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ABUELA

Apoyada sobre el respaldo de una silla, la abuela se había quedado mirando a su nieto, mi hermano menor, que hablaba con un muñeco al que introducía por debajo de las patas de la mesa. No sé qué ocurrió, pero la mandíbula le comenzó a temblar ligeramente. Alertada por el descuido, se giró hacia mí, pronunció jovialmente mi nombre, y me regaló la sonrisa que más me ha entristecido nunca. Puede que estuviera recordando estampas parecidas, con otros niños y otros juguetes en el mismo lugar, puede que solos o jugando entre ellos. Puede si no que recordara una mañana soleada de domingo, una carreta tirada por burros en la que iban montados una niña y otros niños, camino del valle, a visitar a los abuelos. En el viejo caserío le quitarían los pelos canosos de la barba al abuelo, capturarían lagartijas y jugarían a esconderse por las habitaciones grandes y oscuras de la casa. O puede que, a pesar de la calma del momento, recordara que esa noche también llegaría puntual sobre el techo de su cuarto una nube negra de tormenta, que posiblemente descargara relámpagos secos y temibles, como el que arrasó el caserío de sus abuelos hace ahora muchos años.

TIRANTES

Lo viste varado en la entrada y te dio pena. Te sorprendieron sus estridentes tirantes de cuadros rojos, que asomaron cuando se metió las manos en los bolsillos. La prenda le confería un aspecto inarmónico, no casaba con su pelo cano, con las arrugas de su rostro y su mirada desconcertada y temerosa. Concluíste que nunca los habría comprado él, se los abría regalado algún hijo o, más probablemente, algún nieto, pues sólo un niño podría tener el descaro para hacer un regalo a la vez tan vivo y ridículo. Te resultó difícil concebir a aquel hombre sin su prole, y lo encontraste desvalido. Lo imaginaste sonriente en alguna celebración, quizá con una copa de brandy en una mano y un crío posado en sus rodillas. Lo viste contando sus gestas de excepcional cazádor a hombres más jóvenes que le escuchaban con cierto escepticismo, regalando palabras cariñosas para las mujeres de la casa.

En éstas estabas cuando se acercó hasta ti la cuidadora Estela. «Don Leo, siempre a su aire», te dijo. Giró la silla de ruedas y te condujo al comedor, donde ya cenaba la pacífica y ausente multitud de ancianos.

METAMICROLITERATURA

El escritor de microcuentos, abatido por no haber dado con un cierre redondo, se arrojó por la ventana, sobre la cama, a las vías del tren, entre sus brazos.


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