Ignacio García de Leániz

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Consultor y profesor de recursos humanos de la Universidad de Alcalá de Henares

Walter Eucken: “Principios de política económica”

En su obra clásica, Eucken tiene en cuenta a las personas y su dura lucha por la existencia con la labor ordenadora y auxiliar del Estado: aúna eficacia y justicia, orden financiero y orden social. Así configura el gran hallazgo germano de la posguerra: la economía social de mercado.

Zubiri, Gaos y Husserl por las calles de Madrid

Reseña de Ignacio García de Leániz Caprile del libro "Paseo filosófico en Madrid. Introducción a Husserl" de Agustín Serrano de Haro (Editorial Trotta, Madrid, 2016, 272 páginas. 19 euros).

Simone Weil, Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social

Acostumbraba a dormir en el suelo de sus austeros apartamentos que habitó por toda Francia, sin usar calefacción alguna. Apenas comía una patata hervida con compota, consciente de las hambrunas del mundo y las privaciones de los desdichados. Pocas veces probó el chocolate que tanto gustaba. Aprendió a prescindir de él con ocho años cuando se hizo madrina de un soldado del frente del 14 y decidió, además, no llevar calcetines en el frío invierno. Así era Simone Weil (París, 1909-Ashford, 1943). Hija de burgueses judíos parisinos, no tenía por voluntad propia patrimonio, ni ajuares ni dinero; este simplemente pasaba por sus manos siempre para el otro, normalmente los más desfavorecidos o refugiados en apuros. Vivió el abandono y ascetismo más absolutos, tanto que Hermann Hesse, Albert Camus y T. S. Eliot declararían asombrados su admiración moral y espiritual por ella. Buscó afanosamente a Dios y lo encontró de pleno y si no llegó a entrar en la Iglesia (¿o sí?) ofreció, llegado el caso, la vida en su defensa. Sin poder comulgar, escribió sobre la eucaristía algunas de las páginas más bellas y hondas del siglo xxy sobre la necesidad de los sacramentos en general. Educada en un entorno agnóstico, sus comentarios al padrenuestro nos anonadan por su hondura y la concentración con que lo rezaba diariamente: desgranándolo palabra por palabra en su formulación griega. Para ella, el problema, nuestro verdadero problema, no era otro que el de dónde poníamos nuestra «atención». Tal vez por eso nadie mejor que Simone Weil ha pensado y escrito sobre la desdicha (malheur) y el desdichado (malheureux), tan presentes de nuevo en nuestra crisis de hoy con sus «seres de desgracia».Para poder comprender y conocer mejor el entorno obrero, eligió trabajar como fresadora en las cadenas de producción de Alsthom y Renault. Ahí conoció la desdicha y quedaría marcada con su estigma para siempre: «Allí recibí la marca del esclavo» —escribirá—, acompañada por esos lacerantes dolores de cabeza que ya no le dejarían. Comprendió por qué ese trabajo tan mecanizado —tal como hoy— mataba el espíritu y había alejado a las masas obreras de Dios y del cristianismo. Y es justo durante su incorporación a la vivencia de la fábrica y de su renuncia a la política pública activa cuando Weil escribe estas páginas que nos ocupan y que no verán la luz hasta que Camus las edite en 1955. En una carta a sus padres en 1943, seis meses antes de morir, anota: «Habría que escribir cosas eternas para estar seguros de que serían de actualidad». Algo de eterno tendrá nuestro ensayo cuando comienza con el siguiente párrafo de tamaña actualidad que explica en buena medida la vieja crisis en la que estamos inmersos otra vez hoy:La época actual es de aquellas en la que todo lo que normalmente parece constituir una razón para vivir se desvanece, en las que se debe cuestionar todo lo nuevo, so pena de hundirse en el desconcierto o en la inconsistencia . Podemos plantearnos si...

Del amar y el odiar

]LAS COSAS DEL QUEREREs este opúsculo de Brentano (1838- 1917) obra de aquellas que Ortega decía que suelen tener en nuestro país un carácter confidencial en tanto que libros publicados al oído de unos cuantos.Y una vez más debemos a la callada labor de Juan Miguel Palacios —para quien la jubilación parece concepto inexistente— que sea posible poseer ya en nuestra lengua estos textos que un casi ciego Brentano dicta posiblemente en Florencia el 19 de mayo de 1907 para esclarecer hasta lo posible cuál sea la índole verdadera de esos actos del amar y odiar tan nuestros. Pues aunque el pensador de Marienberg ya había tratado de dilucidar la grave cuestión en tres obras escritas con anterioridad —Psicología desde el punto de vista empírico (1884), De la clasificación de los fenómenos psíquicos(1884) y Del origen del conocimiento moral (1889)—, pensaba Brentano que toda precisión —como pedía Descartes con las «ideas claras y distintas»— era siempre de una rigurosidad insuficiente.Pero la filosofía es ciencia agradecida, y gracias a estos pruritos de Brentano su obra  como un Ortega alerta pronto se percató— ha supuesto un cambio total en la ideología filosófica del mundo, arrumbando las corrientes dominantes del siglo XIX que tenían en común la imprecisión y un psicologismo que hacían de la función del conocer y del amar algo que en el sujeto nacía para morir en el propio yo. Las cosas del querer y odiar tenían por lo tanto así nula relación con el mundo real en una extraña mezcla del idealismo alemán con el materialismo más grosero. Brentano es, por lo tanto, el «gran redescubridor de las cosas», esas que tanto nos afectan a cada momento en nuestras voliciones, pasiones y veleidades, y su filosofía, congruentemente, un claro intento de «estar a las cosas»: de ahí la profunda deuda y admiración que le profesaron tanto Ortega como Husserl y toda la fenomenología posterior.Y es que el formidable descubrimiento de Brentano —otra revolución copernicana— que conforma el hilo conductor de nuestro opúsculo es que nuestros actos psíquicos son de suyo «intencionales», esto es, refieren a un objeto que la mente ve claramente como distinto del sujeto de tales actos. Este «estar dirigido a un objeto» se da según la cartografía brentaniana en tres clases distintas de actos, a saber: representar, juzgar y finalmente amar y odiar. Ahora bien los movimientos afectivos son de naturaleza más compleja que aquellos otros actos mencionados; por ejemplo, cabe un querer u odiar más o menos, cosa imposible en el juicio de verdad o falsedad, y cabe un preferir un objeto a otro en participando ambos de la índole de bueno.Y además, señala la pluma de cartógrafo minucioso de Brentano, hay en nuestra afectividad y facultad estimativa un amar u odiar correcto así como otros incorrectos, a más de objetos que se quieren por sí mismos y otras cosas que son queridas como simples útiles o medios: la sombra resucitada de su estimado Aristóteles aletea, según vemos, aquí y allá en la prospección...
Nueva Revista

Víctor Pérez Díaz (coordinador): Europa ante una crisis global

Europa está a la búsqueda; sabe que tiene en sus manos su propio futuro .Quiera Dios que no deje pasar la hora de su destino, la última oportunidad de su salvación. Robert SchumannSesenta años después que el estadista francés pronunciara la sentencia en los albores de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, recobra hoy su carácter admonitorio y pertinente. Y es que nunca desde su germen embrionario se había topado la construcción europea en su ambular más o menos accidentado con un crucero tan perentorio como es la disyuntiva actual. Y en la elección de la senda a seguir juégase Europa su supervivencia misma no sólo como construcción política supranacional, sino también como espacio económico viable, como polis común de ideas y creencias compartidas y, no menos importante, como territorio capaz de defenderse a sí mismo.Por eso en estas horas vertiginosas de la Historia resulta tan importante la luz que proyecta este volumen coordinado por Víctor Pérez-Díaz en que la realidad y el futuro de Europa se presentan en escorzo, que es la manera que tenemos de aprehender una realidad en sus diferentes perspectivas si queremos dar, cabalmente, «cuenta y razón» de ella. Y pocas realidades hay más complejas e huidizas —y más dramáticas en tanto que biografía colectiva— como esa que llamamos Europa. Porque a sus graves tensiones internas le sucede al continente europeo un acontecimiento exterior inédito en la Historia: en 2011 ocurrió que por vez primera el tráfico mercantil del Pacífico superó aquel otro del Atlántico, en tendencia ya irreversible. A resultas de ello, cambia la imago mundi en la que pierde Europa su carácter central y queda esquinada en un extremo del nuevo eje pacífico, como un far corner de la nueva razón geográfica y de poder. Ahí está como simple botón de muestra el impresionante rearme militar de China, India y Japón, a la vez que el presupuesto de defensa de todos los países del Sudeste asiático haya aumentado un 33%. Quiere ello decir, como afirmará Kaplan, que una parte muy sustancial del orbe no está para nada en un estado posnacional y posmilitar, como tendemos a pensar geocéntricamente. Además, del hecho de estar asistiendo a un nuevo imperio capitalista no democrático como es el gigante chino, quien, por cierto, no posee en su armazón ideológico la noción de persona que alumbró nuestro viejo continente europeo en su genialidad creadora.Tiene pues Europa para hallar su puesto en el nuevo mundo que hacer un ejercicio intelectual de doble movimiento: de mirada interna que se ensimisma para conocer sus fortalezas y debilidades reales y al mismo tiempo otra de visión exterior hacia ese nuevo mundo de acentos orientales y americanos para tomar conciencia de las oportunidades y amenazas que representa. La crisis de Europa es, pues, en el fondo una crisis del pensar alerta. Por eso es tan acuciante.Y para todo ello, para tratar de desafío tan formidable, se concitan en el libro catorce académicos e intelectuales de primera fila —que fueron interviniendo en...

Manuel García Morente: Símbolos del pensador. Filosofía y Pedagogía

Ediciones Encuentro, Madrid, 2012, 59 págs., 10 euros.Va de año en año aumentando la talla intelectual y moral de Manuel García Morente, opacada en parte por la figura abarcante de Ortega, en parte por nuestra natural tendencia —así estamos— a desmerecer nuestros mejores acervos, en parte, también, por el vivir a espaldas del pensamiento que explica tantas cosas de nuestro malestar. A tal acrecentamiento de nuestro pensador jienense contribuyó sin duda la paciente edición de sus Obras completas en 1997 a cargo de Juan Miguel Palacios y Rogelio Rovira, que se dejaron en la empresa tanta ilusión como esfuerzos robados al sueño.Y buena prueba de la conveniencia de acudir a Moren-te y sus honduras luminosas es esta obrita editada en la ya imprescindible colección Opuscula philosophica de Encuentro, que rescata un breve pero intenso ensayo morenteano de 1931. Mas el libro en su prodigalidad nos regala además gratísima propina. A modo de contrapunto, contiene un ensayo ex profeso de Juan José García Norro —profesor actual de Metafísica en la que fue venerable Facultad de Filosofía de la Universidad Central— en el que da réplica con fina inteligencia y socrática ironía a las tesis de su admirado maestro sobre el tema en torno. Como si este diálogo filosófico, con sus idas y venidas, descubrimientos y titubeos, hallazgos de verdades y atención a las cosas, procurando como Platón «salvar las apariencias», se produjera por entre los pasillos azulejados de aquella facultad cuya altura tanto labró su primer rector, no otro que García Morente. Es decir, como si García Norro viviese en verdad y última instancia en conversación con los difuntos y escuchara con los ojos a los muertos egregios, que bien parecen estar muy vivos para quien quiera atenderlos.El tema objeto de las indagaciones del pensador jienense y del profesor madrileño es ciertamente estupendo y nada baladí: ¿Qué icono —sea escultura o cuadro— simboliza mejor el acto de pensar, el filosofar mismo? Hay fundadas sospechas que tema tan grave ocupase alguna de las tertulias de Ortega en aquel pórtico ateniense que fue la redacción de Revista de Occidente a partir de 1923. Sabido es que Ortega desechó de un plumazo El pensador de Rodin y, de paso, Il penseroso de Miguel Ángel, para quedarse a cambio con el soberbio San Idelfonso del Greco. Pero en realidad, Ortega, urgido por otras menesterosidades, no dedicó a la cuestión la morosidad que requería el tema.Dejado al vuelo el tema, García Morente sí lo recogió con la parsimonia precisa poco más tarde. Y comulga con su maestro en no aceptar como símbolo del filosofar la escultura maestra rodineana, pero dando esta vez cuenta y razón de su rechazo merced a una distinción formidable que introduce: la que media entre inteligencia y pensamiento. La inteligencia surge ante un problema y se orienta a la acción. El pensamiento mana de la admiración y se dirige cordialmente no a la acción sino a la especulación sobre la verdad de las cosas, en su concreción íntima. Lo primero —la...

Antonio Pau: Rilke, apátrida

 Rilke, apátridaTrotta, Madrid, 2011, 131 págs., 37 € ¿Para qué sirven los poetas en tiempos de indigencia? Hölderlin, Elegía 248, «Pan y vino»Ante la grave interrogación de Hölderlin, Heidegger respondía a la vista de la degradación del mundo entorno: «Hoy apenas entendemos ya la pregunta». Algunos, sin embargo, como Antonio Pau y Trotta, todavía la captan en su radicalidad y surge entonces, inesperado, el prodigio de un libro-álbum tan primoroso como este en papel verjurado fetén y ancha cubierta con la textura del «rives tradition»: verdadero refrigerio para la vista y para ese otro sentido del tacto tan postergado en los nuevos soportes. Orlado además con oportunas fotografías realizadas por el propio autor —siempre cámara en ristre en pos de la circunstancia itinerante de Rilke— y acompañado de ilustraciones y documentos bien pertinentes, viene a ser el volumen muda reivindicación del libro impreso frente a la degradación técnica que nos embarga. Pero antes de adentrarnos en esta cartografía de Rilke en Suiza, es de justicia pararnos en la insólita figura del autor cuyo polifacetismo y «amor intellectualis» no resultan habituales por estos pagos más bien hoscos. Y es que además de registrador de la propiedad, notario y abogado del Estado con cargos de gobierno, a Antonio Pau lo adorna un detalle no menor: ser sin duda el mayor conocedor en España de la vida y obra de Rilke, como dejó sentado en su memorable Vida de Reiner María Rilke. La belleza y el espanto (2007), que culminaba toda su rica producción en torno al más grande poeta del siglo XX. Biografía esta a la que todos los rilkeani volvemos una y otra vez como hechizados por el conocimiento y devoción con que fue escrita.Ahora, con su habitual morosidad, va a detenerse la mirada amable y fotográfica de Pau en el periodo en el que también Rilke es víctima del hundimiento del Imperio Austro-Húngaro, aquella catástrofe cuyas reverberaciones todavía nos llegan hoy desde el océano de la Historia; pierde así nuestro poeta su condición de ciudadano austriaco, ve confiscadas sus propiedades en París y se descubre a sí mismo en su nueva índole jurídica de apátrida (Heimatlos); pero el «ser apátrida» implica, además, una nueva categoría ontológica más allá del plano legal, en lo que supone de extrañamiento y orfandad como mostraría lúcidamente años más tarde otra apátrida de renombre tal que Hannah Arendt.Mas en el caso de Rilke la cuestión resulta más compleja: ¿no lo era ya de facto muchos años antes, cuando desde 1898 iniciaba sus sucesivos peregrinajes a Italia, Rusia y España, desde su afincamiento en París o en Praga? En uno de sus primeros poemas, titulado «Motto», había escrito premonitoriamente:Este es el anhelo: vivir en el temblory no tener patria alguna en el tiempo.Y estos son los deseos: suaves diálogosde las horas del día con la eternidad.Varios años más tarde improvisará, ya en Basilea, para el cuaderno de una oyente estos versos trashumantes que dan razón de su peregrinaje continuo:Nuestra presencia está en nuestros versosdejad que, suavemente,...

Un candil sobre Kafka o la luz ante el enigma

La conciencia judía es la conciencia desgraciada.
Jacques Derrida

«No parecer sino ser»

 Si hay alguien a mi juicio que en la actualidad representa con mayor fidelidad el quehacer filosófico serio y riguroso que dimanó de aquella venerable Facultad de Filosofía de la Universidad Central previa a la guerra, es sin duda su profesor titular de filosofía moral, Juan Miguel Palacios. Y ello conjugado sin estridencia alguna con un catolicismo a carta cabal, como si en su persona se diera lo mejor de la Institución Libre de Enseñanza por un lado y, por otro, lo más noble de nuestra herencia cristiana.Y así haciendo bueno el habent sua fata libelli clásico aparece en feliz coincidencia con el 75 aniversario del traslado de la mentada facultad a la Ciudad Universitaria, este libro que agavilla en un solo volumen una seriede ensayos que vinieron apareciendo, aquí y allá, en distintas publicaciones especializadas desde hace ya algunos años. Ensayos que tienen en común ahondar con la estupenda prosa -—modelo de pulcritud y precisión—- propia del profesor Palacios, en el problema inconcluso de los valores morales y por ende en la posibilidad de una ética axiológica, cosa que no podía ser más perentoria.Porque acontece con los valores, como da en señalar el autor en el prólogo, una extraña paradoja: nunca antes se ha hablado tanto en nuestra vida privada y pública de ellos y nunca como ahora —-como apuntaba hace ya tiempo el gran Reiner—- la propia filosofía ha abdicado de pensar en esas realidades bien misteriosas que son los valores -—y disvalores- —moralmente relevantes. Tal vez porque como confesaba Zubiri ya en 1975 «esta historia de los valores ha sido la tortura de la filosofía en los últimos sesenta años» y no está la reflexión filosófica actual para soportar grandes sufrimientos, más bien lo contrario.Y sin embargo Juan Miguel Palacios, poco amigo de esquivar la cara de la Esfinge, no desmaya en afrontar esta vexata quaestio a la que ha dedicado una vida de callado estudio y discreto magisterio, a la manera que en él es costumbre: acudiendo a los grandes autores —-en este caso Kant, Brentano, Scheler, Hildebrand, García-Morente, Zubiri, la escuela de ética de Lublin y Cracovia con Styczén y Karo Wojtyla a la cabeza y finalmente su buen amigo Seifert-— para al hilo de ellos y sus tesis ir cuestionando o aclarando tal o cual punto, apenas con un ademán, un pequeño apunte o abriendo una interrogación pertinente. Comosi en su escribir filosófico el profesor Palacios fuera también fiel a aquel lema de viejo abolengo tan caro a Kant: «De nobis ipse silemus».Así de una manera ciertamente socrática, hablando a través de los citados autores que tan bien conoce y lúcidamente expone, va el profesor descubriendo al lector toda la riqueza de esa terra ignota que es el mundo filosófico del valor moral, las posibilidades de su conocimiento, las exigencias de responsabilidad que nos plantea, y el grave problema de la relación entre «ser» y «valer», o entre «cosa» y «valor» haciéndose eco aquí de los últimos hallazgos de la mencionada escuela de...

Los fundamentos de una antropología personalista

De persona nunquam satis, de la persona nunca se dice lo suficienDte podíamos afirmar parafraseando un bello axioma de la mariología. Pocas nociones tan capitales hay en la Filosofía y en la Teología, como si en ella recalasen lo mejor de ambos pensares, lo más noble de sus realidades. Y, por otra parte, pocos siglos como el nuestro donde, por un lado, se ha alcanzado felizmente un mayor reconocimiento formal, moral y legal de la dignidad de la humana persona y a la vez, en cruel paradoja, mayores asaltos se acometen en su contra en un pertinaz proceso de abolición de todo aquello que de personal hay en la vida humana. Por eso era tan necesario este libro formidable recién editado por la meritoria colección de Filosofía de Encuentro que ha escrito John F. Crosby, uno de los pensadores fundamentales del panorama filosófico actual y discípulo predilecto de aquella luminaria que fue Dietrich von Hildebrand. Profesor hasta hace bien poco en la Universidad de Dallas y ahora en la Franciscana de Steunbenville (Ohio), no es casual ni desdeñable que Crosby sea norteamericano: su filosofía personalista desarrollada en torno a la dignidad de la persona entronca con aquella exhortación que Maritain hacía a los filósofos católicos americanos de aunar las grandes corrientes filosóficas europeas con una filosofía de cuño propiamente norteamericano. Y poco más afín al ideal americano que el tema de la dignidad personal que cruza la honda obra moral y política de sus Padres Fundadores y que es el tema de fondo del libro que nos ocupa. En efecto, bajar a los adentros de la interioridad humana ——en muy acertada traducción de «selfhood»—— es para Crosby sinónimo evidente de hallar el fundamento de esa su dignidad ontológica y existencial. Por eso, añadimos nosotros, aquellas épocas que dan en vivir hacia fuera, extrovertidas podemos llamarlas, serán épocas que tarde o temprano acaben perdiendo la noción de la valía de la persona: la nuestra, extrovertida como pocas, es una de ellas. Crosby lo sabe muy bien y de ahí su incansable labor en la meritoria Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein, por ejemplo, pero su natural optimismo congénito— —que tanto recuerda al de nuestro Julián Marías, tan admirador del vigor americano— —le impide pararse en lamentaciones, ante la urgente y ciclópea tarea de fundamentar una antropología personalista. Y el libro es buena muestra de todo ello.]Habíamos dicho que Crosby era discípulo aventajado— —y confidente— del inolvidable Hildebrand, tan incomprensiblemente desatendido por el pensamiento cristiano español, salvo alguna egregia excepción. Y ser discípulo de Hildebrand le supuso acudir eo ipso a la mejor antropología filosófica de Max Scheler y ello a su vez a toparse a principios de los 80 con el personalismo de Karol Wojtyla: y este encuentro dio ocasión a este libro, serio, riguroso y plenamente filosófico, que exige del lector una lectura atenta y trabajada. Son los frutos en sazón que acaba dando el verdadero pensar cuando este sabe pacientemente escuchar los ecos de la verdad, donde quiera...

Rescatar el diálogo platónico

La anciana conversación mantenida entre Menón y Sócrates acerca de si la virtud es o no enseñable, esto es, si cabe educar esa cosa que llamamos carácter, recorre rumorosa la historia toda de la educación occidental y de sus diferentes respuestas han emanado distintos enfoques de la función educativa escolar y universitaria. Baste contemplar las ruinas de nuestra escuela y el rebajamiento de nuestra juventud para intuir que el ideal socrático hace mucho tiempo que dejó de considerarse vigente en el solar patrio, como si quedara arrumbado en el polvoriento desván de la escéptica Europa.Pero a lo que parece, Estados Unidos —ese extraño país que todavía se siente interpelado por las grandes cuestiones clásicas— está haciendo del diálogo platónico un verdadero asunto de estado desde 1992 cuando la ASCD (The Association for Supervisión Curriculum and Development) determinó en la Conferencia de Racine dar prioridad urgente al tema de la «educación del carácter». Así las cosas, poco después, en el año 2000, la mentada «educación del carácter» fue elegida como la materia más importante a la que atender en la enseñanza primaria y secundaria, mientras que todos los senadores y congresistas consultados la designaban como el reto principal de Norteamérica.Sólo se entiende tal desasosiego imperioso si recordamos el deterioro educativo que afecta a los jóvenes americanos y que Allan Bloom había denunciado melancólicamente años atrás en su imprescindible The Cíosing of the American Mind (1987). Baste un botón de muestra extraído del libro que nos ocupa para entender la hondura de la crisis educativa:Más de la mitad de los jóvenes de cierta zona residencial de Boston declaran que no les parece mal robar un CD ni quedarse con el dinero que se encuentran en un monedero.El 50% de los varones mayores de las High School mantienen relaciones sexuales habituales, teniendo hasta el momento cuatro o más parejas, y el número de abortos encabezan las estadísticas del mundo industrializado.El número de asesinatos cometidos por jóvenes es en EE.UU. siete veces más alto que en Canadá y cuarenta veces superior al de Japón.Pues bien, sabedora del estado de la cuestión como profesora de sociología y psicología social, María Hernández-Sampelayo tomó la feliz determinación de trasladarse oportunamente a Estados Unidos para realizar un trabajo de investigación en la Universidad de St. Francis (Illinois) sobre este movimiento denominado educación del carácter, además de visitar dos colegios punteros donde realizan prácticas los futuros profesores americanos. Y a la vuelta de su fructífero viaje nos regala este libro, tan oportuno, escrito con el rigor y la sencillez propios del mundo anglosajón, combinando sabiamente la exposición teórica con casos prácticos de experiencias reales, dividido en tres apartados.La primera y más extensa parte constituye el corpus teórico del libro donde se nos cuenta la génesis y desarrollo del movimiento de la educación del carácter en los Estados Unidos, destacando los roles que juegan los padres y profesores, su asunción por el conjunto de la comunidad educativa y la explicación detallada del paradigmático Programa «Core Virtues». Para ilustrar la...

Cegueras al valor

 

Reseña del libro "Moralidad y conocimiento ético de los valores" de Dietrich von Hildebrand.

Tres reformadores Lutero-Decartes-Rousseau

Hace apenas cien años, el 11 de junio de 1906, Jacques Maritain recibía en París el sacramento del bautismo en la iglesia de San Juan Evangelista. Culminaba así un itinerario espiritual que nacía en un entorno familiar impregnado de protestantismo liberal y laicismo —era nieto de Jules Favre— para desembocar a instancias de Péguy en el encuentro de la noción objetiva de verdad a través de las lecciones de Bergson en La Sorbona y subsiguientemente con la fe y existencia cristianas que encarnaba de singular manera la obra y persona de Bloy. En 1925 verían a la luz en un único volumen los tres ensayos que dan pie al título de la obra que nos ocupa y que ahora en feliz coincidencia con el mentado centenario reedita Ediciones Encuentro rescatando la clásica y excelente traducción de Ángel Álvarez de Miranda. Su aparición causó un hondo impacto en los círculos intelectuales de ambos lados del Atlántico —no sólo católicos— que habían asistido al hundimiento de varios de los pilares fundamentales de la Modernidad en la escombrera dea Gran Guerra y que a su vez presentían los fúnebres rumores que no lograba acallar la algarabía de los años veinte. Baste recordar, a modo de ejemplo, la influencia que las tesis aquí expuestas por Maritain iban a tener de inmediato en el pensamiento y evolución espiritual del poeta angloamericano T. S. Eliot, quien merced a esta obra trabaría honda y prolongada amistad con nuestro autor. Lutero, Descartes y Rousseau: en estos tres nombres filia Maritain la génesis y esencia de la Modernidad en su triple vertiente religiosa, filosófica y moral, respectivamente. Los subtítulos que acompaña a cada uno de ellos, Lutero o el advenimiento del yo, Descartes o la encarnación del ángel y Rousseau o el santo de la naturaleza, junto con la respectiva tentación del desierto asignada a modo de introito a cada reformador, nos indican ya la seriedad desde la cual Maritain va a encarar su examen crítico: los analizará como teólogo y filósofo cristiano anclado en un realismo filosófico con una solícita preocupación por los efectos que la Modernidad así configurada ha tenido en la salus animarum. Por ser la religión el ámbito que gobierna toda actividad humana, nuestro pensador alsaciano considera la revolución luterana como la que más influencia ha tenido en la conformación de la mentalidad moderna. Lutero es visto así no tanto como fundador del protestantismo sino como enemigo declarado del saber filosófico, dotado más que de una inteligencia especulativa orientada a lo universal de una inteligencia cogitativa volcada en lo particular: su especialidad serán los dominios del yo y sus sucesivos estados de ánimo y sentimientos, que va a producir un drástico corrimiento desde el cristocentrismo que presidía la vida interior a una nueva espiritualidad egocéntrica necesitada de consuelos espirituales y de la experiencia de la piedad. El sentimiento de sentirse en gracia deriva así, a juicio de Maritain, en una mayor preocupación que la debida al propio Dios. Para mostrarnos mejor todo ello, el capítulo entrevera de manera...

La vida de los otros o la cartografía minuciosa del universo totalitario

Uno de los mayores misterios de la historia reciente es el extraño silencio que la reflexión política y la propia investigación de las ciencias sociales vienen manteniendo -al menos en Europa- sobre la genuina naturaleza del régimen totalitario que se derrumbó con el Muro el 9 de noviembre de 1989, silencio que aumenta si cabe ese «océano de indiferencia» que lamentaba Havel. Dicho misterio es únicamente equiparable al enigma sobre las causas últimas de su inopinada caída que dejan a un acontecimiento tal huérfano de su necesaria comprensión, sabedores de que como advertía lúcidamente Hannah Arendt acerca del siglo XX, «comprender la naturaleza del totalitarismo es casi como comprender el corazón de nuestro siglo». Ante ello, la tan laureada ópera prima del joven director colonés Florian Henckel von Donnersmarck La vida de los otros (Das Leben der Anderen, 2006), estrenada en nuestro país con un año de retraso, nos ofrece una precisa cartografía de excepcional valor sobre los diversos estratos de la intrahistoria del ser humano en aquella Alemania del Este de 1984 presidida por Erich Honecker, en una memorable película que alcanza la excelencia artistica como culminación del auge del cine alemán de los últimos años. Dotado de una honda formación filosófica y antropológica que ha adquirido a sus treinta y cuatro años de edad tras haber cursado Filosofía, Política y Economía en Oxford y que recorre la película toda desde el primer fotograma, Florian Henckel acomete la tarea de afrontar cabalmente la realidad cotidiana del dominio totalitario y sus consecuencias desde un escrupuloso respecto a la verdad histórica, precisamente aquella índole de verdad que era sistemáticamente falsificada por el régimen del bloque oriental. Para ello, el propio director, que poseía familia en la Alemania Oriental a la que visitaba de niño allende el Muro, hubo de realizar una prolija labor investigadora que le llevó más de cuatro años, aprovechando entre otras fuentes la progresiva apertura de los Archivos de la Stasi (abreviatura de Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado), que ocupan a fecha de hoy una cantidad estimada de 33 millones de páginas. «Para documentarme, acudí a muchos sitios en los que todavía puedes sentir el espíritu del pasado, como el Hohenschönhausen Memorial o el antiguo Ministerio para la Seguridad del Estado, hoy Archivo Nacional de Investigación en la Normannenstrasse, así como el Birthler Bureau y sus archivos. Los sitios pueden almacenar muy bien las emociones, y esas visitas a menudo me ofrecieron más cosas que algunos de los libros, que, obviamente, también tuve que leer durante estos años y que los documentales que he visto. Sin embargo, fueron decisivas las conversaciones con testigos, desde el capitán coronel de la Stasi Wolfgang Schmidt, responsable del Grupo de Evaluación y Control de los HA XX, hasta prostitutas de la Stasi pasando por gente que estuvo hasta dos años en un centro de detención de la Stasi. Traté de obtener tantas perspectivas como fuera posible y escuché muchas historias contradictorias, pero al final me di cuenta de...

La voluntad de comprender en tiempos de desolación

Referencia a un compendio de las tesis que la filósofa alemana habría de desarrollar en sus obras principales: Los orígenes del totalitarismo, la condición humana, Eichman en Jerusalén y la vida del espíritu.

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