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canalejas.jpgLa Historia está hecha de detalles, pero hay que escribirla con perspectiva. Esto es, mostrar el árbol sin olvidar el bosque. Es lo que ha conseguido el profesor Salvador Forner Muñoz, catedrático de la Universidad de Alicante y titular de la cátedra Jean Monnet de Historia e Instituciones de la Europa Comunitaria, con su libro Canalejas, un liberal reformista, editado por Faes en su colección de biografías políticas, que dirige Manuel Álvarez Tardío, y que ya ha dedicado otros tres excelentes volúmenes a Cánovas, Maura y Silvela. Como las obras anteriores, este libro cumple perfectamente su objetivo divulgador, acercando a don José Canalejas a quienes se interesan por nuestra historia cercana y sienten curiosidad por la política, a pesar de los sinsabores que en algunas épocas —como en la actual— proporcionan ciertas peripecias. Forner, además, es un gran experto en este personaje que encarnaba el espíritu de la Restauración y que se asoma a la portada de su libro con el aspecto serio de un prócer conservador (aunque era más bien lo que ahora se conoce como un «progre»), con bigote abundante, frente ancha, calva disimulada, cuello almidonado y levita severa. O sea, un burgués.

Una aproximación a Cánovas resulta, además, muy oportuna en este momento: fue un político con personalidad, pragmático y culto, que fracasó en su intento de ser catedrático de Literatura (compitió con Menéndez Pelayo, nada menos, y el santanderino hubiera derrotado a cualquiera), pero llegó a presidente del Consejo (después de haber sido ministro varias veces) y dejó en su mandato de tres años algunas reformas importantes, en materia fiscal y militar, por ejemplo.

Pero la Historia ha querido que el detalle que caracteriza sobre todo a José Canalejas sea su muerte, el 12 de noviembre de 1912, a manos de un anarquista, Manuel Pardiñas Serrano, que le disparó por la espalda mientras miraba el escaparate de una librería de la Puerta del Sol, y después se suicidó, convirtiendo aquel episodio en una metáfora trágica de las dos Españas irreconciliables. Como subraya el profesor Forner, fueron «dos trágicas muertes y dos fracasos contrapuestos para la convivencia. Pardiñas ejemplifica la esterilidad de la violencia antisistema y el deterioro político que originaba la intransigencia hacia el régimen liberal por parte de nuevas fuerzas políticas y sociales», y Canalejas, por su parte, «ejemplifica el ensayo sin éxito desde la élite gobernante de esas aperturas democráticas por medio de opciones y actitudes conciliadoras, de signo reformista y en sintonía con la evolución política y social de los países más avanzados del momento».

¿Qué hubiera pasado de no ser asesinado Canalejas? ¿Hubiera podido culminar su aventura reformista en busca de la plena modernidad? El autor señala que el saldo favorable con que se contempla su obra, quizá favorecido por su trágica desaparición, no debe impedir una reflexión sobre las posibilidades reales del proyecto canalejista, que fue la culminación de una trayectoria que arranca en el republicanismo, pasa por el ala izquierda del liberalismo, busca un perfil propio en el partido liberal, y completa su tarea política con llevar el liberalismo a actuaciones prudentes, marcadas, como señala Forner, por «una indefinición programática».

A pesar de ese pragmatismo alejado de cualquier radicalismo, la izquierda creciente de entonces, que había entrado en el Congreso en las elecciones de 1910, con un solo diputado, Pablo Iglesias, pero tenía vocación revolucionaria y ruidosa presencia en la calle, no le dio tregua. Al tiempo, su intento de regular la cuestión religiosa le echó encima al clericalismo, a la Iglesia y a los sectores más conservadores del país. Pero el «político abominable», como le llamaba Iglesias, seguía intentando contemporizar con todos. Esta reflexión le define: «Quien no renuncia nunca ni a sus medios ni a sus procedimientos, y solo quiere mantener incólume la afirmación que una vez hizo, podría merecer cualquier dictado, pero nunca el de hombre de Estado, que si no renuncia a sus fines los persigue del modo y manera que le consienten las circunstancias». Unos años antes, cuando buscaba su papel propio en el Partido Liberal, había dicho: «Yo soy el espíritu más radical de la política española y de la política imperante; pero soy un hombre de Gobierno que desea poner las ideas al servicio del orden público, que no es el máuser, que no es la fuerza, sino la conciencia social, la que todo lo transforma; es la voluntad del país, elevada a la suprema categoría del poder público».

Al hilo de su trayectoria vital, Salvador Forner traza, en seis capítulos, la biografía política de un hombre y un país que vivió momentos tremendos, como la Semana Trágica de Barcelona o las huelgas revolucionarias de la minería, en el que aquel ferrolano de buena familia, con aficiones literarias (había estudiado Filosofía y Letras, además de Derecho), intentó, como otros lo ha hecho a lo largo de la Historia de España, cumplir con su tarea de empujar en la dirección que llevaba a nuestra equiparación con Europa. Sin prisa, con el estilo sosegado de un burgués que, camino de la reunión del Consejo de ministros, se detiene a mirar los libros de un escaparate. «Todo lo que sea forzar la evolución es destruirla», decía Canalejas, un hombre de la Restauración («la Restauración de la Restauración», lo definió Jesús Pavón), sobre cuyas resonancias actuales escribe Forner en su documentado libro: «La experiencia histórica de la Restauración significó, al menos en sus orígenes, la apertura de una política de integración frente a las fracturas políticas anteriores. En cierta medida —salvando, lógicamente, las distancias— dicha experiencia guarda una notable semejanza con la cultura del consenso de la transición democrática tras la Dictadura de Franco, cuyo fruto ha sido el actual régimen de Monarquía parlamentaria. El paralelismo de las dos “restauraciones” monárquicas, la de 1875 y la de 1975, podría también ampliarse al inevitable desgaste de ambas experiencias históricas y a la necesidad de una regeneración interna como la que en su momento pretendía abordar el proyecto de Canalejas y como la que, transcurridos casi idénticos años desde sus orígenes, se plantea el actual sistema democrático». Ya lo saben ustedes: Canalejas, nuestro contemporáneo.

Miguel Ángel Gozalo


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