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Los hombres, decía Borges, como los astros, vuelven. Antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, de la mano de los pensadores del principal país vencido en la primera, Alemania, alguna de las ideas de Donoso reverdecieron a socaire de los vientos apocalípticos que otra vez sacudieron, en horas de angustia, las tierras de la vieja Europa. La vertiente más sombría del pensamiento donosiano, iluminado aquí y allá por relámpagos de extremada perspicacia, volvió a transitarse por algunos casandristas y profetas de terrores milenarios. En la actualidad, algunos de sus vaticinios sobre la convivencia europea y la relación entre los eslavos y los restantes pueblos de nuestro continente son objeto de atención y estudio por polítologos y analistas del gran acontecimiento finisecular: la descomposición del imperio ruso. De manera afortunadamente más serena y matizada, con exclusión de tremendismos y profecías de corte bíblico, el ideario de este extremeño universal ha retornado, como objeto de meditación, a la bibliografía de vanguardia.

Federico Suárez Verdeguer, uno de los más descollantes contemporaneístas españoles del siglo XX, se familiarizó con la figura y obra del pensador extremeño desde los inicios de su dilatada y fecunda vida investigadora. Ahora, en la culminación de una fecunda trayectoria académica, ha puesto las últimas piedras del edificio historiográfico iniciado medio siglo atrás. Con modestia al tiempo que con exactitud, afirma que no es ésta la biografía definitiva del célebre orador, ya que aún quedan algunos recovecos de su andadura vital e intelectual por esculcar e iluminar. Pero aun así, su libro se erige por la vastedad de su documentación, su penetrante análisis y su correcta y limpia prosa en un promontorio historiográfico desde el que se atalaya y, a las veces, se reconstruyen con firmeza los principales caminos políticos e ideológicos de los decenios en que realmente se gestó y configuró buena parte de la España actual.

En una vida pública de más de veinte años de duración, el período que transcurre desde las revoluciones del 48 hasta el final de la existencia donosiana abarcó poco más de un lustro; sin embargo, sería el que más contribuyera a forjar la imagen histórica del personaje, distorsionado así por el reduccionismo y la amputación. Los avatares de la controversia doctrinal, tanto en España como fuera de ella, harían de su libro más conocido y de sus discursos de mayor audiencia europea su producción más difundida, pero también la más manipulada, al servicio de intereses no siempre confesables. Un elocuente ejemplo de lo expuesto se encuentra en que los pasajes con mayor vigencia político-social de sus obras y piezas oratorias ulteriores a la revolución de 1848 son los más desconocidos y menos citados del legado ideológico de ios últimos años donosianos.

Éstos, como es bien sabido, transcurrieron en casi su totalidad en los escenarios europeos, en puntos claves del nacimiento de la historia contemporánea como Berlín y París. En ambas capitales representaría diplomáticamente el ya marqués de Valdegamas a la monarquía de Isabel II, aplaudido y alentado por los sectores más nostálgicos del pasado. Desde una Roma cuyo Pontífice -Pío IX (1846-1878)- había sufrido también una radical mudanza anímica, al pasar de la comprensión y estímulo de los principales mensajes de la contemporaneidad a un talante férreamente defensivo, recibiría llamadas de ayuda para construir, desde la cátedra de San Pedro, un inexpugnable bastión a la “marea revolucionaria”.

La desaparición de Donoso sobrevino cuando el edificio de la España de los moderados se agrietaba a ojos vista. Arquitecto principal de ella en el plano ideológico, el pensador extremeño taponó muchas de sus fisuras antes de que la descomposición producida por la corrupción y los antagonismos de sus líderes la condujeran a su crisis final. Para entonces, Donoso había roto ya sus principales amarras con la formación política con la que más se identificara. Engolfado en sus prácticas de piedad y en el auscultamiento de los latidos de la gran política europea -cartismo, bonapartismo, socialismo…-, las cosas de España no imantaban prevalentemente su curiosidad. Su famoso Discurso de la Dictadura había significado, en buena medida, el último de sus grandes apoyos al sistema moderantista y a su principal caudillo, el general Narváez. En él perfilaría una tesis llamada a gozar de fuerte vigor en la teoría y, especialmente, en la práctica de gobierno de las fuerzas conservadoras. En la dialéctica revolución- reacción, en la alternativa entre “la espada y el puñal”, Donoso no vacilaría en inclinarse, “por más noble”, a favor de la primera. La situación española y la internacional brindarían en el futuro numerosas ocasiones para aplicar la fórmula donosiana…

Pese a esta lejanía de España durante el postrer estadio de la existencia del egregio orador, las múltiples distinciones y muestras de aprecio que recibiera de la Corona y de muchos de sus correligionarios y admiradores impidieron que las vicisitudes de su patria le fueran ajenas. Un tanto avant la lettre, el carácter de España, la naturaleza de su psicología colectiva y, en fin, el enigma de su personalidad histórica le suscitaron incontables inquietudes, desazonándolo hasta el fin. Como buen doctrinario, el catolicismo y el poder regio se descubrían para él como los ejes fundentes de la nacionalidad. La estabilidad de los pilares de su pensamiento no permite dudar de que su dogmatismo monárquico lo acompañara hasta el término de su existencia, mas las colindancias con formas de teocracia atenuada que adquiere aquél en el último recodo de su biografía autoriza la suposición de que el primer factor hubiera alcanzado en su fuero interno una clara superioridad frente al segundo. De haberse producido, el proceso no seria exclusivo de la vida de Donoso. También se daría en una porción considerable de los definidores de la conciencia nacional alineados en su mismo surco, y para los cuales la figura de Donoso fue guía, de forma parcial o íntegra, de sus pasos por los caminos de la historia y del pensamiento.

Convertida así durante ciertas etapas y escuelas del pasado más reciente en inspiradora descollante de regímenes e ideologías que la patrimonializaron por un sector de la sociedad española -usufructuado durante largos años de la gobernación del país—, fue fácil que ese sectarismo imperante en aquélla se adueñase de la figura de Donoso Cortés para enaltecerla hasta el ditirambo o censurarla hasta el denuesto. El resultado ha sido privar a varias generaciones del contacto con una personalidad en la doble dimensión humana e intelectual atractiva e interesante, capaz de suscitar un rico diálogo con los espíritus aguijoneados por la inquietud y aspirantes a vivir con dignidad su propia historia.

Por haber reconstruido con solidez y honestidad la de Donoso, el catedrático valenciano merece también el aplauso de la comunidad científica nacional, de la que, en la dimensión historiográfica, es miembro destacado.


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José Manuel Cuenca Toribio (Sevilla, 1939) fue docente en las Universidades de Barcelona y Valencia (1966-1975), y, posteriormente, en la de Córdoba. Logró el Premio Nacional de Historia, colectivo, en 1981 e, individualmente, en 1982 por su libro “Andalucía. Historia de un pueblo”. Es autor de libros tan notables como “Historia de la Segunda Guerra Mundial” (1989), “Historia General de Andalucía” (2005), “Teorías de Andalucía” (2009) y “Amada Cataluña. Reflexiones de un historiador” (2015), entre otros muchos.