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·            En el Gulag era el número SC 232. Le interfirieron una carta privada criticando a Stalin cuando era capitán de artillería, en la ofensiva final del Ejército Rojo contra Hitler. Cinco años en campos de concentración, un grave cáncer de asombrosa curación, siete años de confinamiento: finalmente, la expulsión. De Stalin al deshielo, de Breznev al exilio, y al regreso, de Boris Yeltsin a Vladimir Putin. Después de los años en el Gulag, compara la aparición al galope de “Un día en la vida de Iván Desinovitch” con el efecto del pez de las profundidades que, acostumbrado a una presión constante de muchas atmósferas, al ser sacado a la superficie perece por falta de presión. Soljenitsin reconoce los errores de su celebridad súbita. Después de haber vendido treinta millones de ejemplares,  Soljenitsin tiene ahora escasos lectores en Occidente. De su grandiosa secuencia “La rueda roja” solo está traducido el primer volumen, “Agosto 1914”. “Lenin en Zurich”, un retrato de tinieblas maléficas, pasó muy desapercibido porque predominaba la novela experimentalista y lo mejor era ejercer la trivialidad para olvidarse de la guerra fría.

   ·         Ya en “Moscú 2042” Vladimir Voinóvich satirizó en los años ochenta la figura de un escritor de barba apostólica que se creía profeta. Luego ha sido la diana de no pocos jóvenes escritores que, como es habitual entre generaciones, quieren ponerse en primera fila tras asesinar al Padre, al Maestro. ¿Qué mejor objetivo que Soljenitsin?  Toda la época post-Soljenitsin está admirablemente descrita en el libro de Emmanuel Carrére sobre Limónov, uno de los escritores más turbios de nuestro tiempo y hombre de acción capaz de toda incoherencia. Por definición, ha buscado ridiculizar a Soljenitsin.  En España, fue penosamente llamativo el artículo de Juan Benet sobre la visita de Soljenitsin. En TVE, Soljenitsin había distinguido entre autoritarismo y totalitarismo. Benet apostilló que eso justificaba los campos de concentración. 

 ·           Fue François Mauriac, tan cerca y tan lejos, quien encabezó la petición para que Soljenitsin tuviese el premio Nobel de literatura. Han abundando las críticas sobre el pensamiento teocrático de Soljenitsin. En realidad, defendía el papel del cristianismo en lo mejor de la civilización y lamentaba que los hombres se olvidasen de Dios. Decía que el escritor no puede situarse en la equidistancia frente al problema de la reciprocidad entre su época y la eternidad: “Si sus obras sólo son actuales, hasta el punto de hacerle perder el contacto “sub specie aternitatis”, tendrán la vida breve. Si consagra demasiada atención a la eternidad, descuidando lo presente, su obra pierde color, fuerza y aliento. El escritor está siempre entre Scilla y Caribdis: no debe alejarse ni de la una ni de la otra”.

 ·          Soljenitsin es uno de los últimos grandes que conciben la literatura por oposición al relativismo de la postmodernidad porque el escritor crea sentido, tiene la responsabilidad de saber lo que escribe y debe estar en la equidistancia entre su época y la eternidad. Háblenle de la eternidad a un tardío escritor postmoderno y les dirá que esas cosas caducan como un yogur. 


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