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EL 2 DE ENERO DE 1999 mi amigo Enrique Andrés Ruiz me escribió una carta que está en el origen de estas líneas. Me comentaba que hacia el otoño del año en curso iba a organizar una exposición en la que pensaba «reunir a la plana mayor de los pintores españoles figurativos de la última década».
El hecho es que dicha exposición llevará por título Canción de las figuras, y que ese rótulo se lo ha prestado a Enrique un poeta peruano formidable llamado José María Eguren (1882-1942).


A Enrique le fascina ese poeta. Dice textualmente en su carta: «Eguren, una especie de Rubén Darío minimalista, es uno de los pocos poetas que eché en falta en tus Cien mejores poesías de la lengua castellana, de Austral, y por eso te lo propongo para la sección de NUEVA REVISTA». Dicho por ti y hecho por mí, querido Enrique. A mí también me gusta mucho Eguren. De los tres poemas suyos que prefiero —«Juan Volatín», de Simbólicas (1911); «Efímera», de Canción de Lis figuras (1916), y «Los gigantones», de Rondinelas (1929)—, he elegido «Efímera» por aquello de que pertenece al libro cuyo título va a presidir la exposición que prepara mi admirado corresponsal. Lo copio de la edición de Gema Areta Marigó (Madrid, Visor, 1992, página 100).


 


EFÍMERA


Da vespertino rayo la zarca luna,
ronda efímera verde por la laguna.


Por las aguas doradas dichosa vuelas
celebrando la vida con tarantelas.


Ya miras las luciólas de los jardines
y en ribereñas casas los lamparines.


Y en tu vuelo, soñando, buscas la orquesta
de la luz nacarina por la floresta.


No temes las cercanas plomizas lluvias
y en la laguna gozas las fiestas rubias.


Y desoyes la culpa de las ninfeas
por los juegos de amores que centelleas.


En tus celos las alas tiendes veloces
a la naciente imagen que desconoces.


Tú, ideal tempranero que el mundo invoca,
dejas tanta hermosura por fuga loca.


Y sueñas instintiva o iluminada
en la luz de la muerte ¡Flor de la nada!


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