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Es una lástima que ya esté asignada la voz «caligrafía». Nos serviría muy bien para condensar las reglas del «arte escrituraria», expresión que tampoco cabe en nuestro diccionario. Pero el hecho está ahí. Una operación tan necesaria como poner las ideas por escrito requiere ciertos principios, cuidados, consejos. Lo voy a intentar con un módulo de tres mil palabras. En seguida me referiré a la magia del número tres.

El dominio del idioma propio no se adquiere en la enseñanza primaria (o como se llame ahora), ni siquiera en la universitaria. Es una operación que debe completarse a lo largo de toda la vida. Todo el mundo que haya pasado por la escuela sabe escribir, pero cabe mejorar la escritura. La primera función es la de comunicarnos mejor. Pero también persiste el estímulo de la satisfacción por sí misma que supone componer un texto con sentido.

A la gente le inquieta mucho el hecho de que la lengua común cambie constantemente con la adopción de nuevas palabras y expresiones, al tiempo que otras quedan arrumbadas. Pero se trata de un rasgo de todas las lenguas vivas. No se colige bien por qué nos tiene que atemorizar, salvo en los pocos casos de un flagrante deterioro del idioma. No queda bien la introducción de palabras de otras lenguas por el simple hecho de presumir. Si el barbarismo no se entiende comúnmente, habrá que proveer un equivalente en castellano.

No sé qué tiene la cuestión de la lengua, al menos en España, que es casi imposible razonar sobre ella sin que se desaten fobias y filias. No exceptúo a algunos lingüistas acreditados. En el fondo late la creencia mágica de que «el nombre hace la cosa». Si, por ejemplo, se cambia la calificación judicial de «imputado» por «investigado», los poderosos capaces de delinquir se sentirán más tranquilos.

A la hora de plantearnos el buen uso del idioma debemos evitar algunas inútiles polémicas, que entretienen a la turba ociosa y semiculta. Me refiero, por ejemplo, a si se debe etiquetar nuestro idioma como «castellano» o «español». No son términos excluyentes. La convención es que, dentro de España, se prefiere decir «castellano», ya que hay otras lenguas españolas. Pero en el contexto internacional se ha impuesto el rótulo de «español». Igualmente provinciana resulta la discusión de si se habla «mejor» en España o en Hispanoamérica, o si el idioma culto es ahora más pobre o más rico que antes. Otro lugar común es asegurar que en Valladolid se habla «el mejor castellano». Puede ser, si la persona en cuestión lo domina, como lo han hecho Delibes y tantos otros. También es posible que sean «leístas». Se trata de una variación en los pronombres (sustituir el «lo» por el «le») que no tiene mayor trascendencia. Me parece igualmente una pérdida de tiempo entretenerse en decidir si se debe decir foot ball, fútbol o balompié, entre otros extranjerismos. Por cierto, me extraña el acuerdo de designar las palabras de otras lenguas, introducidas en la española, como «préstamos». No lo son cuando se aclimatan a nuestros usos y no hay que devolverlos. A lo mejor se introduce aquí la ironía de los libros que se prestan a los amigos y que tantas veces no se devuelven.

La penetración del inglés no se realiza solo a través de la aclimatación de ciertas voces más novedosas o técnicas. Hablamos en inglés sin saberlo, al aceptar algunas construcciones en las que el verbo va al final de la frase. Por ejemplo, cuando decimos que «salvar la fauna endémica es posible». Mejor sería recurrir a la estructura castiza: «Es posible salvar la fauna endémica». Otra influencia más sibilina es la de algunas expresiones políticas apocopadas, que en inglés se aprecian y en español rechinan. Por ejemplo, «podemos» sin más, sin señalar lo que se puede. O también, «derecho a decidir» sin precisar dónde empieza y termina tal opción.

Son innúmeros los llamados «falsos amigos» al importar con alegría palabras y expresiones del inglés. Bastarán unos pocos ejemplos. Predicament no significa «predicamento» sino apuro, lío. Un billion no se traduce por un «billón»; equivale a mil millones. Fabric no quiere decir «fábrica» sino tela. Commodity no es «comodidad» sino artículo de consumo. Actual no indica «actual» sino efectivo o real.

No todas las manifestaciones de la escritura son plausibles. Estragan, por ejemplo, las anónimas con intención aviesa, los textos groseros, la publicidad engañosa. Una forma particularmente desagradable es la de los esquizofrénicos grafitis. Ni siquiera los ecologistas protestan contra tal degradación del paisaje urbano.

La gran frecuencia de los mensajes que hoy se emiten y se reciben a través de los medios telemáticos hace que se borre la tradicional diferencia entre el lenguaje escrito y el oral. Se suponía que el primero se atenía más a los cánones de la lengua que podríamos llamar educada. El lenguaje oral se identificaba con lo espontáneo, permisivo, coloquial. Pero hoy muchos mensajes escritos pasan por ser personales, sin sujeción a muchas reglas formales. A la vez, algunas intervenciones orales, dirigidas a un auditorio culto, se atienen más a los cánones lingüísticos.

La incorrección del lenguaje no está solo en el uso de palabras inapropiadas a la realidad que describen o con errores ortográficos o de pronunciación. Ciertas personas tenidas por cultas pecan de incorrectas por la innecesaria repetición de algunas voces que se ponen de moda. Por ejemplo, «ámbito, tema, el día a día, lo que es, a día de hoy, básicamente», etc. Son voces que podrían pasar en el lenguaje oral pero no en el escrito. Cansan mucho cuando se reiteran. Sucede lo mismo con algunas muletillas. Por ejemplo, «por decirlo de alguna manera» o «como no puede ser de otra forma». Son copias del inglés, una lengua tan cortante que necesita de algún descanso con expresiones sin ninguna significación.

La acción de leer en solitario predispone a la mente para ensimismarse hasta el extremo de poder llegar a una especie de trance. Tal asociación es lo que ha llevado a los pintores que han trasladado al lienzo el suceso de la Anunciación de la Virgen María. La convención de todos ellos es que la Virgen se hallaba leyendo (a veces un libro con letras góticas), cuando se le apareció el arcángel Gabriel.

Durante los primeros milenios de textos escritos fue corriente escribir las letras seguidas sin espacios de separación entre las palabras o los párrafos. Desde el final del Imperio Romano se van introduciendo normas tipográficas de ordenación de los textos. La razón es que poco a poco se va adoptando la lectura silenciosa, esto es, la que se hace para uno mismo, por dentro, sin necesidad de pronunciar en voz alta. Hoy nos parece algo natural, pero se trata de una innovación cultural. San Agustín la descubre, admirado, al ver cómo la practicaba su maestro, san Ambrosio de Milán, a fines del siglo IV.

Hoy nos parece establecida la forma de disponer el texto separando palabras, párrafos y capítulos, y colocando la primera inicial con mayúscula al comienzo de una frase. Pero se empieza a admitir un nuevo paso. En los textos del correo electrónico, e incluso en algunos libros, se impone la costumbre de separar los párrafos no solo con un punto y aparte, sino con un espacio interlineado. Se recurre, además, al sangrado de la primera línea de cada párrafo. Se acepta la tradición del texto justificado a izquierda y derecha, operación automática con el ordenador. Todos esos desarrollos nos indican una extraña capacidad de la lectura: «leemos» también los espacios en los que no hay letras.

La Real Academia Española prescribe que entre párrafo y párrafo no haya una línea de separación. Así se han escrito tantos libros y también los textos de Nueva Revista, tan pulcra ella. No estoy muy satisfecho con dicha norma. Como digo, en los códices antiguos se encuentran ejemplos en los que ni siquiera existían párrafos, y aun a veces, ni comas ni puntos, Con un sistema de tanta economía del espacio a los legos se nos hace ardua la lectura de las inscripciones antiguas. Con el tiempo, y a medida que se multiplicaba el número de escritos, se hizo necesario espaciar los párrafos e introducir signos de puntuación. Así llegamos a la actualidad, en la que, son tantos los textos de toda índole, que los párrafos están pidiendo una línea vacía entre uno y otro. Esa es la forma usual de los correos electrónicos y cada vez más de múltiples documentos. Pero los editores siguen apegados a la norma de la rae. Yo la conculco sistemáticamente, pero los editores me la corrigen.

La lengua española será todo lo hermosa que deseen sus hablantes y escribientes, pero resulta algo monótona. El hecho es que tolera mal las repeticiones de voces, las rimas no buscadas, las frases largas. El escritor hará bien en no pasar de treinta palabras entre punto y punto, con la advertencia de que no se repita ninguna y evitando rimas. No conviene que los párrafos separados por puntos y aparte superen las treinta líneas. Tiran para atrás las páginas con el texto todo seguido, sin párrafos. Todavía se podría añadir que fatiga mucho cuando los capítulos superan las treinta páginas. Puede que tales normas parezcan caprichosas, un homenaje al número tres, pero facilitan mucho la lectura.

Todavía hay más sugerencias de la magia trinitaria. Añado un truco del estilo que podríamos llamar «literario», esto es, con pretensiones de elegancia. Consiste en repetir tres adjetivos o tres nombres. Solo debe hacerse con parsimonia, cuando lo exija el texto. Fuera de tal licencia, lo aconsejable es la austeridad en el uso de los sinónimos. Debe advertirse que «sinónimo» no quiere decir que una palabra se puede sustituir automáticamente por otra. Más que de sinónimos, habría que hablar de «palabras afines». Cada una de ellas presenta un matiz. A su vez, una misma voz puede contener acepciones diferentes. La polisemia resulta conveniente. De otra forma, si cada palabra tuviera solo una significación, el vocabulario no se podría dominar, tan profuso sería.

El peligro de la monotonía estructural del castellano hace que debamos anticipar algunos peligros. Por ejemplo, la preposición «en» es la que más se repite; su reiteración puede llegar a resultar empalagosa. Algo parecido ocurre con los verbos auxiliares (ser, estar, haber, tener, etc.). No se puede negar su utilidad, pero la gracia del estilo consiste en saber sustituirlos por otros afines para evitar enojosas repeticiones. Asimismo suele producir fastidio recurrir una y otra vez a los adjetivos o pronombres demostrativos (este, ese, aquel). Aquí las equivalencias se vuelven más difíciles, pero hay que intentarlas. De paso advierto que resulta conveniente que los pronombres demostrativos no lleven tilde en ningún caso. Debe evitarse el uso del demostrativo «aquel» y derivados, por la imprecisión que suponen. La voz «aquel» sirve muy bien cuando se quiere indicar nostalgia o simplemente una observación de algo difuso y lejano.

Las personas que utilizan normalmente una misma lengua familiar se saben unidas espiritualmente por ese rasgo que las hace partícipes de una cultura. No importan las pequeñas vacilaciones que pueda haber en la forma de pronunciar las palabras o de elegir unas u otras. Lo fundamental es la pertenencia a la cultura determinada por una misma lengua. En cuyo caso sería un «idioma» en sentido estricto. El cual puede ser solo una convención para andar por casa o un código más estructurado, que se necesita para convencer o hacer pensar.

Las normas ortográficas (acentos, puntuación, mayúsculas, dudas de letras, etc.) se pueden repasar en cualquier gramática; pero se interiorizan mejor al leer textos solventes. Es algo parecido a las normas del tráfico rodado. Claro está que figuran en el Código de la Circulación, pero se asimilan con naturalidad al tener que conducir regularmente un vehículo. Si imprecisos pueden parecer a veces los preceptos del tráfico automóvil, más lo son los referidos a la lengua. En la mesa del escritor debe figurar un buen diccionario y algunas otras obras de consulta. Me permito aconsejar el Nuevo diccionario de dudas y dificultades, de Manuel Seco. En él se percibe que las dudas se resuelven muchas veces con la solución más conveniente, sin descartar otras. Hoy los ordenadores cuentan con un «corrector automático». Tiene su utilidad, pero resulta insuficiente y a veces caprichoso.

La enseñanza tradicional hacía que los escolares se fueran soltando en la escritura conforme se hacían con la gramática. Era un texto elemental, pero se entendía. Ahora existen enjundiosas obras de gramática, pero resultan ininteligibles para el lector común. Dan la impresión de que se escriben para los colegas, un proceso similar en otras disciplinas. Se sospecha que los gramáticos andan empeñados en poner nombres raros a las cosas. Es un poco lo que hizo Linneo en su tiempo con la Botánica al unificar las denominaciones con etiquetas latinas. Ya es difícil la palabra «esdrújula» (la que lleva el acento en la antepenúltima sílaba), pero se nos ha hecho familiar. Es una razón para que algunos gramáticos la renombren como «proparoxítona», un trabalenguas.

Una duda ortográfica difícil de resolver es el uso de la mayúscula inicial de una palabra. Conviven normas diversas, pero hay una primordial: se escriben con mayúscula inicial las voces que representan personas físicas, jurídicas

o morales. Con tal criterio logramos despachar el 80% de las dudas. Así, dotaremos de mayúscula a Cibeles, Dios, Unión General de Trabajadores o Historia. En el último caso la personalidad es simbólica, pues la Historia se representa por la musa Clío. En cambio, frases como «no me vengas con historias» o «la historia de don Quijote» no exigen el mismo tratamiento.

En inglés se recurre menos a las mayúsculas iniciales, pero hay una palabra característica que se ha hecho universal: Establishment. En inglés se escribe con mayúscula inicial, pero, curiosamente, al pasar al español, muchos autores la ponen con minúscula. Los hay más refitoleros que escriben stablisment e incluso lo pronuncian en francés.

Debe advertirse el peligro que supone introducir en el discurso la cautela de «por supuesto» o en menor medida «obviamente». Lo mejor sería evitar tales cláusulas o al menos no repetirlas mucho. Tienden a ser un tanto insinceras, retóricas, hipócritas. Si de verdad hay que dar «por supuesto» un enunciado, más vale no emitirlo. De lo «obvio» no hay por qué hablar. En el fondo se trata de expresiones para conferir seguridad al autor.

La buena escritura es cuestión de oído. Basta permanecer atento a lo que se oye o se lee para que vayan penetrando los modelos de palabras o frases. Recuérdese que así aprendimos a hablar de niños, un portento de desarrollo mental. El problema está en que la memoria adquiera también los vicios del lenguaje, que circulan con facilidad, incluso entre personas instruidas.

A continuación figura, como ejercicio práctico, un repertorio de veinte construcciones vitandas. Se repiten en el habla o la escritura corrientes y pueden sonar muy bien. Entre corchetes figura la versión correcta o aconsejada. No se trata de vulgares errores ortográficos, sino de desviaciones que a veces ni siquiera detecta el corrector automático del ordenador. Lo malo es que, de tanto oír o leer tales oraciones, pueden pasar por buenas. En algún caso la frase que se escribe como errónea no es más que una variación regional y, por tanto, se puede admitir.

  • El espectáculo gusta mucho a los más mayores y a los más pequeños. [El espectáculo gusta mucho a los mayores y a los niños].
  • No hay duda que los científicos piensan de que los restos son antidiluvianos. [Sin duda, los científicos piensan que los restos son antediluvianos].
  • La aceite y la agua son sendos regalos. [El aceite y el agua son dos regalos].
  • El opositor consiguió el doceavo posicionamiento. [El opositando consiguió el duodécimo puesto].
  • En relación al horario, todos los días nos levantamos más tarde. [Con relación al horario, cada día nos levantamos más tarde].
  • Detrás tuyo tienes el regalo; yo mismo le puse ahí. [Detrás de ti tienes el regalo; yo mismo lo puse ahí].
  • No me recuerdo si mañana tengo que entrenar. [No recuerdo si mañana tengo que entrenarme].
  • El presidente del Consejo cesó a sendos asesores. [El presidente del Consejo destituyó a dos asesores].
  • Me he propuesto que debería de ser más puntual. Por lo que me dicen, la puntualidad debe ser lo usual. [Me he propuesto que debería ser más puntual. Por lo que me dicen, la puntualidad debe de ser lo usual].
  • Han habido más solicitudes que plazas. Estoy seguro que muchos abandonarán. [Ha habido más solicitudes que plazas. Estoy seguro de que muchos abandonarán].
  • Se sacó el sombrero, un gesto de cara a la audiencia. [Se quitó el sombrero, un gesto cara al auditorio].
  • La climatología de esta costa es como muy seca. [El clima de esta costa es muy seco].
  • El terminal del propio aereopuerto es muy bonito. [La terminal del aeropuerto es muy bonita].
  • Te oigo con atención, pero no escucho bien. [Te escucho con atención, pero no oigo bien].
  • Me parece carísimo, pero sin embargo resulta como muy práctico. [Me parece carísimo, pero resulta muy práctico].
  • Oyes, para quieto y ves por una herramienta. [Oye, tranquilízate y vete por una herramienta].
  • Si vendrías mañana, todos y cada uno te lo agradecerán. [Si vinieras mañana, todos te lo agradecerán].
  • Tengo adición al café y a las especies; no la puedo aludir. [Tengo adicción al café y a las especias; no la puedo eludir].
  • Tengo que enjuagar la deuda con el Banco. [Tengo que enjugar la deuda con el Banco].
  • Por fin espiró el abuelo; tenía 98 años. [Por fin expiró el abuelo; tenía 98 años].

Las veinte frases enunciadas en primer lugar podrán ser muy oídas, pero son erróneas o desafortunadas, siempre con las cautelas advertidas. En donde se demuestra que, para los adultos, el procedimiento de imitación no es el mejor para llegar a dominar el lenguaje.

Este ha sido mi prontuario para ayudar a dominar la escritura de la lengua castellana. Contad si son tres mil palabras y estará hecho.


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