Luis Alberto de Cuenca

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Filólogo. Profesor de investigación del ILC/CCHS/CSIC. Poeta. De la Real Academia de la Historia.

Latín Lovers. La lengua que hablamos (aunque no nos demos cuenta). Emilio del Río

Junto a los aspectos puramente lingüísticos, Del Río incluye en cada uno de sus más de cincuenta capítulos de Latín lovers infinidad de referencias al mundo extra-lingüístico, tanto extraídas de su riquísimo acervo cultural como de la más rabiosa actualidad, preparando un cóctel imparable en el que no faltan las dosis necesarias de buen humor

Poemas

Dos poemas de Luis Alberto de Cuenca con motivo del cuarto centenario de la muerte de Shakespeare y Miguel de Cervantes.

Biblioteca de Occidente: Hamlet (William Shakespeare)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca al Hamlet de Shakespeare en la Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Biblioteca de Occidente: Eneida (Virgilio)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a la "Eneida" de Virgilio (Siglo I.C.) en la Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Biblioteca de Occidente: Odas (Horacio)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a las "Odas" de Horacio (Siglo I.C.) en la Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Biblioteca de Occidente: Metamorfosis (Ovidio)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a la Metamorfosis de Ovidio (Siglo I. a. C. – I. d. C.) en la Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Canción de Roldán

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a la Canción de Roldán (Siglo XII) en la Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Cantar de los Nibelungos

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a el "Cantar de los Nibelungos" (Siglo XIII) en la Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Baladas líricas (Coleridge)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a "Baladas líricas" de Coleridge (1798) en Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Cuentos (1832-1849). Edgar Allan Poe

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a los "Cuentos" de Edgar Allan Poe (1832-1849) en la Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Hojas de hierba (Walt Whitman)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a "Hojas de hierba" (1855), obra capital de Walt Whitman (1819-1892), en la Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Prosas profanas (Rubén Darío)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a "Prosas profanas" de Rubén Darío (1896) en la Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Gargantúa y Pantagruel (Rabelais)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a "Gargantúa y Pantagruel" de Rabelais (1532-1564) en Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Obra poética (Jorge Manrique)

Comentario de Luis Alberto de Cuenca a la Obra poética de Jorge Manrique (1465) en Colección Biblioteca de Occidente en contexto hispánico.

Pedro Calderón de la Barca

Reseña de la vida y obra poética de Calderón de la Barca.

Borges, veinticinco años después

Luis Alberto de Cuenca realiza un sentido homenaje del maestro argentino Jorge Luis Borges en el veinticinco aniversario de su fallecimiento.

Poesía. Luis Alberto de Cuenca

Nunca me he considerado un profesional de la poesía, sino un enamorado de la misma. Gané un premio a los diecinueve años que me abrió las puertas de la publicación de mis versos, y desde entonces no he parado de publicarlos. Escribo porque no tengo más remedio: es una pulsión obligatoria, fruto de la mirada poética que, de manera innata, ejerzo sobre el mundo (Luis Alberto de Cuenca)

Baraja de recuerdos

Los números de la vida humana mueven a la sonrisa por su precariedad. Veinte años nos parecen, por ejemplo, una cifra respetable, de la que poder servirse para inmortalizar un tango («que veinte años no es nada», etc.) o escribir un poema («ahora que de todo hace ya veinte años», de Jaime Gil de Biedma). A mí, y no exagero un ápice, los veinte años transcurridos desde la aparición de la primera entrega de Nueva Revista se me antojan harto improbables, porque me parece que fue ayer -sí, ayer mismo, a la caída de la tarde- cuando nos reunimos todos los amigos de Antonio Fontán en el hotel Villa Real de Madrid, sito en la plaza de las Cortes, 10, a brindar por la botadura de su nuevo paquebote de papel, entre político y cultural, que nació con el nombre de Nueva Revista y que ahora cumple cuatro lustros exactos de feliz y fecunda travesía.Don Antonio me había publicado mis primeros artículos de prensa cuando era director del diario Madrid y, poco después, había sido profesor mío de Filología y Crítica Textual Latinas (una asignatura irrepetible que cursábamos los estudiantes de Filología Clásica en la Autónoma) en mi cuarto curso de carrera, que coincidió con el otoño de 1971 y el invierno y la primavera de 1972. Lo recuerdo siempre con libros que acababan de salir en las cuatro esquinas del orbe y que él conseguía, como por arte de birlibirloque, nada más ponerse a la venta, lo que suscitaba en mí pasmo y admiración a partes iguales. Otro motivo por el que, a mis diecinueveaños, decidí adoptar a Fontán como modelo tiene que ver con el arte. Recuerdo que en aquellos años, o tal vez un poco más tarde, había aparecido en Francia un monumental Watteau de Jean Ferré en cuatro imponentes volúmenes que Fontán comentó muy elogiosa y pormenorizadamente en ABC, mi periódico. Me pareció genial que un catedrático de Latín como Antonio Fontán se dedicase a glosar tan colosal monografía artística, pues siempre he creído que no hemos nacido tan sólo para ser una sola cosa, sino para desplegarnos como abanicos vivos en diferentes parcelas del saber, como hacía mi profesor de Crítica Textual Latina. Y eso que todavía no había llegado su momento como protagonista de nuestra Transición política, en la que tanto brillaría como presidente del Senado y como ministro, lo que confirmaba la imagen de intelectual polifacético y de humanista comprometido con la realidad que me había forjado de mi maestro.Pero volvamos de los orígenes a aquella tarde de 1990 en que se presentó Nueva Revista en el hotel citado. ¡Qué jornada tan deliciosa! Éramos jóvenes. Creíamos firmemente que el futuro nos pertenecía. Estábamos implicados en una tarea colectiva que implicaba no sólo rescatar a la sociedad española de entonces de aquel felipismo que hoy incluso añoramos -pues todo es susceptible de empeorar-, ofreciéndole la posibilidad de abrirse a la luz del pensamiento liberal -una doctrina que cuesta tanto introducir en España-, sino...

El placer de la literatura universal

El mapa de la literatura es el mapa de nuestra vida. La literatura universal debe regresar a los planes de estudio con esa misma rotulación, dando con ello muestras del cosmopolitismo que ha de informar nuestra política cultural.

La poesía de Miguel d’Ors

Sobre la vida y obra poética de Miguel d'Ors

Tres carteles de cine

El autor hace un recopilatorio de poemas "Misión de audaces", "La guerra de las galaxias" y "La Bella y la bestia".

La forja de un lector

De cómo transcurre la vida de un lector desde sus inicios en la lectura, los primeros libros que tuvo, los siguientes, etc.

Memoria de don Antonio

No recuerdo con precisión si fue en cuarto o en quinto curso de carrera, pero sí creo estar seguro de la materia, «Paleografía y crítica textual latinas», que me dio a conocer personalmente, allá por los primeros años setenta del siglo pasado, a don Antonio Fontán. Yo ya sabía perfectamente quién era mi nuevo profesor, entre otras cosas porque era una persona muy conocida en los ambientes universitarios del momento, pero también por su vinculación a don Juan de Borbón y, sobre todo, por haber dirigido hasta su extinción el diario Madrid, donde quien firma estas líneas veló sus primeras armas periodísticas poco antes de su cierre definitivo. Fue Alberto Míguez quien, hacia 1970 y en la redacción de nuestro llorado periódico vespertino, me habló de su director como colega mío —estudiaba yo entonces tercer curso de Filología clásica— en el divertidísimo cultivo de las humanidades grecolatinas. Pues hete aquí que quien me abrió las puertas de Madrid se convertía ahora en mi profesor, y nada menos que de «Paleografía y crítica textual latinas», una apasionante asignatura que hacía pendant con otra no menos sugestiva de casi idéntico rótulo, «Paleografía y crítica textual griegas», impartida por Manuel Fernández-Galiano.En aquella época, la Filología clásica brillaba con luz propia en la recién creada Universidad Autónoma de Madrid merced a los buenos oficios de una auténtica tríada capitolina de maestros del griego y del latín: Manuel Fernández-Galiano, Miguel Dolç y Antonio Fontán. Don Manuel se nos fue en 1988, cuando aún no había cumplido sus primeros setenta años. Don Miguel, unos años después. Felizmente nos queda don Antonio, el más joven de los tres, que acaba de alcanzar un guarismo importante en su trayectoria vital, pues ha cumplido ochenta años. Y está mejor que nunca.Yo lo conocí cuando todavía no había llegado a la cincuentena. Recuerdo sus clases con enorme nostalgia. No nos transmitía a los clásicos como si fuesen unos abueletes que peroraban sin cesar sobre temas arcaicos y obsoletos; nos los entregaba en su más deslumbrante juventud, con las alforjas repletas de futuro y los ojos resplandecientes de curiosidad, tal y como fueron en realidad, porque no hay nada más moderno que un autor clásico, ni valores estéticos y morales más á la page que los que postulaban los antiguos griegos y romanos. Todo eso quedaba claro para siempre en las clases de don Antonio, clases luminosas, intensas, sobrias, pedagógicas (en el más elevado y etimológico sentido del término); clases en las que nuestro profesor aportaba su humanitas indeclinable en todos y cada uno de sus movimientos didácticos; clases en los que uno creía haberse trasladado a la mismísima Roma imperial, pues la labor de don Antonio y su íntima identificación con los ideales clásicos hacían que desapareciesen las barreras del tiempo y del espacio y creyésemos encontrarnos en una escuela de Retórica de tiempos —por ejemplo— del emperador Marco Aurelio, disfrutando de las excelencias de un rétor que en nada desmerecía de los grandes maestros de la Segunda Sofística,...

Álvaro Garcia

Reseña de la obra poética de Álvaro García.

Amalia Bautista.

Amalia Bautista (Madrid, 1962) acaba de rozar la efímera gloria de ser galardonada con el Premio de la Crítica. Bueno, ella no, sino su libro Cuéntamelo otra vez (Granada, La Veleta, 1999), porque son los libros los que obtienen los premios, aunque los libros suelen ir firmados, y en este caso iba firmado por ella. En última instancia, un libro de Guillermo Carnero (Valencia, 1947), Verano inglés, muy explícito esta vez y enormemente comunicativo, se llevó el galardón, pero Amalia estuvo ahí todo el rato, compitiendo en buena lid con Guillermo, creando complicidades entre los miembros del jurado, que hubiesen deseado no tener que elegir entre dos libros tan distintos y, a la vez, tan hermosos. De Carnero se ha ocupado ampliamente la prensa nacional. De Bautista escribió José Luis García Martín en «El Cultural» de El Mundo con su habitual perspicacia (fue García Martín, y no Carnero, como obstinadamente defendí ante el mismísimo autor de Verano inglés, cuando le di la enhorabuena), y ahora yo tomo el relevo de José Luis, reseñando Cuéntamelo otra vez en las páginas de este número de NUEVA REVISTA, e incluyendo un precioso poema del libro finalista del Premio de la Crítica, a mayor gloria de la más alta poesía española contemporánea.Al cabo Al cabo, son muy pocas las palabras que de verdad nos duelen, y muy pocas las que consiguen alegrar el alma. Y son también muy pocas las personas que mueven nuestro corazón, y menos aún las que lo mueven mucho tiempo. Al cabo, son poquísimas las cosas que de verdad importan en la vida: poder querer a alguien, que nos quieran y no morir después que nuestros hijos.Las maravillas de Amalia Creo firmemente que la colección La Veleta, dirigida por Andrés Trapiello, es uno de los lugares más apetecibles de la geografía editorial española para publicar un libro de versos. De manera que, ante todo, debo congratularme de la conexión de mi admirada Amalia Bautista con la admirable serie granadina, pues siempre es grato ver cómo coinciden los autores y las colecciones que prefiero en una misma entrada bibliográfica, cosa que ha sucedido en esta ocasión. Así, el libro de Amalia constituye la entrega cuadragésimo séptima de La Veleta, tras la inmortal edición de la Poesía de Rafael Lasso de la Vega, a cargo de Juan Manuel Bonet, y precediendo a los Poemas de Robert Louis Stevenson, a la Poesía de Gerard Manley Hopkins, a las Poesías de Enrique DíezCanedo, a unos Espejos de Abelardo Linares y a la Poesía completa de José del Río Sainz.Treinta y cuatro son las composiciones de que consta el libro, repartidas en tres secciones, de trece, diez y once poemas respectivamente. Algunas piezas habían visto ya la luz en diversas revistas, y un conjunto de diez poemas apareció en forma de plaquette malagueña (La mujer de Lot y otros poemas, Llama de amor viva, 1995, al cuidado de Rafael Inglada). Uno de los treinta y cuatro poemas, el que clausura la primera parte (pág....

Esteban Torre

Esteban Torre es médico. Cuando llevaba ya bastantes años ejerciendo la profesión que ennobleciera Hipócrates, lo asaltó la Filología en un descampado de su mente y lo atrajo hacia su partido. Se convirtió en uno de nuestros mayores especialistas en métrica y obtuvo una cátedra en el Departamento de Lengua Española, Lingüística y Teoría de la Literatura de la Universidad de Sevilla, donde ejerce su magisterio. Hizo una tesis doctoral sobre Huarte de San Juan y su Examen de ingenios para las ciencias que continúa siendo imprescindible. Fue precisamente con motivo de su dedicación al también médico Huarte como vi impreso por primera vez el nombre de Esteban, ligado a una preciosa edición del Examen en Editora Nacional. En su calidad de experto en métrica, no podía dejar de interesarle una estrofa tan compleja como la sextina, que tanta habilidad y sabiduría requiere. Torre es, también, poeta, y de los buenos, de manera que su brillante desempeño profesional se ve enriquecido, en su caso, por una sensibilidad poética muy depurada. Para corroborar lo que les digo, ahí está «Certidumbre». CERTIDUMBRE Poco importa seguir en sombras, cerca del horror del vacío, si a lo lejos una cálida luz alumbra, y todo nos hace ver el triunfo de una vida que se levanta al fin sobre la muerte, más allá de la niebla de la nada. Pero la negra espira de la nada se arremolina cada vez más cerca, y el terrible zumbido de la muerte horada nuestras sienes desde lejos, mientras en la pantalla de la vida se va tiñendo de amargura todo. Y hay un ansia febril que, sobre todo, nos empuja al abismo de la nada, y es la conciencia plena de la vida, la delicia real de lo más cerca, mientras que se divisa muy de lejos la oscura silueta de la muerte. Porque lo más horrible no es la muerte, sino esta certidumbre de que todo se va desmoronando y, a lo lejos, surge el hueco castillo de la nada, que, cuando lo miramos más de cerca, es el dulce palacio de la vida. Hacerse y deshacerse en clara vida, deshacerse y hacerse en turbia muerte, saberse dura, tercamente cerca del bosque del destino, en el que todo tiene la misma fronda que la nada y la proximidad de lo más lejos. Sí, todavía se mantiene lejos la verdadera fuente de la vida, que extiende sus veneros en la nada y anega los eriales de la muerte, y lo florece de alegría todo con la esperanza de sentirse cerca. No importaría estar cerca ni lejos del árbol de la vida, o de la muerte, si todo fuera niebla, y sombra, y nada.

Madera de Boj

La esperada novela de nuestro Premio Nobel visita ya los escaparates de las librerías y se introduce en las bibliotecas privadas de innumerables españoles. Que el gran Camilo José Cela publique algo no sólo es noticia para los medios de comunicación, sino también, y es lo más importante, para la historia de la literatura escrita en castellano. Desde que diera a la luz pública, en 1942, La familia de Pascual Duarte, Cela se instaló en la loggia mayor de la prosa española contemporánea y allí sigue desde entonces, terne en la cumbre de nuestra lengua, inasequible al desaliento creativo y al más mínimo atisbo de descenso en su altísimo itinerario. Jalonan su impresionante carrera novelas como Pabellón de reposo (1943), La colmena (1951), San Camilo 1936 (1969) o Cristo versus Arizona (1988), de inolvidable permanencia en el salón del trono de nuestra memoria.Cela es un escritor excepcional, pero también una persona extraordinaria. Lo ha sido todo en esta vida y, sin embargo, guarda en el fondo de su alma tanta alegre incredulidad y tanto delicado escepticismo que no puede tomarse su merecido éxito en serio, porque sabe que estamos hechos de la misma materia frágil y quebradiza que los sueños. Para insistir en esa identificación, santificada por el mago Próspero en The Tempest, Cela ha urdido Madera de boj, su última novela. Recordemos que el boj produce una madera muy dura y densa, que simboliza la capacidad de resistencia de las gentes que viven en la Costa de la Muerte, allá por donde el cabo Finisterre le dice adiós a Europa, muy cerca de Iria Flavia, la tierra natal de don Camilo. No servirá dicha madera para construir vigas de hogares, pero no cabe duda de que resulta muy difícil —según el propio Cela— «que se pudra o se resquebraje». De ese modo, los melancólicos subtítulos que acompañan a los cuatro capítulos de que consta la novela, ni más ni menos que «Cuando dejamos de jugar al rugby», «Cuando dejamos de jugar al tenis», «Cuando dejamos de pescar con artes prohibidas» y «Cuando dejamos de jugar al cricket», encuentran en el boj una contrapartida metafórica para seguir luchando y conservar intactas las ilusiones.En cada página de Madera de boj se rinde culto a la Poesía con mayúscula, ésa que no dialoga con el vacío ni se nutre de absurdas confesiones individuales; ésa que, en cambio, bebe de la fuente colectiva y desarrolla un lienzo en el que todos caben, al modo en que los viejos bardos tejían sus cantares de gesta para santificar a la tribu de donde procedían sus héroes, dando simbólica cabida en las hileras de sus versos a todos sus connacionales. La Costa de la Muerte gallega ha encontrado su bardo en Cela, que le transmite en Madera de boj el Volksgeist que perdió o que, acaso, no tuvo nunca, un Volksgeist del que puede sentirse justamente orgullosa la Galicia finisterrana por obra y gracia de la pluma de uno de sus hijos más ilustres.Enriquecen y...

Claudio Rodríguez

En su libro Alianza y condena, publicado en 1965 (Revista de Occidente), incluía Claudio Rodríguez (1934-1999) un poema titulado«Adiós», que me gusta muchísimo. Figuraba en la postal con que el grabador Dimitri convocaba a los amantes de la poesía a una lectura de Claudio en su estudio de la calle Modesto Lafuente, allá por los últimos ochenta o primeros noventa, una lectura que yo iba a presentar, como consta en la invitación. Luego me puse enfermo o tuve que viajar a no se sabe dónde, no recuerdo muy bien lo que pasó, pero la cosa es que no estuve con el maestro zamorano en el estudio de Dimitri el día de su recital. Ahora Claudio Rodríguez vive en otro país desde hace unos meses. El país de la muerte, ese país de donde nadie vuelve a dar buenas o malas noticias, como decía Hamlet en su más célebre monólogo. Y su poema «Adiós» cobra un nuevo sentido, al margen del literal, y es importante para mí copiarlo dentro de esta sección, porque mi amigo Claudio, por el simple hecho de haber nacido después de 1930, no aparecía en las páginas de mis Cien mejores poesías de la lengua castellana, y su ausencia, la ausencia de uno de los poetas más grandes que han dado el siglo xx y la lengua castellana, tenía que paliarse de alguna forma.Cualquier cosa valiera por mi vida esta tarde. Cualquier cosa pequeña si alguna hay. Martirio me es el ruido sereno, sin escrúpulos, sin vuelta, de tu zapato bajo. ¿Qué victorias busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas estas calles? Ni miro atrás ni puedo perderte ya de vista. Esta es la tierra del escarmiento: hasta los amigos dan mala información. Mi boca besa lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma del labio es la del viento. Adiós. Es útil, normal este suceso, dicen. Queda tú con las cosas nuestras, tú, que puedes, que yo me iré donde la noche quiera.

Borges y el mundo clasico

Borges y el mundo clásico La literatura de Borges es deudora de los mitos y personajes aportadospor la cultura grecolatina. El artículo de Luis Alberto de Cuenca bucea en esas influencias, entre las que sobresalen nombres propíos como Heráclito el oscuro, el gran Virgilio y, sobre todos, Ulises, el héroe de las mil caras de la Antigüedad Clásica, por quien Borges siente una especial veneración.

Un poema inacabado de Enrique Jardiel Poncela

Sobre la poesía de Enrique Jardiel Poncela y una breve reseña de su vida.

Dos sonetos del Conde Salinas

MI AMIGO TREVOR J. DADSON, catedrático de Literatura Española en Birmingham, me dio a conocer la poesía del Conde de Salinas —tan admirada por Luis Rosales— en los primeros años ochenta. Cuarto hijo de los Príncipes de Eboli, don Diego de Silva y Mendoza nació en Madrid en diciembre de 1564. Se casó tres veces, la segunda con doña Ana Sarmiento de Villandrando y de la Cerda, Condesa de Salinas y Ribadeo, que fue quien le prestó el título de Conde de Salinas con que es conocido en los manuales de Historia de la Literatura. Murió en 1630.Pese a llevar una vida política muy activa y a disfrutar de altos cargos y honores, don Diego compuso numerosos poemas en metros variados, sobresaliendo en el arte del soneto. Precisamente ofrezco a continuación dos de los sonetos de Salinas. Los copio de la Antología poética del Conde que el citado Trevor J. Dadson preparó para Visor (Madrid, 1985), dando a conocer al gran público «una de las voces más dulcemente melancólicas del Siglo de Oro español».Soneto L (Ed. Dadson)Ardo en amor y por amores muero; ¡ved qué extraño dolor y desconcierto! Tiéneme muerto amor y, estando muerto, busco el vivir que para amaros quiero.Siempre os quise, y amé, y amar espero hasta tener el monumento abierto; y estando el cuerpo allí difunto y yerto, sustentaré mi amor firme y entero.Y si de tanto amor no sois servida por vuestra condición desamorada, podrá mi triste muerte lastimaros.Y así vendréis a ser agradecida cuando ni vos podáis conmigo nada, ni yo pueda otra vez volver a amaros.Soneto LIV (Ed. Dadson)¿•Qué importa, Lisi, que mi amor ofendas? ¿Qué importa, amor, que mi dolor aumentes? ¿Qué importa, duelo, que mi sangre afrentes?¿Qué importa, llanto, que mi fuego enciendas?¿Qué importa, muerte, que mi fin pretendas? ¿Qué importa, pena, que mi agravio alientes? ¿Qué importa, honor, que mi venganza intentes? ¿Qué importa, duda, que mi ofensa entiendas?¿Qué importa, celos, que abraséis mi pecho? ¿Qué importa, pruebas, que digáis mi engaño? ¿Y estar qué importa en lágrimas deshechosi, aunque de todo tengo desengaño, está ya por mi mal el daño hecho y no encuentro remedio para el daño?

Vicente Nuñez

Nacido en Aguilar de la Frontera (Córdoba) en 1929, Vicente Núñez formó parte del grupo cordobés de la revista Cántico y del grupo malagueño de la revista Caracola, dirigida por Bernabé Fernández Canivell. Por Ocaso en Poley (Sevilla, Renacimiento, 1982; 2a ed., 1983) obtuvo el Premio de la Crítica. A ese maravilloso libro pertenece el poema «La limosna», que tantas veces habremos recitado mis amigos y yo en las madrugadas memorables, cuando el mundo nos sonreía y la luna coronaba de plata las copas de los árboles frutales en el jardín de nuestra juventud. He coincidido con Vicente Núñez en tres o cuatro ocasiones. Es un tipo entrañable, divertido y profundo, lo que tiene auténtico mérito, pues hay poquísimas personas a las que puedan aplicarse esos tres adjetivos a la vez. La poesía de Vicente le gusta mucho a mis amigos andaluces, entre otros a Félix Piñero, Abelardo Linares, Juan Lamillar, Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes, a quienes mando desde aquí el sonido y la furia de mi complicidad. LA LIMOSNA Una noche de invierno, de tantas en la vida, sintiéndome el más pobre de los pobres del mundo, me arrojé por las calles en busca de sustento mientras la lluvia hería mi rostro como un látigo. Como pude, arrastrándome por aquel torbellino de vértigo y de frío, logré alcanzar su casa. Llamé con la ternura que precede a la muerte; besé, con el helor que en mis labios traía, aquellos aldabones que yo soñé imposibles. Salieron a la puerta sus hijos, como rosas en el trono encendido del hogar que vibraba. Yo no sé qué limosna pedí, ni con qué harapos quise ocultar mi fiebre, mi amor y mi miseria. Del fondo de la casa, del fondo de la vida, sentí su voz decirme, mientras agonizaba mi corazón: «Perdone. Por Dios, perdone, hermano».

José María Eguren

EL 2 DE ENERO DE 1999 mi amigo Enrique Andrés Ruiz me escribió una carta que está en el origen de estas líneas. Me comentaba que hacia el otoño del año en curso iba a organizar una exposición en la que pensaba «reunir a la plana mayor de los pintores españoles figurativos de la última década».El hecho es que dicha exposición llevará por título Canción de las figuras, y que ese rótulo se lo ha prestado a Enrique un poeta peruano formidable llamado José María Eguren (1882-1942). A Enrique le fascina ese poeta. Dice textualmente en su carta: «Eguren, una especie de Rubén Darío minimalista, es uno de los pocos poetas que eché en falta en tus Cien mejores poesías de la lengua castellana, de Austral, y por eso te lo propongo para la sección de NUEVA REVISTA». Dicho por ti y hecho por mí, querido Enrique. A mí también me gusta mucho Eguren. De los tres poemas suyos que prefiero —«Juan Volatín», de Simbólicas (1911); «Efímera», de Canción de Lis figuras (1916), y «Los gigantones», de Rondinelas (1929)—, he elegido «Efímera» por aquello de que pertenece al libro cuyo título va a presidir la exposición que prepara mi admirado corresponsal. Lo copio de la edición de Gema Areta Marigó (Madrid, Visor, 1992, página 100).   EFÍMERA Da vespertino rayo la zarca luna,ronda efímera verde por la laguna. Por las aguas doradas dichosa vuelascelebrando la vida con tarantelas. Ya miras las luciólas de los jardinesy en ribereñas casas los lamparines. Y en tu vuelo, soñando, buscas la orquestade la luz nacarina por la floresta. No temes las cercanas plomizas lluviasy en la laguna gozas las fiestas rubias. Y desoyes la culpa de las ninfeaspor los juegos de amores que centelleas. En tus celos las alas tiendes velocesa la naciente imagen que desconoces. Tú, ideal tempranero que el mundo invoca,dejas tanta hermosura por fuga loca. Y sueñas instintiva o iluminadaen la luz de la muerte ¡Flor de la nada!

Luis Rosales

Poesía de Luis Rosales, incluido en uno de los cien mejores poetas de la lengua castellana.

Agustín de Foxá

Sobre la poesía de Agustín de Foxá.

Leandro Fernández de Moratín. Elegía a las Musas

Sobre la poesía de Leandro Fernández de Moratín.

Álvaro Mutis

Sobre la poesía de Álvaro Mutis.

Cancionero Tradicional

Cinco fueron las piezas del Cancionero Tradicional que incluí en mis Cien mejores poesías de la lengua castellana, concretamente ojos '', "Si la noche hace escura", "Al alba venidas "En Ávila, mis buen amigo", "Mal ferida iba la garza'', y "Que de noche la mataron". En la última selección se me cayó la pieza "Tres morillas me enamoran", y la verdad es que desde entonces Axa, Fátima y Marién se me aparecen en sueños pidiéndome que entone la palinodia. Lo hago ahora muy gustoso, porque las tres morillas se lo merecen y porque, además, estoy dwseando que dejen de incordiarme. Lo de cantar palidonias viene de Estesícoro de Hímera, que era un poeta griego muy antiguo. La figura de Helena tenía muy mala prensa entre sus casi homónimas las helenas. Refugiada en los brazos de un truhán barbilampiño llamado París, se había escapado con él del hogar conyugal, dejando con tres palmos de narices al barbudo Menelao, su marido. Aquello no podía tolerarse, de modo que a Estesícoro se le ocurrió inventarse una historia "alternativa'' (como suele decirse), para aplacar los ánimos de las "marujas" griegas: la verdadera Helena no se fugó con París ni estuvo en Troya durante la guerra, sino en Egipto, en la corte del rey Proteo, asediada, eso sí, por el hijo de éste, Teoclímeno, que quería casarse con ella; luego, de regreso de Troya, Menelao recogió en el país del Nilo a su mujer y se la llevó a Esparta, deduciendo que la víctima de Paris fue una falsa Helena, una cosa rarísima, un fantasma hecho de nube y éter, un holograma. En lo sucesivo, las amas de casa de la Hélade podrían descansar tranquilas. Y todo gracias a la Palinodia de Estesícoro.Así que yo también canto mi palinodia, que no intenta disimular ningún adulterio ni quedar bien con ningún gineceo, sino declararles mi envidia y mi admiración a esas tres moras del villancico, que intentaron coger aceitunas y manzanas en Jaén hace no sé cuántos cientos de años y siguen intentándolo ahora y aquí, desmintiendo el paso del tiempo y burlándose de la muerte. Para los hologramas de Axa, Fátima y Marién, que encontraron, encuentran y encontrarán vado el árbol de la vida, pero que fueron, son y serán garridos y lozanos para siempre, la magia dulce de esta palinodia.Tres morillas me enamoran en Jaén: Axa, Fátima y Marién.Tres morillas tan garridas iban a coger olivas y hallábanlas cogidas en Jaén: Axa y Fátima y Marién.Y hallábanlas cogidas y tornaban  desmaídas y las colores perdidas en Jaén: Axa y Fátima y Marién.Tres morillas tan lozanas iban a coger manzanas en Jaén: Axa y Fátima y Marién.

Gómez Manrique

Sobre la poesía de Gómez Manrique.

Pere Gimferrer

De la vida y obra de Pere Gimferrer, poesía en estado puro.

Fernando Lanzas

Sobre la poesía de Fernando Lanzas y una breve reseña de su biografía.

Segunda Antología

Nos habla de una antología que figuran en ella seis poetas: Miguel dÓrs, Abelardo Linares, Lorenzo Martín del Burgo, Julio Martínez Mesanza, Amalia Bautista y Roger Wolfe.

Nuno Júdice

Fue mi amigo y maestro Luis Miguel Enciso, Comisario General de la Sociedad Estatal Lisboa '98, quien, por teléfono, me leyó el poema de Nuno Júdice que aparece hoy en estas páginas. "Escucha esta maravilla", me dijo, y me recitó, con la unción y el cariño que pone Luis Miguel en las cosas que de verdad le importan, "Um invernó em Lisboa" en la versión castellana del jovencísimo poeta y crítico asturiano Martín López-Vega (Clarín, núm. 5, septiembre-octubre, 1996, pág. 62). Su lectura me dejó patidifuso. Le agradecí el descubrimiento de un poeta de tal calibre y le prometí incluirlo en esta sección, cosa que ahora hago con muchísimo gusto, no sin antes haber llevado a cabo una nueva traducción del poema, bien sabe Dios que no por enmendarle la plana a mi admirado López-Vega, sino por zascandilear durante un rato sobre unos versos tan apasionantes.Nació Júdice en el Algarve en 1949. Ha escrito diez o doce libros de poemas decisivos para entender la poesía portuguesa actual. Ultimamente ha optado en el plano estético por nuestra querida "línea clara", componiendo poemas de corte narrativo que lo acercan a la mejor poesía española del fin de siglo. "El poema -ha escrito Martín López-Vega— no puede caer en el absurdo: en eso se diferencia de la vida". La inteligencia y la razón están ahí por algo y para algo, y la llamada a la irracionalidad que propugnan ciertos poetas no es más que el público reconocimiento de su propia impotencia comunicativa. Con Júdice, la poesía portuguesa se suma al nuevo clasicismo figurativo que, oponiéndose al inane retoricismo abstracto y al nonsense neovanguardista, caracteriza la mejor poesía de Occidente en vísperas del siglo XXI.UN INVIERNO EN LISBOAEs verdad que Lisboa, en invierno, no tiene la consistencia de una ciudad del norte. El aire es húmedo, el frío no entra en el alma, y no existen los blancos puros, ni los cenicientos que duran, ni siquiera el sentimiento inquietante de que el mundo se detuvo bajo la mortaja celeste.Las ciudades, no obstante, engañan. Y en Lisboa, en invierno, hay quien sufre con la soledad que cae con la tarde. Un final de frase puede traer consigo la percepción de la muerte, y ninguna palabra conseguirá dar un sentido a quien no sabe qué camino seguir, o en qué café entrar.En Lisboa, en invierno, puede verse, de vez en cuando, una mariposa perdida entre los coches mal aparcados. Sus alas no brillan, y hasta puede dudarse si estará viva o muerta. Pero cuando los dedos se aproximan para cogerla, ella se agita, parece huir y, finalmente, cae al suelo.Es verdad que, en invierno, poco le queda a una mariposa salvo morir. Pero quien ve en ella la ilusión de que la primavera se aproxima, se pregunta después: "¿Es esto la vida: crisálida de nada, vacío, angustia de nunca haber sido?".

Enrique Molina

Enrique Molina nació (1910) y murió (1996) en Buenos Aires. Durante su juventud, viajó a bordo de distintos navios mercantes por el mundo y vivió en varios países americanos. Ligado al surrealismo, pero no a la escritura automática, publicó su primer libro de poemas, Las cosas y el delirio, en 1941. Siguieron Pasiones terrestres (1946), Amantes antípodas (1961), Las bellas furias (1966) y Los últimos soles (1980). Yo lo descubrí en las páginas de Hotel Pájaro, una preciosa antología de sus versos reimpresa a comienzos de los 80 por el Centro Editor de América Latina. Como narrador, escribió Una sombra donde sueña Camila O'Gorman (1974), novela centrada en la figura de una muchacha semilegendaria del patriciado porteño que se unió sentimentalmente a un sacerdote, junto con el cual fue fusilada por orden del dictador Rosas.En un viaje que hice por América Austral en 1992, coincidí con Enrique Molina en una cena. Recuerdo entre los comensales a María Kodama y a un corrosivo José Ángel Valente. De aquel primer y único encuentro con el autor de Hotel Pájaro saqué una impresión muy favorable: Molina vivía la vida con una intensidad, un desapego y una alegría tan elementales que parecía el héroe de una saga islandesa (por lo menos). Religión y erotismo eran sus temas favoritos, sin olvidar algunos nombres propios de la literatura universal, como Rubén Darío y Ernst Jünger. Cuatro años después, muy poco antes de morir, Molina publicó en el diario La Nación un bellísimo poema, titulado "Adiós", del que mi buen amigo Jorge Lebedev me proporcionó fotocopia. Lo ofrezco íntegro a continuación, para solaz y escalofrío de troyanos y tirios, propios y extraños.ADIÓS Un día más, sólo un minuto más, para estar vivo y despedirme de cuanto amé.Para decir adiós a las cosas que vi y toqué mientras moría desde el instante mismo en que nacíY vino el niño con el premio que ganó en el colegio por su sabiduría,y el ala de la gaviota golpeando en lo infinito con su vuelo, vino la cabellera derramada y el rostro de la misteriosa mujer queestuvo a mi lado, en el lecho, sin que yo lo supiera, y el río con su lenta corriente musculosa a través de cada mueble, de cada objeto y cada gesto de quien me ve partir, ¡oh Dios mío!Un instante más aún en el suelo que pisé, en el aire de mi respiración sofocada por el amor, en los vestigios de la pasión, con cuanto —mosca o sol— me deslumhró en este extraño planeta donde perduré año tras año, presintiendo este límite de espumas,este revuelto torbellino de la despedida, yo, que tanto fui deslumhrado por la centelleante atracción de la tierra, por cuanto fue caricia o solamente un espejismo del mundo en mi destino.Así, pues, me despido de los caballos, de la canoa, los pájaros, el gato y sus costumbres. Déjame una vez más mirar las flores y la lluvia. Es éste el trágico momento en que uno descubreel delirio misterioso de las cosas,...

Instruir deleitando

Fernando Iwasaki Cauti
El descubrimiento de España
Ediciones Nobel
Oviedo, 1996, 205 págs.

Amalia Bautista

La ha celebrado gente tan diversa como Ramón Irigoyen, Felipe Benítez Reyes y Emilio Quintana. Su nombre es Amalia Bautista.Nació en Madrid en 1962. Yo la conocí cuando tenía veinte años y estudiaba Ciencias de la Información en la Complutense. Paco Aguilar Piñal acababa de descubrir una tragedia inédita de Cadalso, Solaya o los circasianos. Celebré el venturoso hallazgo en las páginas de Pueblo y formé parte del grupo de amigos que leyó la tragedia en público. Entre ellos estaba Amalia, que daba voz a la protagonista. Me parece que entonces aún no escribía versos, pero recitaba como los ángeles. Tardaría seis años en ver la luz su primer y único libro, Cárcel de amor (Sevilla, Renacimiento, 1988), y siete más en publicarse La mujer de Lot y otros poemas (Málaga, Llama de Amor Viva, 1995), una plaquette con el sello inconfundible de Rafael Inglada.La "línea clara" se hizo para Amalia Bautista. Su poesía esgrime el mismo pulso firme y verdadero que la de d'Ors, Juaristi o Martínez Mesanza. Cuenta cosas cercanas, que nos turban o nos consuelan, pero que siempre nos son útiles, porque están hechas de la misma tela con que están tejidos nuestro corazón y nuestro cerebro. Inteligencia y sensibilidad se dan la mano en esta mujer que no escribe para mujeres, sino para ti y para mí, y hasta para usted, que se oculta tras la máscara neofascista de la political correctness y niega la libertad desde una Inquisición hecha de cuotas y discriminaciones positivas. Jugando y divirtiéndose con el lenguaje, como Marcial, como Louise Labé, Amalia ha concebido un mundo de palabras extraordinariamente fresco, habitable, distinto. Un mundo que comienza a insinuarse donde terminan estas líneas de admiración y reconocimiento.LAS ANTIGUAS LLAMAS No pude confesarte dónde había estado tanto tiempo, ni explicarte mi vuelta inesperada. Sólo pude hacerte sospechar que en aquel año te había sido infiel impunemente. Y era mejor así. Volví a rendirme ante tus ojos y ante tu perdón. Me olvidé de que estuve en aquel centro para enfermos mentales. Volvió todo a ser como fue siempre antes de irme. Volvió el amor desgarrador y dulce, y la pasión nociva, y en mi pecho volvieron a encenderse sin clemenciaaquel dolor y las antiguas llamas.(Cárcel de amor)CÁRCEL DE AMOR De todas las mujeres que has tenido que me quieres a mí más que a ninguna es lo que dices siempre. Sin embargo, ellas pudieron compartir tu cama, y a mí me has encerrado en este cuarto en el que me visitas por las tardes, me traes dulces y libros, y me hablas de arte y literatura. Al despedirte me das un paternal beso en la frete y así hasta el otro día. Y yo me quedo sola y me aburro. Y echo en falta un hombre. Por eso no te extrañes, amor mío, si vienes a mi celda por sorpresa y me ves abrazada al carcelero.(Cárcel de amor)MARGARITA DE PROVENZA Sólo tú permaneces a mi lado, anciano caballero, y bien conoces mis...

André Breton

Todo empezó el 3 de noviembre de 1969, cuando compré con Rita en la librería "Buchholz" del Paseo de Recoletos madrileño un ejemplar de la estupenda Antología de la poesía surrealista de lengua francesa de Aldo Pellegrini (Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1961). Además de ir envuelto en una camisa ilustrada con dos preciosas fotos de Man Ray, ese libro incluía (págs. 86-88) la versión castellana del poema "L'union libre" de André Bretón (1896-1966), publicado por éste en forma de plaquette anónima en París, 1931, un año después de la incongruente revista Le Surréalisme au service de la Révolution. Por si fuera poco, en el frontis del florilegio pellegriniano aparecía Bretón acompañado de su bella esposa, Elisa, prestando rostro y nombre propio, no sé si con el rigor biográfico debido, a la mujer anónima del poema.L'union libre" es uno de los poemas de amor más hermosos de la literatura contemporánea. El himno bretoniano a la mujer es brillante, apasionado, inaugural, distinto. Lo leí por primera vez en francés en La poésie surrealiste de Jean-Louis Bédouin (París, Seghers, 1970, págs. 82-84). Supone entonces que Pellegrini había interpretado bien el texto original, tan asimilable —como tantos otros poemas de los autores vanguardistas del primer tercio de este siglo- a los postulados estéticos de la "línea clara", pero que su versión podía mejorarse. A tal efecto, y más de un cuarto de siglo después, concretamente la tarde del 7 de septiembre de 1996, mi buen amigo Miguel Veyrat y yo, trabajando sobre una primera versión del propio Miguel y dándole mil vueltas a cada término, urdimos una nueva traducción del poema, que empieza donde acaban estas palabras.LA UNIÓN LIBREMi mujer con cabellera de lumbre de leña Con pensamientos de relámpagos de calor Con talle de reloj de arena Mi mujer con talle de nutria entre los dientes de tigre Mi mujer con boca de escarapela y de ramillete de estrellas deprimera magnitudCon dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca Con lengua de ámbar y de vidrio bruñidos Mi mujer con lengua de hostia apuñalada Con lengua de muñeca que abre y cierra los ojos Con lengua de piedra increíble Mi mujer con pestañas de palotes escritos por un niño Con cejas de borde de nido de golondrina Mi mujer con sienes de pizarra de techo de invernadero y de vaho en los cristales Mi mujer con hombros de champán Y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo Mi mujer con muñecas de cerillas Mi mujer con dedos de azar y de as de corazones Con dedos de heno segado Mi mujer con axilas de marta y de rastrojos De noche de San Juan De alheña y de nido de escalarías Con brazos de espuma de mar y de esclusa Y de mezcla de trigo y de molino Mi mujer con piernas de cohete Con movimientos de relojería y desesperación Mi mujer con pantorrillas de médula de saúco Mi mujer con pies de iniciales Con pies de llaveros...

Gabriel Ferrater

Gabriel Ferrater (Reus, 1922-Sant Cugat del Valles, 1972), hermano del filólogo y crítico Joan Ferraté (Reus, 1924), es el primer poeta español de lengua catalana que se asoma a esta sección. Traductor al catalán y al castellano de obras de Kafka, Hemingway, Chomsky, Boomfield y Gombrowicz, y autor de una importante y variada obra ensayística, su producción poética comprende los libros Da nuces pueris (1960), Menja't una cama (1962) y Teoría dels cossos (1966), reunidos en el volumen Les dones i els dies (1968). Representa para la poesía catalana lo que Jaime Gil de Biedma, siete años más joven que él supuso para la castellana: la expresión de la experiencia diaria, que funde serenamente los niveles de la ironía, del sentimiento amoroso y de la reflexión cívica.Su posición teórica ante el hecho poético se resume en esta frase: «El ideal sería que todo poema fuese claro, sensato, lúcido y apasionado, es decir, y en una palabra, divertido.» Cuando mi amigo José Luis Gallero andaba preparando su excelente Antología de poetas suicidas (1770-1985), que vería la luz en 1989 (Madrid, Fugaz Ediciones Universitarias), me encomendó la versión de los poemas de Ferrater. En aquella ocasión traduje cinco piezas breves: «Poseído», «Si puedo», «Ocio», «La ciudad» y «Útero». Ahora y basándome como entonces en la antología bilingüe Mujeres y días (Barcelona, Seix Barral, 1979), he elegido un poema largo, «By Natural Piety», que pasa por ser uno de los mejores de Gabriel. Dedico mi traducción a Francesc Parcerisas, recordando su fantástico libro Focs d'octubre.BY NATURAL PIETY¿Obra del solo instante, este fugaz quiliedro diamantino: la luz sobre tu cabeza corta de pelo? No. Lento en construirse, y exigente, con dura finalidad. Piensas en los días, noches de confiado olvido, muchas idas y vueltas por sendas que conducen a la aurora, y rellanos asfixiantes de los mediodías, y collados de fría desazón en los crepúsculos enmarañados de rodeos. Tu cuerpo ha subido hasta aquí. Quiero ahora que me lleves abajo. Quiero que me enseñes los lugares que tienes en la memoria, y te cuentan cómo has ido naciendo. Condúceme a las hoyas donde aprendiste a nadar, a las grutas que se irisan de fiebre de unas aguas donde te has zambullido. Vamos a perdernos por el bosque de robles bajos de tus primeros miedos. Seguimos la carretera por donde te hacían ir en bici al pueblo a comprar pan para los huéspedes inesperados.Estamos ya en el cruce donde esperabas el autobús de los regresos a Barcelona. Tomémoslo. Nos dejará en el bar suburbano leño de artificios importantes: el prisma de vidrio largo te entregaba chicles, la báscula te marcaba el beneficio de cada verano. Dentro de la ciudad, busquemos el barrio de las cosas que ahora son corpúsculos de tu instinto, y son todavía cosas que puedo ver. Descúbreme el escaparate prodigioso de botellas de facetas difíciles, que eran sueños s everos y a la vez dúctiles, como augurios de cuando pudieses alcanzar tu cerrada y total naturaleza femenina.Aquí, tomemos un vaso de...

Antología

En este número de verano de NUEVA REVISTA, y en estas latitudes donde el calor ejerce su magisterio inmisericorde, se me ocurre ofrecerles unas cuantas pildoras de línea clara, para aligerarles la digestión y entonarles el alma. He buscado en el gran depósito de psicotrópicos de nuestra lírica más reciente y he separado seis pastillas que por su aspecto (del contenido ya opinarán ustedes más tarde) me han parecido dignas de ser seleccionadas. La primera de ellas salió del laboratorio alquímico de Miguel d'Ors (Santiago de Compostela, 1946) y habla de esa mujer que hemos perdido incluso antes de encontrarla. Dice así:A ti, que serás siempre La Ignorada, a ti, que llegaste a quién sabe qué lugar cuando yo, ay, acababa de salir de él, o perdiste aquel tren, no sé cuál, que te hubiera traído al centro de mi vida, o estabas en un banco de algún parque un día que yo no quise pasear entre las hojas verlenianas, a ti, por la chacarera de tu mirada que nunca he visto, por ese corazón que desconozco y es como una playa en septiembre, a ti, por todo lo que me hubiera obligado a amarte, a ti, que me hubieses amado hasta nunca, que ahora puedes estar llorando en la luz fría de una habitación de hotel, o con tus hijos en el British Museum, o ves el arco iris en una telaraña, o piensas en mí sin saber que soy yo, a ti, retrospectiva, condicional, perdida, dondequiera que estés, este poema.La segunda es del bibliómano Abelardo Linares (Sevilla, 1952) y nos habla del vértigo del amor:Toda lentitud tiene algo de muerte. Todo cuerpo en reposo ensaya una postura de cadáver.Rapidísimo, entre convulsiones de montaña rusa, brusco como un pistoletazo en la sien o la dentellada de un cocodrilo, resbaladizo como la sangre recién derramada o la mirada del asesino, el futuro me arrastra, ya no importa hacia dónde, a la única velocidad recomendable, a la velocidad de la luz de tus ojos.La tercera se debe a Lorenzo Martín del Burgo (Almagro, 1952) y es una de las grageas líricas más tristes que he tomado en mi vida:Yo estaba en un café, sentado en un café. Yo estaba leyendo un libro, sentado en un café. Yo estaba leyendo un libro o un periódico, no consigo acordarme, sentado en un café. Yo estaba bebiendo en un café, sentado en el diván de un café. Yo estaba bebiendo cerveza o vino o coñac, no consigo acordarme. Yo estaba borracho en un café, perdido en un café, leyendo un libro, soñando con otros mundos, con otras gentes, con otros lugares. Yo estaba pensando en ti en un café, mientras leía un libro (no recuerdo qué libro era el que yo leía), mientras bebía una copa (no recuerdo de qué era esa copa que yo bebía). Yo estaba perdido, borracho en un café, esperando a un amigo. Yo esperaba a un amigo que no llegaba, o tal vez no esperaba a nadie, simplemente...

España y Valéry

Monique Allaín-Castrillo
Paul Valéry
y el mundo hispánico
Gredos
Madrid,  1995, 398 páginas
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Jaime Gil de Biedma

«Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma» es, para mí, el mejor poema de Jaime Gil de Biedma (1929-1990). Figura en las páginas 32-35 de su librito Poemas póstumos, sexta entrega de la colección «Poesía para todos», Madrid, 1968 (digo lo del librito porque tiene cuarenta páginas y tan sólo doce poemas, aunque se cuenten entre ellos algunos de los más hermosos que se han escrito en castellano en los últimos cien años). Fue en verano de 1996, y en su casa de campo de Nava de la Asunción (Segovia), cuando Jaime escribió este poema, que evoca a su vez sucesos del verano de 1965, pues existe una fotografía de agosto de ese año en la que puede verse a algunos de sus personajes en la piscina de la casa (foto reproducida por Shirley Mangini en su Gil de Biedma, Madrid, Júcar, 1980, pág. 103).Paradójicamente, cuando «el otro» Jaime Gil de Biedma hace que Jaime Gil de Biedma se suicide después del último verano de su juventud, lo que está haciendo es salvarse a sí mismo, y ello en la medida en que no concibe seguir viviendo una vez ida la juventud y, por lo tanto, tiene que morir, siquiera en el poema. «Después de la muerte de J. G. de B.» es una pieza memorable. Resulta fácil percibir su huella en un amplísimo abanico de poetas contemporáneos, desde Miguel Veyrat a Miguel d'Ors, pasando por mí mismo. Otros autores, como Julio Martínez Mesanza, no aprecian lo más mínimo la  obra poética de Jaime, una poesía de rigurosa «línea clara» y alta calidad expresiva que, dependiendo del lector, puede fascinar o irritar, pero que a nadie deja indiferente.DESPUÉS  DE LA MUERTE DE JAIME GIL DE BIEDMAEn el jardín,  leyendo, la sombra de la casa me oscurece las páginas y el frío repentino de finales de agosto hace que piense en ti.El jardín y la casa cercana donde pían los pájaros en las enredaderas, una tarde de agosto, cuando va a oscurecer y se tiene aún el libro en la mano, eran, me acuerdo, símbolo tuyo de la muerte. Ojalá en el infierno de tus últimos días te diera esta visión un poco de dulzura, aunque no lo creo.En paz al fin conmigo, puedo ya recordarte no en las horas horribles, sino aquí en el verano del año pasado, cuando agolpadamente -tantos meses borrados- regresan las imágenes felices traídas por tu imagen de la muerte ... Agosto en el jardín,  a pleno día.Cerca de la piscina vasos de vino blanco dejados en la hierba, calor bajo los árboles. Y voces que gritan nombres.                        Ángel, Juan, María Rosa, Marcelino, Joaquina -Joaquina de pechitos de manzana. Tú volvías riendo del teléfono anunciando más gente que venía: te recuerdo correr, la apagada explosión de tu cuerpo en el agua. Y las noches también de libertad completa en la casa espaciosa, toda para nosotros lo mismo que un convento abandonado, y la nostalgia de puertas secretas, aquel correr por las habitaciones, buscar...

Manuel Machado

Sin Manuel Machado (1874-1947) y sin Borges no es concebible la poesía española del fin de siglo. Su huella es perceptible en Julio Martínez Mesanza, Miguel d'Ors y Jon Juaristi, la tríada capitolina de nuestra lírica contemporánea. Su rastro es luz y orienta a los más jóvenes por el oscuro bosque de la creación literaria. A Borges ya me he referido en esta misma sección. De Manuel Machado poco puedo decir salvo que, en compañía de Federico García Lorca, me parece el poeta español más genial de este si glo que ahora termina. En una ocasión ya lejana, intervine en un curso tinerfeño de la UIMP, dirigido por mis amigos Blanca Garí y Juan Francisco Fuentes, con el tema «Autorretratos líricos contemporáneos». Y, claro, no paré de hablar de los de don Manuel Machado, auténtico inventor del género.Desde «Adelfos», en Alma (1898-1900), hasta el «Nuevo autorretrato», de Phoenix (1935), pasando por «Retrato», «Prólogo-Epílogo» y «Yo, poeta decadente», de El mal poema (1909), Manuel Machado se dibuja poéticamente a sí mismo con un ingenio, una frescura y una claridad tales que se diría que asistimos en sus versos al teatro sin tiempo de los mitos, cuando podía uno tumbarse a la sombra de un árbol a oír el canto del ruiseñor y el reloj suspendía, por un siglo o por un milenio, su carrera veloz hacia la muerte. Transcribo ahora el primer autorretrato de don Manuel ( Poesía. Opera omnia lyrica, Madrid, Editora Nacional, 1942, páginas 3-4), ese que casi todo el mundo se sabe de memoria, y un poema mío en honor del maestro, publicado en  Cuadernos Hispanoamericanos allá por 1974, coincidiendo con su centenario.ADELFOS Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron -soy de la raza mora, vieja amiga del Sol-, que todo lo ganaron y todo lo perdieron. Tengo el alma de nardo del árabe español.Mi voluntad se ha muerto una noche de luna en que era muy hermoso no pensar ni querer... Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna ... De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos ...; y la rosa simbólica de mi única pasión es una flor que nace en tierras ignoradas y que no tiene aroma, ni forma, ni color.Besos, ¡para no darlos! Gloria ... ¡la que me deben! ¡Que todo como un aura se venga para mí! ¡Que las olas me traigan y las olas me lleven y que jamás me obliguen el camino a elegir!¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido. No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud. Un vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido.Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud.De mi alta aristocracia dudar jamás  se pudo.No se ganan, se heredan, elegancia y blasón ...Pero el lema de casa, el mote del escudo, es una nube vaga que eclipsa un vano sol.Nada os pido. Ni os amo, ni os odio.Con dejarme, lo que hago por...

Jose del Rio Sainz

José del Río Sainz (Santander, 1884-Madrid, 1964) estudió Náutica en su ciudad natal y navegó durante muchos años como capitán de barco por esos mares de Dios, aprehendiendo la variedad del mundo y la inanidad de las cosas. Se dedicó más tarde al periodismo, popularizando el pseudónimo de «Pick» tanto en la prensa cántabra como en la nacional. En el ínterin, había ido publicando libros de poemas como Versos del mar y de los viajes (1912), La belleza y el dolor de la guerra. Versos de un neutral (1922), Hampa (1923) y Versos del mar y otros poemas (1924 y 1925). Es autor, también, de una estupenda obra de teatro (La amazona de Estella, 1926) y de documentadas biografías de Nelson, Zumalacárregui y Churchill. Tradujo, entre otros libros, La maga de la montaña, de Sir Walter Scott.Si bellos son los poemas de asunto marinero de José del Río, aún lo son más los que componen la serie de Hampa, uno de los libros más frescos, originales y divertidos de la poesía española del siglo XX (además de un objeto memorable, adornado con unas bellísimas maderas que constituyen la única obra gráfica conocida de Pancho Cossío). En Hampa, del Río, desde su experiencia de marino desengañado, nos habla de ese lado oscuro que todos intentamos ocultar, muy en la línea postmodernista de la "poesía canalla". Ofrezco a continuación el último poema de Hampa, «Apelación» (págs. 103-105), en el que el poeta justifica la hechura de su libro, y un maravilloso soneto publicado en el raro volumen colectivo Sonatina al soneto (Santander, Talleres tipográficos de El Diario Montañés, 1935, pág. 59).APELACIÓN Burguesitas románticas, sensitivas Ofelias,que lloráis viendo La Dama de las Camelias;a vosotras someto mi libro taciturno,que los hombres sin alma tacharán de inmoralporque pinto un estado social que, cual Saturno,a sus hijos devora en un festín bestial.Muchachitas de tierno corazón, sed mis jueces;si el cáliz de la vida muestro lleno de heces,no es para recrearme con el licor viscoso,sino por ver si presto un latido piadoso al corazón del mundo.La vida es una sima y en su fondo profundo,oculta por la capa de un espejo radioso,de un rosicler jocundo,hay mucho negro légamo, hay mucho turbio poso.Margarita Gautier, la de tierna raigambre,no es la más desgraciada flor de este mundo abyecto;ella no sufrió apenas los mordiscos del hambrey murió consolada por un amante afecto.¡ Ay, las que caen comidas de tisis y gangrenasen salas de hospitales frías cual catacumbas,y el ansia de ser puras y el ansia de ser buenascomo un sueño imposible se llevan a las tumbas!Esas hoscas mujeres, pesadillas que oprimenel ánimo y que a veces resbalan hasta el crimen,quizá dentro llevaban un ángel del hogary empezaron su vida con un ingenuo idilio.¡Ay, si hubieran tenido quien les prestara auxilio,como se salva a un náufrago de la furia del mar!En casi todas ellas, intactos y latentes,se hubieran encontrado de la virtud los rasgos;la mayor parte de ellas, víctimas inocentes,fueron pasto de monstruo y carnaza de trasgos.Yo llevo en mi...

Juan-Eduardo Cirlot

Juan-Eduardo Cirlot (1916-1973) es uno de los poetas en lengua castellana más interesantes del siglo xx. Le pasó lo mismo que a Cavafis y a Pessoa: tuvo que morirse para que los estudiosos empezaran a valorar su poesía, oscurecida por su tarea como crítico de arte, que fue muy aplaudida en el tiempo que le tocó vivir. Discípulo del musicólogo y etnógrafo Marius Schneider -el célebre autor de El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y la escultura antiguas (Barcelona, CSIC, 1946) y de La danza de espadas y la tarantela (Barcelona, CSIC, 1948)-, Cirlot paseó por Cataluña y por España el brillo de unos ojos lúcidamente alucinados, haciendo gala en todo momento de un envidiable sentido de la independencia y de una aristocracia de espíritu poco frecuente en estos días.Sea en rotundos endecasílabos castellanos, sea en permutaciones gráficas o aliteraciones fonéticas de gusto arcaico y vanguardista a la vez, Cirlot continúa en sus versos el camino trazado por el antiguo bardo céltico, un camino de amor y de belleza "para la nada y donde nunca". Son caracteres rúnicos los suyos, surgidos de no sé cuál hechizo antiquísimo que los fijó desde el principio al metal o a la roca, asegurando así su permanencia. Cada letra reclama su pasado ideográfico y pictográfico, un pretérito sacro de espadas, cruces góticas y dragones. Entre los escasos, pero magníficos, poemas de "línea clara" de Cirlot figura el que ofrezco a continuación; puede leerse en Poesía 1966-1972, edición de Leopoldo Azancot, Madrid, Editora Nacional, 1974, páginas 128-129.MOMENTOMi cuerpo se pasea por una habitación llena de libros y de espadas y con dos cruces góticas; sobre mi mesa están Art of the European Iron Age y The Age of Plantagenets and Valois, aparte de un resumen de la Ars Magna de Lulio.Las fotografías de Bronwyn están en sus carpetas, como tantas otras cosas que guardo (versos, ideas, citas, fotos).Si ahora fuera a morir, en esta tarde (son las 6) de finales de mayo de 1971, y lo supiera de antemano, no me conmovería mucho, ni siquiera a causa del poema «La Quete de Bronwyn» que está en imprenta.En rigor, no creo en la «otra vida», ni en la reencarnación, ni tengo la dicha (menos aún) de creer que se puede renacer hacia atrás, por ejemplo, en el siglo XI.Sé que me espera la nada, y como la nada es inexperimentable, me espera algo no sé dónde ni cómo, posiblemente ser en cualquier existente como ahora soy en Juan-Eduardo Cirlot.Mi cuerpo me estorbaría y desearía la muerte -¡ah, cómo la desearía!- si pudiera creer en que el alma es algo en sí que se puede alejar e ir hacia los bosques estelares donde el triángulo invertido de los ojos y boca de Rosemary Forsyth me lanzaría de nuevo a la tierra de los hombres, porque en esta vida no he sabido o no he podido trascender la condición humana, y el amor ha sido mi elemento, aunque fuese un amor hecho de nada,...

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