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En plena hora punta de la mañana del 11 de marzo de 2004 trece mochilas cargadas con bombas explotaron dentro y alrededor de cuatro estaciones de tren en Madrid. Casi doscientos españoles murieron y hubo unos dos mil heridos. Al día siguiente, España parecía estar manteniéndose firme ante el terror mediante demostraciones a lo largo y ancho de la geografía con pancartas que denunciaban a los «asesinos». Pero las cosas no aguantaron. Setenta y dos horas después de que las bombas hubieran despedazado brazos, piernas, cabezas y otras partes del cuerpo sobre cuatro trenes de cercanías, el gobierno español de José María Aznar, un fiel aliado de Estados Unidos y Gran Bretaña en Irak, perdía rotundamente las elecciones ante una oposición socialista que había intentado, desde hacía tiempo, convertir en un referéndum el papel de España en la lucha contra el terrorismo.

Evidentemente, era lo que pretendían los operativos de AlQaeda que pusieron las bombas. Un documento de cincuenta y cuatro páginas que apareció tres meses después de las bombas, especulaba con que el gobierno de Aznar no podría «sufrir más de dos o tres ataques antes de salirse [de Irak] bajo la presión de su propia gente». La realidad fue que con un solo acto terrorista hubo tarjeta roja y fuera, de la misma manera que ocurrió con las tropas españolas en Irak que fueron retiradas al poco tiempo, como el recién elegido presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, había prometido; al día siguiente de que los votantes españoles hubieran optado por el pacifismo.

Este mismo año, cinco días antes del segundo aniversario de las bombas en Madrid, el gobierno Zapatero, que ya había legalizado el matrimonio y la adopción entre parejas del mismo sexo y que estaba en plena campaña para restringir la educación religiosa en los colegios españoles, anunció que las palabras «padre» y «madre» no volverían a aparecer en los certificados de nacimientos españoles. Según el Boletín Oficial del Estado, «la expresión padre sería reemplazada con Progenitor A y madre sería reemplazada por Progenitor B» Como explicó el director general del Registro Civil al diario ABC de Madrid, el cambio sólo producirá certificados de nacimiento españoles en línea con la legislación española sobre matrimonio y adopción. De manera más certera, el comentarista irlandés David Quinn vio en la nueva regulación «la retirada del reconocimiento del Estado sobre el papel de las madres y padres y la supresión de la fisiología y la naturaleza». (Esta ridícula reglamentación se retiró tras una protesta popular, pero la idea y el esfuerzo del gobierno es reveladora).

A primera vista, las bombas de Madrid y la nueva terminología de «Progenitor A» y «Progenitor B» podrían parecer estar conectados sólo por las generalidades de la política electoral: las bombas y la opinión publica —cada vez más contraria a un gobierno conservador—, llevaron a instaurar a un presidente de gobierno de izquierdas, que comenzó a decretar muchas de las cosas que varios gobiernos democráticos de España habían intentado hacer en el pasado y que socialmente habían sido rechazados. La realidad es que el nexo es más complejo. Los acontecimientos de los últimos dos años en España son una consecuencia de dos guerras culturales interrelacionadas que afectan a la Europa occidental de hoy.

La primera de estas guerras —siguiendo con el ejemplo de los certificados de nacimiento españoles, llamémosle «Guerra Cultural A»— es una versión más extrema que la división que existe entre demócratas y republicanos en Estados Unidos: una guerra entre las fuerzas posmodernas del relativismo moral frente a las que defienden la postura moral tradicional. La segunda —«Guerra Cultural B»— es la lucha por definir la naturaleza de la sociedad civil, el significado de la tolerancia y del pluralismo y los límites de un multiculturalismo en una Europa que envejece y cuyas tasas de natalidad no son suficientes para remplazar a la población y que, en consecuencia, ha abierto la puerta a una población musulmana cada vez mayor y demandante de derechos. Los agresores en la Guerra Cultural A son secularistas radicales, motivados por lo que el académico jurista Joseph Weiler ha denominado «Cristofobia». Su objetivo es eliminar cualquier vestigio cultural de la Europa judeocristiana de una Unión Europea postcristiana demandando el matrimonio entre personas del mismo sexo en nombre de la igualdad, restringiendo la libertad de expresión en nombre del civismo y eliminando aspectos esenciales de la libertad religiosa en nombre de la tolerancia.

Los agresores de la Guerra Cultural B son musulmanes radicales, miembros de la yihad que detestan a Occidente y están decididos a imponer tabúes islámicos a las sociedades occidentales a través de la protesta violenta y otras formas de coacción si fuera necesario. Además, ven estos hechos como el primer paso para la islamificacion de Europa —o, como ellos con frecuencia hacen referencia—, de alAndalus, es decir, la restauración del orden propio de la situación, en su tiempo establecida por Isabel y Fernando en 1492.

La pregunta a la que Europa ha de enfrentarse, pero que gran parte de Europa parece intentar evitar, es si los agresores en la Guerra Cultural A no han conseguido que sea excepcionalmente difícil que las fuerzas verdaderamente tolerantes y la auténtica sociedad civil prevalezca en la Guerra Cultural B. [[wysiwyg_imageupload:1280:height=150,width=180]] La caída de Europa occidental la languidez de la «despolitización», como algunos analistas la han denominado, pareció en su momento que era un asunto para la política del Estado de derecho, economistas socialistas, la política de importación y exportación proteccionista, con un sabor irritante de reglamentacion de la UE que pretende controlar todo, desde la circunferencia de los tomates hasta el cuidado y la alimentación de los cerdos de Cerdeña. Y sin duda no ha habido ninguna relajación de lo que parecería ser la determinación de la UE de atenerse cada vez más y de manera más enérgica, a las normas de la reglamentación burocrática. Observemos simplemente cómo los turistas que visitaron Polonia tras su acceso a la UE no podían evitar darse cuenta de que cada huevo que se vendía en cualquier tienda de ultramarinos ahora tenía un código multidigital de la UE, y que cada oveja polaca tenía una placa de identificación en una de sus orejas. Además, está lo que los estadounidenses llamamos la reglamentación de big brother en el ámbito del trabajo. El año pasado, gracias al «Capítulo Sexto de la Directiva sobre trabajos realizados en altura» de la UE, los electricistas del pueblo inglés de Eccles en Suffolk tenían prohibido usar escaleras para cambiar cinco bombillas en el techo de la iglesia de St. Benet. Tuvieron que construir un andamio inmenso y el costo de dos días de trabajo vino a suponer unos cuatrocientos euros por bombilla.

¿Qué tiene esto que ver con la Guerra Cultural A? El hecho cierto es que ésta pasión europea por la regulación continúa teniendo consecuencias deletéreas, y también han sido extremas y son ahora más duras, especialmente en lo referente a la religión. El pasado mes de octubre, por ejemplo, los custodios de la probidad ortográfica decretaron que, a partir de agosto de 2006, «Cristo» se escribiría con minúscula mientras que «Judíos» se escribiría con mayúscula cuando hiciera referencia a la nacionalidad y con minúscula cuando hiciera referencia a la religión. A principios de este año, un profesor de matemáticas ateo en Escocia ganó un caso de antidiscriminación en los tribunales de justicia, al afirmar que su solicitud de empleo para un «puesto de carácter pastoral» en un colegio católico había sido rechazada sobre la base de que el colegio reservaba este puesto para católicos.

En parte, la Guerra Cultural A representa el esfuerzo determinado por parte de los secularistas —usando la maquinaria reguladora de la UE—, para marginalizar la presencia pública y el impacto del número decreciente de cristianos practicantes. De manera relacionada, también trae a colación preguntas cruciales sobre el principio y el fin de la vida, planteadas de manera especial en los Países Bajos en donde no parecen sentir un compromiso por la tradición. Desde hace tiempo Holanda disfruta de la reputación de libertinaje legalizado gracias a la droga y a la prostitucion. Este país lidera en Europa el camino hacia la eutanasia y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ahora, los belgas parecen empeñados en no quedarse atrás. Además de hacer lo que hacen sus vecinos holandeses al abrazar el matrimonio de personas del mismo sexo y la eutanasia —la mitad de las muertes infantiles en Flandes entre 1999 y 2000 fueron por eutanasia—, la coalición socialista/liberal que gobierna el país permite la procreación alquilando úteros. Baste recordar la disputa legal que se produjo cuando una madre incubadora encontró a un mejor comprador en Holanda mientras estaba en periodo de gestación y vendió al niño. La batalla legal la ganó la pareja holandesa, es decir, la que pujó con más fuerza.

Como comentó el filósofo y ministro italiano Rocco Buttiglione, «en otros tiempos citábamos a Karl Marx cuando protestábamos contra la alienación, objetivación y comercialización de la vida humana. ¿Es posible que hoy la izquierda esté inscribiendo en sus carteles precisamente el derecho de comercializar con seres humanos?». Y todo esto ¿en nombre de la tolerancia y de la igualdad?[[wysiwyg_imageupload:1281:height=149,width=180]]

La Guerra Cultural A se establece para coaccionar e imponer comportamientos progresistas, tolerantes, multiculturales, o políticamente correctos en términos del feminismo extremo. En estos últimos años, esto ha llevado a los Estados miembros de la UE a reglamentar legalmente y, por tanto, a reducir la libertad de expresión. Cualquie comentario crítico desde el punto de vista moral sobre comportamientos homosexuales, por ejemplo, se considera como «expresión de odio» y un parlamentario francés fue multado por decir que la heterosexualidad es moralmente superior a la homosexualidad.

En el ámbito transnacional, la presión por parte de la UE hizo caer últimamente la coalición gobernante en uno de sus miembros más recientes: Eslovaquia. El tema en cuestión fue un concordato con el Vaticano por el que Eslovaquia respetaría las decisiones de los doctores que, por razones de convicción moral, decidieran no practicar abortos. Esta provisión fue duramente atacada por el Grupo de Expertos Independientes sobre Derechos Humanos Fundamentales, que mantenía que el derecho a abortar un niño es un derecho humano internacional y que, por tanto, a los profesionales de la medicina no les estaba permitido dejar de participar en tales actos. El debate que se siguió en Bratislava sobre los riesgos de ofender a los «mandarines» de los derechos humanos de Bruselas y Estrasburgo, desestabilizó el gobierno hasta tal punto, que el primer ministro eslovaco tuvo que disolver el parlamento y convocar elecciones generales.

Este autoritarismo que se va implantando también resulta evidente en la resolución del Parlamento Europeo que condenaba como «homófobos» a aquellos Estados que no reconocieran el matrimonio entre personas del mismo sexo y, haciendo referencia a la libertad religiosa, como una «fuente de discriminación». Durante el debate sobre esa resolución, un eurodiputado británico, examinando las leyes tradicionales sobre el matrimonio como una «rotura de los derechos de personas homosexuales y lesbianas», planteó la posibilidad de suspender como miembros de la UE, a aquellos países que disintieran, como Polonia y Lituania. También Polonia había sido amenazada con la suspensión de sus derechos de voto en reuniones ministeriales de la UE en el caso de que volvieran a restituir la pena de muerte.

Independientemente de lo que se pueda decir de estos acontecimientos, que Europa vive en este momento de su historia —metida de lleno en conflictos agresivos sobre el dictado de la corrección política—, tiene que resultar, incluso para el observador más afín, como una distracción acerca del hecho más dramático de este continente a principios del siglo XXI: Europa está consumando su suicidio demográfico y lo ha estado haciendo desde hace algún tiempo.

A finales del siglo XX algunos extremistas ambientales predijeron con seguridad que según se le iban acabando varios recursos naturales al mundo —oro, zinc, hojalata, mercurio, petróleo, bronce, plomo, gas natural y demás— éste sucumbiría ante una «sobrepoblación» masiva. Al principio del siglo XXI el mundo está completamente lleno de recursos naturales; sin embargo, Europa se está quedando sin el recurso natural crucial por excelencia: las personas.

La fotografía es escalofriante. Ni un sólo país miembro de la UE tiene una tasa de natalidad que asegure el reemplazo de su población —2,1 niños por mujer necesarios para mantener la población—. Por si esto fuera poco, once países de la UE —incluidos Alemania, Austria, Italia, Hungría y los tres estados bálticos— muestran «incrementos naturales negativos» (más muertes anuales que nacimientos), un paso claro hacia abajo en la espiral de muerte demográfica.

Estas cifras son llamativas cuando se analizan de un modo más concreto. Lo demoníaco está en los detalles, lo cual se puede ver gráficamente cuando un continente como el europeo que en estos momentos es más sano, próspero y más seguro que en cualquier otro momento de su historia, opta por dejar de mantener el futuro humano en su sentido más elemental. Por ello, salvo que se produzca un cambio drástico, los mismos belgas que están adoptando formas cada vez más avanzadas de «corrección política», verán cómo su población baja de siete millones en 2020 a cuatro millones y medio de personas a mediados de siglo.[[wysiwyg_imageupload:1282:height=149,width=180]]

Los españoles, cuyo gobierno esta atareado en el desmantelamiento de la vida social y cultural tradicional, podrán ver su población recortada en un 25% en el año 2050.

En Alemania, ni la campaña electoral del año pasado ni el recientemente instaurado gobierno de Angela Merkel se han centrado en la preocupante tensión creada por el sistema de pensiones y de salud social alemán, en el que un número de trabajadores que paga impuestos —que se reduce por momentos— tendrá que mantener a un grupo creciente de personas retiradas. Además y gracias a las expectativas demográficas, Alemania muy probablemente perderá el equivalente a la población total de Alemania del Este a mediados de siglo. Si bien el presidente alemán Horst Köhler ha hecho campaña pública por incrementar la tasa de fertilidad, que ahora es de 1,39, una encuesta reciente nos muestra que el 25% de los hombres alemanes y el 20% de las mujeres alemanas en la década de sus veinte años no tienen planificado tener hijos y no ven que haya ningún problema con esa opción. Y después viene Italia, cuyas grandes familias han sido una leyenda en la imaginación del mundo desde hace tiempo. La realidad de la situación es claramente distinta: si las tendencias actuales continúan, en el año 2050 casi el 60% de los italianos no conocerán por experiencia propia lo que es un hermano, una hermana, una tía, un tío o un primo. Pero esto quizá no es sorprendente en un país en donde la edad media de un hombre cuando nace su primer hijo es de treinta y tres años y el número de los que tienen más de sesenta y cinco años excede considerablemente a los que tienen menos de quince. (Alemania, España, Portugal y Grecia también tienen más gente de más de sesenta y cinco que de quince).

Este derretir demográfico no se limita a la «vieja Europa»; en el año 2050 se prevé que la población de Bulgaria quede reducida en un 36% y la de Estonia en un 52%.

En el siguiente cuarto de siglo, el número de trabajadores de Europa se reducirá en un 7% mientras que el de los que tienen más de sesenta y cinco años se incrementará en un 50%. Estas tendencias crearán dificultades fiscales intolerables para el Estado de bienestar a lo largo del continente. Las tensiones intergeneracionales crearán gran presión en las políticas nacionales y esas presiones podrían poner, de muy diversas formas, de espaldas el proyecto de «Europa» tal y como lo visionaron en la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, el precursor institucional, en 1952, de la UE de hoy. La demografía es futuro y las demografías en declive de Europa —que no tienen paralelo en la historia humana salvo por guerras, plagas y catástrofes naturales— lo que están consiguiendo son problemas enormes e inevitables.

De manera un tanto ominiosa, la caída libre demográfica de Europa es parte de la relación entre la Guerra Cultural A y la Guerra Cultural B.

La historia aborrece vacíos y el vacío demográfico creado por la autodestrucción debida a la baja fertilidad ha sido, ya desde hace varias generaciones, llenado por la inmigración a gran escala del mundo islámico. Para cualquiera que se haya tomado el trabajo de mirar, los efectos más obvios de esa inmigración están a la vista en un paisaje urbano, cada vez más segregado, en el que una periferia suburbana típicamente pobre, rodea el núcleo europeo más afluente.

En las áreas metropolitanas europeas es mucho más que la apariencia física lo que ha cambiado. Hay docenas de áreas «ingobernables» en Francia: suburbios dominados por musulmanes en donde la ley francesa no se aplica y a donde la policía francesa no va. En Francia y en otros paises europeos existen enclaves territoriales similares en donde la ley shari´a es la que aplican los clérigos musulmanes. Más aún, como señala Bruce Bawer en su nuevo libro Mientras Europa dormía, las autoridades europeas miran poco o nada las prácticas realizadas por sus poblaciones musulmanas que van desde lo físicamente cruel (circuncisión femenina), a la crueldad moral (matrimonios arreglados o forzados), a las que crean disrupción social (mandando niños musulmanes a colegios radicales, madrassas, en el Medio Oriente, el norte de África y Pakistán para su educación primaria y secundaria), y la ilegal (asesinatos «de honor» en casos de adulterio y violación, siendo asesinada la víctima de la violación).[[wysiwyg_imageupload:1284:height=135,width=180]]

No es simplemente el caso, sin duda, de que los gobiernos europeos elijan no mirar estos hechos. Los sistemas de bienestar social europeos apoyan generosamente a los inmigrantes, los cuales denigran a los países que les aceptan o se vuelven violentamente contra ellos, el caso mas notable es el de las bombas en el metro y autobuses de Londres del pasado 7 de julio de 2005. Tal y como Melanie Phillips relata en Londonistan, los que pusieron las bombas eran «chicos británicos, el producto de colegios y universidades británicas y el estado de bienestar británico, [los cuales] repudiaron, no sólo los valores británicos, sino los códigos elementales de la humanidad. Tampoco eran tipos raros y solitarios. Lo que les hizo ir al metro con sus mochilas y estallarse a sí mismos y a sus compatriotas británicos, es una ideología que se ha aferrado como un cáncer no sólo en las madrassas de Pakistán sino en las calles de Leeds y Bradford, Oldham y Leicester, Glasgow y Luton».

Gracias a la liberalidad de la ley penal europea, los terroristas musulmanes sediciosos son tratados con frecuencia de manera que parece que vienen de épocas como el mundo de la Reina Roja de Alicia en el País de las Maravillas en las que la gente aprende «cosas imposibles antes del desayuno». De ahí el caso de Muhammad Bouyeri, el holandés-marroquí que asesinó al director de cine Theo van Gogh en 2004 en medio de una calle de Amsterdam y al que le clavó un cuchillo de cocina en el pecho como una fatua personal. Este hombre mantiene el derecho a votar y podría, si quisiera, presentarse a las elecciones al parlamento holandés. Mientras tanto, por lo menos dos parlamentarios holandeses, que han sido críticos con el islamismo extremista, han sido forzados por amenazas islámicas a vivir en cárceles o cuarteles bajo la guardia del ejercito o la policía.

Sesenta años después del fin de la II Guerra Mundial, el instinto europeo de pacificación está vivo y coleando. Las piscinas públicas francesas han sido divididas por sexos gracias a las protestas de los musulmanes. Las tazas con el famoso «Piglet» (cerdito) han desaparecido de las tiendas de determinados vendedores británicos tras las protestas de musulmanes ya que el dibujo de A. A. Milne hería las sensibilidades islámicas. Lo mismo ha ocurrido con los helados de chocolate en forma de remolino de Burger King, que les recordaba a algunos musulmanes el tipo de escritura que aparece en el Corán. Bawer nos dice que la Cruz Roja británica eliminó los árboles de navidad y los nacimientos de sus tiendas por el miedo a ofender a los musulmanes. Por razones similares, a resultas del asesinato de Van Gogh, la policía holandesa destruyó una parte de una obra de arte de una de las calles de Rotterdam que proclamaba «No matarás». A los colegiales les fue prohibido llevar banderas holandesas en sus mochilas porque a los inmigrantes les podría parecer un signo «provocativo».

La prensa y la televisión europea se autocensuran frecuentemente en materias relacionadas con el radicalismo islámico y los crímenes cometidos por musulmanes que se suceden en los diferentes países europeos. Con raras excepciones, la cobertura contra la guerra del terrorismo hace que la prensa y la televisión americanas resulten equilibradas. Cuando estos problemas «domésticos» ven la luz, la reacción típica europea, según Bawer, es una de autocrítica. En Malmoe, la tercera ciudad de Suecia por tamaño, las violaciones, robos, quemas de colegios, asesinatos de «honor» y agitación antisemita se fue tanto de las manos que un grupo significativo de suecos se trasladó a vivir a otras partes de Suecia. El gobierno culpó de los problemas de Malmoe a los racistas suecos y también a aquellos que habían entendido la integración «en dos categorías ordenadas jerárquicamente, un nosotros que integraremos y un ellos que serán integrados».

Por su parte, Bélgica ha establecido un Centro Gubernamental para la Igualdad de Oportunidades y Oposición al Racismo (CIOOR) que recientemente llevó a los tribunales de justicia a un fabricante de puertas de seguridad para garajes, cuyos empleados marroquíes sólo trabajaban en la fábrica y no salían a instalarlas a las casas belgas. Como contraste, y según el periodista belga Paul Belien, cuya publicación The Brussels Journal (www.brusselsjournal.com) es una fuente importante sobre las guerras culturales en Europa, el CIOOR declinó llevar a los tribunales a un empleado musulmán que había dibujado una serie de caricaturas antisemitas, basándose en que hacerlo «inflamaría la situación».[[wysiwyg_imageupload:1286:height=119,width=180]]

Quizá, y predeciblemente, los judíos europeos han jugado con frecuencia el papel de «alertadores» en las tribulaciones de la integración islámica. Hace dos años, un disk jockey parisino fue brutalmente asesinado mientras el asesino chillaba: «He matado a mi judío. Iré al cielo». Esa misma noche otro musulmán asesinó a una mujer mientras su hija miraba horrorizada. Pero en ese momento, como escribió el columnista Mark Steyn, «ningún periódico de peso contaba lo ocurrido» de estos homicidios. El pasado mes de febrero la prensa francesa sí contaba el horrible asesinato de un hombre judío de veintitrés años, Ilan Halimi, que había sido torturado durante tres semanas por una banda islámica; sus chillidos, producidos por la tortura a la que fue sometido, los escuchaba su familia cada vez que los secuestradores llamaban para pedir el rescate. Steyn cita a uno de los detectives de la policía que, para eliminar el horror de la dimensión de yihad, decía que todo era bastante sencillo:«Los judíos equivalen a dinero».

Este cuadro de sedición y pacifismo llegó finalmente a la atención del mundo a principios de año con la yihad de las caricaturas danesas. Las caricaturas mismas, en donde aparecía Mahoma, no causaron mayor impresión en Dinamarca o en ningún otro sitio cuando fueron originalmente publicadas en JyllandsPosten, el diario de Copenhague. Pero después de que imanes islamistas daneses empezasen a agitar en el Oriente Medio (ayudados por tres caricaturas adicionales que eran mucho más insultantes y hechas por ellos mismos), se disparó un furor internacional, con decenas de personas muertas por los musulmanes en amotinamientos en Europa, África y Asia. Tal y como lo expuso Henrik Bering en el Weekly Standard, «los daneses se convirtieron repentinamente en las personas más odiadas de la tierra, con ataques a sus embajadas, su bandera fue objeto de quemas, y siendo sus conciencias señaladas gracias a las lecciones sobre tolerancia religiosa que recibían de Irán, Arabia Saudita y otros focos de ilustración».

La respuesta de Europa fue, en gran medida, intensificar el pacifismo. Roberto Calderoli, el «ministro de reformas» italiano, fue obligado a dimitir por haber llevado una camiseta en la que aparecía una de las caricaturas ofensivas, una «acción irreflexiva» que, el primer ministro Silvio Berlusconi dedujo, era la causa del amotinamiento a las puertas del consulado italiano en Benghazi, en donde murieron once personas. Los periódicos que reprodujeron las caricaturas fueron objeto de grandes presiones políticas; algunos periodistas fueron llevados ante los tribunales; algunas páginas web fueron cerradas por la fuerza. La cadena paneuropea de supermercados Carrefour, haciendose eco de las presiones islamistas de boicot de productos daneses, puso carteles en sus supermercados en árabe y en inglés expresando su «solidaridad» con la «Comunidad islámica» y haciendo notar, con poca elegancia, si bien de una manera reveladora, que «Carrefour no vende productos daneses». El gobierno noruego obligó al editor de una publicación cristiana a pedir perdón públicamente por imprimir las caricaturas danesas; en su rueda de prensa, el solitario editor estaba rodeado por ministros del gobierno e imanes. Javier Solana, el ministro de asuntos exteriores de la UE, fue, suplicante, de nación en nación árabe, explicando que los europeos compartían la «ansiedad» de los musulmanes «ofendidos» por las caricaturas danesas. Para no ser menos, Franco Frattini, el ministro de justicia de la UE, anunció que la UE establecería un «código para la prensa y televisión» encareciendo la «prudencia», como un sinónimo de «rendirse», independientemente de la visión de cada uno de los méritos artísticos o la sensibilidad cultural mostrada por las caricaturas más famosas del mundo.

Con toda la ceguera con que en los años treinta intentaron apaciguar la agresión totalitaria, al menos se pensaba que estaban protegiendo su forma de vida, Bruce Bawer (siguiendo al investigador Bat Yeor) sugiere que el pacifismo europeo del siglo XXI hacia el islam equivale a un intento de reducir el avance de la creciente ola islamista, cediendo aspectos centrales de su soberanía y convirtiendo a las poblaciones nativas de Europa en ciudadanos de segunda o tercera clase en sus propios países.

Bawer culpa de la mentalidad pacifista de Europa y sus consecuencias a una corrección política [[wysiwyg_imageupload:1287:height=262,width=180]]multiculturalista que ha sobrepasado sus límites, y, sin duda, hay algo de eso. Curiosamente, y de manera no exenta de ironía, el multiculturalismo europeo, basado en teorías posmodernas de la presunta irracionalidad del conocimiento (y, por tanto, de la relatividad de toda verdad), se ha convertido ella misma en completamente irreal por no decir contradictoria.

Tomemos, por ejemplo, el caso de Iqbal Sacranie, el secretario general del Consejo Musulmán de Gran Bretaña, al que el primer ministro Tony Blair nombró como uno de sus asesores en materias musulmanas y para quien Blair consiguió el real nombramiento de Caballero. A Sir Iqbal le faltó tiempo para ir a la BBC a anunciar que la homosexualidad «daña la base, el mismo fundamento de la sociedad»; tras las protestas de un lobby homosexual británico, fue investigado por la «unidad de seguridad de la comunidad» de Scotland Yard, cuya misión incluye «crímenes de odio y homofobia»; fue en ese momento cuando un lobby musulmán exigió que Blair eliminase el «Día en Recuerdo del Holocausto» que había creado unos años antes. Sir Iqbal apoyó la petición, informando al Daily Telegraph que «los musulmanes se sienten dolidos y excluidos porque sus vidas no son igualmente valiosas que aquellas que se perdieron en el Holocausto».

De todas maneras, echarle la culpa de la parálisis europea a la corrección política multicultural es quedarse en la superficie. La Guerra Cultural A —el intento de imponer multiculturalismo y un «estilo de vida» libertina en Europa limitando el derecho a la libre expresión, definiendo las convicciones religiosas y morales como fanatismo y usando el poder del Estado para obligar al «inclusivismo» y la «sensibilidad»— es una guerra sobre el significado real de la tolerancia misma. Lo que Bruce Bawer deplora como una corrección política que está fuera de control en Europa tiene su origen en una enfermedad mayor: el rechazo a la creencia de que los seres humanos pueden conocer la verdad de las cosas aunque sea de manera inadecuada o incompleta, una creencia que durante la mayor parte de los dos milenios que nos anteceden, ha sido la base de la civilización europea que surgió de la interacción de Atenas, Jerusalén y Roma.

La alta cultura posmoderna Europea repudia esta creencia. Y en cuanto que, sólo es capaz de concebir «tu verdad» y «mi verdad» a la vez que rechaza terminantemente la idea de «la verdad», sólo puede concebir la tolerancia como indiferencia a las diferencias, una indiferencia que, de ser necesaria, será impuesta por la fuerza coercitiva del Estado. La idea de tolerancia como una manera de encajar las diferencias dentro de una unión y coherencia cívica (tal y como lo explicó una vez Richard John Neuhaus) es considerada en sí misma como intolerante. Aquellos que quieran defender la verdadera tolerancia del debate público dirigido abiertamente hacia la verdad (que incluye convicciones religiosas y morales) corren el riesgo de rechazo, y en muchos casos son considerados fanáticos desde la perspectiva de la opinión pública europea.

Pero el problema es aún más profundo. Cuanto más alto proclaman los posmodernistas europeos su devoción a la relatividad de todas las verdades, en la práctica se traduce en algo muy distinto, concretamente en la demolición de las verdades tradicionales de Occidente quitándoles todo valor, combinadas con una deferencia estudiada a las no —o anti— occidentales. En la mentalidad relativista[[wysiwyg_imageupload:1288:height=217,width=180]] resulta que no todas las religiones y convicciones morales son fanatismos que han de ser suprimidos; sólo la judeocristiana es la que ha de ser suprimida. En resumidas cuentas, el relativismo moral de Europa es, con frecuencia, un escaparate para enmascarar un «autoodio» occidental.

Otro tema, relacionado, es el del escepticismo europeo que va de la mano de lo que Allan Bloom una vez llamó «nihilismo bonachón»un nihilismo que, en su indiferencia por todo, salvo por su propio y soberano «yo», ha aportado su propia contribución a la falta de deseo por parte del continente de crear un futuro para sucesivas generaciones. Bruce Bawer dejó América por Europa por lo que él vio como la influencia torva de la derecha religiosa en la política americana, y porque Europa era muchísimo más «abierta» que Estados Unidos a los matrimonios homosexuales. No parece comprender que lo que hizo Europa atractiva para personas como él —su supuesta apertura moral— es precisamente lo que la ha hecho tan vulnerable al radicalismo islámico.

Bawer entiende que Europa puede mantener su desafío y defender sus sociedades libres, rechazando la correcta política multicultural, manteniendo la expresión política de escepticismo y relativismo: la libertad expresada y apoyada por la ley como una individual y personal autonomía. Pero ha sido la autonomía individual radical la que ha hecho que Europa esté en caída libre demográfica; es la autonomía individual radical la que ha hecho que Europa denigre sus propios logros como civilización; y es la autonomía individual radical la que apoya la corrección política y sus efectos corrosivos en la capacidad de Europa para defenderse a sí misma contra la agresión islámica interna.

Un análisis distinto y mucho más persuasivo de las guerras culturales de Europa es el fruto del diálogo fascinante que tuvo lugar en 2004. Los contertulios de esta conversación podrían parecer un dúo poco probable: Marcello Pera, un académico agnóstico italiano, dedicado en la actualidad a la política (y presidente del Senado italiano) y el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, la principal institución teológica de la Iglesia católica.

Pera había dado una conferencia sobre «Relativismo, Cristianismo y Occidente» en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma; Ratzinger, al día siguiente, impartió una conferencia en el Senado italiano sobre «Las raíces espirituales de Europa». En virtud de la sorprendente convergencia de análisis que habían caracterizado sus conferencias, los dos hombres acordaron escribirse. Las dos conferencias y las cartas se publicaron en un pequeño libro a principios de 2005 en Italia, que fue muy comentado, y cuyo interés solo se intensificó cuando Joseph Ratzinger se convirtió en el papa Benedicto XVI. El libro de Ratzinger y Pera se ha publicado ahora en España bajo el titulo Sin raíces: Europa, relativismo, cristianismo, islam.

Mucho antes de ser proclamado papa, Joseph Ratzinger, un intelectual universalmente respetado que había sucedido al ya fallecido Andrei Sakharov en su sillón de la prestigiosa Academia de Ciencias Morales y Políticas Francesa, había estado advirtiendo a sus compatriotas europeos que su devaneo en la marea del posmodernismo iba a causar problemas serios a sus sociedades y a sus políticas. Estos problemas, argumenta, son al mismo tiempo intelectuales, espirituales y morales. El «derrumbamiento de las certezas originales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y el universo» ha conducido «al declive de una conciencia moral basada en valores absolutos» y al «verdadero peligro» de la «autodestrucción de la conciencia europea». «¿Por qué —se pregunta Ratzinger— Europa ha perdido toda capacidad para quererse a sí misma? [… ] ¿Cuál es la razón por la que Europa sólo puede ver en su propia historia lo más despreciable y destructivo… y no es ya capaz de percibir lo que es grande y puro?».

Los secularistas europeos han escuchado críticas como la de Ratzinger antes y las ignoran al verlas como opiniones específicas de cristianos comprometidos. La agradable sorpresa de Sin raíces es la contestación de Marcello Pera: precisamente, una crítica paralela de una persona que se define como no creyente y filósofo de la ciencia. «Infectado por una epidemia de relativismo», Pera escribe: los europeos creen que «aceptar y defender su cultura sería un acto de hegemonía, de intolerancia, una actitud antidemocrática, antiliberal y de falta de respeto». Pero precisamente esta «toxina» les ha llevado «a una cárcel» de corrección política, a una «jaula» en la que «Europa se ha encarcelado a sí misma… por miedo a decir cosas que para nada son incorrectas sino verdades comunes, evitando enfrentarse a sus propias responsabilidades».

Pera también es claro a la hora de hablar sobre la falta de interés de Europa de defenderse ante el islam radical. «¿Los europeos entienden, se pregunta, que su propia existencia está en juego, que su civilización ha sido elegida como objetivo de destrucción y que su cultura está siendo atacada? ¿Entienden que lo que están llamados a defender es su propia identidad? ¿A través de su cultura, educación, negociaciones diplomáticas, relaciones políticas, intercambios económicos, diálogo desde la tribuna y también, si fuese necesario, mediante la fuerza?».[[wysiwyg_imageupload:1289:height=145,width=180]]

En su propio ensayo en Sin raíces, Ratzinger, adoptando una idea de Toynbee, propone que cualquier renovación de la moral civilizadora europea sólo puede ser llevada a cabo por «minorías creativas» que harán frente al secularismo, como la ideología de facto europea, de manera que suponga un reencuentro con la herencia religiosa y moral judeocristiana europea. Pera sugiere que el «trabajo de renovación que se necesita hacer […] se haga por cristianos y secularistas juntos». Ese trabajo, escribe, «significará el desarrollo de una religión civil que puede imbuir sus valores a través de la larga cadena que va del individuo a la familia, grupos, asociaciones, la comunidad y la sociedad civil, sin pasar por los partidos políticos, programas de gobierno y la fuerza de los Estados y por tanto sin romper la separación, en la esfera temporal, de la Iglesia y el Estado».

La propuesta de Pera para esta «religión civil» queda un tanto vaga, pero en febrero sus contornos quedaron algo más claros cuando lanzó un movimiento nuevo llamado «Para Occidente, la Cuna de la Civilización». El manifiesto del movimiento empieza describiendo con cierta rapidez las dos guerras culturales de Europa, pasa a afirmar que la civilización occidental es «una fuente de principios universales e inalienables», y compromete a sus firmantes (que incluye una gama de políticos e intelectuales de centroderecha) a un amplio programa de renovación: «quitar al terrorismo cualquier justificación y apoyo»; integrar inmigrantes «bajo la denominación de valores compartidos»; apoyar «el derecho a la vida desde la concepción hasta el momento de la muerte natural»; desmontar la burocracia innecesaria; «afirmar el valor de la familia como una sociedad natural basada en el matrimonio»; fomentar en todo el mundo «la libertad y la democracia como valores universales»; mantener la separación institucional entre la Iglesia y el Estado «sin caer en la tentación secular de relegar la dimensión religiosa únicamente a la esfera individual»; promover un pluralismo sano en la educación. El manifiesto concluye con un llamamiento a la lucha y un aviso: «Las personas que olvidan sus raíces no pueden ser libres ni ser respetadas».

Queda por ver si iniciativas similares a las de Marcello Pera, o análisis similares a aquéllos, han avanzado en paralelo con el papa Benedicto, y pueden empezar a ser aceptadas por parte de la alta cultura en Europa. Algunos argumentarán que es ya es demasiado tarde, que el punto de equilibrio demográfico ya ha llegado y que, como apuntó Mark Steyn con «la población que viene ya en su lugar, el islam […] la única pregunta que cabe es cuán sangrienta será la transferencia de los activos inmobiliarios». Pero si las dos guerras culturales de Europa no tuvieran éxito en la aparición de «Eurabia» (en palabras de Bat Yeor), algo que se parezca a la iniciativa de Pera tendrá que indicar el camino, y pronto.

El camino alternativo al futuro de Europa se definió, de manera gráfica y a la vista de todos, en agosto de 2005 al fallecer Robin Cook, el que fuera ministro de asuntos exteriores británico (y crítico de la guerra de Irak). El funeral, que tuvo lugar en el histórico St. Giles de Edimburgo, fue presidido por el obispo Richard Holloway, que en su día había sido primado anglicano de Escocia y que unos años antes había escrito un libro que intentaba reconciliar a sus lectores con lo que él denominaba la «masiva indiferencia del universo». Tras el funeral, Holloway lo describió de esta manera: «Aquí estoy yo, un anglicano agnóstico, oficiando un funeral en una iglesia presbiteriana, para un político ateo muerto. Y pienso que esto es realmente maravilloso».

El nihilismo arraigado en el escepticismo, propagándose en la mala fe del relativismo moral, y el autoodio occidental, conformándose con un humanitarismo vacío, no sólo no es maravilloso, sino que además ha contribuido a matar Europa desde un punto de vista demográfico, y a paralizarla ante una ideología agresiva que apunta a la erradicación del humanismo occidental en nombre de un entendimiento letalmente distorsionado de la voluntad de Dios. Aquellos que quieren a Europa, por lo que significó y aún puede significar para el mundo, ya pueden esperar que Marcello Pera y sus aliados, y no el obispo Holloway y sus compañeros buenistas y nihilistas, sean los que prevalezcan en la lucha por resolver las dos guerras de Europa.


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