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Debe su título a una frase de Margaret Thatcher. En su defensa del liberalismo económico y de la eficacia de la gestión, la primera ministra inglesa dijo que «no había sociedad». Aquello ya levantó las alarmas del recientemente fallecido sir Roger Scruton. Éste adjudicaría la expresión, más que a un individualismo radical de Thatcher, a la falta —también preocupante— de una filosofía con la que articular ese ideal comunitario y patriótico que, sin duda, ella sentía, pero que era incapaz de defender por el desdén o la ignorancia de las herramientas intelectuales.

“No society” (Taurus), 224 págs.

La importancia de aquel bagaje de pensamiento se comprueba ahora. Su ausencia nos ha llevado a la situación actual, en la que, como una profecía que se ha autorrealizado, no hay sociedad. Con un diáfano estilo potenciado por la fluida traducción de Ignacio Vidal-Folch, Christophe Guilluy expone con sistematicidad científica cómo la clase media occidental se enfrenta al reto acuciante de su supervivencia.

La desaparición de la clase media occidental no se mide solo mediante indicadores económicos y sociales, sino también por la pérdida del referente cultural

Añade análisis cualitativos: «La desaparición de la clase media occidental no se mide solo mediante indicadores económicos y sociales, sino también y sobre todo por la pérdida de un estatus, el de referente cultural». Véase el ansia de los políticos actuales por representar a las minorías, a las identidades alternativas y a los márgenes sociales.

Frente al tópico que habla de la clase media como de «los perdedores de la globalización» y contra el triunfalismo de un Warren Buffet, que presumió: «Hay una lucha de clases, es un hecho. Pero es mi clase, la clase de los ricos, la que libra esta guerra y la está ganando»; Guilluy considera que todavía hay mucho partido que jugar. El contraataque de la clase media está desconcertando a los prematuramente proclamados vencedores de la globalización.

No society detecta «la gran secesión: la del mundo de arriba, que, abandonando el interés común, hunde a los países occidentales en el caos de la sociedad relativa». Es evidente que «en ningún país se encuentran clases dominantes que se hayan despojado tanto como las nuestras de su historia, de su cultura, de su marco nacional». Las élites occidentales aspiran a una existencia «sin ataduras nacionales, fiscales, sociales, culturales… ni quizá, mañana, biológicas».

Explica Guilluy: «Hoy, ‘nobleza ya no obliga’. Habiendo roto el vínculo entre arriba y abajo, que constituye la existencia misma de la sociedad, las clases dominantes y superiores ya no buscan formar sociedad, sino la secesión […] Ahora bien, si el mundo de arriba ya no es capaz de responsabilizarse de los intereses del mundo de abajo, la misma sociedad llega a su fin».

El ensayo desvela lo que esas actitudes conllevan de huida. Al poder actual «le tienta la fuga de Varennes”, sugiere, recordando a María Antonieta sobrepasada por la Revolución Francesa, tratando de ignorar la realidad. Las cada vez más histriónicas loas a la globalización no son más que la careta de la secesión de las burguesías que intentan salirse de los marcos nacionales (donde hay que ejercer la solidaridad) y unirse a los marcos supranacionales (donde rige la ley del mercado).

El abandono se refleja en la renuncia a solucionar los problemas reales, más allá de algunos retoques cosméticos o demagógicos. «Pantomimas», las llama Guilluy. Por ejemplo, lamentar una tasa de crecimiento demográfico muy baja y al mismo tiempo rehusar implantar políticas para incentivar la natalidad. «El crecimiento exponencial del endeudamiento es un buen indicador de la irresponsabilidad de las clases dominantes» y el hecho de que, para exhibir a toda costa un crecimiento positivo, se hayan incorporado al PIB la prostitución y el tráfico de drogas. Esa hipocresía aparece por doquier: «La clase dominante, la misma que hoy llora lágrimas de cocodrilo por la ineficacia de su modelo [migratorio], ha facilitado la explosión por los aires de los modelos de integración», expone.

 Más acá de los líderes

El vacío dejado por el abandono del bien común no halla sustitutos que funcionen. Las élites asumen, consciente o inconscientemente, su impotencia. Por eso, «la realidad es que hoy la clase dominante busca menos preservar la sociedad que ganar tiempo, incluso rechazando o frenando la aplicación de los resultados de las urnas del referéndum europeo de 2005 a las elecciones italianas de 2018.»

Según Guilluy, «es el mundo de arriba el que está perdiendo su hegemonía cultural. El soft power invisible del mundo de abajo es el invitado inesperado a la globalización». Aunque, más que perder la hegemonía cultural, ésta, a pesar de ser apabullante, no consigue penetrar amplias capas de la sociedad. Se ha encontrado con el instinto de supervivencia de la clase media. Las clases dirigentes se han dado con «un muro de contención popular ligado al bien común», y justo «cuando su modelo político está exhausto».

Como reacción, según nuestro autor, «el mundo de arriba se tranquiliza sobrevalorando el papel de algunos políticos e intelectuales». Pero esas figuras famosas de la derecha alternativa «no influyen en nada en la opinión pública, más bien es lo contrario: se alimentan de ella […] Estos temas no resurgen a consecuencia de la propaganda o las fake news de algunos populistas locos, sino del diagnóstico del mundo de los de abajo».

Esto tiene una doble trascendencia, teórica y práctica. Primero, porque implica un relativo fracaso gramsciano. Dominar la cultura y los medios de comunicación no está dando los resultados apetecidos: «Si la ideología dominante se está hundiendo no es porque haya perdido una guerra de propaganda, sino porque ningún modelo que entre en contradicción con los intereses de la mayoría puede durar», afirma Guilluy.

La consecuencia práctica es que los líderes no son más que la punta del iceberg. Analizar o atacar estos fenómenos según la categoría o el perfil de sus carteles políticos es ignorar la inmensa masa de la realidad sumergida.

Más allá de los líderes

Esta nueva situación puede frustrar la huida de las élites que necesitan una retaguardia segura y crédula. En consecuencia, están reaccionando y procurándose nuevas estrategias. Detecta el autor de No society que, «como el arma del antifascismo resulta cada vez menos eficaz, ahora la clase dominante utiliza una técnica de confusión más sutil para protegerse: la excusa de que todo “es mucho más complicado que eso”».

Guilluy, que no entra a dar sus juicios de valor ni opciones políticas, advierte de que «el populismo no es un acceso de fiebre irracional, sino la expresión política de un proceso económico, social y cultural de fondo. […] la voluntad de los más modestos de preservar lo esencial, su capital social y cultural. Presentado por las clases dominantes como populista (entiéndase fascista), este movimiento es, en realidad, profundamente democrático». En consecuencia, «como el antifascismo de opereta, el “es mucho más complicado que eso” revela el empobrecimiento del pensamiento de arriba».

La complejidad es el último refugio de los insolidarios, que quieren escapar del concepto clave que articula la recuperación de la sociedad: el bien común. Los vasos comunicantes entre el bien común y el sentido común relacionan este libro con La filosofía se ha vuelto loca, de Jean-François Braunstein. Es una sinergia esencial: Guilluy sostiene que la rebelión de las clases medias necesitará de un soporte intelectual para arbitrar y compenetrar sus propuestas, ansias y necesidades.

De hecho, considera que «la demonización no apunta tanto a los partidos populistas o a su electorado (definitivamente perdido a ojos de la clase dominante) como al segmento de las clases superiores e intelectuales que podría sentirse tentado por esta solidaridad de clase y crear así las condiciones para el cambio. En Occidente, la técnica de la demonización de opiniones es, ante todo, una advertencia a todo intelectual, universitario y responsable económico que pretenda tenderle la mano a las clases populares».

Es el acierto que Christophe Guilluy reconoce aún a las élites actuales: su bloqueo al necesario respaldo intelectual, cultural y creativo que necesita la clase media, más allá de sus eventuales líderes políticos. Sin ese andamiaje teórico (y este libro contribuye a él) no podrá reconstruirse la sociedad disuelta.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.