Jorge Bustos

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PERIODISTA Y CRÍTICO LITERARIO

El derecho a ser escuchado

Quizá el columnismo, que cuenta con la brevedad entre sus premisas, sea género darwiniano que sobreviva a la hecatombe internauta. Puede que el entrañable hábito del desayuno a doble página junto a la taza de café camine hacia la extinción.
España acomplejada

La España de los cuatro complejos

Los psicólogos hablan de «complejo» como de una disconformidad con la naturaleza misma de un individuo. Una persona acomplejada es alguien que discrepa del todo o una parte de su propia condición. El psicoanálisis sofisticó el concepto para engranarlo en la mecánica freudiana de la represión, de manera que el complejo pasó a designar aquella estructura subconsciente de ideas y deseos reprimidos por el individuo que acaban emergiendo de alguna forma perturbadora. Así, que un acomplejado en el mundo más o menos mítico de Freud —que ha terminado por ser el mundo real, pues como sabemos desde Wilde la naturaleza imita al arte— es el tipo escindido cuya parte no asumida pelea con la racional por regir su conducta. Ahora bien, si acercamos un poco la lupa epistemológica descubriremos con decepción que un complejo es algo tan distintivo de lo humano como lo es el detalle de caminar erguidos y carecer de plumas. Quiero decir que todo el mundo tiene complejos porque a nadie, salvo a Cristiano Ronaldo, se le cumplen todos y cada uno de sus deseos sin dejar por un segundo de calibrar la perfección de su reflejo en el estanque. Dado que todos los hombres en esta vida son torturados en mayor o menor grado por sus complejos, por la disconformidad entre su aspiración y su reconocimiento, es lógico advertir que hay pueblos igualmente acomplejados en mayor o menor medida. El pueblo alemán, por ejemplo, es un interesantísimo caso de complejo colectivo bipolar en el que una natural tendencia a la supremacía de raíz bárbara ha sido fuertemente modulada por un complejo de culpabilidad histórica perfectamente fundada en el siglo XX. Así que hay complejos por naturaleza y complejos por historia; complejos de superioridad y complejos de inferioridad. La definición psicológica hace pensar que solo existen estos segundos, pero no es así, y de hecho importa recalcar que las personas o los pueblos que padecen complejo de superioridad resultan a la postre víctimas igualmente patéticas que aquellos que se sienten inferiores. El complejo de superioridad, si no me equivoco, es de origen nietzscheano y promete a su portador una supercondición que la vida le acabará desmintiendo, cuando no recluyéndole en un psiquiátrico por besar caballos en las calles de Turín. Caso triste que fue el de don Federico. Todo esto ya lo avisaban los griegos con su fastidioso casandrismo proverbial. Ni siquiera hay que apelar a la autoridad de Aristóteles, porque la máxima sapiencial «Nada en demasía» se atribuye a Solón, que vivió dos siglos y medio antes. Y probablemente Solón se la oyó a un pastor del Peloponeso. Por eso Freud sacó de ellos su nomenclatura patológica como quien acude al viejo sastre italiano para vestir a su sobrino, que acaba de dar un pelotazo inmobiliario. Edipo, Electra, Narciso y etcétera. Estados Unidos, por ejemplo, es un pueblo con complejo de superioridad. No deja por ello de ser un pueblo menos acomplejado, cuyas clases rurales siguen confundiendo el rodeo con la gendarmería planetaria y cuya clase intelectual bascula hace tiempo...

Sainte-Beuve y Cyril Connolly, Escribir un libro que dure diez años

Demasiado penetrantes para ser indulgentes. Así deberían ser los críticos ideales. La institución de la crítica data de la Ilustración, y nació para cubrir un espacio pedagógico intermedio entre creadores y público. Hoy, esta irreemplazable labor de mediación está en entredicho por los intereses comerciales y las consignas doctrinarias de las líneas editoriales. Pero sin crítica valiente, ante un volumen de producción artística, cultural y de ocio como el que nos abruma, la sociedad camina hacia su idiotización más sombría. Quizá la cura estribe en volver la mirada a quienes, en circunstancias no tan diferentes, supieron decir sencillamente lo que pensaban, sin pensarse tanto lo que decían. ¿Cuántos, de entre los autores que hoy estiman necesario mandar un nuevo libro a ocupar librerías y almacenes, han aspirado durante la elaboración del mismo a una cierta longevidad? Poniéndose serios, ¿creen de verdad que su obra será imprescindible al cabo de un escueto número de meses? Si están en lo cierto aquellos que nos advierten del inabarcable orgullo del escritor, entonces la hipertrofia editorial que hoy padecemos es una cuestión de insalubridad moral. Si no, de puro cinismo, ánimo de lucro o delirio de grandeza.Pero agoreros hay demasiados, y en todo caso el problema no es sólo de los emisores, sino también de los receptores, y quizá en mayor medida del propio sistema de producción y consumo cultural de nuestro tiempo. Lo necesario, además de buenos y sobrios escritores, son buenos e insobornables críticos, cuyas palabras lleguen a los lectores bienintencionados y sean capaces de educar su gusto. Charles  Augustin Sainte-Beuve y Cyril Vernon Connolly fueron dos de los mejores, precisamente porque en ellos encontramos los diagnósticos que continúan inveterados y resultan pertinentes para enjuiciar nuestro mercado editorial.EL VENENO DE SAINTEBEUVEHace unos meses aparecía por primera vez en castellano Mis venenos, un libro cuya publicación ]Sainte-Beuve (1804-1869) sólo autorizó tras su muerte, y cuya primera edición es de 1926. Su influjo, sin embargo, ha modelado reputaciones literarias como pocos otros, acreditando una vigencia decisiva entre los críticos, historiadores literarios e intelectuales en suma que lo han leído en francés durante los dos últimos siglos. ¿Por qué decidir su edición póstuma? ¿Qué lo hace tan especial? El propio autor responde: «Es un fondo de paleta muy negro y cargado, mis colores concentrados, mi arsenal de venganzas: en él digo la verdad». Se trata de un cuaderno de trabajo donde el crítico francés fue apuntando las opiniones súbitas y cortantes sobre obras y autores coetáneos, a veces amigos suyos, cuya amistad sin embargo no fue suficiente para atenuar el juicio frío de la razón, la única a quien su temperamento podía servir. En realidad, es discutible que Sainte-Beuve tuviera amigos reales, aunque desplegó una actividad social notable, a la que lo obligaba su posición entre los intelectuales ilustrados, aristócratas remanentes y burgueses cultivados de su tiempo. Pero al volver de una de esas fiestas de alto copete, frecuentemente acudía a su cuaderno para consignar la grotesca zafiedad de tal novelista o la hinchada verborrea...

Una enmienda a la cultura pop

El arte nunca ha sido democrático. Y sólo cuando ha empezado a serlo, ha dejado de ser arte. No quiere esto decir que el mero hecho de que un artista resulte indescifrable lo convierta en un genio. En todo caso, hubo una época, la que media entre los filólogos alejandrinos del siglo III a.C. y la consolidación —a partir de los años sesenta y hasta nuestros días: la posmodernidad— de la cultura como industria y de la hegemónica clase media como consumidor poco cualificado, en que la función crítica se ejercía con un saludable desparpajo elitista y más o menos independiente. En nuestras sociedades del espectáculo sigue habiendo algún que otro crítico valiente y culto, pero no suele dejársele hablar muy alto. Los demás son publicistas.El arte se ha vendido y comprado siempre. Miguel Ángel no esculpía gratis, ni Velázquez retrataba por puro gusto, ni Cervantes pudo publicar su famosa novela sin adular bajunamente al noble de turno. Lo que sucede es que hoy no hay nobles, ni reyes, ni papas y cardenales expertos y sofisticados como Julio II o Scipione Borghese, sino una gran multitud de personas que compran entradas de cine o libros en las grandes superficies y que no han podido dedicar años al cultivo de su gusto porque tienen que trabajar ocho horas diarias para ganar el sueldo mediano del que extraerán la cuota dedicada a eso que se llama ocio personal y que engloba en nuestros días toda la variedad de la experiencia estética. Y sobre todo, carecen de formación porque sus padres fueron iguales que ellos, y la biblioteca excepcional o el conservatorio quizá no entraban entre las prioridades de la somera economía familiar. Y otro tanto sucederá con sus hijos. Esto es la cultura en la democracia contemporánea. Es justo reconocer que el sistema de prosperidad y libertades civiles que rige en un país como España permite cosas tan previas y perentorias al disfrute de un cuadro como comer todos los días y no ser represaliado por escribir contra un alcalde, más o menos. Y es justo reconocer también que hoy salen sabios y buenos escritores que no han nacido precisamente de padres ricos —tampoco de padres pobres, digámoslo todo, porque uno pasea por los suburbios madrileños y no tropieza con un Baudelaire castizo en cada esquina—, lo que quiere decir que el que tiene suerte y entra en contacto de niño con ese libro iluminador que desata una vocación creativa, tiene el camino hacia la excelencia mucho más despejado que en los tiempos en que los libros se imprimían a mano. Esta es la parte buena de la prosperidad tecnológica.Sin embargo, el hecho de que el mercado marque hoy el canon literario o artístico, y de que sus creaciones sean consideradas estrictamente productos, nos hace dudar de que las nuevas generaciones sean más cultas e inteligentes —libres, por tanto, de espíritu— que las pasadas. Los nuevos poderosos de este mundo ya no encargan grandes obras ni dan la alternativa a artistas...

La carretera

] Mientras queden escritores como McCarthy la idea de literatura está a salvo. La trayectoria de McCarthy (Rhode Island, 1933) se alza como espejo de aquello a lo que deben aspirar los escritores de hoy y de mañana, como los de siempre: no a manufacturar productos vendibles sino a dominar un arte difícil y ampliar desde la imaginación creativa los márgenes de la verdad antropológica. Quien con Salinger  y Thomas Pynchon constituye el trío maldito entre los narradores norteamericanos ya clásicos – evitan con escrúpulo maníaco la escena publica  la prensa desde hace décadas- es sin embargo un autor extremadamente honesto en su escritura, alejado de poses y entregado a la expresión de su idea del ser humano, entre fatalista y esperanzada. Si alguien era capaz de describir con verosimilitud cómo sería la vida en el mundo tras un holocausto nuclear-  —argumento de La carretera- —, ese novelista es McCarthy. El hecho de que esta obra haya merecido el Pulitzer en 2007 y haya alcanzado cifras de venta muy estimables esboza un futuro alentador para la literatura de calidad. Porque La carretera es una obra maestra como hay pocas entre las novedades editoriales de los últimos cinco o diez años, y no por nada ha merecido los elogios de Harold Bloom.La novela cuenta las desventuras de un padre y su hijo pequeño que cogen la carretera y emprenden un éxodo penoso hacia el sur en una tierra que -—sin que el autor lo explicite—- acaba de ser reducida a escombros por el temido cumplimiento del armagedon atómico. El cielo es una cúpula color ceniza y el clima un invierno permanente; los árboles son corteza seca y los pueblos y ciudades montones de ruinas saqueadas; los hombres son animales famélicos que se comen entre ellos para sobrevivir y el pasado de un mundo próspero sólo emerge como sueño en sus mentes atormentadas.En este ambiente, sólo el amor de un padre por su hijo —-un amor sacrificado y homicida, si es preciso—-  puede oponerse a la desesperación. Con una prosa de una eficacia y precisión desconcertantes (que recuerda mucho a Hemingway) y un dominio abrumador del tiempo narrativo —-contra lo que cree una vanguardia impostora, es muy difícil hacer un relato lineal y que jamás decaiga la tensión-— el autor logra una parábola muy semejante a la que esculpió Daniel Defoe con su Robinson, sólo que desde filosofías históricas opuestas: si Crusoe era el Prometeo de la orgullosa civilización renacentista, capaz de llevar el progreso racional al salvaje, el padre sin nombre de La carretera es el exponente terminal del fracaso de la edad moderna, que se jacta de unos avances científicos que no han conseguido humanizar la sociedad y que a la postre, de hecho, la han destruido literalmente. Como el pianista judío en la película de Polanski, la novela describe de cerca los días y las noches de esta familia que la madre dejó sola al quitarse la vida por pura desesperación. El hijo es la única razón del padre para...

La gran rutina

La ley del péndulo exige que después de un tiempo de autocomplacencia progresista, sobrevenga otro de desengaño y retirada a los bastiones de la tradición. Este comportamiento historico parece especialmente evidente en Cataluña, más en concreto en Barcelona, objeto de estudio sociológico e idiosincrásico en la última novela de Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) , escrita originariamente en catalán y galardonada con el Premio Sant Joan. Si el gran Josep Pla, patriarca de la prosa catalana y referencia amorosamente inevitable de Puig, aplicó la idea stendhaliana del espejo al paisaje y las gentes de una pequeña población ampurdanesa en La calle estrecha, el autor de La gran rutina compone un retrato poliédrico e introspectivo de la Cataluña maragallista, alternando el espacio urbano de la capital con el microcosmos simbólico del valle de Viluma , en donde se ubica la arquetípica masía que cada fin de semana ocupan los cuatro personajes centrales y sus familias: un editor, un político, un empresario y un pintor. Una novela coral en la que, sin embargo, tienen tanta importancia los diagnósticos generales del narrador como las conciencias individuales de sus criaturas, que compendian toda la casuística antropológica de dos generaciones de catalanes cuyo saldo final es el desencanto unánime. En efecto, más que un narrador de fábula y trama, Puig acusa su natural filiación a la preceptiva del ensayista, y no puede ni quiere adoptar otra mirada al escribir esta novela que remite al género psicológico de los novecentistas, con su tempo lírico y su densidad conceptual sostenida, lo que delata igualmente al cultivador de dietarios.Puig se propone novelar el cambio generacional de la última Barcelona, desde el tardofranquismo hasta el primer tripartito pasando por el largo periodo pujolista, ese «tránsito de la veneración por Tapies a la admiración por Dalí, de la nouvelle cuisine a los desayunos de cuchillo y tenedor, y del socialismo al maragallismo» . La gran rutina es una obra reflexiva, ejemplo de un estilo culto que fija las fluencias del pensamiento con una sintaxis compleja y un léxico vasto y rico —cualidades agradecidas por el lector exigente — , trufada de sentencias y digresiones que a veces introducen obsesiones personalísimas — llama la atención la fijación por el sexo—, donde lo que menos cuenta es el argumento, mero pretexto de la tesis personal que postula la decadencia espiritual de toda una sociedad, sin otra alternativa que una pírrica apelación al bon sens.

La cultura según el mercado

El profesor Donald Sassoon identifica la historia de la cultura con la historia de la producción cultural y como tal la describe a lo largo de las 1.700 páginas de su libro Cultura. En la contratapa de este monumental volumen, la editorial anuncia orgullosa que se trata del primer intento de estudiar globalmente la cultura de los europeos en los dos últimos siglos. La ambiciosa mira que ha guiado su elaboración no podía sino deparar grandes virtudes -erudición enciclopédica, prosa fluida y sencilla, orden y exhaustividad en el tratamiento de las diversas materias-, pero adolece de un mal genérico muy propio del academicismo yanqui posmoderno y que no cura la ambición, sino la capacidad: sustituir la difícil tarea del juicio y la interpretación por el acopio ingente de datos empíricos bajo un único parámetro selectivo: el volumen de mercado.

Chesterton o la cordura de la imaginación

Sobre la recopilación de ensayos de Chesterton realizada por Alberto Manguel, al que se refiere como un escritor en estado permanente de asombro. Aunque por el hecho de que una persona atesore un entusiasmo pueril por el mundo no significa que su producción literaria sea excelente.

Mauricio o las elecciones primarias

La última novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) no es una grave reflexión sobre la situación política de la Cataluña posterior a la Transición, como se ha dicho y puede sugerir su título. Cuenta la historia de Mauricio, un dentista inteligente e idealista que evoluciona del socialismo comprometido al escepticismo político. Entre medias: el fraude de un PSC vendido y corrompido por el capital; y una bigamia consentida por abulia en la que Clotilde — la novia formal, representante de una burguesía desencantada del sesenta- yochismo— y la Porritos (personificación de la carnalidad y las clases obreras) polarizan alternativamente los desvelos del hamletiano Mauricio.Mauricio o las elecciones primarias es una novela de estructura clásica y aliento stendhaliano — por composición y por la importancia del elemento sentimental— que depara una lectura absorbente, como compete a un novelista más que acreditado. Sin embargo, hay razones para apuntar que esta novela no colma ni mucho menos la medida de anteriores muestras de su talento. Tras un par de novelas paródicas, se ha publicitado esta obra como un regreso a la narrativa seria, con «conciencia crítica» y propósito de balance sociológico. Ignoro si Mendoza corrobora intencionalmente tal aserto, pero, por un lado, no hay nada mal o en hacer literatura humorística, y por otro, esta novela no debe cargar con más responsabilidad que la de un relato bien narrado, a ratos melancólico, de un considerable calado psicológico y social, pero sin llegar a estudio generacional desprejuiciado.El tono adoptado frente a la realidad política sí es más amargo, siempre tentado por el esperpento; pero falta eficacia a los conflictos morales y sociales planteados porque Mendoza no ha sabido sustraerse a un cierto maniqueísmo izquierdista y sorprendentemente simplista que, entre otras presunciones políticamente correctas, presenta la religión como una patulea de supersticiones superadas. El autor parece aquí incapaz para el registro grave, así que queda pretencioso cuando lo intenta. Si nos quedamos  con su oído privilegiado para los diálogos, la fluidez expositiva y el matizado tratamiento de los personajes de Mauricio y Clotilde, quizá podamos perdonar esa tendenciosidad  reduccionista.

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