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El ocaso de la modernidad ha hecho anidar en el pecho de nuestros coetáneos un profundo escepticismo hacia los “grandes relatos” (Lyotard) y en el día solo los productos fragmentarios y mínimos superan la mirada detective de los intelectuales, inquisidores de una obediencia postmoderna. De ahí nace ese desdén saturnino hacia los grandes sistemas que expresan una idealidad teórica, más o menos verdadera, pero dulce al corazón. Todo lo cual ha tenido como consecuencia que el pensamiento grande, noble, elevado, de nuestra época se refugie en aquella disciplina que aún reconoce como objeto propio una visión grandiosa de la realidad: la teología cristiana. El hombre sensible anhela todavía hoy interpretaciones del mundo que encierren una totalidad de sentido. El consuelo que Boecio hallaba en la filosofía lo buscaría hoy en la alta teología, que exhibe un pasmo de imaginación y de belleza. Así Borges veía en la Summa Theologica la culminación de la literatura fantástica. No hace falta profesar una fe para saborear en las producciones teológicas lo que el humanista reclama de una obra maestra.

Hans Urs von Balthasar (1905- 1988) es, incomparablemente, el primer teólogo católico del siglo XX y, con Karl Barth, el primer teólogo cristiano. A finales de 1995 apareció la traducción del cuarto volumen de su Teodramática (en adelante TD), que con Gloria y su Teológica, conforma la colosal trilogía de quince volúmenes publicados entre 1961 y 1988.

El volumen IV es el penúltimo  de la TD, a la que siguen los tres volúmenes de la Lógica teológica, pero en él se consuma, llevado a su cénit, el trazado entero de la trilogía. Todas las líneas abiertas en los anteriores convergen en éste, la tesela central que faltaba al mosaico, la clave que sostiene la formidable bóveda. Llegado es el momento de que NUEVA REVISTA ofrezca una exposición de las principales ideas que animan la trilogía, vivas como llamas de fuego, pero numerables como yemas de los dedos, vista la parvedad de la información suministrada por las obras teológicas a mano (Vilanova, Historia de la teología cristiana, III, 1992; Illanes y Saranyana, Historia de la teología, 1995; el número IV/88 de la revista Communio dedicado a Balthasar). Sin embargo, aunque empeño mi palabra en el propósito, aún habrá de demorarlo hasta más oportuna hora.

En 1927 Heidegger proclamó la “destrucción de la historia de la ontología”, que no pudo ejecutar en Ser y Tiempo sino en sus escritos posteriores de los años 30 y 40. Sin embargo, tiempo después ve extenderse por doquier el imperio de la técnica, que él considera como la exaltación de la metafísica. En 1966, entregado al pesimismo, dijo aquello conocido de: “Solo un dios puede aún salvamos”. Sin duda no se refiere al Dios cristiano, pero tampoco dice “los dioses”. Y sigue: “La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso” (entrevista en Der Spiegel). Ya en la conferencia de 1935 sobre El origen de la obra de arte explica de qué forma en el arte acontece la verdad según su concepto de desvelamiento.

Casi al mismo tiempo Gadamer dio a la prensa su Verdad y Método (1960) y Balthasar su primer volumen de Gloria (1961). Ambos recurren al arte como salvación, en el sentido de Heidegger, de rebasamiento de la metafísica occidental y su epígono técnico. Pero el libro de Gadamer es, como afirmara Habermas, una “urbanización de la provincia heideggeriana”, esto es, ofrece una versión profesoral y académica del pensamiento de su maestro, al paso que Balthasar posee ese acento estremecido y oracular de los filósofos presocráticos y la poesía metafísica romántica que es más apropiado para ensalzar el misterio del ser. Como sin esfuerzo, Balthasar revienta los tradicionales tratados teológicos. La “teología fundamental” (vulgo apología) se convierte aquí en una “estética teológica”. Llámase “Gloria” (kabôd, doxa) a la belleza teológica, belleza de Dios como Dios. Lo bello se compone de lo que Santo Tomás llama “species” y “lumen”, la forma y el esplendor. La forma es la persona de Dios revelada y objeto de la percepción humana (volumen I de Gloria); por otra parte, la forma percibida, bañada en un esplendor subyugante, excita en el creyente un rapto y un éxtasis (volúmenes VI y VII; los volúmenes intermedios son historia).

Ahora bien, la forma que el sujeto percibe no es estática y fija, no es una cosa, sino un acontecimiento, la acción (drama) de la libertad de Dios que se enfrenta a la libertad del hombre, involucrándola. Es la voz de un Dios que dice: “tienes que cambiar tu vida”. Con ello la TD enlaza con el final de “Gloria”.

La TD constituye un completo sistema de teología dogmática según el “método teológico dramático” que Balthasar presenta en el volumen I de TD y desarrolla en los siguientes. Todos los tratados dogmáticos se interpretan no como verdades fijas conceptuales, sino como elementos del gran drama que se va a representar. En los volúmenes n y ni se anuncian los “dramatis personae”: Cristo (tratado de cristología), el hombre (antropología), María (mariología), Iglesia (eclesiología), ángeles, demonios, etc.; así como también se indica el escenario: el cielo y la tierra (tratado De Deo creante).

En el volumen IV comienza “la acción”. La creación asiste en vilo a la peripecia de la historia universal de salvación (Soteriología) y la batalla que riñen Dios y el hombre. El apartado II de este volumen describe con maestría sin igual los límites henchidos de pathos que oprimen la condición humana: su pretensión de atribuir significado absoluto a los fragmentos, indóciles al ensamblaje, de la vida humana (págs. 71 y 75); las aporías del mundo con sus tensiones y dilemas, y la nostalgia como sentimiento fundamental de la criatura (págs. 71, 75 y 110).

En el apartado III pasamos del primer Adán al segundo Adán: el primero fue concebido mirando al segundo, pero el segundo (Cristo) no nos era debido, vino como un don, sin derecho, no adivinado, inesperado, extraño; tanto, que cuando apareció la síntesis, fue crucificada, produciendo escándalo y odio. Primero estudia la teodramática en el Antiguo Testamento (A); luego arregla un panorama de las soteriologías más importantes, todas ellas no dramáticas (B); al fin, aborda la Soteriología dramática que Balthasar propone, la acción dramática de Dios salvador (C).

El último apartado plantea la ambigua situación de la historia de la salvación después de la resurrección de Cristo, entre el “ya” de la redención consumada y el “todavía no” del tiempo de batalla que aún resta.

“Solo un dios puede salvarnos”, exclamó Heidegger, a lo que respondió Balthasar, asintiendo: “en efecto, Dios se ha reservado el regalo de la síntesis” (TD, IV, pág. 75).


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Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es doctor en Filosofía y licenciado en Filología Clásica y en Derecho. En 1993 ganó las oposiciones al cuerpo de Letrados del Consejo de Estado con el número 1 de su promoción. Desde 2003 es director de la Fundación Juan March. A lo largo de una década publicó cuatro libros en torno a la ejemplaridad: Imitación y experiencia (2003), Aquiles en el gineceo (2007), Ejemplaridad pública (2009) y Necesario pero imposible (2013). Ha reunido su producción ensayística en dos compilaciones: Tetralogía de la ejemplaridad (2014) y Filosofía mundana. Microensayos completos (2016). En 2004, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo por su primer libro. Es patrono del Teatro Real y del Teatro Abadía. Miembro del Consejo de Dirección de Nueva Revista.