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Si hay alguien a mi juicio que en la actualidad representa con mayor fidelidad el quehacer filosófico serio y riguroso que dimanó de aquella venerable Facultad de Filosofía de la Universidad Central previa a la guerra, es sin duda su profesor titular de filosofía moral, Juan Miguel Palacios. Y ello conjugado sin estridencia alguna con un catolicismo a carta cabal, como si en su persona se diera lo mejor de la Institución Libre de Enseñanza por un lado y, por otro, lo más noble de nuestra herencia cristiana.

Y así haciendo bueno el habent sua fata libelli clásico aparece en feliz coincidencia con el 75 aniversario del traslado de la mentada facultad a la Ciudad Universitaria, este libro que agavilla en un solo volumen una seriede ensayos que vinieron apareciendo, aquí y allá, en distintas publicaciones especializadas desde hace ya algunos años. Ensayos que tienen en común ahondar con la estupenda prosa -—modelo de pulcritud y precisión—- propia del profesor Palacios, en el problema inconcluso de los valores morales y por ende en la posibilidad de una ética axiológica, cosa que no podía ser más perentoria.

Porque acontece con los valores, como da en señalar el autor en el prólogo, una extraña paradoja: nunca antes se ha hablado tanto en nuestra vida privada y pública de ellos y nunca como ahora —-como apuntaba hace ya tiempo el gran Reiner—- la propia filosofía ha abdicado de pensar en esas realidades bien misteriosas que son los valores -—y disvalores- —moralmente relevantes. Tal vez porque como confesaba Zubiri ya en 1975 «esta historia de los valores ha sido la tortura de la filosofía en los últimos sesenta años» y no está la reflexión filosófica actual para soportar grandes sufrimientos, más bien lo contrario.

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Y sin embargo Juan Miguel Palacios, poco amigo de esquivar la cara de la Esfinge, no desmaya en afrontar esta vexata quaestio a la que ha dedicado una vida de callado estudio y discreto magisterio, a la manera que en él es costumbre: acudiendo a los grandes autores —-en este caso Kant, Brentano, Scheler, Hildebrand, García-Morente, Zubiri, la escuela de ética de Lublin y Cracovia con Styczén y Karo Wojtyla a la cabeza y finalmente su buen amigo Seifert-— para al hilo de ellos y sus tesis ir cuestionando o aclarando tal o cual punto, apenas con un ademán, un pequeño apunte o abriendo una interrogación pertinente. Comosi en su escribir filosófico el profesor Palacios fuera también fiel a aquel lema de viejo abolengo tan caro a Kant: «De nobis ipse silemus».

Así de una manera ciertamente socrática, hablando a través de los citados autores que tan bien conoce y lúcidamente expone, va el profesor descubriendo al lector toda la riqueza de esa terra ignota que es el mundo filosófico del valor moral, las posibilidades de su conocimiento, las exigencias de responsabilidad que nos plantea, y el grave problema de la relación entre «ser» y «valer», o entre «cosa» y «valor» haciéndose eco aquí de los últimos hallazgos de la mencionada escuela de Lublin y Cracovia, con las lúcidas aportaciones del que sería después Juan Pablo II.

Mención aparte merecen para el lector español los ensayos dedicadosa García-Morente y a Zubiri, tan dados como somos a minusvalorar a nuestros autores. Si en el dedicado a la evolución del pensamiento éticode García-Morente se percibe el inmenso aprecio y familiaridad que nuestro autor tiene para con la persona y obra del pensador jienense -—no envano ha sido Juan Miguel Palacios quien ha coeditado la obra completa de García-Morente, tan necesitada de estudio-—, no deja también de conmover el hondo sentir cristiano con que se detallan determinados aspectos de los últimos momentos del ya sacerdote que tanto pensó en la posibilidadde la axiología como una ciencia estricta. Al lector avisado no se le escapará el gran interés —-y actualidad—- filosóficos que tienen las tesis de Morente sobre el progreso, expuestas admirablemente por nuestro autor.

 

Respecto de las páginas dedicadas al pensador donostiarra, «Zubiri ante el problema del valor», el profesor Palacios rescata uno de sus cursos de los años sesenta donde nuestro pensador discute a Scheler la irreductibilidad de los valores a sus portadores. Por su cuenta y riesgo, vendría Zubiri a coincidir así con soluciones propuestas por autores tan distantes como Moore y Ross o Husserl e Ingarden en los que se da también una relación bien especial entre valor y cosa. Para Zubiri no es que la cosa no «tiene» valor sino que «es» valiosa, remarcando de este modo frente a Scheler la índole adjetiva -—y no sustantiva-— del valor. Como se ve, el interés filosófico de las aportaciones de nuestro filósofo traídas a colación resulta indudable, así como la pertinente interrogación que el propio Palacios hace a los límites estimativos sostenidos por aquél.

En una pared del austero despacho del profesor Palacios, refugio del mejor legado de aquella facultad valetudinaria, cuelga desde hace tiempo una inscripción de Eurípides grabada en humilde barro cocido. En ella se puede leer en griego milenario el siguiente lema bien conciso: «No parecer sino ser». El lector que se adentre en la sabiduría de estas páginas entenderá mejor la tal admonición y cómo en nuestra respuesta al valor vamos labrando nuestro genuino ser moral. Y, no sin asombro, descubrirá la belleza incomparable que posee una vida buena, esto es, moralmente valiosa, como ha venido haciendo con sus incontables discípulos Juan Miguel Palacios en ese su magisterio tan callado y a la vez riguroso y fecundo.


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