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mauricio.pngLa última novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) no es una grave reflexión sobre la situación política de la Cataluña posterior a la Transición, como se ha dicho y puede sugerir su título. Cuenta la historia de Mauricio, un dentista inteligente e idealista que evoluciona del socialismo comprometido al escepticismo político. Entre medias: el fraude de un PSC vendido y corrompido por el capital; y una bigamia consentida por abulia en la que Clotilde — la novia formal, representante de una burguesía desencantada del sesenta- yochismo— y la Porritos (personificación de la carnalidad y las clases obreras) polarizan alternativamente los desvelos del hamletiano Mauricio.

Mauricio o las elecciones primarias es una novela de estructura clásica y aliento stendhaliano — por composición y por la importancia del elemento sentimental— que depara una lectura absorbente, como compete a un novelista más que acreditado. Sin embargo, hay razones para apuntar que esta novela no colma ni mucho menos la medida de anteriores muestras de su talento. Tras un par de novelas paródicas, se ha publicitado esta obra como un regreso a la narrativa seria, con «conciencia crítica» y propósito de balance sociológico. Ignoro si Mendoza corrobora intencionalmente tal aserto, pero, por un lado, no hay nada mal o en hacer literatura humorística, y por otro, esta novela no debe cargar con más responsabilidad que la de un relato bien narrado, a ratos melancólico, de un considerable calado psicológico y social, pero sin llegar a estudio generacional desprejuiciado.

El tono adoptado frente a la realidad política sí es más amargo, siempre tentado por el esperpento; pero falta eficacia a los conflictos morales y sociales planteados porque Mendoza no ha sabido sustraerse a un cierto maniqueísmo izquierdista y sorprendentemente simplista que, entre otras presunciones políticamente correctas, presenta la religión como una patulea de supersticiones superadas. El autor parece aquí incapaz para el registro grave, así que queda pretencioso cuando lo intenta. Si nos quedamos  con su oído privilegiado para los diálogos, la fluidez expositiva y el matizado tratamiento de los personajes de Mauricio y Clotilde, quizá podamos perdonar esa tendenciosidad  reduccionista.


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