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Este ensayo fundamenta históricamente el carácter excluyente y poco conciliador del proyecto republicano. «Resultó fundamental —explican los autores— para el futuro de la democracia republicana que la mayoría de los constituyentes considerara virtuosa una actitud contraria a la inclusión de los que pensaban diferente». Precisamente, quienes encabezaban los planes de reforma pensaban que la política pactista había sido una de las causas de la tradición oligárquica que había sembrado de retraso y de corruptelas a un liberalismo ya anticuado. De ahí que tanto la ideología que vertebró el cambio político como el diseño institucional posterior fueran ajenos a cualquier forma de claudicación, también la que implicaba el reconocimiento de mayorías elegidas en las urnas.

La diferencia de este estudio magistral frente a otros que reflexionan sobre el periodo estriba en que se repasa la vida política, al margen de otros aspectos, y sus condicionantes económicos, sociales y culturales. Fueron las decisiones políticas que se tomaron a lo largo de la corta vida de la II República —y no causas de otra índole, ni económicas ni culturales, a pesar de algunos en explicarlas como determinantes— las que condujeron a la quiebra de la convivencia, según estos autores.

Fue imposible, como se demostró ya en el debate constituyente, recuperar para la reforma republicana el centrismo; de esa modo, no hubo agrupación política que, viendo la deriva izquierdista y poco contemporizadora de la Constitución, evitara su aprobación. La proliferación de leyes que se aprobaron gracias a una actividad parlamentaria frenética estaban supeditadas a las ideologías. Esto, junto con el papel que jugó la presidencia de la República y los cambios en el régimen electoral, constituyen algunos de los asuntos que se repasan en estas páginas.

Otro de los más destacables es el análisis de los movimientos políticos de derechas, lo que denominan «la movilización conservadora», que no tuvo, por cierto, mucho apoyo institucional ni apenas protección. La inicial Ley de Defensa de la República ofrecía un control omnímodo al Gobierno y pudo obstaculizar la constitución de un espacio de discusión plural. Lo que no supieron calcular los enemigos de la oposición política es que las rémoras al conservadurismo alentarían el movimiento y harían posible su triunfo en las elecciones generales de 1933.

Quizá, más allá de que la II República no supiera de transacciones ni de sacar rédito social a algunas de sus conquistas, como la ampliación de voto, por ejemplo, el error más destacable sería la poca madurez de los partidos políticos. A juicio de los autores, el régimen político nació con un defecto que anulaba sus pretensiones de raíz: el exclusivismo de partido. En este sentido, la izquierda y, en especial el PSOE, consideraban que los logros del cambio debían impedir la alternancia que hizo posible la Restauración. Pese a todos los defectos de aquel sistema, permitió el desarrollo y la convivencia pacífica de una forma razonable. La II República nació no sólo con un déficit de legitimidad, sino que se propuso transformar el espectro político del país por medio de la guerra política con el adversario. El enfrentamiento estaba, pues, asegurado. Fue el precio de la exclusión.


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