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Fue mi amigo y maestro Luis Miguel Enciso, Comisario General de la Sociedad Estatal Lisboa ’98, quien, por teléfono, me leyó el poema de Nuno Júdice que aparece hoy en estas páginas. “Escucha esta maravilla”, me dijo, y me recitó, con la unción y el cariño que pone Luis Miguel en las cosas que de verdad le importan, “Um invernó em Lisboa” en la versión castellana del jovencísimo poeta y crítico asturiano Martín López-Vega (Clarín, núm. 5, septiembre-octubre, 1996, pág. 62). Su lectura me dejó patidifuso. Le agradecí el descubrimiento de un poeta de tal calibre y le prometí incluirlo en esta sección, cosa que ahora hago con muchísimo gusto, no sin antes haber llevado a cabo una nueva traducción del poema, bien sabe Dios que no por enmendarle la plana a mi admirado López-Vega, sino por zascandilear durante un rato sobre unos versos tan apasionantes.

Nació Júdice en el Algarve en 1949. Ha escrito diez o doce libros de poemas decisivos para entender la poesía portuguesa actual. Ultimamente ha optado en el plano estético por nuestra querida “línea clara”, componiendo poemas de corte narrativo que lo acercan a la mejor poesía española del fin de siglo. “El poema -ha escrito Martín López-Vega— no puede caer en el absurdo: en eso se diferencia de la vida”. La inteligencia y la razón están ahí por algo y para algo, y la llamada a la irracionalidad que propugnan ciertos poetas no es más que el público reconocimiento de su propia impotencia comunicativa. Con Júdice, la poesía portuguesa se suma al nuevo clasicismo figurativo que, oponiéndose al inane retoricismo abstracto y al nonsense neovanguardista, caracteriza la mejor poesía de Occidente en vísperas del siglo XXI.

UN INVIERNO EN LISBOA

Es verdad que Lisboa, en invierno, no tiene la
consistencia de una ciudad del norte. El aire
es húmedo, el frío no entra en el alma, y no
existen los blancos puros, ni los cenicientos que
duran, ni siquiera el sentimiento inquietante
de que el mundo se detuvo bajo la mortaja celeste.

Las ciudades, no obstante, engañan. Y en Lisboa,
en invierno, hay quien sufre con la soledad
que cae con la tarde. Un final de frase puede traer
consigo la percepción de la muerte, y ninguna palabra
conseguirá dar un sentido a quien no sabe
qué camino seguir, o en qué café entrar.

En Lisboa, en invierno, puede verse, de
vez en cuando, una mariposa perdida entre
los coches mal aparcados. Sus alas
no brillan, y hasta puede dudarse
si estará viva o muerta. Pero cuando los dedos
se aproximan para cogerla, ella se agita,
parece huir y, finalmente, cae al suelo.

Es verdad que, en invierno, poco le queda
a una mariposa salvo morir. Pero quien ve
en ella la ilusión de que la primavera se aproxima,
se pregunta después: “¿Es esto la vida: crisálida
de nada, vacío, angustia de nunca haber sido?”.


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