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Robert Spaemann no se ha tomado la filosofía como una actividad profesional y, de hecho, al leer sus ensayos y artículos se puede comprobar que su papel no ha sido el de un «intelectual» al uso. Spaemann tiene la virtud de escribir con sencillez de los temas más abstrusos y se nota que sus argumentos y opiniones son fruto de una reflexión madura y sosegada. Desde este punto de vista, esta larga entrevista que ahora se publica en castellano viene a confirmar lo que quienes le hemos leído con asiduidad ya sabíamos: la filosofía de Spaemann nace de una íntima vocación que le conmina a entender la realidad y a buscar lo profundo tras la apariencia de lo que nos rodea. Uno de los aciertos de este libro es la cómoda combinación que ofrece entre la entrevista y los textos autobiográficos. En la exposición detallada de su larga trayectoria intelectual y profesional se adivina un compromiso inquebrantable por la verdad. En realidad, se puede concluir que Spaemann se ha convertido por derecho propio en un clásico y es que sus análisis son un verdadero revulsivo contra la profesionalización de los filósofos. A los filósofos académicos se les ve más preocupados por contrarrestar las opiniones de sus colegas que por descubrir, en términos clásicos, el sentido de lo real. Tal vez ello explique que Spaemann haya ido en tantas ocasiones a contracorriente, pero también el atractivo que sus escritos tienen para el gran público.

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Su método, como se pone de manifiesto en estas páginas, recupera los instrumentos de la filosofía clásica: tomar distancia de los acontecimientos, temple y agudeza intelectual y la confianza de que el hombre puede acceder con su razón al ámbito de lo real. Lejos está Spaemann de lo que Ricoeur llamaba «filósofos de la sospecha», aquellos que, siguiendo la tendencia del pensamiento moderno, quebraron el asombro y la confianza que el pensamiento filosófico tuvo en sus orígenes y sembraron, casi de una forma enfermiza, la duda y el descreimiento.

Por otro lado, frente a los intelectuales públicos y a una cultura libresca, Spaemann no se ha cobijado nunca en la comodidad de su estudio ni ha manifestado una opinión secuestrada por el interés partidista o ideológico. De ahí que en el desarrollo de sus argumentaciones esté entremezclada la actitud tolerante con una profunda fidelidad a sus convicciones, pues estas no nacen del dogmatismo sino que son fruto del ejercicio de la razón. Metafísico o antimoderno, católico o conservador: los calificativos con que sus adversarios pensaban menospreciar sus aportaciones no le han apartado de la opinión pública ni le han robado su confianza en el hombre y en su capacidad racional.

En este libro Spaemann rinde muchos tributos: a la formación recibida en casa y explica la importancia que la dimensión religiosa ha tenido en su vida. Además se descubre el espíritu de libertad que ha guiado sus compromisos: su negativa a colaborar con un régimen que, como el nazi, consideraba injusto, por ejemplo. Y valentía para enfrentarse con una argumentación razonable a sus críticos, constatando que ha tenido más problemas con quienes, en apariencia, piensan como él que con quienes disiente. Porque la virtud de la tolerancia le ha obligado a plantear diálogos con personas extremadamente alejadas con su propio punto de vista, como por ejemplo J. Habermas, y a demostrar la verdad de sus opiniones «in partibus infidelibus», ya sea en el terreno de la epistemología, la filosofía de la naturaleza o el siempre polémico ámbito de la bioética. A este respecto es interesante su papel en el virulento contexto de los sesenta, su oposición decidida a aquellos que querían imponer por la fuerza la democratización de las universidades, especialmente en el mundo académico alemán, y las polémicas que ha mantenido con algunos teólogos. Especialmente interesante, en este sentido, es su último artículo sobre el matrimonio cristiano, escrito apenas unos meses antes de que comenzara el sínodo de los obispos sobre la familia.

Algunos le han acusado de falta de sistematicidad, pero ¿acaso la filosofía siempre ha de ser expresada en un sistema? La falta del mismo no desdice la vocación del filósofo, cuya misión principal es aprehender lo real, más que alargar un discurso sobre la validez de una determinada interpretación o circunscribirse en una narrativa teórica autorreferencial, al estilo posmoderno. Con independencia de ello, según explica el propio filósofo alemán en su libro, sus principales aportaciones están relacionadas con la reivindicación de un marco ontológico. Por ejemplo, sus reflexiones sobre el concepto de naturaleza resultan especialmente relevantes porque al afirmar su contenido normativo tratan de contrarrestar su reducción fisicalista. Por otro lado, su defensa de la verdad práctica socava los fundamentos implícitos en el relativismo moral. En realidad, como filósofo clásico, su campo de interés ha sido muy amplio y le ha llevado a tratar de las grandes cuestiones del pensamiento, desde la persona hasta Dios.

Es verdad que la mejor introducción al pensamiento de este filósofo son sus propias obras, que destacan por su argumentación clara y la comprensión profunda de los problemas. Pero Sobre Dios y el mundo recapitula sus aportaciones principales y permite comprenderlas mejor al contextualizarlas biográficamente. Y, por último, una palabra sobre un aspecto en el que insiste Spaemann a lo largo de esta obra: su apuesta por el antropomorfismo. La analogía con lo humano, lo más próximo que el hombre tiene, es, a su juicio, lo que le ha permitido comprender con clarividencia el mundo y la realidad.


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