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La más popular de las obras del poeta sevillano forma parte de la conciencia colectiva literaria del país. Hasta hace muy escaso tiempo era difícil hallar a alguien con mínima cultura que no conociera y pudiera repetir algunos de sus versos más famosos. Cuando se llega a tal grado de empatía entre creador y público, el fenómeno responde siempre en buena parte al talento del autor de haber dado expresión a sentimientos muy hondos del espíritu y talante de las sociedades y de las mujeres y hombres que las integran. Para el gran público, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) es el vate romántico por excelencia, en cuya obra los temas claves de dicho movimiento cultural y artístico se explanan con mayor precisión y acuidad. La visión de la muerte, la obsesión, por lo demás tan española, de lo tanático, de lo fugaz y perecedero, ocupan el lugar central en las Rimas. Escoltada por la nostalgia y la melancolía, es lógico que la opinión general identifique esta obra becqueriana con el canto a lo efímero y la vanagloria de todas las realizaciones humanas, por grandiosas que a primera vista sean. Poesía, sin embargo, de muy honda complejidad no obstante su aparente sencillez formal, la vertida en las Rimas es objeto de continuos estudios y controversias entre los investigadores, unánimes, empero, en la estima de su autor como uno de los cuatro o cinco más importantes de la contemporaneidad española.


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José Manuel Cuenca Toribio (Sevilla, 1939) fue docente en las Universidades de Barcelona y Valencia (1966-1975), y, posteriormente, en la de Córdoba. Logró el Premio Nacional de Historia, colectivo, en 1981 e, individualmente, en 1982 por su libro “Andalucía. Historia de un pueblo”. Es autor de libros tan notables como “Historia de la Segunda Guerra Mundial” (1989), “Historia General de Andalucía” (2005), “Teorías de Andalucía” (2009) y “Amada Cataluña. Reflexiones de un historiador” (2015), entre otros muchos.