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Machado, mediante Juan de Mairena, ironizó sobre el deber profesional de los poetas de hablar de la muerte, y se recreó en la sorpresa que, a pesar de haberla nombrado tanto, se llevaría más de uno al encontrarse de golpe con ella. Por debajo de la broma de humor negro, late una verdad muy honda: la poesía lleva enfrentándose a la muerte desde sus inicios.

A veces, plantándole cara. Otras, huyéndole, como en el viejo “Romance del enamorado y la muerte”. Otras, más de perfil, contando con ella, como cuando José Mateos dictamina que verdadero poema sólo es aquel que puede recitarse a un moribundo. Otras, acompañando a los muertos, como intentaron, incluso físicamente, Ulises, Orfeo, Er el Armenio, Eneas y Dante con sus respectivas bajadas a los infiernos. Bécquer, ya nuestro contemporáneo y, por tanto, resignado, se limitó a lamentarse delicadamente: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Buena parte de la grandeza de las Coplas de Jorge Manrique se debe a que no renuncia a ninguna de las posibilidades: tiende astutas celadas a la muerte, la encara directamente y, a la vez, la asume con melancolía y esperanza.

Horacio encontró las palabras precisas, breves e inmortales, que plantaban los poderes de la poesía frente a la muerte: Non omnis moriar (“No moriré del todo”), decía, confiando en sus propios versos. A Unamuno aquello le puso de un pésimo humor y le replicó con ásperos endecasílabos: “¡No todo moriré! Así nos dice/ henchido de sí mismo aquel poeta/ que odia al vulgo profano y que le reta/ a olvidarle esperando le eternice/ el reto mismo; es calculada treta”. Quizá se enfadó porque Horacio le lleve siglos de inmortalidad de ventaja, o quizá porque esa inmortalidad, “donde el recuerdo es lo único que queda” le sepa a poco al cristiano (atormentado, pero cristiano) Unamuno. Lo indiscutible, se ponga como se ponga el rector de Salamanca, es que Horacio ha quedado en nuestro recuerdo, y eso ha dado moral a los poetas para mirar a los ojos a la muerte.

Nadie con más dulzura que John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever”, y nadie con más contundencia que su tocayo John Donne, que dio muchas vueltas al asunto. De él es el cinematográfico verso sobre la conveniencia de no preguntar por quién doblan las campanas cuando lo hacen a muerto: ¡es por ti! Pero para compensar, de Donne es también el afilado soneto donde le pone los puntos sobre la i a la misma parca. Víctor Botas lo tradujo con maestría: “Ten más modestia, Muerte, aunque se te haya/ erróneamente dicho poderosa/ y temible; pues esos que has borrado/ no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta/ de aniquilarme a mí. Si el reposo/ y el sueño son tan gratos, cuánto más/ no debes serlo tú: así se explica/ que los mejores antes den contigo/ libertad a sus almas y a sus huesos/ descanso. Azar, reyes, suicidas,/ son tus amos, habitante de pócimas,/ enfermedad y guerras. Y más diestros/ que tú son los hechizos. Menos humos/ que veremos tu fin; tu muerte, Muerte”.

Más pegado a la tierra, reflexiona José Jiménez Lozano en su poema “El precio”: “Matinales neblinas, tardes rojas,/ doradas; noches fulgurantes,/ y la llama, la nieve:/ canto del cuco, aullar de perros,/ silente luna, grillos, construcciones de escarcha;/ el traqueteo del tren, del carro, niños,/ amapolas, acianos, y desnudos/ árboles de invierno entre la niebla;/ los ojos y las manos de los hombres,/ el amor, la dulzura /de los muslos, un cabello de plata,/ o de color caoba;/ historias y relatos, pinturas y una talla./ Todo esto hay que pagarlo con la muerte./ Quizás no sea tan caro”.

La muerte como intensificador de la vida ha hecho un gran papel. De ahí a su relación con el amor, no es tanto el salto. Lo dio la Biblia: “Fuerte como la muerte es el amor”, clama, y los poetas se apuntan enseguida. El recurrente éxito de Don Juan Tenorio por estas fechas radica en su habilidad para mezclar frenéticamente la muerte, el erotismo y la teología. Los poetas españoles han podido tratar a la muerte como una amada porque nuestro idioma, como anotó Borges, permite la metáfora. En inglés, la muerte es masculina. La diferencia de género explica que el gran poeta moderno sobre la muerte en español sea Juan Ramón Jiménez, que supo sacarle resonancias sensuales, mientras que en inglés ha escrito memorables poemas mortuorios Emily Dickinson, recogidos en una antología indispensable: Poemas a la muerte (Bartleby Editores, 2010). Aprovechando su género masculino, la norteamericana en algunos de ellos utiliza la imagen del noviazgo galante y del futuro encuentro conyugal.

 

El pueblo, en cambio, ha preferido la otra metáfora ancestral: el sueño. Lo canta la copla con clara contundencia: “Cada vez que yo me acuerdo/ que me tengo que morir,/ echo una mantita al suelo/ y me jarto de dormir”. Habría que investigar cuánto ha influido el cristianismo y su fe en la resurrección en posturas tan líricas o tan flamencas. San Pablo constató que la muerte había perdido su aguijón. Lo había cambiado, efectivamente, por un plumín.

 


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.