaciones a la España de Franco. Más interés todavía tiene la respuesta de Kolakowski que nos sitúa en la realidad española de 1974: «Te enorgulleces de no ir de vacaciones a España por razones políticas. Yo, un hombre carente de principios, he estado allí dos veces. Me sabe mal decirlo, pero aquel régimen, sin duda opresor y antidemocrático, ofrece a sus ciudadanos más libertad que cualquier país socialista (tal vez excepto Yugoslavia). Al decirlo, no siento ningún tipo de Schadenfreude [envidia], sino vegüenza, porque aún recuerdo el dramatismo de la guerra civil española. Los españoles tienen las fronteras abiertas (no importa por qué motivo, que en este caso son los treinta millones de turistas que cada año visitan el país), y ningún régimen totalitario puede funcionar con las fronteras abiertas. Los españoles no tienen censura previa, allí la censura interviene después de la publicación del libro; en las librerías españolas pueden comprarse las obras de Marx, Trotsky, Freud, Marcuse, etc. Igual que nosotros, los españoles no tienen elecciones ni partidos políticos legales pero, a diferencia de nosotros, disfrutan de muchas organizaciones independientes del Estado y del partido gobernante. Y viven en un país soberano».

Mayor alcance tiene su evaluación biográfica del marxismo: «Entre los que nos dedicamos a las ciencias sociales son muy pocos los que podrían decir que a Marx no le deben nada, y yo no soy uno de ellos. Estoy dispuesto a admitir que sin Marx nuestra manera de reflexionar sobre la historia habría sido distinta y, en muchos aspectos, más pobre. Pero recordarlo es decir banalidades. No obstante, opino que varias tesis fundamentales de la doctrina de Marx son falsas, o carecen de sentido, o bien son verdaderas sólo en un sentido muy limitado. Creo que la teoría del valor es una idea normativa desprovista de cualquier poder explicativo, que ninguna de las fórmulas generales del materialismo histórico que pueden encontrarse en las obras de Marx es admisible y que esta teoría sólo tiene validez en un sentido muy limitado, que la teoría de la conciencia de clase es errónea, y que la mayoría de las profecías de Marx han resultado equivocadas». Kolakowski reconoce abiertamente su formación en la tradición marxista, pero denuncia paladinamente los errores de Marx y sobre todo la perversa apropiación del marxismo por parte del partido comunista ruso. «El comunismo —escribirá en 1985— fue una gran fachada que ocultaba un afán de poder en estado puro, el poder como objetivo en sí mismo. El resto no era más que un instrumento, una autocontención obligada, una táctica».

A este respecto, y pensando en el deterioro de la convivencia entre los partidos políticos en algunos países occidentales, resulta oportuno traer a colación el fino análisis que lleva a cabo en «Partido-religión y partido-instrumento» entre dos maneras antagónicas de concebir los partidos políticos. Mientras que un concepto «religioso» de partido lleva a pensar que el propio partido está en posesión de la verdad, de toda la verdad y de nada más que la verdad, que dispone de la mejor receta para organizar la sociedad y que los miembros de los demás partidos son ignorantes estúpidos que responden a perversos intereses particulares, Kolakowski defiende un concepto instrumental del partido, pues «la unanimidad —el partido único— no es deseable en absoluto a causa de la irremediable limitación de los conocimientos humanos». «No hay ninguna inconsecuencia —añade unas pocas líneas más abajo— en apoyar a un partido y, al mismo tiempo, no desear que arramble con todo y pueda ejercer el poder sin ninguna oposición, crítica ni control externos. […] Quienes se creen propietarios exclusivos de la verdad y sólo como mal menor toleran a los que no piensan igual que ellos son discípulos de la escuela leninista-estalinista, sea cual fuere la verdad que enarbolan».

Es imposible resumir las ideas principales que aparecen en este libro, pero hay una que no quiero dejar de mencionar y es la pérdida del sentido del bien y el mal que la razón ilustrada puso en entredicho y que caracteriza con tanta precisión a la sociedad contemporánea. La ciencia —escribe Kolakowsky en La caída del comunismo como acontecimiento filosófico, de 1993— ignora esa distinción o la relega al ámbito de los impulsos irracionales y tampoco la admite la razón histórica: «Ya no necesitamos de la distinción entre el bien y el mal proveniente de la tradición religiosa; ocupa su lugar la distinción entre lo que es políticamente correcto y lo que no lo es, entre lo propio y lo impropio […]. En breves palabras, la tarea de los gobernantes consiste en proclamar desde su infalibilidad lo que es justo y lo que no lo es; de esta manera se instituye el reino de la moral».

En contraste con esta tendencia en boga, Kolakowski sostiene con tesón que la seguridad espiritual de la humanidad requiere confiar en la vida: «Requiere la convicción de que hay una diferencia real y duradera entre el bien y el mal, no sólo la que nos inventamos nosotros para lograr nuestros objetivos, al igual que una distinción entre verdad y mentira. Cada vez que abandonamos o perdemos la capacidad de establecer esta distinción, nuestra cultura pierde el norte y las armas con que ofrecer resistencia a la creencia nihilista de que todo puede ser bueno o malo según decidamos nosotros». Hoy que el comunismo ha sido relegado prácticamente a los anaqueles de la historia, quizá nuestro drama vital es el relativismo agresivo que cuestiona de raíz ese pilar de la convivencia humana. Lo hace además de una forma más perversa que el comunismo, pues no son ahora los iluminados dirigentes del partido quienes prescriben qué es lo bueno y qué es lo malo, sino que la subversión de los valores se presenta ahora como la voluntad moral de la mayoría.

Quienes hemos visto el derrumbamiento del imperio comunista no podemos amedrentarnos por el avance del relativismo que viene a ser una versión sofisticada del marxismo cultural dominante en la Europa del siglo XX. El libro de Kolakowsky me parece un buen antídoto contra el pesimismo, porque es una prolongada invitación a pensar: «Al parecer todavía no hemos captado el sentido de la confusión actual. El miedo al comunismo era una fuerza creadora de sentido. El comunismo ya no nos da miedo, nos da miedo algo (o todo), porque nos hemos deshecho del apoyo espiritual que proporciona la confianza en la vida». La lectura de este libro ayuda verdaderamente a recuperar la confianza en la inteligencia en favor de la libertad. El relativismo contemporáneo que corroe la convivencia democrática podrá ser superado mediante el trabajo creativo de la razón proseguido cooperativamente, mediante el diálogo abierto y generoso de quienes ponen el bien y el mal por encima de sus intereses personales.


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