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Dice Borges en uno de sus cuentos que “la certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma”. Por eso se enorgullecía mucho más de lo leído que de lo escrito. Ricardo Piglia lo recuerda en una fotografía agachado, en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional, tratando de leer una página que mantenía muy cerca del rostro. La contemplación de esa fotografía se le reveló como “la imagen del último lector”, uno que pasó por la vida con la vista inmersa en los libros hasta que ya no pudo leer más. “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.

En los últimos años, sabemos que Ricardo Piglia estaba enfrascado en la relectura de sus diarios, un total de 327 cuadernos que se convirtieron en leyenda entre amigos y conocidos. Nadie los había leído pero, al parecer, existían. Por eso, cuando el cineasta Andrés di Tella se fue a verle, pidió verlos, como Santo Tomás. Y allí estaban, apilados en un armario que el escritor abrió de par en par.

Decidieron hacer un documental de esa relectura y del proceso que daría lugar a Los diarios de Emilio Renzi. En el fondo, él quería tener algo que lo obligara a releer sus cuadernos. Pero quizá en el fondo anidaba un deseo por dejar filmado lo que resulta difícil de registrar por escrito. Volver como lector a sus diarios lo situaba siempre ante la paradoja de reconocerse a duras penas en lo escrito. Pasajes que juzgaba importantes en su vida y recordaba nítidamente no estaban consignados. Y otros momentos que había olvidado por completo se describían en cambio con todo lujo de detalles. Como si el tal diario lo hubiera escrito una persona próxima, testigo de su vida, pero que no era él.

Puede que lo pensara cada vez que se sentaba delante de la cámara de Andrés di Tella. En ese momento aparecía deslizando la vista por las líneas del diario, acto que iba convirtiéndose en algo íntimo y personal, que le empujaba al silencio y a la distancia entre quien lee y quien escribió. Desbrozar ese desfase fue la tarea que se impuso para sacar a la luz unos diarios que empezó a escribir con 16 años, cuando vio todos los muebles de su casa metidos en un camión y volvió a las habitaciones ya desnudas, donde sólo quedaba en el aire el trajín de los mozos. Allí, en una esquina, abrió el cuaderno y comenzó a escribir. “Miércoles. Nos vamos pasado mañana. Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, no al que se deja de ver”.

De esos cuadernos se han publicado ya dos partes y la tercera estaba prevista para septiembre de este año. Un día en la vida se llama esta última. 327 cuadernos parecen muchos para sólo tres libros publicados, pero a buen seguro que de ahí saldrán algunos libros más. La muerte parece haberle sorprendido en mitad de una tarea que, al parecer, llevaba ya muy avanzada. Saber esto en estas horas posteriores a su fallecimiento no resulta baladí. Para quien escribe, el verdadero consuelo es poder espantar el miedo a no llegar, a dejar la obra a medio concluir y huérfanas las palabras que bullen en la cabeza mientras el cuerpo se apelmaza.

A mitad de documental, y así queda registrado, a Ricardo Piglia le diagnostican ELA o esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa que va dejando inservibles los músculos mientras se conserva la lucidez mental hasta el fin. Una dolencia para la que no hay cura posible, entre otros motivos porque hay poca gente aquejada de ella para que a un laboratorio farmacéutico le resulte rentable dar con un remedio. Parecen tan crueles los efectos de la propia enfermedad como las razones para que todavía no se conozca una forma de revertirla. La fatalidad hace peligrar la empresa, pero es el propio escritor el que se decide a continuar la revisión de los cuadernos y reanudar el documental. Con decisión, quiere llegar.

“Hay un anacronismo esencial en don Quijote que define su modo de leer ―escribe Piglia―. Y a la vez surge de la distorsión de esa lectura. Es el que llega tarde, el último caballero andante. En la carrera de la filosofía gana el que puede correr más despacio. O aquel que llega último a la meta, escribió Wittgenstein. El último lector responde implícitamente a ese programa”. Llegar, aunque sea tarde, pero llegar. Al escribir, pero sobre todo al leer. En él, la lectura es otra forma de creación, como cuando disertaba en conferencias, muchas de ellas accesibles hoy en internet. Hasta tal punto era así que si bien se desdoblaba en Emilio Renzi para escribir, parecía alguien distinto cuando hablaba. Hasta tal punto que, cuando alguien cercano había tenido la posibilidad de tratarlo, de escuchar sus encendidas charlas,  sobre todo si eran entre amigos, imaginabas a un Piglia que luego tardabas en reconocer en una obra variopinta y con distintas ambiciones. Junto a novelas de suerte desigual que profundizaban en lo mejor del género policiaco, como Plata quemada o Blanco nocturno, se elevaban ensayos literarios que solo podían estar escritos por un verdadero lector, como Crítica y ficción o El último lector. De alguna manera, Ricardo Piglia nos enseñó a leer como John Berger, también desaparecido estos días, nos enseñó a mirar.


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