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Crítica, Madrid, 2016, 664 págs., 27,90 euros

Mary Beard, galardonada recientemente con el Premio Princesa de Asturias, ha dedicado su vida a adentrarse en la historia del Mundo Antiguo, especialmente en Roma. En SPQR presenta de un modo sintético su visión, tras sus años de investigación y después de haber publicado importantes trabajos. Beard sobre todo quiere ofrecer una historia alternativa, de algún modo desmitificadora, que obvie o desmonte lo legendario y dé voz a los hechos sociales, económicos y culturales que en otras narrativas han pasado desapercibidos. Desconfía de las fuentes romanas que nos han llegado; los historiadores romanos con frecuencia han ayudado a consolidar un relato de los hechos poco verídico, más útil para legitimar o justificar, así como para engrandecer, que como registro fidedigno de lo que ha sucedido. Beard se remonta a los orígenes de Roma y explica cómo los mitos sobre la prístina fundación de la ciudad son elaboraciones posteriores, cuya finalidad política a ella se le antoja evidente. La mirada de esta historiadora inglesa llega hasta el año 212, cuando Caracalla decide la concesión de la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio.

Frente a esa idealización del pasado, Beard interpreta la labor de los historiadores romanos como si su pretensión fuera no dar sentido a su pasado, sino enmendar o encubrir los desmanes de una historia de la que no tenían muchos motivos para sentirse orgullosos. No hay mucha admiración en spqr por el pueblo romano; como ha señalado en alguna entrevista, no hay razones para reverenciar Roma y ha de leerse su historia también teniendo en cuenta las perspectivas sociales, políticas y culturales de hoy.

Pero, si no se puede recurrir a las fuentes, ¿dónde encontrar información? Beard lee los grandes textos entre líneas; por otro lado, rastrea esos testimonios de la vida cotidiana que la arqueología y los descubrimientos nos deparan: inscripciones, textos funerarios, arquitectura urbana, cartas, etc. Así puede escribir una historia de Roma que «deconstruye» ese relato de grandeza para descubrir una historia escrita por vencedores y poderosos, en contra de los oprimidos.

El libro, así, adquiere cierto aire de refutación global a todas esas retrospecciones utópicas tan habituales y busca, en definitiva, dar a conocer ese otro lado de la historia que las rememoraciones imaginativas, para bien o para mal, sortean.

No está mal ese intento de superar el simplismo que diferencia en la historia a buenos y malos. Para Beard, los romanos no son más dignos de admiración que otros pueblos, pero tampoco de repulsión. Su atención se dirige sobre la situación social: los desfavorecidos, la mujer, la familia, la religión, etc. De toda la lectura de su ensayo, se puede sacar la conclusión de que la apoteosis histórica de Roma ha descansado más sobre las idealizaciones posteriores que por el valor de sus propias aportaciones. No fue ni más ni menos que un pueblo como otros, que por motivos accidentales y sin casi previsión construyó un imperio.

Al lector de hoy, sin embargo, también le puede parecer simplista interpretar la historia de Roma como una lucha entre pobres y ricos. Para Beard, la constante de la historia romana es el enfrentamiento fratricida: ya desde los orígenes míticos y el asesinato fundacional hasta las virulentas y frecuencias muertes de algunos emperadores. A juicio de Beard, hay sin embargo dos puntos de inflexión: en el siglo ii a. C., que comienza el declive de las instituciones republicanas y los raptos personalistas, aunque los emperadores se conciben a sí mismos como seguidores de la tradición republicana; y en segundo lugar, cuando se produce la ruptura con lo que había significado Roma, que es justamente con Caracalla. Por eso, termina ahí su relato.

Si nos preguntáramos, entonces, ¿para qué recordar la historia de Roma?, Beard diría que para aprender no. A pesar de la herencia romana que configura nuestra cultura, los romanos no pueden ser hoy un motivo de inspiración ni modelos para nosotros. Beard dialoga con ellos, pero su mirada hacia el pasado está filtrada por la óptica de hoy: la desigualdad, la relación con los extranjeros, el papel de la mujer, etc.

SPQR es una buena introducción al mundo romano y aunque permite que se conozca mejor su época, no deja de provocar distanciamiento con una cultura que conforma uno de los pilares de la civilización occidental. La mirada de Polibio, Cicerón, Plutarco o Tito Livio tal vez no sea exacta, pero no debe enjuiciarse desde esta óptica, sino por su importancia cultural. Gracias a esos relatos Roma también supo dar sentido y fundamentar unos valores que, a pesar de no cumplirse, constituyen parte de nuestra cosmovisión occidental, e incluso han motivado otros cambios sociales. Si no fuera así, no tendría sentido seguir investigando, como hace Beard, sobre su historia.

Josemaría Carabante


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